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Posts Tagged ‘Muerte’

I

Te vi morir y renacer una tarde de pan y sangre.

En un segundo morí por ti, un poco de ti, un poco yo en ti.

II

Para renacer, se debe morir primero.

Mil veces o solo una sola vez, con casi todas las muertes de un jalón.

Todos morimos cada día. Pero ante la desgracia, el accidente, el infortunio, ¿quién muere primero? ¿El que muere de un sopetón, o el otro?, el que se queda a atestiguar la ausencia.

Esa pérdida, es solo un atisbo, a través de esa pequeña ventana, la del otro en ese momento desafortunado, a nuestra muerte, a la de uno mismo.

Atestiguar el fin del que uno ama es, pues, asistir de una forma u otra, a la de ese quien era, quien fue y que ya no será más, y por ende, la de uno mismo, también.

Pero muere más el que no muere del todo, sino que ve morir, de manera consciente, una parte suya —como si se tratara de un ser desdoblado en términos de origami—, como se concebía a sí mismo hasta ese momento, que se elimina, y se desprende para siempre de este plano, de esa mente que le percibía.

III

Y esa es la verdadera tragedia.

Aunque, retomando la idea seminal de estas líneas, ese evento debe celebrarse también, porque se renace, igual que el arroyo da vida arrastrando semillas y lodo y agua a su paso, en cada temporada de lluvias, abriéndose paso hasta donde alcance al torrente.

IV

Salve la vida. Vivamos pues.

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Faltaban unas horas antes de que mi Hermano Abeja muriera. Había nacido apenas dos días antes. En México se jugaba un mundial de futbol, y todo era fiesta, menos en esa casa de una ciudad perdida, construida de la noche a la mañana sobre terregales salitrosos con espíritu de olvido.

Llovía con la fuerza de esos junios antes del cambio climático. Con furia, con ánimo de no terminar nunca de desaguarse el cielo. Recuerdo que el clima era una mezcla de desasosiego, miedo, lodos y tristeza. Llorabas todo el tiempo. Eras un manojo de dolor. Recuerdo también que eras igual a T. Negrito Nuestro que estás en la memoria, recordado sea tu paso…

Ella, nuestra madre sabía que algo no estaba bien. Él, lo presentí también. Nosotros, Yo, T. y V. lo intuíamos. Eran noches largas. El diablo ya se le había aparecido a Lulú, según relataría después. La tragedia se cernía sobre ese hogar que te esperaba desde antes de V..

México había empatado, Hugo Sánchez había fallado un penal en el estadio Azteca y Maradona maravillaría al mundo con un gol mágico, bordado, de filigrana y revancha, y Manuel Negrete pintaría una media tijera para la posteridad. Eso era lo que contaban o contarían mis compañeros en la escuela.

Lo que más recuerdo de los mundiales es la final del Argentina 78. transmitida por televisión en blanco y negro. De nombres como Ubaldo Matildo El Pato Fillol, el Matador Mario Alberto Kempes. Y de los apellidos de los héroes italianos de ése y más torneos, como el de México 86, cuyas terminaciones —“inis”—, adaptábamos luego a nuestros apellidos y nombres indígenas: “Higini-ni”, “Pedri-ni”, “Daniel-ini”, para investirnos de europeos, jugadores chingones pues… Faltaban horas para no volver a mirar igual ningún mundial de futbol.

Las cascaritas, minitorneos de mi infancia, los encuentros entre equipos de calles rivales, todo, desaparecía con cada quejido tuyo en la penumbra de las horas más tristes de nuestras vidas.

Hay noches que se vuelven fangosas por el dolor.

Líneas paralelas del universo que se bifurcan y se unen en espirales infinitas en las que uno, el que está allí, escuchando y sintiendo cómo la vida recién nacida —como la tuya Hermano Abeja— se consume, y el “otro”, ese en el que nos separamos para “irnos”, fugarnos, de ese instante, y no sentir más esas tortuosas jornadas, regresan a nuestro centro.

Esa última noche que estuviste con nosotros fuera del vientre de Lulú sólo hablaste con tu lengua desconocida, primigenia, de los bebés cósmicos que vienen a golpear, sin saberlo, con la fuerza de su llegada, los caminos, no destruyéndolos, sino modificándolos de tal manera que se deben hacer otros, nuevos, que llevan a otros destinos.

Hoy, hace 33 años faltaban unas horas para que murieras Hermano Abeja, y no hubo mucho tiempo de hablar, de vernos, de nada. Entonces, casi igual que ahora, nada sabía de nada.

Ahora sé que el dolor es un ente vivo que, pegado a nuestra piel, con el tiempo muta, siempre muta.

Argentina ganó ese mundial. Mamá perdió la razón, y todos, de alguna manera también la perdimos, a ella y la razón.

Luego de uno días regaló tu ropa a una madre cuyo hijo, nacido un día antes que tú, tendría una vida, quizás, más larga que la tuya.

Ese día el sol brillaba iluminando el agua encharcada en la calle. Todo el dolor de la humanidad en el rostro de mamá contrastaba con la alegría de la mujer, más pobre que nosotros, que había dicho no importarle ponerle ropones a su hijito de un niño muerto.

Mamá extendía las prendas mecánicamente y, mientras enjugaba sus lágrimas, se secaba la leche que aún le brotaba del pecho.

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— I —
Suena una canción de la Sonora Santanera, esa que habla de amores de prostitutas, y luego una de Eddy Gormé, seguida de una de Bienvenido Granda. Es el preámbulo de lo que vendrá. Soñaré con mi madre. Madre-Muerta-Larva yace en su habitáculo a media luz. Muerta en partes, por episodios; podrida un poco cada día. Abraza a I. muerto pudriéndosele entre las patas. Cayéndosele a ambos el poco pelo que les queda. Sus caparazones opacos no pueden compartirse brillo. Ella ha formado un capullo con su baba milenaria. Ha mudado de exoesqueleto. El de él, mi hermano menor, no alcanzó a endurecerse y ahora es traslúcido. Lo arrulla bisbiseándole igual que los grillos. Al contacto  del sonido con su piel rugosa, mi I. querido se va hundiendo, aplastándose con el peso de las vibraciones…

— II —
Resignado hago fila, detrás de mi hermana V, quien ha sido dispuesta para la ocasión, hermosas sus extremidades, sus pelos urticantes; su miles de ojos pueden observar la historia infinita de nuestra especie: antes, ahora, en el futuro, en todos los hubiera posibles. Pero no funcionan hasta que mi Madre-Muerta-Grillo los toca con su lengua de popotillo. Los liba de su ceguera, uno a uno. Ella recibe el don y se larga, pavoneando su saber frente a mi estupidez silenciosa. Odio la inocencia de los menores, que nada temen, todo tienen. Mi otra hermana, CT, se yergue bichosa, poderosa, con sus tres cabezas. En un instante pasan toda nuestras vidas:
Ella se recuesta en el regazo de mi Madre-Muerta-Larva, sobre lo que queda de la piel de I., y al lado mi Padre-Escarabajo-Errabundo espera a que todo muramos, como marcan los cánones, para engullirnos, aunque eso nunca sucederá. Lo sé.
CT abre su diminuta bocaza y entonces sucede la maravilla. Madre-Muerta-Larva “conecta” con ella. Debo reconocer que ese momento, aunque no es mío, lo recordaré hasta el último de mis días: La conexión de la que hablo es un túnel cósmico por donde pasa toda la sabiduría de mi progenitora. Se multiplica en varios canales, y generan una luz negra que lleva de ida y vuelta remolinos de conocimiento de éste y otros planos, de éste y otros universos.
Exhaustas ambas se miran y lloran. Se despiden, se aman, y ese amor las reivindica…
— III —
Mi azoro no tiene parangón. Mi impaciencia tampoco. Me acerco como un paje. Tirito. Sin más Madre-Muerta-Larva me succiona desde la mollera. Dispuesta a conectarse conmigo pero no lo consigue. Asustado me separo, cortando el intento. Me atenaza del cuello, me levanta y mis pares de patas se separan de mi cuerpecillo que para ese momento ha dejado de ser tal. Me acerca hasta que puedo oler su aliento amoniacal. Escudriña mis pensamientos.
Amorosa me aleja de su presencia sin soltarme. Sobre el abismo que se abre debajo de mí me sostiene en vilo, en tanto que me arranca las alas. Excreta algo que me baña y que recuerdo muy apenas, es nuestro idioma antiguo: Dice que me saldrán alas nuevas, patas, que aprenderé, que debo hacerlo, que así lo cree, que soy al que más ama, y por eso hará lo que enseguida:

Me arranca la cabeza que al caer al hueco infinito, mira la escena desde abajo y con rafagueos veloces. Antes de tomar consciencia de que me desgarrará, lentamente, la recia tempestad que me reclama, voraz, tengo un último pensamiento: Cuántas veces más se repetirá esta experiencia, ya llevo 45 años, 45 veces en una misma vida…

Y me suelta…

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Bube

Anda el niño afinando su mira; guiñando el ojo, moviendo de lado la mandíbula. En esa posición se le notan las cicatrices de una operación que hicieron un día para extirparle unas glándulas que ya no le sirven, es más se le pudren. Es el varón más pequeño de Don AG con Dobleaa, quien a esa hora, come y bebe lo que pueden pagar sus billetes ganados con el sudor de su brocha gorda. Una mujer, otra, otra, un litro de pulque, otro; una botana, una ronda para sus amigos, ellos los que siempre lo han acompañado desde que era un paria de rostro moquiento… Bube pide silencio a su hermanita, enferma de diabetes. Ella hace caso, amos acechan, pero el sonido de sus estómagos los delata, un ave vuela, pero dos no logran hacerlo. Niño de rostro pajarito lanza una, dos, tres pedradas y los mata…

Desplumados, abiertos, desviscerados, asados los pájaros se tateman en un comal hecho con palos, papel periódico y un poco de lumbre. Una vez guisados, Niño de rostro pajarito extiende los dos, pero Gloria le devuelve uno. Compartamos que así comemos los dos. Cuando se reparte, el hambre se siente menos. Bube sonríe.

Caminan por las calles polvorientas, hacen mandados para hacerse de mendrugos, de tortillas que con sal y limón les maten el hambre eterna. Famélicos, sin cariño, ni rumbo sonríen. Un perro les ladra y él los asusta con la resortera. Regresan a casa abrazados.

Así lo recordará un día luego de comer, ya convertido en Hombre de rostro pajarito, un día de diciembre, como este, frío como la espalda de un sentenciado a muerte. Acostado en el pasto, frente a la casa en obra negra, Bube laza otro recuerdo de su eterna juventud, lleno de zapatos con tacos, tierra y goles con sabor a campeonatos. Y canta. Del padre heredó el don de la buena tonada. Te gusta cantar tío, le pregunto. Sí. Mucho. Sólo así olvido esa pinche época de hambre. No dice más, guarda relatos que, intuyo, provienen de sus catacumbas. Dale Bube no seas un chillón. Ya güey, a darle. Pero antes de que las lágrimas le rueden se provoca carraspera, escupe un gargajo verde, le da una calada larga y profunda.

Se levanta y regresa a pintar. Y canta subido en la escalera, tan alto como pueda, más alto, más, desafiando su suerte, sin arneses, “porque esos son para putos”, con más fuerza para disipar con su voz de Niño/Hombre de rostro pajarito esa puta época de miseria… así pasó…

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Me encuentro en medio de la nada. Mi cara en primer plano, cerrados los ojos, el pelo revuelto, la barba llena de nieve. Tirito y castañeo. Inmóvil. Todo es blanco. Hoy nada es gris, ni negro ni ocre. Así veo la Nada. Desnudo. En formación de evolución: desde cigoto hasta viejo enclenque. De carnes y huesos miserables. Decrépito. Un segundo. Otro, otro y mil más. Todos se acumulan a velocidad de aleteos. Una espiral descendente que me alarga, nos alarga a mí y a mis otros yo, y nos destiñe y nos hace una línea del grosor de un cabello, y a éste lo fragmenta. Cientos de veces la misma escena, que termina en mis ojos abiertos, pero a cerrarlos regreso al mismo trajín. Plano abierto, plano cerrado, cenital. Plano secuencia de mis pesadillas. Silencio absoluto. Nada escucho…

 

El viento sopla llevando consigo las dagas de toda la humanidad. Me atraviesan, Me rasgan. Los copos forman una película imperceptible, de hielo fino, cristalino. Se aleja en un santiamén la imagen y solo soy un punto en ese universo monocromático. Nada suena. Y me empiezo a preguntar ¿por qué?

Veo a lo lejos un punto ¿rojo?, ¿naranja? Hacia allá debo ir, allí debe ser otoño. Y resuelto me digo: Debe ser el otoño de mi vida. Avanzo en línea evolutiva. Todos esos que fui, éste que sueña y quienes seré. Uno detrás de otro. Cortando como podemos esas ráfagas inclementes. Tardo mucho en llegar pero lo consigo. Nadie tiene piel, apenas unos jirones se aferran a los huesos. El punto es de tonos cálidos. El aire amaina un poco, pero solo para arremeter con mayor fuerza. A punto de llegar a mí destino una partícula blanca me entra en el ojo y cierro por instinto los ojos… los abro y he vuelto al inicio de todo…

Ahora puedo mover mis ojos en diferentes direcciones. Tengo exoesqueleto, debajo un pelambre entrelazado con plumas. Inicio de nuevo el trayecto. Regreso. Cada vez con más elementos para tardar menos en volver a por ese punto. Después de varios intentos descubro que es una puerta, pero no como la describen los humanos. Este parece estar creado a partir de mis propias pesadillas. Algo en mí me dice que la fecha tiene relación con todo esto: Claro, ¡Es 14 de noviembre! Su cumpleaños.

 

 

Un sudor tan frío como el hielo derretido me cubre. Al fin he alcanzado a comprender que estoy en una producción onírica. Que únicamente mi cerebro es el que se ha salvado. Que eso que soy ahora es mantenido vivo en un líquido parecido al amniótico, y que cada tanto es bombardeado por energía, y sus resultados registrados en un aparato. No tengo ojos, ni exoesqueleto, ni plumas, ni piel, ni órganos, ni cuerpo, ¡ni ni madres! Que el golpeteo continuo de esa luz magenta ha producido en mi/yo materia gris una “reanimación de segmento muerto”.

 

 

Los seres que me estudian han pronunciado algo que mi ser tradujo como una fecha, 14 de noviembre. Esa parte inanimada en mí ha revelado un nuevo ángulo en los estudios que esta raza hace de mí y mis congéneres. Regreso al sueño, pero con la salvedad de que la poderosa ventisca ya tiene sonido. Es un silbido que lacera, que me angustia. Ato cabos y recuerdo una escena que nunca pudo ser borrada: Es mi madre en la otra habitación, con los pulmones hechos trizas y llenos de agua por la insuficiencia renal. Es el silbido de su tracto respiratorio lo que escucho y registro para siempre. Es el dolor de saberla muriendo poco a poco, silbido a silbido…

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I

Muero como todo el mundo, poco a poco, día a día. Cada momento de vida es un avance más hacia la muerte. No temo, para qué, nada importa. Morir y vivir son extremos que se tocan, y yo los anudo gustoso. Mi madre decía que cuando morimos se nos permite ver nuestro cuerpo y despedirnos de él. Yo creo que así es, pues cuando ella falleció me pareció verla sentada junto a mi tía Martita, quien luego de unos años se le unió. Mi abuela me decía cuando yo era apenas un crío que sus antepasados indígenas creían que al morir regresamos por nuestros pasos. Así o creo también pues cuando ella pasó a mejor vida, una vez la soñé deambulando por toda la casa y afuera la vi inclinarse a tomar huellas dejadas por su cuerpo. Parsimoniosa como era ella, me veía y se despedía con un movimiento de mano —la que le quedaba libre de pasos—, antes de emprender el regreso a su pasado.

A nadie he olvidado, pues sé que al fallecer  si uno es olvidado muere dos veces. A mí no me gusta matar gente, y menos a los míos, y menos si ya están muertos…

II

Enfermé una mañana en el trabajo. Los médicos diagnosticaron Síndrome de muerte lenta: Psoriasis, dolores de cabeza, pérdida de la visión, agotamiento, pérdida del aliento, desgano crónico, pérdida de la confianza. Lloriqueos nocturnos, toda una calamidad. Al final todo me producía un estado de ansiedad y negligencia de vida que me orilló a tomar la decisión de quitarme la vida, de un golpe, o mejor dicho de un salto al vacío.

Desde entonces vengo precisamente este día a comer y a beber cada año. Y me reúno con mis otros yo que fui, y converso con ellos y velamos a gusto, alrededor de las veladoras, deshojando flores de cempazúchitl; repasando quiénes fuimos, qué hacíamos, cómo reíamos, cómo sufríamos, gozábamos, y cómo logramos llegar completos desde que nacimos hasta nuestra hora.

Han pasado muchos años, creo, y aún no logro descifrar si algo me sucedió pues a pesar de que cada vuelta al sol regreso a este mismo sitio, aún no he podido ver a nadie de mis familiares muertos. Quizás solo a mí me ha sido vedado hacerlo, y ellos sí se encuentran en estas fechas. Quizás ellos me están buscando, o quizás no pues ni saben que ya estoy muerto; o peor, que ellos mismos no saben que lo están. Lo más extraño es que tampoco he podido hallar a quienes ponen esta ofrenda tan linda, con colores y sabores que me resucitan, ni la calaverita de azúcar con mi nombre.

Y siempre me digo a mí mismo: No desesperes Galicia, quizás el año que viene puedas ver a alguien. Y es que aunque me caigo muy bien y me encanta venir a disfrutar de lo que me preparan, pienso que sería excelente escuchar a otros, abrazarlos como antaño, besarlos, estrecharlos.

Sobre qué me sucedió no recuerdo mucho, apenas que perdí la cabeza tras la última consulta con los doctores, y me arrojé desde lo alto de mi ego, y mi cuerpo no soportó la caída. No tengo claros los detalles pero he tenido la suerte de “revivir” lo que hizo mi abuela, y por ello tuve tiempo suficiente para reflexionar sobre todo recogiendo mis andares, y tratar de entender por qué lo hice…

Muero como todo el mundo, poco a poco, día a día, pero muero quizás un poco más que el resto, porque el olvido me abraza cada vez más, y me diluye con la rapidez con que la humedad desgasta mi antigua imagen en una fotografía en blanco y negro que yace arrumbada en un álbum viejo…

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