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Archive for February, 2020

Un día no seremos más, ni tú ni yo, porque seremos polvo infame, partículas de carbono, un recuerdo cifrado en algoritmos, ordenados hasta el infinito.

Pero allí quedarán para siempre tu mirada, tu sonrisas, las mías. Nuestra humanidad en pequeños bits, congelados, fotografías le llamamos ahora.

Y seguiremos recorriendo en esa memoria colectiva digital, por fracciones, en una realidad electronificada, tomados de la mano, codo a codo, beso a beso, acariñados, observando, dándole la espalda a montañas, bosques, lagos, ríos, edificios, pirámides, llanuras, selvas, cataratas, playas, el desierto, las ciudades, los pueblos, las gentes, la piel, los mundos, el universo de olores y sabores y texturas…

Y yo recordaré en esas imágenes eternizadas por los miles de clics, como he viajado en tu piel, de norte a sur, siempre al sur, en el cenote de tu cuerpo, el ojo de agua en que te convierto, con mi lenguaraz espíritu, arremetiéndote, incrustándome en tu sexo, en tu alma, inundándote paciente, con ánimo de relojero, tanto como tú haces conmigo, Gorgona.

Amo viajar contigo, en ti, por ti, en tus planicies, en las de este planeta en el que coincidimos y en el que sin más, sin dramas, ni tragedias, hemos de partir, juntos o no, un día, pero hoy no…
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Hoy, precisamente hoy, me despertó el movimiento brusco, involuntario porque estabas dormida, cuando te rascaste en tu costado derecho, justo debajo de tu herida de vida.

Debo decir que cada que puedo me entierro en ti, debajo de tu costilla, la penúltima, la más linda y cómoda, para dormir a mis anchas.

Para mí es el lugar exacto para renovar mi amor, ahí en ese lugar cálido que guardas debajo de tu seno; en donde me inyecto en forma de espina y me cobijo con tu piel lisa.

Allí, asomando hacia el exterior solo una parte de mí, la más puntiaguda imagino, embelesado, que tus lunares son Las Pléyades, la constelación favorita de nosotros los pleyadianos…

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Camino por la calle central de Ciudad Puta. El cielo es rojo y cambia a la escala de los morados. El frío me acuchilla sin piedad. Aprieto mis brazos, tratando de conservar un poco de mi calor.

No me gusta andar por la vida chillando, como puerco, pero cuando andamos desconectados, aunque sea brevemente, me pega más el clima.

Tengo unos cuantos céntimos y con ellos me encamino a una Máquina de Ensoñación, de esas que son baratas y están de moda para seres como yo que buscan paliar un poco ese mal, llamado melancolía.

Me siento, acomodo mi cuerpo, tomo las monedas, antiguas debo decir, y con la esperanza que las acepte en su alcancía. El armatoste está húmedo, pero soporto el asco. El último que la usó es un tipo con el que me crucé en la esquina, iba brilloso de cebo, sudor y lágrimas. Lloraba y lloraba, jadeaba, limpiaba sus mocos y sorbía entrecortando la respiración.

No me importa, solo quiero “sentirte”, como sea, por el tiempo que sea, a la distancia; con la fuerza del oleaje de tu presencia, impresa en mi cerebro.

Guardo silencio. Nada pasa. No entiendo por qué, si ya hizo el cobro esta cafetera. El miedo de la frustración me da ánimos para golpear la “Ensoñadora”, sin que me duela el puño. Mi asiento vibra y me recuesto de nuevo.

Un gato maúlla rozándose en mis tobillos. Lo pateo y en ese momento la máquina inicia el ciclo. Sonidos de cortos, chirridos. Una prensa aprieta is sienes y lanza un haz eléctrico… me sumo en un hoyo tan profundo como el corazón de un asesino.

La experiencia soñarrera dura, me parece, apenas un par de minutos. Te vi, te estrujé, te abracé, te apretujé las carnes;me introduje en ti, con tal vehemencia, que me convertí en líquido viscoso, caliente.

Babeo. Con sonrisa idiota me levanto, ya hay fila. Unos cuentan sus monedas, otros limpian sus tatuajes o sus tarjetas. Esto es un privilegio que cualquiera puede vivir, por una módica cantidad.

Unos teclean sueños, recuerdos, anhelos, aspiraciones… todos los seres de esta urbe, como en el planeta, nos parecemos: Compartimos la forma más dura y cáustica del dolor: la de la ausencia.

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Arranco tus ojos con mis garras.

De sus cuencas mana un poco de sangre, un poco de negrura…

Con ánimo cachorro, de perro de raza enormes, espero paciente, sentado frente a ti, feliz, a que despiertes y “veas” de nuevo.

Tus primeros estertores provocan que las líneas que pintan tu faz se entrelacen.

Me enamora esa forma tan tuya de renacer en mí memoria.

Mastico tu ojo y lo exploto en mi hocico. Trago.

Sigo esperando.

Del fondo de tu cabeza surge la luz que estaba esperando. Juro que el destello me enceguece.

Aprovechas mi vulnerabilidad momentánea, te incorporas y de un movimiento de colibrí, como todos los que haces cuando estás en peligro, me extraes en perfectas condiciones mis globos oculares, y los pones en tus cuencas.

—”Sigamos jugando” —dices mordiéndome medio rostro.

Me siembras en el pecho sentimientos que ya no usas.

Caigo a tus pies.

Ríes con tu risotada giganta.

Odio la soberbia de tu voz cuando ganas.

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Merodeo tu deseo, cuando te despiertas y me sonríes con tus avellanas pulidas; cuando recibo tu aliento caliente y oloroso a tus bacterias muertas; cuando la maraña de tu pelo crea, desde mi perspectiva, una intrincada red atrapasueños, los míos; cuando me imprimes un poco de ti con el sello de tus labios y entornas tus párpados; cuando te acaricio el sexo, tibio, y arranco un pedazo, grande, de tus muslos de pan.

Acecho tus ganas cada que te miro en perfecta toma contracenital, encima de mí, larva informe; de pecho flácido y entrepierna acerada; cada que te susurro palabras de un idioma que nadie entiende; cada que te rodeo por la espalda con tentáculos de Cthulhu; Kraken que se introduce por todos tus orificios, con todo mi yo, y que te invita a regresarme, a veces gentil, a veces violenta, los tientos.

Así vivo, y así quiero seguir, si tú quieres, hasta que tú digas, hasta que nos hagamos una masa amalgamada de esas que son noticia en el Planeta de lo Insólito, porque se han hecho una misma cosa, diferente a los que fuimos, entrelazadas, en mente, piel y huesos.

Libres, estando porque quieren estar, sin atavismos, por el amor a ese que somos uno con el otro, y sin el otro, y así…

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Jalo aire como me es posible.

Cierro los ojos.

Frente a mí un ojo del universo se abre, horizontal.

Inicia como un punto insignificante, pero en un instante se abre como un túnel tan abismal como mi consciencia.

Hacia su interior fluye luz cósmica, desparramándose en cascada.

Los colores que la mirada humana, de ésta mi envoltura, puede registrar, se mezclan con la textura del óleo y llenan la oquedad, dejándome en el alma, un sabor de inabarcabilidad que me estremece.

Inundada en segundos, la imagen del ojo del universo llena mis pupilas e ilumina mi rostro.

Sonriente, observo el nacimiento de un estrella que surge de los borbotones que de allí manan.

Hemos compartido por millonésima ocasión un orgasmo.

De esa luz hirviente surges de nuevo, de ondulantes líneas irregulares, y las miles de ti, tú, me besan con besitos felinos…

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