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Archive for December, 2017

Bube

Anda el niño afinando su mira; guiñando el ojo, moviendo de lado la mandíbula. En esa posición se le notan las cicatrices de una operación que hicieron un día para extirparle unas glándulas que ya no le sirven, es más se le pudren. Es el varón más pequeño de Don AG con Dobleaa, quien a esa hora, come y bebe lo que pueden pagar sus billetes ganados con el sudor de su brocha gorda. Una mujer, otra, otra, un litro de pulque, otro; una botana, una ronda para sus amigos, ellos los que siempre lo han acompañado desde que era un paria de rostro moquiento… Bube pide silencio a su hermanita, enferma de diabetes. Ella hace caso, amos acechan, pero el sonido de sus estómagos los delata, un ave vuela, pero dos no logran hacerlo. Niño de rostro pajarito lanza una, dos, tres pedradas y los mata…

Desplumados, abiertos, desviscerados, asados los pájaros se tateman en un comal hecho con palos, papel periódico y un poco de lumbre. Una vez guisados, Niño de rostro pajarito extiende los dos, pero Gloria le devuelve uno. Compartamos que así comemos los dos. Cuando se reparte, el hambre se siente menos. Bube sonríe.

Caminan por las calles polvorientas, hacen mandados para hacerse de mendrugos, de tortillas que con sal y limón les maten el hambre eterna. Famélicos, sin cariño, ni rumbo sonríen. Un perro les ladra y él los asusta con la resortera. Regresan a casa abrazados.

Así lo recordará un día luego de comer, ya convertido en Hombre de rostro pajarito, un día de diciembre, como este, frío como la espalda de un sentenciado a muerte. Acostado en el pasto, frente a la casa en obra negra, Bube laza otro recuerdo de su eterna juventud, lleno de zapatos con tacos, tierra y goles con sabor a campeonatos. Y canta. Del padre heredó el don de la buena tonada. Te gusta cantar tío, le pregunto. Sí. Mucho. Sólo así olvido esa pinche época de hambre. No dice más, guarda relatos que, intuyo, provienen de sus catacumbas. Dale Bube no seas un chillón. Ya güey, a darle. Pero antes de que las lágrimas le rueden se provoca carraspera, escupe un gargajo verde, le da una calada larga y profunda.

Se levanta y regresa a pintar. Y canta subido en la escalera, tan alto como pueda, más alto, más, desafiando su suerte, sin arneses, “porque esos son para putos”, con más fuerza para disipar con su voz de Niño/Hombre de rostro pajarito esa puta época de miseria… así pasó…

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Libro mis mejores batallas en tu piel.

Conquisto tus cúspides, acampo en tu cuerpo, velando mis armas de carne sin hueso.

Me refugio en tus cavernas.

Incendio leños de tu deseo.

Te cazo los sueños.

Merodeo.

Sigiloso.

Paciente.

Espero el momento justo de uno de tus movimiento.

Aprendo a combatir, a replegarme, a planificar mi estrategia.

Aprendo a escuchar tus sonidos, todos, los de tus ríos subterráneos, de tus volcanes que, ya extintos, exhalan cenizas milenarias, provenientes de tus centros de lava.

Busco la leyenda detrás de tus orejas, en tu nuca.

Arranco tu cabello de raíz; serpientes que, liberadas, se me lanzan arrastrándose por tu vado infinito, mordiéndome primero con sus ojillos inyectados de amorodio; inyectándome tu veneno maldito.

Escalándote por tu lado sur, nos encontramos, las víboras y yo, en tu hondura más estrecha, en donde ocurre el milagro, ese que perpetúa tu especie y la mía.

Ambos, hechos de piedra…

Nos desmoronamos hasta formar una nube que huele un poco a azufre, un poco a polvillo cósmico…

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