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Archive for September, 2013

Anoche me lo contó un anciano que viajaba en las entrañas malolientes de esta ciudad puta. Con sus dedos enlamados de tristeza engarzaba algo parecido a un sueño y le daba forma de animal fantástico. Cambié de caracola, dijo mientras miraba la nada. Como siempre que eso sucede, continuó, en el tránsito de un lugar a otro perdí la consciencia, anhelos y esperanzas. No, no pensé que eso fuera dramático. Así es la vida. Sólo pude rescatar este pasquín —y me lo puso sobre las piernas—. Léelo, te lo regalo. Era un fajillo de quizás unas 10 páginas. Estaba incompleto, quemado por sus bordes.

Acto seguido, se bajó sin darme tiempo a darle las gracias o devolverlo (mi madre me inculcó que uno no debe recibir textos ajenos de ningún extraño, y menos si éstos desaparecen entre una estación y otra del subte).

Esto venía inscrito en la solapa: “Caminaba por las veredas de mi mente. La memoria es un pasadizo hacia nuevos mundos, puertas dimensionales que como juego de espejos te confunden. Camino una vida, dos vidas, tres vidas, cuatro vidas, hasta que me canso de caminar y me siento sobre el lomo de una luna en cuarto menguante. Allí aguardo silencioso. Como un mendrugo de mi cerebro. Te acercas del otro lado del pasaje. Al fin nos hemos encontrado.

Me levanto y tomo la postura de aquel chico que fui. Y recito sin pudor como hacía cuando participaba a los ocho años en los festivales cívico-militares de mi escuelita de gobierno netzahualcoyotlense. Ese niño desnutrido que engolaba la voz y alzaba el mentón para hablarle a esa divinidad que me dijeron era un patético pedazo de tela de tres colores que se ha deslavado en mis recuerdos: Tú en mi recuerdo, tú en mi mente, tachonada con besos, como la piel de un ángel al que le arranqué las alas; muerto por mis balas en una tarde te cielo rojizo. Tú le das reflejos a esta caverna de mí, destellos que me enceguecen y hacen andar a tientas, que me iluminan el interior.

El alma mía que sin la tuya dentro mío no sería la misma, sería apenas una burda imitación de algo que un día, en un lugar lejano, en otro planeta se pudo llamar humano…

Me vi de pie, apretando las hojas, hablando solo, como me pasa cuando viajo en metro. Regresé a mi asiento y me bajé en la terminal… así pasó…

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Era una lámpara de juguete, o eso parecía. Adentro de las pequeñas paredes de vidrio biselado había una vela aromática. Nada del otro mundo: cera de aspecto sedoso, pabilo rojo y figura cilíndrica perfecta. La mujer que me la vendió en las chácharas de aquel mercado de pulgas, tenía un aspecto temible, parecido al de la canción tintanesca que reza: cric crac, cric, crac. Me jaló hacia atrás de su desvencijado Ford Falcon. Me guiñó un ojo y me tomó del cuello en complicidad. Bajó la voz como si compartiera un secreto milenario. Dijo que cada que encendiera la vela, un genio saldría y me concedería un deseo, pero sólo uno a la vez, ni uno más ni uno menos. Una vez que te lo conceda deberás darle un poco de ron Cagüey, si le das de otro te lo rechazará y te quitará el deseo, dijo, pero ten cuidado con la forma en que lo tratas, es muy canijo. Reí incrédulo y me despedí de ella como quien quiere deshacerse de un mendigo dándole un pedazo de pan duro. Le pagué con un billete hecho bola de color rosa, de polímero finamente trabajado y me largué.

Llegué a casa y olvidé la mentada lamparita. Salí a comer pizza. Le llamé a X y me alcanzó para comer. De rebote le conté lo sucedido en mi recorrido semanal por los tianguis de la ciudad puta. Rio de buena gana y me recomendó hacer una lista de mis deseos, agregó también que los separara por sus características, su provecho y que me acodara de su persona. Tomamos un par de cervezas, nos toqueteamos un rato y cogimos en el baño del lugar. Te espero en la segunda puerta de la pared hacia la salida; reviré con un contundente beso.

Luego volvimos al departamento, antes de dormir X me hizo una felación de esas inolvidables. Me lamió el vientre, le metí el dedo en el culo, mientras bebía más cerveza. No nos prometimos nada, ni amor, ni esperanzas, ni una vida juntos, ni compartir familias… nada. Dormimos uno encima del otro. Ella tomándome del pene y yo con mi otro dedo en su coño.

En la mañana fui el primero en despertar. X dormía y roncaba con cara de puta feliz. Esa expresión de desamparo me enamora. Yo escribía un cuento de esos que a nadie le dejan nada, y mientras buscaba un objeto para incluirlo en mi narración me topé con la lámpara. La coloqué junto a la computadora. Pensé en encenderla pero me sentí como Pepito cuando compra una lámpara de aceite antigua a un chacharero y de allí surge un Chabelo con voz de hombre avejentado, así me sentí, pero con 30 años más, es decir, más idiota por mi incipiente vejez capilar.

La prendí y el fuego creció de una forma estupenda, aluzando la habitación con tanta intensidad que parecía una estrella recién nacida. El pabilo cobró vida por sí mismo y se desprendió del tubo de cera. Se sacudió las cenizas de su punta y doblo su tamaño.

Sus finos hilos se separaron en brazos y piernas. Su imagen distaba de la de un genio que yo hubiera conocido antes. Era más bien un remedo de mago –lo pensé o lo dije, no lo sé– el caso es que él se dio cuenta o percibió o intuyó o leyó mi mente y me miró retadoramente. Enfadado me dijo que qué deseaba que tenía prisa y que rapidito le dijera, para que cumpliera su cometido y se fuera. Lo que sea me lo cumplirás, ordené más confirmando que preguntando. Asintió y tronó los dedos. Apareció un bonche de dinero flamante, olía a papel nuevo, y desapareció. No me dio tiempo de reaccionar, seguí escribiendo hasta que X se despertó, hicimos el amor hasta pasada la hora de la comida y matamos el día, tomando café y viendo películas.

Mi casera, una mujer que en sus mejores épocas fue vedette, me coqueteaba cada que quería. Yo me dejaba pues eso me reducía la renta de vez en vez. Ella misma limpiaba mi departamento y lavaba mi ropa. Así encontró la mentada lámpara. La limpió y un día me preguntó porqué no la encendía. No supe qué responderle, y preferí mentirle. No alumbra bien pero es un regalo de familia. No la mueva, no la toque. Ella me miró con desconfianza, frotó su pubis sobre mi hombro y se marchó.

La segunda ocasión que prendí la lámpara el genio regresó con mejor humor y más paciente. Le dije que no me gustaba que los genios tomaran decisiones por mí, que a mí me gustaba pedir mis propios deseos, y que si deseaba dinero, yo mismo se lo pediría. Para eso soy el jefe ¡quedó claro! El sonrió con mucha flojera, me cuestionó qué deseaba. Respondí: Deseo… deseo… un helado de chocolate con cubierta de wasabi. No sé porqué pedí eso. ¡Idiota!, me recriminé. Tienes la oportunidad de tener lo que desees y pides semejante estupidez. El genio de la lámpara se carcajeó y tronó los dedos…

Hice una lista de deseos pero siempre me sucedía lo mismo: cuando estaba a punto de pedir viajar al confín del universo o de conocer qué había después de la muerte, o ser rey de una isla, o tener a las mujeres más bellas, pedía algo así como: Un trenecito de juguete, con todos sus aditamentos, o una pelota de playa con la cara de Cepillín, o una resortera con liga extra gruesa, o un perro salchicha llamado Toby, o un Monopoly o un elote con mayonesa.

Repetí la acción noche tras noche, obtuve todo lo que quise, pero olvidé seguir escribiendo. Se me entumió la mano. De hecho ya no recuerdo si quiera cómo iniciar un cuento. Bueno creo ya hasta dudo si alguna vez me gustó, o si de plano tuve talento.

Bueno, como dice la canción: ya con esta me despido… y te agradezco que hayas llegado hasta esta línea. Esto que ves ahora es lo último que leerás mío en mucho tiempo. Y mientras sumo teclas y teclas sin cesar, juego balero y yoyo con mis cuates de la cuadra. No me tardo, voy por mis canicas para seguir jugando con el genio que ya me ha ganado todas mis bombochas y me va a dar la revancha…

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Me hallé a mí mismo, sentado sobre el lomo de un gusano gigante: ella peinaba sus serpientes mientras canturreaba una tonada insípida. De la bóveda caí lenta y pesadamente a su lado. Sabía que al tocar la superficie yo moriría irremediablemente. No sentí miedo, ni tristeza, ni nada. Es más mientras eso sucedía, tuve tiempo de escribir sobre una hoja de romero esto que a continuación leerás:

“Una luna de papel desprendida de un cielo de papel, cayó sobre una mar de papel a la velocidad de una bola hecha con papel cuando cae en un cesto de basura para papeles que uno quiere olvidar para siempre. Porque si no existiese el “para siempre”, uno podría perderse en “los nunca” o en “los jamases”, pero yo como muchos prefiero ser un ojo de papel -quizás una etiqueta- sobre la noche de papel entintado, e imaginarme que soy el mejor papel que nunca había sido, ese tan desconcertante porque nadie lo esperaba… Apenas un pedazo de papel flotando sobre un charco de sangre negra en el que miles de sueños perecieron pensando que pudieron ser un mejor papel, pero que de plano no llegaron a ser ni papel, ni argamasa ni chisguete de tinta, ni ni madres… Un planeta de papel, pendiendo de un tendedero para papeles cuadrados de esos que uno pinta con luz y unos pocos químicos y que cuentan historias inolvidables. Eso soy o eso me siento o eso me hago sentir o eso quiero sentir o eso quiero hacer que siento. Soy una hoja llena de historias propias perdida, de líneas sin orden ni sentido; hoja guardada entre las páginas de un libro que ya fue abierto y cerrado mil veces por nadie o el universo o el destino o un Dioshijodeputa que se limpia el culo conmigo y me arroja en un bote donde van/vamos a parar yo y el resto de los seres de papel en los que todos escriben lo que quieren hasta que yo/ustedes/ellos/nosotros deciden/decidimos que (d)escribirnos a nosotros mismos es mejor que otorgarle tal privilegio a los imbéciles, a quienes no saben de palabras, ni imágenes ni palabras ni almas ni amores ni sufrimientos ni desamores… Toda la vida será mejor escribir en la propia superficie de uno mismo, superficie de papel caída de un cielo hecho de papel, aunque la caligrafía nadie la entienda…

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