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Archive for February, 2017

La Pantera

 

He tenido sólo un perro en mi vida… y le debo muchas cosas. Era una cruza de doberman con “de la calle”. Le decíamos La Pantera y en realidad era perra. Nunca la pedí, como hacen los niños con vidas normales, que hacen cosas ordinarias. Lulú la llevó a casa cuando el cánido aún era pequeña, y sin avisar me la endilgó. Es tuya, dijo con su voz de generala. Súbela a la azotea, tú le vas a subir la comida, el agua y le vas a limpiar.

No mames má, ¿neta? —lo pensé, que era peor—. Sin más, ya tenía perra, o mejor dicho todo lo que implicaba tener una. Tenía 8 años y me gustaba ver la televisión hasta que se calentaban los bulbos. En ese entonces sólo Adriana y Lolo tenían perros en su casa. Ellos sí que amaban a El Firuláis y otro de cuyo nombre olvidé en la primera oportunidad que me gruñó. Los procuraban siempre que podían, los abrazaban, les daban de comer y se dormían con ellos. Yo los veía entonces de lejos como quien quiere un juguete que sus primos guardan celosos entre sus manos.

No odiaba a los perros, no, lo que pasaba, ahora lo explico, es que a mí nadie me dijo que sentían, que eran seres vivientes, que necesitaban cariños, agua y comida. Que no desaparecían nomás con no subir a la azotea. Que no dejaban de existir sólo con no treparme a las escaleras que mi padre había hecho con madera de tercera.

Limpiar la mierda regada por todos lados en ese espacio de 5X10 era lo peor. Ya tenía todo limpio, el montón de heces en un rincón, pero cuando tenía que ir por la pala olvidada en el patio para echar el maloliente bulto y meterlo a un bote o costal o lo que se requiriera para tirarla, La Pantera regaba todo de nuevo, y a empezar otra vez.

Recuerdo que una madrugada Lulú y Abraham  nos levantaron en vilo a Tere y a mí, y envueltos en cobijas despertamos en el pasillo que dividía la casa de mi abue Benita y de la tía Chela con la nuestra. Esa vez la luna alumbraba todo, como si fuera un día de esos grises que siembran incertidumbres en los hombres.

Lolo y Adriana se abrazaban al Firuláis y al Duque, como mentaban —ahora recuerdo— al perro chaparro de temperamento de chinampina. Ellos no tenían miedo en sus ojos, sino una especie de paz, que yo interpreté como felicidad. Sentí curiosidad, que después se volvió envidia. Transcurridos unos minutos que parecieron horas, cada quien regresó a sus sueños. La Pantera sólo aullaba. Esa perra está loca, pensé. Papá subió y la calló a gritos.

Un día caí en cuenta que había un animal en la azotea que era mío y que se llamaba La Pantera, y que quién sabe si estaba viva o muerta o finalmente se había esfumado pues hacía días que no le subía agua. La hallé metida hasta el fondo de su casa de madera —parecía una caverna—, royendo huesos blancos como los que aparecen en las películas donde hay desierto. Le subí una cazuela de tortillas remojadas con pellejos y huesos nuevos, más una cubeta de agua de la pileta. En unos segundos se comió todo. Me lamió agradecida y casi me tira. Tuve miedo que luego se trasformó en enojo. Dicen que los hijos de neuróticos aprendemos rápido. Le grité que dejara de hacer eso, que me iba a tirar, y me bajé en chinga.

No sé cuánto tiempo vivió con nosotros, pero una vez le cayó encima a Benita. Voló tres metros al precipicio, y aún ahora me pregunto si no quiso suicidarse. No a hubiera culpado. Es que está muy loca tu perra dijo Papá-Abraham. Respondí, con una mueca.

Se lastimó una pata, pero a Benita le fue peor, la metieron en su cama como una semana. Me duele el lomo, decía y lanzaba miradas envenenadas a la azotea. Los abuelos pueden ser amorosos pero cuando mojan la punta de sus miradas con arsénico emocional pueden ser malas personas.

II

Siempre me gustó la clase de música en la secu. El sonido de la flauta dulce me atrapó desde un principio. Por esa época la azotea se convirtió en remanso de mis rutinas. Todas las noches subía a repasar mis lecciones, mientras veía como los cerros cercanos se llenaban de luces. Allí me inventaba una vida diferente, una donde tenía otro papá, menos hijo de la chingada, y donde yo me transformaba en notas flotantes.

Una vida diferente en la que La Pantera me hablaba como Marmaduke —Escubidú era demasiado cobarde para mi gusto— y cotorreábamos como buenos camaradas. Yo la abrazaba sin miedo a sentir bonito, sin temor a que me viera nadie, ni se burlaran de mí porque me comportaba como si fuera el niño de mamá.

La Pantera era de pelaje negro y café; alguien le había cortado la cola desde cachorra, y le habían dejado las orejas mochas, dizque puntiagudas; pero ese alguien se las había cortado con tijeras para papel. Era una perra lista, le gustaba jugar, tenía las patas flacas y el hocico limpio, igual que su mirada. Siempre corría como loca por esa superficie de 5X10.

Loca de remate, decía Lulú con esa voz dulzona que a veces tenía, y de la que yo tomaba unos sorbos como bebe agua el sediento. Está muy loca.

Ladraba como loca a quienes pasaban por la calle, así era hasta que se murió; o mejor dicho hasta que la mataron, porque un día ya no la escuché de nuevo y la fui a buscar al fondo de su cubil, y la encontré tiesa —como dicen que hallaron años después a Tía-Chela en la caverna de su casa, ya hecha como de papel maché— hueca y seca, entre una mancha negra en el cemento gris.

Hasta entonces yo vivía tranquilo, jugando entre charcos de agua sucia y lodazales; pescando renacuajos que brincaban de las lagunas que se secaban en enero y renacían fangosas en agosto. Entre calles polvorientas, llenas de basura. Sin embargo mi tranquilidad se acabó, y empecé a crecer.

Algo me decía que había fallado, pero no sabía qué. Mis papás me encomendaron la última misión para con La pantera. Es tu perra, sentenciaron. Échala en un costal y ve a tirarla a la avenida Kennedy, dijo Abraham con aire dictatorial.

Remilgué tanto que al final tuvo que acompañarme, el cuerpo pesaba mucho. La luna brillaba en lo más alto con luz nebulosa, como aquella madrugada de temblor. El Firuláis y el Duque aullaron profundamente, abrazados por Lolo y Adriana. Crucé la calle 19 y la 21. Llegué a la esquina de la Kennedy y La 12. Ante nuestros ojos la avenida se abrió con su desierto camellón. Caminamos unos metros y en un agujero lleno de ratas que a mí me parecieron gigantescas en medio de lo que ahora es una cancha de basquetbol sin tableros ni aros, lleno de ratas, nos deshicimos de nuestra carga.

— ¿Qué, estás llorando?, me preguntó Papá-Abraham.

—No, respondí —mientras limpiaba mi cara y veía como el costal cambiaba de color, tornándose negro…

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