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Posts Tagged ‘cumpleaños’

Era 1996 o 1997, creo, de lo que sí estoy seguro es que era una reunión de periodistas; de esas en las que todos nos conocemos, aunque sea de oídas. Allí nos presentaron. Trago en mano, a nuestras anchas. Luego de los respectivos saludos, intercambiamos algunas frases, fieles a nosotros mismos, los que fuimos, los que somos, como lo hacen los pistoleros de Sensacional de Vaqueros, en la barra, antes de salir del Saloon, a medir su velocidad con las armas.

Recuerdo al vuelo, de botepronto:

— ¿Miguel Galicia?, sí, ya he escuchado de ti.

— Roberto Castañeda… mmm, sí yo también he escuchado de ti.

Fue un momento que definió parte de nuestra relación, de amistad, camaradería, compañerismo, coleguería, complicidad. Duró apenas unos momentos, como esa escena en la que el bar intergaláctico enmudece cuando Obi-Wan Kenobi, acompañado de un joven Luke Skywalker, eliminar a un bravucón.

Roger, por su parte, hablaba, como lo hace ahora, o mejor dicho deleitaba con su plática sobre películas, cine. Hipnotizador de serpientes, y escuchábamos. La noche siguió y entonces no sabíamos que nos volveríamos a encontrar.

Nuestros caminos se han bifurcado y coincidido en varias ocasiones durante todos estos años. Sería mi jefe segundo, en un diario cuya suerte culminó mal; mi dupla en la media cancha en los juegos de futbol en la Magdalena Mixhuca; mi compa en los juegos de dominó, con otros amigos entrañables, y en noches de ronda, de esas que pasan tristes y con ganas de seguir comiendo lunas crudas, platicando de diablos, de música, de todo y nada, mientras se paladean unos tragos.

Decir que Robert es mi amigo del alma sería mentir, pero hemos compartido lo suficiente para colocar al otro, y en este caso hablo por mí, en un lugar especial entre mis más cercanos camaradas. A ambos nos unen lazos irrompibles, como el respeto mutuo, el amor a la bohemia, a la música, a la literatura, a la escritura —ambos apreciamos las buenas historias—, pero sobre todo, el saber que somos de la misma clase de animal, de esos que en medio una noche tormentosa se encuentran, y se acompañan para aullarle a la luna.

Feliz cumpleaños Robert

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Mamá Araña recorre afanosa la vida que le tocó vivir. No pregunta nada, solo vive, y cuando es preciso sobrevive como puede, y así ha enseñado a sus hijos arañitas a sortear peligros, como sea, contra quién sea.

Sabia como pocas, aceptó su sino, mientras tomaba fuerzas, y consciencia, y decidió irse de la caverna en donde sus padres arañas la colocaron, a la primera oportunidad, pero fue a dar a otra cueva, quizás más lóbrega y más peligrosa.

Allí, su compañero araña le ató las patas de un solo lado, el de la fuerza, para dominarla, pero Mamá Araña aguantó porque sabía que debía adquirir más fortaleza en su mente, y poder llevarse a sus hijitos arañas. Y así lo hizo, un día rompió sus ataduras y se fue a su propio hoyuelo, en el que hizo su hogar y para los suyos.

Ahí, anda a sus anchas todo el tiempo, se recuperó a sí misma y se va a sus bailes de arañas y baila con la sonora arácnida, viaja y sigue trabajando, ya ayudando a todos, reuniéndolos a todos, amando, amando, amando, y bebe feliz copitas de licores de colores y fuma tabaco del caro y del barato, porque Mamá Araña no hace distingos, sabe degustar la felicidad acumulada en momentos dichosos, sin importar si ha tenido que pagar mucho o poco para obtenerla; ha desenmarañado el secreto de la felicidad, el aquí y ahora, y así se lo enseña a sus hijitos arañas, a quienes llama por sus nombres cariñitos: Migue-araña, Tere-Araña y Vivis-Araña, y de vez en cuando, cada que lo recuerda, a uno que se le murió, Israel-araña, y le sigue llorando lagrimitas que tienen forma de cristales de obsidiana.

Mamá Araña tiene muchos amigos, mantis, escarabajos, ciempiés, mariquitas, moscos, moscas, cucarachas, que trata igual como a ella le gusta que la traten, porque ella es ella, siempre ha sido y así será, da lo que entrega, no más, bueno sí, las más de las veces, pero no menos.

Anoche la soñé, porque recién cumplió años, porque todos sabemos que los que mueren siguen cumpliendo años, si se les recuerda, claro está. Allí andaba, como la recuerdo mi conexión con el cosmos, caminaba Mamá Araña con sus patas apelambradas, bailando, sonrisa a flor de piel, cantando las de Pedro Araña, del Carro Show Araña, de la Sonora Matancearaña, de Chayito Valdez Araña, proveyendo a los suyos, recorriendo la vida, gozosa, atrapando, creando comida de la nada, y ya la cocinaba con unos besitos arácnidos, dándole sazón de hogar, del suyo, de ese al que no volverá, repartiéndola a uno, a otro, sin preguntar nada más. Saboreando la dicha solo por compartir.

Aquí estábamos ella y yo. Yo, señor Araña, con mis 47 años, recostado a su lado, escuchando su difícil respirar, sus historias interminables y sus ahogos repentinos, sus tosidos, sus dolencias. La imagen se difuminaba, pero recuerdo que ella me abrazaba con su amor arácnido, mientras hilaba mis sueños que sacaba de mi cabecita loca, y me tejía guantes para cada una de mis patas, mientras me preguntaba:

— Hijo Araña, ahora que estoy muerta, después de tantos años, ¿se ha cumplido lo que te dije?

— ¿Qué cosa Mamá Araña?

— Te dije, antes de morir que te dolería, pero que lo dejaras al tiempo. Te dije: te seguirá doliendo, pero será diferente.

— Sí. Se cumplió Mamá Araña. Un día no pude más, tomé todo mi dolor entre mis ocho patas, y lo desmenucé en la montaña, y esperé a que se secara al sol. Lo llevé al precipicio de mi vida, a donde regresaré un día y allí lo arroje…

— ¿Me trajiste pastel?

— No Mamá Araña, pero te traje esto…

— Gracias Hijo Araña, siempre me gustaron tus besitos arañas.

—Dame un abrazo que ya me voy.

—¿Nos veremos pronto, verdad?

—…

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La cápsula espacial cae dando tumbos en la superficie de ese planeta desierto. Rueda por entre los cráteres y al fin detiene su recorrido. En el interior un pequeño de mirada dulce, rizos de noche parece no darse cuenta de mucho, sigue jugando con un Gokú. Le habla, lo hace volar, luchar contra enemigos imaginarios.

Su vocecilla suena en medio de esa caverna, y llega nítida a todos los confines del cosmos. De su boca nacen explosiones, truenos, rayos láseres, el viento que se corta por la velocidad. En su mirada caben todas las batallas épicas que no se relataron nunca.

En las manos de ese pequeño el guerrero sayayín destruye a sus adversarios con la decisión de quien quiere liberar al universo de la tiranía.

Debajo de la mesa, el niño escucha el llamado de quien ha atestiguado cada encuentro, cada lucha, absorto, con el enamoramiento del padre primerizo:

— Baruuuuccchhhhhh, hijooooo míiiiooooo, ¿dónde estássssss?

— Aaaquíiii paaapiiiii, aquíiiiii.

— ¿Dóoondeeee? queee nooo te veeoooo.

— Aquíiiii paaapiiii, aquíiiii toooyyyyyyy…

Allí, debajo de la mesa que ha servido de nave espacial, de la que en otras ocasiones él ha salido y volado y corrido carreras por cielos infinitos, mi niño voltea y me mira a los ojos. El tiempo se detiene, lo suficiente para permitirme guardar la imagen por siempre, una de las que recordaré el día de mi muerte.

Ahora, ese niño, ya convertido en hombre, me responde emocionado del otro lado de la línea, y puedo verlo una vez más, con esos rizos, la mirada y el carácter de guerrero y una sonrisa que me recuerda que si una vez sentí que me lo arrebataban, en realidad solo fortalecían nuestros lazos.

Feliz cumpleaños Barucho…, ¡¡¡hijo mío!!!

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A Patito lo amo por muchas razones, más allá de que es mi hijo, y todo lo que eso implica.

A él lo amo porque antes de nacer se graduó guerrero espartano.

Lo amo por su mirada que llena de sorpresas; por sus sonrisas que llenan mi vida solo al evocarlas; lo amo porque nació de último en mi propia estirpe, y con su fuerza y determinación me desveló un secreto guardado por arcanos al tiempo que me dio la oportunidad de reconocerme más frágil que un pulpo recién nacido, pero con la fuerza suficiente para conquistar las cimas más altas de mis gigantescos miedos.

Amo su avidez por conocer, por saber más, porque es un alquimista a sus cumplidos 11 años.

Es Niño-Sabio, es Niño-Neptuno, es Niño-T-Rex, es Niño-Corazón, Niño-espíritu, mi Niño-Luz. Él por sí mismo encarna la imaginación.

Hoy, como hace unos años, sigo andando el sendero que a su lado inicié, solo con él —como lo he hecho con mis otros herederos—, caminando, flotando, sonriendo, aprendiendo de él de qué manera uno puede llenar la mirada de maravillas, para enfrentar con entereza este mundo, este plano.

Te amo Patito!!!

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Amo tu sonrisa amaneciendo, tu rostro de aspecto draculesco; tu rictus por las mañanas de odio al universo; tu mirada cuando pasa de asesino serial a Gaby, aquí, ahora, mi Gaby, cada que te digo entusiasta buenos días, con gesto de amor sublime y universal; amo tu pelo de Gorgona en el que podría perderme , toda la vida como minotauro en laberinto. Amo cómo me observas en tus cumpleaños, y a veces de vez en diario; amo tu historia conmigo, en otra parte, y conmigo de nuevo. Amo celebrar contigo la vida, porque estás viva, viva, viva, pues dos veces al menos, pudiste estar muerta. Amo verte morir entre mis piernas, intercambiar nuestra energía, amansarnos por vocación, sentar nuestros diablos y ponerlos a bailar con sus armas afiladas y a platicar a carcajadas; amalgamarme contigo, crear otra cosa que no existía, ni existirá, una tercera cosa que resulta de ti y de mí. Amo que lustres mis escamas y afiles mis garras, que libes mi cuerpo con ganas de abeja melipona, y me comas a mordiditas, completo, por fuera y por dentro, como las mantis. Amo que cumplas años, siempre amaré más estar contigo estos y el resto de los años que los primeros que pudieron ser naufragio. Vida mía, solo tengo que reiterarte algo que ya sabes: Sí en esta vida, sí en este plano, sí, en este planeta. Sí, siete veces siete.

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25 agosto de 1949. El sol ilumina de poco el cuarto en esa calle perdida de Ciudad Puta. El niño Abraham se levanta con el pelo revuelto, los trinos de los pájaros y los perros de la vecindad que ladran por todo, por nada, lo han regresado de sus sueños.

Sus grandes ojos buscan a su madre, y se iluminan cuando la encuentran yendo y viniendo, de un lado a otro, con varios pares de manos, despachando a un hijo, al otro, sirviendo té limón con un chorro de leche, ablandando el bolillo en un comal, partiéndolo y embadurnándole mantequilla con unos granos de azúcar; despertando a otro de los hermanos, y cubriendo a los dos más pequeños.

El padre se ha marchado a trabajar. Su hermano mayor Chicol lo mira, sentado, y le sonríe levantando el mentón en forma de “Buenos días”; ambos se rascan al mismo tiempo la cabeza. La coincidencia les provoca risa cómplice.

Benita se toma un respiro, para beber un café de olla. Le gusta porque su aroma le recuerda su niñez, pero sobre todo los tiempos en los que, una vez terminada la guerra revolucionaria, llegó a esta ciudad creciente, de la mano de su papá Guillermo y su mamá Demetria al barrio de la Merced.

Con un gesto llama a su pequeño, enclenque como todos sus críos. Lo besa y lo abraza, al tiempo que lo sostiene en el regazo y le canta “Las Mañanitas”, al oído.

—Hoy es tu cumpleaños Abraham Luis, por eso cuando regrese de vender te traeré un regalo.

El chiquillo toma asiento y la silla chirria. No entiende bien del todo pues los ecos de su ensoñación aún lo embriagan, pero siente esa cosquilla que años más tarde reconocerá como felicidad.

—Ma’, ¿por qué me llamo Abraham Luis?

—Hace muchos, muchos años, hubo un rey llamado Luis que cuando murió la iglesia lo nombró santo, y le dio un día en el santoral, que es hoy, y como tú naciste un día igual, eres Abraham Luis, Luis Rey de Francia.

El chico da pequeños sorbos al té, y Chicol le pega un puntapié cariñoso.

— ¡Eres un rey! Mira nada más.

—Sí, soy un Rey, Luis Rey de Francia, Abraham Luis Rey de Francia.

El impasse ha terminado, Benita debe apurarse a preparar sus cosas para ir a vender peinetas, pasadores, ligas, peines en una tabla, en los mercados. Sabe que si no lo hace no tendrán para comer ella y sus ocho hijos.

—Apúrate Chicol, Tráete la caja nueva de peines, que ya es tarde.

Sale la mujer, reacomodándose la larga trenza que anudó más temprano, echándola para atrás de su nuca. Es fuerte, menuda. Sus rasgos indígenas se acentúan aún más con su mandil que nunca se quita.

Antes de salir, le encomienda a Abraham cuide de sus hermanitos. Quiere decirle un “te quiero hijo” pero no le sale nada, solo una sonrisa que vale igual.

Abraham Luis se queda contento, hoy cumple 4 años y con un nuevo orgullo, desconocido para él hasta ese momento, porque nació el año en que acabó la Segunda Guerra Mundial y el día en que un nuevo santo fue incluido en el Santoral católico. Sonriente toma un pedazo de madera que hace sonar como auto en el suelo polvoso, y entre acelerones, enfrenadas, runes, chillidos, competencias y volteretas, lo hace recorrer el camino desde ese cuartucho hasta Francia que, imagina, es un lugar lejano, lleno de castillos y reyes quienes seguramente son tan felices como él.

PD: Feliz cumpleaños Papá.

Este post fue actualizado debido a que lo compartí en mi muro de Facebook, y creo que se complementa bien, con escrito…

Suena el teléfono. En mi patria chica suena la voz de mi padre, que responde con una felicidad genuina, parecida a la que experimento también cada que me cuenta de nuestros momentos compartidos, que no han sido tantos como hubiéramos querido. Luego del intercambio de saludos pregunto cómo la pasó en su cumpleaños 75, y me dice que muy bien. Puedo leerte algo papá? Es un cuento que escribí por su cumple, a partir de una anécdota que él me contó hace años. Acepta sin saber, ni él ni yo, que estamos a punto de abrir una puerta hacia los cienos de nuestras emociones no expresadas. Perdimos muchos años disfrazados de “machos alfa”, pero ya hemos recuperado ese tiempo. En fin, se lo leo, y en la última línea, una bola de pelo y lágrimas me enmudece, como si me atragantara con una cactácea. Él solloza igual. Termino la lectura, y luego de escuchar sus comentarios, que se tornan en plática, colgamos con una sonrisa y la felicidad de saber que una vez más, hemos restablecido una conexión que creíamos perdida para siempre.

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Amanezco en tu mirada. Abres los ojos y el sol empieza a clarear tu rostro. Amo verme en tus pupilas. Así, alargado, de silueta alienígena, obscuro, minúsculo. Me siento renovado cuando me devuelves a alguien que cada noche, pareciera que no tendrá una nueva oportunidad.

Pero este día es uno afortunado, porque cumplo 47 años.

— ¿He despertado ya tantas veces? —pienso, al responder tu saludo, mimoso, de leona.

— Hola amor, ¿cómo dormiste?

— Bien. Mejor que nunca.

He tenido mucho ajetreo en las últimas semanas: tu accidente, el tiempo en el hospital, en casa ajena, pero bien recibidos; tu breve muerte tu feliz recuperación y renacimiento profundo; la muerte de tu madre; la cirugía de mi hijo, su acompañamiento…

Pero hoy, me siento fuerte, animoso; 47 veces más vivo.

Es día laborable. Permanecemos solo unos cuántos minutos frente a frente.

La luz de la lámpara, que acabo de prender, incendia aún más mi imagen en tus avellanas de gorgona.

Nos levantamos y me alisto para enfrentar y acuchillar las últimas sombras de la noche…

Concluyo:

Cada vez consumo menos, cada vez necesito menos cosas, y supongo que ese hueco que tenía en otra época en mi vida, y que sentía en el pecho, ha ido desapareciendo, hasta casi llenarse, con mis sonrisas, con las tuyas.

Bajo el vidrio de la ventana, y a lo lejos el sol baña con rojos y anaranajados tonos la silueta del Iaxtacíhuatl.

Siento el aire en mi cara. Conduzco por Ciudad Puta con una sonrisa en la cara, mientras le subo el volumen a una canción que habla de tener una persona favorita…

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Nació casi en la tercera década del siglo XX, en una región tan agreste y mágica como su propia historia —solía decir que en Nochistlán se fundó la primera Guadalajara—. La conocí ya “cansada” o “domada” como decían algunos de los suyos. Y la imagino con toda su enormidad en esos pocos años que compartimos plano, viaje, que no puedo imaginar sus versiones duras, ni quiero, para qué, si de ella solo recibí buen trato, respetuosas reprimendas, y luego cariño a su manera.

En sus ojos de capulin, hechos de abismos centenarios, guardaba regionalismos o frases de sus tiempos de muchacha, en ese pueblo heredero de cascanes, de donde, seguro, aprendió a ser territorial, a valorar y a optimizar los pocos o muchos recursos que le llegaban o que se proveía.

Un poco maga, un poco hechicera, un poco alquimista, hacía pan de la nada y daba de comer a tantos que, cada semana, cocinaba banquetes exquisitos en los que el platillo principal eran las sonrisas, la unidad, el amor, todos aderezados con cariñitos y buena charla.

Su nariz pequeña, podía sincronizarse con sus miradas escrutadoras, que podían identificar los más grandes sueños o aviesos deseos de propios y extraños.

La observación del otro y desvelarlo de cuerpo entero, era uno de sus más grandes superpoderes, el cual le enriquecía otro, el de la discreción sapiente.

Linda, linda, tan majestuosa como controladora, tan amorosa como una leona; tan generosa con los suyos como desconfiada con los extraños. “Échale ojo de chícharo”, decía cuando se debía que cuidar a quien llegaba de otros lados al hogar.

Refranera como era, sus dichos podrían conformar un Diccionario de Regionalismos de Nochistlán, Zacatecas. Su sabiduría, más por vieja que por diabla, se podría cuantificar por lo lapidario de su certeza: “Eres muy farsantito y mitoterito”, “A tu perro le darás palos”; “Si ancho no quiere, yo comeré”, “No espero hambres ajenas”; No estoy sellando”, “¿Que crees que tengo mi chapil?”; “En tu oreja si no hallas más”; “Esta bien tacasota”; “Está bisbirindilla”; “Quitame tus zancarrones”; “Locas facetas”; “Nomás está de huacalonas”…

Siempre me pareció increíble que en un ser de luz tan pequeño de talla, cupiera tanto de todo: contadora de historias, memoria viva de su época, confidente, amiga, madre, abuela, supervisora, niñera, trabajadora, repartidora de felicidad y trancos, como de que no, argonauta de la vida plena, que le permitió vivir 90 años.

Maestra rural, por sus manos pasaron niños y mujeres y hombres, propios y ajenos, a los que crió con la vehemencia y entrega de quien viene a este mundo para dar, dar y seguir dando sin chistar, por convicción, porque podía, porque quería, incansable, sin quejarse; por cierto, otro de sus superpoderes, la resiliencia.

Sus ojillos analíticos vieron morir a todos los de su generación e incluso a uno de sus hijos, pero siempre tuvo presente que debía estar allí para el resto, el otro, y recordó que era faro, ancla, estrella del norte, piedra angular, y siguió. Y vieron tierras, mares, cielos, cuevas, bosques, selvas, cenotes, ríos, cataratas, playas, se llenaron de imágenes eternas…

El día que partió de este viaje, hace casi un mes, compró boleto sencillo para emprender otro, estoy seguro, más largo, y feliz. Solo unos días y minutos le bastaron para empacar las pocas maletas que requería, recuerdos y vivencias de viajes, y lo más importante, la compañía de sus hijos y demás familiares que reunidos en el andén desde el que partiría, la despedimos cada uno con nuestros respectivos duelos, deudas y agradecimientos, de su vientre nació mi substancia vital, mi Vida mía.

Hoy María Carmen Valadez Sandoval cumple 91 años, sí, los cumple porque en nosotros, los que la conocimos, los que tuvimos la suerte de cruzar nuestros caminos con el suyo, pervive toda ella. Celebremos su vida pues, su paso por este tiempo, compañera de viaje, árbol nodriza del que creen tantos retoños y brotes como viajes hizo, viajera cósmica, Cósmica Señora… Hasta siempre Bubu, hasta siempre Suegra!

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Era una mañana linda, la más feliz de todas, cuando naciste mi Niña-Sabia. Recuerdo que llegaste con hambre, ¡mucha! Vaya si lo recuerdo. Pedí bañarte la primera vez. Cómo de que no, me dije, si a todos mis hijos los he bañado, y así será con esta linda bebé. Y así fue.

Tenías el pelo más bellamente desaliñado, que yo podía recordar haber visto jamás, je, ya desde entonces supe que serías una chica rebelde, a tu manera, pero rebelde al fin.

Cabías en mi pecho en el que dormías cuando andabas chillona.

Antes de dormir, arrullada por mis latidos, me sonreías como si ya me conocieras desde otras vidas, y casi puedo asegurar que sí, así es, y es más, estoy seguro de que viajábamos en la misma nave que nos trajo a este planeta.

Detrás de tus pupilas, parecidas de las de Lulú, brillaba un fulgor hermoso, de tonos nacarados, allí a un lado, me regodeaba viendo tus sueños que revoloteaban como peces de colores brillantes, como en un lago de aguas cristalinas.

Hoy en día veo que has mitigado tu hambre con trozos de mundo, ¡bien! Hago votos porque tus sueños-peces no mueran nunca, y que crezcan cobijados ahora y en el futuro por mí, hasta que, seguro en poco tiempo, puedas hacerlo por ti misma.

Admiro tu carácter fuerte, determinado, tus sonrisas que iluminan el planeta, tu amor incondicional.

Quiero que sepas que tu llegada vino a cambiar la trayectoria de mi vida, mi concepción de la realidad. Por eso Gracias mi Niña-Sabia.

Te amo Sofi-Chofa-Sopa… mi Niña-Savia.

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Miguel G. Galicia

—I—

Cada año que envejezco recuerdo cuánto he caminado en este planeta, a veces conmigo, a veces sin mí.

Recuerdo que mi madre-insecto me contó que nací un día frío de este mes, justo hoy hace 46 años.

No, no siempre fui este que escribe, de hecho creo que soy de todos esos que fui, el que no termina de hallarse, pero el que menos perdido, y eso me gusta.

Este que lees es uno que se refleja en una caja de espejos, pero es el último, en el extremo opuesto, de esos miles de yo que te mira desde su cómoda lejanía, el que piensa en que, sin ser trágico, se enrumba sin prisa pero sin pausa hacia su planeta originario.

Y mientras hago eso —regresar a mi mundo en otro sitio del cosmos—, tomado de la mano de todos los Miguel reflejados en la caja, pienso todo esto, mil veces mil.

Antes de nacer me decía mi madre que era un insecto-feto feliz, y al nacer fui un insecto-bebé feliz. Un poco insecto, un poco ave, un tanto reptil, más o menos verde.

Me amamantó con sus tres pares de tetillas, de las que libé cada enseñanza que ella traía en su interior, en su genética; inteligencias, como les llaman por este mundo, que creo me han sido insuficientes.

Guardo recuerdos de aquella primera época, luego de salir de mi crisálida. Su rostro anguloso, su pelo rizado, su sonrisa extasiada. No lo voy a negar, fui su consentido, pero no lo pedí, mi salud quebradiza la orilló a ello.

En las lunas nuevas ella me acurrucaba entre sus patas y me cubría con un murmullo que al tocar al aire se solidificaba en suaves hilos para hacerme un capullo a mi medida.

Aún recuerdo su amor insecto, con el que me daba de comer, regurgitando manjares proteínicos. Ay mamá insecto, cuánto te extraño.

Un día, ya más grande me habló de la muerte, de la suya, usando palabras que aún me hacen temblar: Hijo-insecto, la muerte es para nosotros sólo el inicio de lo que sigue, pero no temas porque ya no sentirás nada, ni hambre, ni frío, ni miedo. Para nosotros la felicidad es esa, saber que regresaremos a nuestro reinicio. Yo, moriré un día de octubre y tú, tú quizás no lo hagas como yo pero ten por seguro que te estaré esperando allí, en el punto de arribo.

Recuerdo que le dije: mamá si te vas primero, quiero irme contigo. No, irás cuando esta envoltura-exoesqueleto, que ahora te cubre, llegue a término, no antes, no después. Y acariciaba mis rugosidades.

Esa noche que ella partió yo fui a reconocer, así le llaman por estos rumbos galácticos, su cuerpo, y quise tomar una pata suya porque quería conservar algo de ella; pero sucedió que no pude sostener la extremidad porque al desprenderla en un movimiento rápido, se hizo polvo.

—II—

46 años después soy un insecto feliz, como nunca antes lo fui.

Ahora vibro, como nunca antes, acompañado de mi mujer-insecto, G.

Triste, extrañando a mis hijos-insecto, cambio de color, cada que los pienso.

Cuando mis recuerdos me duelen los extraigo de mí, pero hago más espacio.

Cruzo mis alas y estridulo con ellas.

Mi cuerpo ha empezado a tejer hilos sedosos.

A mi insecto-amada G la cubro toda, cada noche, y mientras penetro en su cuerpo, abriendo su pecho, ella muere un poco, como yo, y en mi rostro se dibuja una mueca, parecida a la que, recuerdo, tenía Lulú-insecto cada que me arropaba hanciéndome sentir la felicidad.

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