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Posts Tagged ‘cumpleaños’

Amanezco en tu mirada. Abres los ojos y el sol empieza a clarear tu rostro. Amo verme en tus pupilas. Así, alargado, de silueta alienígena, obscuro, minúsculo. Me siento renovado cuando me devuelves a alguien que cada noche, pareciera que no tendrá una nueva oportunidad.

Pero este día es uno afortunado, porque cumplo 47 años.

— ¿He despertado ya tantas veces? —pienso, al responder tu saludo, mimoso, de leona.

— Hola amor, ¿cómo dormiste?

— Bien. Mejor que nunca.

He tenido mucho ajetreo en las últimas semanas: tu accidente, el tiempo en el hospital, en casa ajena, pero bien recibidos; tu breve muerte tu feliz recuperación y renacimiento profundo; la muerte de tu madre; la cirugía de mi hijo, su acompañamiento…

Pero hoy, me siento fuerte, animoso; 47 veces más vivo.

Es día laborable. Permanecemos solo unos cuántos minutos frente a frente.

La luz de la lámpara, que acabo de prender, incendia aún más mi imagen en tus avellanas de gorgona.

Nos levantamos y me alisto para enfrentar y acuchillar las últimas sombras de la noche…

Concluyo:

Cada vez consumo menos, cada vez necesito menos cosas, y supongo que ese hueco que tenía en otra época en mi vida, y que sentía en el pecho, ha ido desapareciendo, hasta casi llenarse, con mis sonrisas, con las tuyas.

Bajo el vidrio de la ventana, y a lo lejos el sol baña con rojos y anaranajados tonos la silueta del Iaxtacíhuatl.

Siento el aire en mi cara. Conduzco por Ciudad Puta con una sonrisa en la cara, mientras le subo el volumen a una canción que habla de tener una persona favorita…

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Nació casi en la tercera década del siglo XX, en una región tan agreste y mágica como su propia historia —solía decir que en Nochistlán se fundó la primera Guadalajara—. La conocí ya “cansada” o “domada” como decían algunos de los suyos. Y la imagino con toda su enormidad en esos pocos años que compartimos plano, viaje, que no puedo imaginar sus versiones duras, ni quiero, para qué, si de ella solo recibí buen trato, respetuosas reprimendas, y luego cariño a su manera.

En sus ojos de capulin, hechos de abismos centenarios, guardaba regionalismos o frases de sus tiempos de muchacha, en ese pueblo heredero de cascanes, de donde, seguro, aprendió a ser territorial, a valorar y a optimizar los pocos o muchos recursos que le llegaban o que se proveía.

Un poco maga, un poco hechicera, un poco alquimista, hacía pan de la nada y daba de comer a tantos que, cada semana, cocinaba banquetes exquisitos en los que el platillo principal eran las sonrisas, la unidad, el amor, todos aderezados con cariñitos y buena charla.

Su nariz pequeña, podía sincronizarse con sus miradas escrutadoras, que podían identificar los más grandes sueños o aviesos deseos de propios y extraños.

La observación del otro y desvelarlo de cuerpo entero, era uno de sus más grandes superpoderes, el cual le enriquecía otro, el de la discreción sapiente.

Linda, linda, tan majestuosa como controladora, tan amorosa como una leona; tan generosa con los suyos como desconfiada con los extraños. “Échale ojo de chícharo”, decía cuando se debía que cuidar a quien llegaba de otros lados al hogar.

Refranera como era, sus dichos podrían conformar un Diccionario de Regionalismos de Nochistlán, Zacatecas. Su sabiduría, más por vieja que por diabla, se podría cuantificar por lo lapidario de su certeza: “Eres muy farsantito y mitoterito”, “A tu perro le darás palos”; “Si ancho no quiere, yo comeré”, “No espero hambres ajenas”; No estoy sellando”, “¿Que crees que tengo mi chapil?”; “En tu oreja si no hallas más”; “Esta bien tacasota”; “Está bisbirindilla”; “Quitame tus zancarrones”; “Locas facetas”; “Nomás está de huacalonas”…

Siempre me pareció increíble que en un ser de luz tan pequeño de talla, cupiera tanto de todo: contadora de historias, memoria viva de su época, confidente, amiga, madre, abuela, supervisora, niñera, trabajadora, repartidora de felicidad y trancos, como de que no, argonauta de la vida plena, que le permitió vivir 90 años.

Maestra rural, por sus manos pasaron niños y mujeres y hombres, propios y ajenos, a los que crió con la vehemencia y entrega de quien viene a este mundo para dar, dar y seguir dando sin chistar, por convicción, porque podía, porque quería, incansable, sin quejarse; por cierto, otro de sus superpoderes, la resiliencia.

Sus ojillos analíticos vieron morir a todos los de su generación e incluso a uno de sus hijos, pero siempre tuvo presente que debía estar allí para el resto, el otro, y recordó que era faro, ancla, estrella del norte, piedra angular, y siguió. Y vieron tierras, mares, cielos, cuevas, bosques, selvas, cenotes, ríos, cataratas, playas, se llenaron de imágenes eternas…

El día que partió de este viaje, hace casi un mes, compró boleto sencillo para emprender otro, estoy seguro, más largo, y feliz. Solo unos días y minutos le bastaron para empacar las pocas maletas que requería, recuerdos y vivencias de viajes, y lo más importante, la compañía de sus hijos y demás familiares que reunidos en el andén desde el que partiría, la despedimos cada uno con nuestros respectivos duelos, deudas y agradecimientos, de su vientre nació mi substancia vital, mi Vida mía.

Hoy María Carmen Valadez Sandoval cumple 91 años, sí, los cumple porque en nosotros, los que la conocimos, los que tuvimos la suerte de cruzar nuestros caminos con el suyo, pervive toda ella. Celebremos su vida pues, su paso por este tiempo, compañera de viaje, árbol nodriza del que creen tantos retoños y brotes como viajes hizo, viajera cósmica, Cósmica Señora… Hasta siempre Bubu, hasta siempre Suegra!

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Era una mañana linda, la más feliz de todas, cuando naciste mi Niña-Sabia. Recuerdo que llegaste con hambre, ¡mucha! Vaya si lo recuerdo. Pedí bañarte la primera vez. Cómo de que no, me dije, si a todos mis hijos los he bañado, y así será con esta linda bebé. Y así fue.

Tenías el pelo más bellamente desaliñado, que yo podía recordar haber visto jamás, je, ya desde entonces supe que serías una chica rebelde, a tu manera, pero rebelde al fin.

Cabías en mi pecho en el que dormías cuando andabas chillona.

Antes de dormir, arrullada por mis latidos, me sonreías como si ya me conocieras desde otras vidas, y casi puedo asegurar que sí, así es, y es más, estoy seguro de que viajábamos en la misma nave que nos trajo a este planeta.

Detrás de tus pupilas, parecidas de las de Lulú, brillaba un fulgor hermoso, de tonos nacarados, allí a un lado, me regodeaba viendo tus sueños que revoloteaban como peces de colores brillantes, como en un lago de aguas cristalinas.

Hoy en día veo que has mitigado tu hambre con trozos de mundo, ¡bien! Hago votos porque tus sueños-peces no mueran nunca, y que crezcan cobijados ahora y en el futuro por mí, hasta que, seguro en poco tiempo, puedas hacerlo por ti misma.

Admiro tu carácter fuerte, determinado, tus sonrisas que iluminan el planeta, tu amor incondicional.

Quiero que sepas que tu llegada vino a cambiar la trayectoria de mi vida, mi concepción de la realidad. Por eso Gracias mi Niña-Sabia.

Te amo Sofi-Chofa-Sopa… mi Niña-Savia.

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Miguel G. Galicia

—I—

Cada año que envejezco recuerdo cuánto he caminado en este planeta, a veces conmigo, a veces sin mí.

Recuerdo que mi madre-insecto me contó que nací un día frío de este mes, justo hoy hace 46 años.

No, no siempre fui este que escribe, de hecho creo que soy de todos esos que fui, el que no termina de hallarse, pero el que menos perdido, y eso me gusta.

Este que lees es uno que se refleja en una caja de espejos, pero es el último, en el extremo opuesto, de esos miles de yo que te mira desde su cómoda lejanía, el que piensa en que, sin ser trágico, se enrumba sin prisa pero sin pausa hacia su planeta originario.

Y mientras hago eso —regresar a mi mundo en otro sitio del cosmos—, tomado de la mano de todos los Miguel reflejados en la caja, pienso todo esto, mil veces mil.

Antes de nacer me decía mi madre que era un insecto-feto feliz, y al nacer fui un insecto-bebé feliz. Un poco insecto, un poco ave, un tanto reptil, más o menos verde.

Me amamantó con sus tres pares de tetillas, de las que libé cada enseñanza que ella traía en su interior, en su genética; inteligencias, como les llaman por este mundo, que creo me han sido insuficientes.

Guardo recuerdos de aquella primera época, luego de salir de mi crisálida. Su rostro anguloso, su pelo rizado, su sonrisa extasiada. No lo voy a negar, fui su consentido, pero no lo pedí, mi salud quebradiza la orilló a ello.

En las lunas nuevas ella me acurrucaba entre sus patas y me cubría con un murmullo que al tocar al aire se solidificaba en suaves hilos para hacerme un capullo a mi medida.

Aún recuerdo su amor insecto, con el que me daba de comer, regurgitando manjares proteínicos. Ay mamá insecto, cuánto te extraño.

Un día, ya más grande me habló de la muerte, de la suya, usando palabras que aún me hacen temblar: Hijo-insecto, la muerte es para nosotros sólo el inicio de lo que sigue, pero no temas porque ya no sentirás nada, ni hambre, ni frío, ni miedo. Para nosotros la felicidad es esa, saber que regresaremos a nuestro reinicio. Yo, moriré un día de octubre y tú, tú quizás no lo hagas como yo pero ten por seguro que te estaré esperando allí, en el punto de arribo.

Recuerdo que le dije: mamá si te vas primero, quiero irme contigo. No, irás cuando esta envoltura-exoesqueleto, que ahora te cubre, llegue a término, no antes, no después. Y acariciaba mis rugosidades.

Esa noche que ella partió yo fui a reconocer, así le llaman por estos rumbos galácticos, su cuerpo, y quise tomar una pata suya porque quería conservar algo de ella; pero sucedió que no pude sostener la extremidad porque al desprenderla en un movimiento rápido, se hizo polvo.

—II—

46 años después soy un insecto feliz, como nunca antes lo fui.

Ahora vibro, como nunca antes, acompañado de mi mujer-insecto, G.

Triste, extrañando a mis hijos-insecto, cambio de color, cada que los pienso.

Cuando mis recuerdos me duelen los extraigo de mí, pero hago más espacio.

Cruzo mis alas y estridulo con ellas.

Mi cuerpo ha empezado a tejer hilos sedosos.

A mi insecto-amada G la cubro toda, cada noche, y mientras penetro en su cuerpo, abriendo su pecho, ella muere un poco, como yo, y en mi rostro se dibuja una mueca, parecida a la que, recuerdo, tenía Lulú-insecto cada que me arropaba hanciéndome sentir la felicidad.

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Desperté siendo un árbol que da corazones. En un terreno agreste crezco con muy poco, un poco de sangre, sol y aire azufrado que baja de las montañas ardientes.

Desde aquí la vista es excepcional. Domino un valle de restos de lo que una vez fueron dioses de otros tiempos.

Conforme transcurren los siglos cambio de corteza, pero sólo doy unos cuantos frutos en mi larga vida.

Hoy, precisamente en este 8-M doy dos.

El más grande pende de mi rama y se desprende con la suavidad de una hoja de fresno. Gira armoniosamente y al tocar el suelo explota, esparciendo polvo de miles de colores, dando vida y transformando el paisaje árido del rededor.

El otro pesa lo mismo que un diente de león y como tal vuela un poco antes de posarse parsimonioso, dando luz al planeta.

Cada uno toma su propia forma. Los cubro de heno con eso que en otros sitios se llama amor. Doblo mi tronco milenario lo suficiente para abrazarlos y darles soplos de vida…

Nada hay en el universo como verlos palpitar.

Les nombro, Es y Ce, “Mis hijas”, y las sumerjo en este mar de tierra yerta que empieza a cobrar vida…

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— I —
Suena una canción de la Sonora Santanera, esa que habla de amores de prostitutas, y luego una de Eddy Gormé, seguida de una de Bienvenido Granda. Es el preámbulo de lo que vendrá. Soñaré con mi madre. Madre-Muerta-Larva yace en su habitáculo a media luz. Muerta en partes, por episodios; podrida un poco cada día. Abraza a I. muerto pudriéndosele entre las patas. Cayéndosele a ambos el poco pelo que les queda. Sus caparazones opacos no pueden compartirse brillo. Ella ha formado un capullo con su baba milenaria. Ha mudado de exoesqueleto. El de él, mi hermano menor, no alcanzó a endurecerse y ahora es traslúcido. Lo arrulla bisbiseándole igual que los grillos. Al contacto  del sonido con su piel rugosa, mi I. querido se va hundiendo, aplastándose con el peso de las vibraciones…

— II —
Resignado hago fila, detrás de mi hermana V, quien ha sido dispuesta para la ocasión, hermosas sus extremidades, sus pelos urticantes; su miles de ojos pueden observar la historia infinita de nuestra especie: antes, ahora, en el futuro, en todos los hubiera posibles. Pero no funcionan hasta que mi Madre-Muerta-Grillo los toca con su lengua de popotillo. Los liba de su ceguera, uno a uno. Ella recibe el don y se larga, pavoneando su saber frente a mi estupidez silenciosa. Odio la inocencia de los menores, que nada temen, todo tienen. Mi otra hermana, CT, se yergue bichosa, poderosa, con sus tres cabezas. En un instante pasan toda nuestras vidas:
Ella se recuesta en el regazo de mi Madre-Muerta-Larva, sobre lo que queda de la piel de I., y al lado mi Padre-Escarabajo-Errabundo espera a que todo muramos, como marcan los cánones, para engullirnos, aunque eso nunca sucederá. Lo sé.
CT abre su diminuta bocaza y entonces sucede la maravilla. Madre-Muerta-Larva “conecta” con ella. Debo reconocer que ese momento, aunque no es mío, lo recordaré hasta el último de mis días: La conexión de la que hablo es un túnel cósmico por donde pasa toda la sabiduría de mi progenitora. Se multiplica en varios canales, y generan una luz negra que lleva de ida y vuelta remolinos de conocimiento de éste y otros planos, de éste y otros universos.
Exhaustas ambas se miran y lloran. Se despiden, se aman, y ese amor las reivindica…
— III —
Mi azoro no tiene parangón. Mi impaciencia tampoco. Me acerco como un paje. Tirito. Sin más Madre-Muerta-Larva me succiona desde la mollera. Dispuesta a conectarse conmigo pero no lo consigue. Asustado me separo, cortando el intento. Me atenaza del cuello, me levanta y mis pares de patas se separan de mi cuerpecillo que para ese momento ha dejado de ser tal. Me acerca hasta que puedo oler su aliento amoniacal. Escudriña mis pensamientos.
Amorosa me aleja de su presencia sin soltarme. Sobre el abismo que se abre debajo de mí me sostiene en vilo, en tanto que me arranca las alas. Excreta algo que me baña y que recuerdo muy apenas, es nuestro idioma antiguo: Dice que me saldrán alas nuevas, patas, que aprenderé, que debo hacerlo, que así lo cree, que soy al que más ama, y por eso hará lo que enseguida:

Me arranca la cabeza que al caer al hueco infinito, mira la escena desde abajo y con rafagueos veloces. Antes de tomar consciencia de que me desgarrará, lentamente, la recia tempestad que me reclama, voraz, tengo un último pensamiento: Cuántas veces más se repetirá esta experiencia, ya llevo 45 años, 45 veces en una misma vida…

Y me suelta…

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Un pestañeo.

Amanezco en tus ojos.

El horizonte detrás de tu iris me regresa una imagen que no podré olvidar mientras mi cerebro funcione:

mi rostro deforme, sus escamas intactas, abrillantadas.    Mis cuernos y colmillos en su sitio.

Sonrío de verte.

En la corva de tu córnea me reflejo tan minúsculo como un liliputiense feliz e imagino que tú te observas igual.

Juego de espejos infinito.

Tú miles de veces, yo miles de veces más.       Somos tantos monstruos que podríamos sobrepoblar un mundo saturnino.

Compartimos una vuelta al sol más.

Te despiertas.

Abres tus bellas fauces tanto como puedes. Eres la envidia de leones y tiburones.

 

En mis brazos, rematados por sendas garras, eres tan frágil como un diente de león azotado por el vaho de un dragón.

Te ofrezco mi pecho y muerdes. La dentellada me abre en canal. No, te pido que me dejes disfrutar más, deja para el final mi cabeza…

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