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Archive for January, 2014

UnO

Sentí los primeros síntomas hace un año, pero hace un mes se incrementaron mis ganas de hacerlo. Los sueños me llenaron la mente como un tumor canceroso, primero una vez al día cada mes; luego una semana completa cada mes; al final cada minuto de cada día de cada mes. Eran tantos los pensamientos de amor que se me salían por todo el cuerpo. No exagero cuando digo que podía recogerlos entre mis manos como si fueran camelias, y los guardaba en mis bolsillos como dulces de algodón.

Ya para el 31 de diciembre — ¿o en qué fecha estamos?, no importa— no podía soportarlo más, me brotaban por los ojos, inundaban mi boca esas flores/minutos, esos sueños/pétalos, esas ganas de amar incontenibles. Mi doctor me decía que me daría otra pastilla para equilibrar los químicos cerebrales, que había que hacer un ajuste de sustancias… ‘Es la oxitocina, pero lo vamos a corregir’, decía con tono solemne.

Hace unos días me desesperé de no tener respuesta y tomé cinco píldoras de un jalón. Tenía dos frascos y a ella le hice tragar por la fuerza uno entero. Creo que no pasó mucho tiempo antes de que ella sintiera sus efectos. Primero su mirada se hizo acuosa, luego suspiró y guardó un largo silencio. Masculló algo que no pude entender del todo pero supongo que me quiso decir cuánto sentía por mí. Así pasaron las horas, no sé cuántas, y me dediqué a sentarla con cuidado, allí donde la ve. Levanté sus piernas largas, sus brazos los doblé. Acomodé la noche de su cabeza mientras ella intentaba regurgitar lo que creo le impedía respirar. Abrió la boca y cerró los ojos. Una lágrima rodó por sus mejillas rosas; se estancó en el inicio de la línea de sus senos y se evaporó cuando exhaló lo último, antes de dedicarme su última mirada…

dOs

Nunca me ha gustado trabajar en Navidad o en año nuevo o el 31 de diciembre pero debo hacerlo —guardó para sí un pensamiento, no podía decir que prefería trabajar que recibir otro rechazo—. No me malentiendas, no es que no me gusten estas fechas pero ocurren cosas que uno no se puede explicar del todo. Cosas extrañas cuya naturaleza te indica que algo pasa entre nosotros. A veces algunos no se comportan como lo que somos: humanos…

No terminó la llamada, el teléfono celular perdió la señal…  o le colgaron del otro lado de la línea. Prefirió no decir nada y siguió conduciendo. La noche se cerraba y las luces de su automóvil la rasgaban para abrirse brecha entre la soledad de la carretera.

 

tREs

Lloviznaba. Apagó la torreta y descendió del vehículo. Se burló de sí mismo pues al estar tan lejos de la ciudad era obsoleto encenderla. Se dijo para sí mismo No seas farol Mendoza, no seas mamón. Lustró cada zapato con la pantorrilla pero al salir los ensució con un charco de agua turbia; escupió enojado. Cerró su chaqueta de piel. Sintió la pistola al cinto, la placa en el pecho y subió las escaleras. Encendió un cigarro de esos ficticios, de los que sólo disimulan para engañar el hábito de quien los compra. Un vaho fresco entró por los pulmones. Llegó al cuarto piso del hotel y ya trabajaban los colegas. Antes de entrar guardó el cigarrillo de mentiras y prendió uno de verdad. Lo caló hondo y entonces, sólo entonces sintió que estaba vivo, nada como fumar de verdad, pensó. Ingresó al dormitorio y lo que vio hizo que volteara la cabeza como buscando una explicación —aunque fuera imaginaria, una mentira de quien viniera— para razonar lo que sus ojos guardarían para siempre:

Sentado en una silla, de frente a la ventana dos sillas ocupadas. Una por un hombre de unos 40 años, mudo, inmóvil. Pelo cano, ralo, regordete, manos de gorila, nariz de pájaro y ropa luida. En la otra una mujer inmóvil, evidentemente muerta. De la bolsa trasera del pantalón de mezclilla sobresalía una carta que al voltear a verlo se le salió, mas alcanzó a retenerla apretándola contra las nalgas. La tomó con una delicadeza que contrastó con el aspecto de sus dedos de hongo portabella que cualquier hubiera pensado que no eran suyos. Una sonrisa suave, casi pueril deformó aún más su gesto. Las arrugas surgieron de la nada en ese rostro endurecido por el dolor. Extendió la mano con el papel y le dijo:

—Al fin llegó Medina, ¿o es Mendoza? Por un momento pensé que no lo mandarían a usted —dijo no sin antes sacar de quien sabe dónde un encendedor—.

¿Por qué conocía su apellido?; ¿por qué habría pedido que fuera él precisamente quien llegara a ese lugar?, si no era su jurisdicción. Las preguntas se agolparon de pronto en su mente. No recordaba conocerlo, ni siquiera en su primera juventud. Y como si aquel hombre leyera sus pensamientos soltó:

—No, no nos conocemos. Nunca nos hemos visto en persona, bueno en realidad sí, pero en sueños. A usted lo soñé y sé que usted me soñó a mí. Esto es un dejavú, ¿se da cuenta? Es más si lo intenta, me recordará de hace un mes exactamente. Dormía una borrachera de vodka. Ese día cogió con singular alegría y se quedó dormido en este hotel, precisamente en esta habitación…

El estupor recorrió su cuerpo. Lo que decía ese hombre no tenía lógica, él ni había tomado —de hecho no lo hacía desde más de cinco años atrás—, ni había cogido en medio año —su esposa le había dicho que estaba decidida ya a dejar de tomar sus pastillas, resuelta de querer divorciarse de él en cuanto su cuerpo se desintoxicara de los químicos. Calló y esperó a ver qué más le decía ese sujeto que a media luz parecía estar hecho como de papel maché.

 

CuatRO

No la maté porque sí, la maté porque al igual que su esposa con la que usted lleva casado una década, se resistía a tomar las pastillas. Yo la amaba, ella a mí dejó de amarme hace mucho… si es que alguna vez me amó, claro. Pero recuerde que en nuestra condición eso es una elección. Yo no entiendo mucho de estos nuevos tiempos. No me gustan… Denuncié esa anomalía a su médico, al ministerio de salud, luego a los laboratorios pero nadie me resolvió nada. Todos me decían que ella estaba en su derecho de elegir si deseaba tomar las píldoras o no… Pero eso a mí no me va…. Yo soy de una sola toma y ya. Mire mi registro —alzó la mano y mostró orgulloso el dorso, se leía un número de 10 dígitos con sus respectivas líneas. No mentía—.

Intenté por todos los medios decirle que era lo mejor, que yo era su mejor opción pero no quiso escucharme. No, no lo planeé, sólo decidí de botepronto que debía hacer algo. No podía dejarla ir así como así, ella es mía, yo le pagué el tratamiento para que dejara a su anterior hombre. Pero no aceptó ningún argumento. Por eso la obligué a ingerir todo el frasco de un jalón, pero no aguantó. No, no sé cuánto tiempo llevo aquí. ¿Cree que hice mal?, ¿no cree que una corte me absolverá? Eso ya no importa… Sólo le pido un favor, tengo derechos y sé que puedo tenerla conmigo, a donde yo sea llevado… ¿podría por favor ayudarme a llenar el papeleo?.. Gracias…

 

cINco

Despertó llorando, como un niño. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde que esos sueños recurrentes lo desubicaran de esa manera. Su mujer acudió a su llamado. Le preguntó si estaba bien, si deseaba algo. No, no es nada, respondió él. Oye pero quédate conmigo. No, ya te he dicho que eso no es ni será más posible. Ven, anda, tómate un chocho conmigo y hagamos el amor, como antes. No, no insistas, ¿recuerdas lo que te dije?, ya no más chochos. Ya no tenemos nada. Entre nosotros, sólo algo filial, y sé que quiero otra cosa. Él se recostó, bebió el agua que ella le trajo y entonces trató de dormir. Quiso odiarla pero no pudo. La oxitocina en su cabeza se lo impidió. La luna nueva iluminaba la ventana. Ingirió una píldora para dormir, pero sus pesadillas regresaron. En la nebulosa de su mente se perdió, conoció gente que nunca había visto en su vida, hizo cosas que normalmente no hacía. Se vio en un pasillo largo sin paredes, sólo una banda de asfalto sin fin. Todo como si formara parte de una tira cómica. En el cinto una pistola de esas que arrojan agua, la placa de chocolate, y una anforita con alcohol eran todo lo que lo vestían. Llegaba a una casa. Una mujer con cabeza de cerdo cocinaba chilaquiles desnuda. Él la invitaba a salir al jardín a recoger tallos de ideas que podrían sembrar juntos en un invernadero que tenía bajo su cuidado; sin embargo por respuesta, ella se inclinaba con la cuchara en la mano y le untaba salsa por todo el cuerpo. Se inclinaba y le hacía una felación que lo mojaba… Antes de despertar de nuevo, alertado por el bip de su alarma, la besaba en el hocico, y volaba con ella, enlazados por el sexo, mas cuando le preguntaba su nombre, ella se transformaba en un hombre de mediana edad, gordo, con cara de ave y él, asqueado, lo rechazaba. Tengo que hacer algo con este tratamiento, ya no me funciona, susurró… Se vistió y salió a la calle… Un asesinato lo reclamaba. En la central no le daban detalles, porque en el lugar se enteraría… Pero él no tenía cabeza para pensar en nada que no fuera resolver su problema personal… ¿Tales sueños serían señales?, ¿de qué?, ¿cómo interpretarlas? Pensó que la conducta evasiva de su mujer tenía la culpa de esas pesadillas. Debo hacer algo, antes de que me vuelva loco de verdad, resumió, y salió de su casa.

 

seIs

Ahora se hallaba en esa habitación frente. Secó el sudor de su frente. Apenas recordaba el momento en que había llegado. De lo que si estaba seguro era de que ya había tomado la primera declaración del hombre que no volvió a hablar más y regresó a su posición inicial. Junto al cuerpo de esa mujer mitad humana, mitad sintética que permanecía ahogada con 100 pastillas de esas que estaban de moda, que dicen las clínicas de pareja pueden hacer que el amor dure para siempre. En silencio todos los que escucharon su relato y que permanecían a su alrededor —por eso no recordaba mucho, se había ensimismado en sus pensamientos mientras el hombre aquel había relatado cómo habían sucedido las cosas— esperaron a que diera órdenes. El detective Medina, célebre en la Unidad Especial de Investigaciones del Amor se recompuso, carraspeó, caló su cigarro que ya le quemaba los dedos y, —también se dio cuenta de que había fumado media cajetilla— guardó su encendedor. Sacudió la cabeza, pues un nuevo pensamiento cruzó su mente: pensó en su mujer que ya lo aguardaba en su casa, fría con él. Por un instante creyó verse obligándola a tomarse un centenar de dosis del amor como había hecho ese tipo regordete que ahora miraba el infinito. Se odió porque la idea le hizo sentir un cosquilleo de placer; sin quererlo sonrió. Se recriminó la licencia mental, repartió instrucciones y salió. Nunca entendió por qué aquel tipo lo había soñado. ¿Qué decía la carta? Ya lo sabría, cuando la leyera. Irrumpió en la calle lluviosa, no quiso manejar más.

Sacó de nuevo su cigarro de mentira. Masculló en voz baja “por eso mismo no me gusta trabajar en Navidad ni en año nuevo”. Tocó el frasco de pastillas —guardado en la bolsa de su chamarra— que había sustraído de la escena del crimen, acarició la pistola, y tomó con rumbo a su casa. Seguramente su esposa estaba dormida a esa hora, mientras se repetía como oración: “No será problema y claro, las leyes pueden permitirme llevarla conmigo a donde sea, a donde vaya, a donde me lleven”. Y la noche lo devoró…

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