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Archive for October, 2012

Yo: soñando que vuelo, el mesero desvelado, con mi filipina blanca y pantalón negro como la noche que me devora ocho horas y me deglute sin masticar, arrojándome con ojeras relucientes y más flaco por la inanición y sus besos… Taxista secuestrado por un par de hijosdesuputamadre, que me torturan y madrean sin piedad, preparándose para dar el brinco hacia las ligas mayores del crimen; imberbes, crueles, ensayando modos de tortura —que si me restriegan el cañón de la pistola en la cintura para anunciar como gurús mi, luego del bang, vida sobre dos ruedas, que si me patean y machacan mi cabeza mientras anuncian chiquiadores de plomo en la sien—, son el Bueno y el Malo, sin el feo, pues ese sólo aparece  en la película que observo desde el piso de mi vocho rentado para ruletear, pintado de canario por 140 pesos el día. Cinta de Clint Eastwood (¿era él?), a colores en tecnicolor de mi niñez, que veía en Cine permanencia voluntaria, lugar refrescado por la pepsi cola tamaño familiar y con sabor a palomitas a donde me voy madrazo a madrazo… Besando a G. con la lubricación en mi entrepierna, deseando meterle mano a su corazón y a su humanidad que me grita con su lengua enredada en la mía que me quiere hasta amarme, y con su grito me mueve el cosmos de mi interior como esos calaqueros que en el Zócalo hacen bailar  una calaca diminuta, de plástico, en medio de la plaza, como por arte de magia, magia de su corazón contenido por el raciocinio, y el miedo de perderse conmigo y perdernos en un abismo que ni ella ni yo conoceremos nunca, al menos juntos, pues nuestro destino es amar sólo nuestros recuerdos —lo sabremos dos décadas después— y mi corazón, que choca con el suyo, amordazado también de pies y manos y que prefiere salir de mi pecho matándome de un jalón el amor, y mira mi corazón con patas y manos  dando brinquitos, mientras yo sigo viendo cómo en un duelo alguien mata a Eastwood (¿neta era él?) y resuena el fiufiufiuuuuuu, tararaaaa, fiufiufiuuuuu tararaaaaaa (y no dejo de pensar con esa tonada en los comerciales de las Mueblerías de los Hnos Vázquez), el último patadon me saca de la sala de cinito de mi cabeza para echarme a los chacales de la montaña, que a mis pies, y en medio de una ciudad perdida, flamante pero mal planificada, donde no hay servicios suficientes, pero sí lotes baldíos donde las familias reproducen dramas y ven telenovelas y sirven de dormitorios de lunes a viernes, y de criadero de pobreza todo el años… En Ixtapalapa el sol quema pero no calienta. Aquí me hallo con la cabeza entre las rodillas, al fin llorando, frente a tres personas que guardan un silencio respetuoso del secuestro ajeno, del pavor ajeno, de la rabia ajena, de la mallugada ajena…

En esos pensamientos me encuentro cuando la Mujer con cabeza de león me pide un favor muy especial: Ve a casa de la T. y corta una siempreviva, del tendedero toma unos calzones y me los traes volando. Nunca percibo el olor de sus palabras, únicamente la forma que dibujan al caer al suelo. Son pesadas, como de hierro, entonces ya no puedo continuar ni con mis recuerdos tatuados con la saliva de G., ni con el aroma de mi taxi, ni del aroma del polvo de Canal de Garay, ni tratando de adivinar las fétidas partículas de la pólvora, que nunca se hacen realidad, ni con la imagen de los pistoleros de mi película personal. Sólo me queda pensar que mi adolescencia fue asesinada  por la vida adulta, de un jalón, con sonrisa torva; y comprendo que la pistola del destino jala el gatillo y me mete un amasijo de mierda y adultez en mi cuerpo, todavía enclenque. Lloro.

Camino por estas calles polvorientas, y calculo que a estas horas Doña T. andará fuera de su casa, metida con el esposo de Doña J., quien ha pagado a Doña Cabeza de león para que le haga un “trabajito”, pues ella no perdona a nadie que se meta con su marido. Ya se encargará de ese cerdo después —y yo también habré de presenciarlo—. J. ha tenido que esperar casi un año desde que se dio cuenta de las nuevas tropelías de su esposo, pues sólo en día de muertos es cuando deben hacerse los “trabajos”, dice la Señora Cabeza de león.

Vuelvo a la casa de la Mujer con cabeza de león, tras haber cumplido mi misión. Me invita de desayunar un plato de arroz con dos huevos estrellados, con la yema cocida lo suficiente pero sin coagular del todo, sabe como hacerlo perfectamente, sin que se quemen, un jugo de naranja de su huerta, un pan de dulce y leche de su vaca Godofreda, recién salida de sus ubres, calientita, espesa. Tomo el dinero que me ofrece y me pide que vuelva mañana porque me tiene más encargos.

En la mañana de este Día de muertos la Mujer con cabeza de león tiene ya puesta su ofrenda, es enorme, mide aproximadamente 20 metros,  es famosa en toda la zona; gente de todos lados llegan admirados por su realismo. Llama la atención los cráneos que ella dice son de yeso y resinas —yo sé que miente, son reales—. En ella ha colocado las calaveras de sus muertitos que adora, les ha puesto su papel picado de colores, flores de cempasúchil, agua, sal, azúcar, mole, tortillas azules,  blancas, frijoles, dulce de calabaza, de camote, arroz, tequila, mezcal, sotol, bacanora, unos cigarros, un puro, sonajas, pan de muerto, nardos, calaveritas dulces, cirios. En otra sección yacen los cráneos, los huesos de los difuntos que ella ha cosechado, parido, y ya está el de La T.

Ve a casa de Doña T., me ordena amablemente, y regresas volando a decirme si ya se murió. Voy lo más rápido que puedo, y en el vano de la puerta un crespón. Entro, pregunto y una joven de huesos largos, me señala, vacilante, con su dedo de libélula, un ataúd. Es el de Doña T., me santiguo, hago guardia y me retiro. Todo se ha cumplido.

Nadie sabe cómo sucedió, nadie sabe cuando fue, todos dicen en el velorio que la hallaron empalada y ahorcada, pero que no tenía cara de sufrimiento. Nadie habla más, ni sus parientes, ni sus hijos, ni nadie, porque alguien vio que la J., esposa cornuda, fue a platicar con Doña Cabeza de león. Es mejor no preguntar.

Don H. siempre fue un tipo rudo, feo como pocos, pero cumplidor. Así lo describían en ese lugar; buen amigo, tranquilo, no tomaba ni fumaba. Su principal vicio eran las mujeres, él presumía que lo suyo lo suyo era “el coño”. Todos sabían de su pasado y su presente, pero ninguno adivinaba su futuro. El día en que se casó con La J. era primavera. La iglesia había sido adornada con flores de mil colores, los pájaros danzaban sobre lo más alto de los árboles. J. era la más berrinchuda de sus hermanas, cuatro en total, y la más caprichuda por pequeña. Sus abuelos la criaron luego de que sus papás murieron en un accidente. La tragedia siempre la rondó. Se enamoró de H. cuando éste aún era un bello horrendo, de carnes duras, y pelo negro, crespo; recién llegado de quién sabe donde; con aires de amigo y su porte intacto, enfundado en una bata reluciente, y esa sonrisa que, aseguran muchas, reposaba en almohadas diferentes cada noche.

Ella lo quiso para sí, y sin importarle los consejos ni las habladurías, lo consiguió, al fin que siempre hizo lo que quiso. Pasaron muchos años, pero H. sabía que podía hacer feliz a muchas, y así lo hacía. Sin embargo J. se cansó un día y decidió ponerle fin, solicitando los servicios de la Mujer de cabeza de león.

No hubo mucho que hablar, ambas mujeres tenían en común el despecho provocado por H. una por ser la eterna esposa engañada, y la otra, por ser una muesca más en la cacha (gigantesca decían las entendidas) del galán, quien ya avejentado, y sin el toque de su juventud, repartía promesas de divorciarse, y una de ellas le tocó a la mujer que conocía los secretos de cómo provocar la muerte. Así que no fue difícil convencerla, ni cobró lo acostumbrado.

Esa vez llegué temprano, tomé un jarro de té de limón con un poco de leche y luego fui requerido al cuarto de los “trabajos”. Tomé el libro de salmos y empecé a rezar. Una y otra vez, hasta que sucedió de nuevo. La Mujer de cabeza de león entró en trance y yo seguí leyendo, conforme sus instrucciones. Ella se desdobló y viajó al lugar donde dormía Don H., luego de los estertores pertinentes —pues aquel tenía su nahual que lo cuidaba y ella se vio forzada a pelear, retorciéndose en cada embate—, volvió con un chile cuaresmeño, una fotografía del susodicho y alfileres. Yo seguía leyendo, ya como poseído, no obstante en otra parte de mí, yo aprovechaba para sumergirme en los recuerdos de mi vida. Dios, Jesús y todos los santos pasaban por mi lengua, recitados hasta el azoro, hasta que dejaba yo de sentirlos como cuando el rayo pasa por las nubes para tocar la tierra, yo aprovechaba para volver a vivir mi remota historia, e incluso sentía que podía irme a mis otras reencarnaciones… “Santo, santo, santo, santo es el señor…”

El anafre refulgía con un brillo siniestro. El chile quemado me hacía llorar impotente, y Doña Cabeza de león lloraba porque al fin y al cabo ella si llegó a querer a don H. mas nunca se arrepintió. Dicen quienes lo vieron que el señor H. se retorcía en su cama, se tocaba entre las piernas, y se quería arrancar el pene, pero nunca pudo. Murió desangrado, como res en el matadero. Doña J. siguió con su vida, le guardó tres días de luto y siguió vendiendo fruta en el mercado.

Esa fue la última vez que vi a Doña Cabeza de león. Me despidió entre sollozos y me pagó lo suficiente para vivir unos años sin tener que trabajar. Ya viejo aún me pregunto si tan sólo supiera donde viven esos hijosdesuputamadre que me madrearon aquella vez, y si Doña Cabeza de león estuviera aquí, le pediría que me hiciera un encargo de muerte… yo creo que a mí me haría un buen descuento… y pensando eso me marcho al asilo con paso cansado…

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