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Archive for December, 2013

Cagaba. Sentado estaba en el baño cuando el movimiento de una mancha en el piso lustroso me obligó a dejar mi lectura. La mancha se detuvo y caminó de nuevo, se detuvo como queriendo hacer bailar mi mirada. Se metió por donde había llegado y regresó. No supe si ese bicho creció o yo me reduje, la cosa es que de pronto estábamos hablando —en un parque de grandes árboles y tomando café— de temas como los pesticidas y su impacto en el planeta —al parecer ese animalillo dominaba el tema pues además de llamarme amigo, algo que me hizo un poco de ruido, me habló de los fluorocarbunclos y la capa de ozono y los rayos ultraviolenta o algo así—. Decía que tomábamos café. Sin darnos cuenta la plática nos llevó al rubro de las mascotas y de los amos y esas vainas. De pronto sin mediar palabra alguna se soltó a llorar como magdalena/bicho y me dijo que él sería muy feliz si yo lo tomaba como mi mascota. Entre sollozos mocosientos me suplicó abrazado a mí con sus asquerosas extremidades que yo lo adoptara, sí ¡¡¡yo!!! Y esgrimió con la vehemencia del mejor vendedor de productos para salvar el alma del mundo, que si me convertía en su amo tendría más beneficios que pérdidas. No tendría que limpiarlo, ni sacarlo a pasear, no comía más de una vez en el año, y su alimentación se reducía a una porción de desechos semisólidos. Repetí lo dicho como una oración para mí, como queriéndo convencerme de que lo que decía era verdad y me convenía. En ese momento se paró y me abrazó por enésima vez,  llorando ya a moco tendido, tiritaba y me embarraba sus lágrimas (¿?) verdes en la camisa. Lo miré diferente. Como con desprecio. Y al igual que me reduje o él creció, lo aplasté con un zapato que todavía recuerdo, y me sigue pareciendo gigantesco. Las palabras que mastiqué durante varias noches seguidas, luego de esa fueron estas: “Lo siento pero ni soy tu amigo, ni lo quiero ser, porque a mí los animales que lloriquean a la menor provocación, me dan asco… Seguí mi lectura, acabé de leer mi diario, me limpié mis seis patas, el culo de blátido y me marché… así pasó…

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1… Sucedió hace muchas eras. Mi madre había muerto unos días antes. El desasosiego turbaba mis sentidos, me abría en canal. Esa sensación de pesadez en la nuca, el golpe seco de la pérdida física de mi conexión cósmica me inundaba y me obligaba a vomitar líquidos sanguazeros. Un animal devoraba mis entrañas. Había perdido todo en poco tiempo: mi primer divorcio; la separación de mi primer hijo; el desempleo; una recaída provocada por el dolor vesicular, me había llevado al hospital. Solo maltrecho, sin mí… pero sobre todo, solo… La jodidez al acecho de mi vida. 2… Una tarde salí del departamento que ocupaba con Lulú hasta antes de su partida. Sus aromas aún permanecían en la ropa que dejó en su lecho. Moneaba con ellas todo el tiempo, como para guardar en mi memoria ese olor amoniacal que dejó su insuficiencia renal. De sus dientes de resina, inmaculados, sobre su cómoda y esa sonrisa artificial de sus últimos momentos, ni hablar. La sentía a mi lado como acariciándome. Sus últimas palabras, sabias todas ellas, dignas, me orillaron a huir de allí: “Moriré, ya, pronto. Pero igual que esa herida que te hiciste con el botellón de agua, que casi te hace perder el pulgar, me cerraré en tu interior… y te doleré menos. Te doleré de otra forma, pero esa herida te recordará mi presencia pero será diferente. Déjalo al tiempo, el tiempo lo cura todo… hasta el pulque”, dijo con esa sonrisa sardónica que no le hurté. 3… Era de tarde y los huesos del comercio ambulante del centro de esta ciudad puta eran despojados de su piel plástica, desarticulados entre guerras sonideras. Soplaba un viento furioso. Caminé sin rumbo por horas, a las plazas de mi juventud tierna: Santo Domingo, Torres Quintero, Soledad, Loreto, del Estudiante. Mis paso me arrimaron al ombligo del país. La mole me veía con sus aires de perdonavidas. Me llamó e ingresé. Empezó a llover. Inusual para un ateo irredento —gracias a Dios—. Necesitaba escuchar, sentirme vivo, visto, sentido. Me sentía como aquellos personajes de “La Dimensión desconocida” en el capítulo donde se castiga con “La ley del hielo” a los infractores; personajes cuya frente es marcada como a los hijos de Aureliano Buendía, para identificarlos y a los que nadie, nadie de la sociedad debe hablar o ver o ayudar, so pena de ser castigado también. El tañer de la construcción que invadía con mi presencia/no presencia me hizo apurarme. Sin pensarlo dos veces por la premura y para evitar que me echaran de allí, busqué el primer sitio disponible y me hinqué. Cerré los ojos, entrelacé los dedos, y me hundí en un pensamiento que dominaba el rostro de Lulú. Lloré en silencio como cuando nací —mi madre decía que yo nací y lloré como mudo, sólo con lágrimas ardientes que marcaban mis cachetes de Niño Cara de papa—  y en ese instante temblé. No era frío, no era calor, era una sensación de muerte prematura; de olvido acumulado, de futuro en trozos que me invadió. No pude abrir los ojos pese a que lo intenté de veras. En ese instante una mano cálida con siete dedos salida de ninguna parte me tocó la cabeza y sentí una paz como nunca había sentido en vida. A través del tacto pude percibir una brazo firme que me extraía el dolor más primitivo, el de todo el mundo que había sido sembrado en mí desde el momento en que reconocí en la morgue el cuerpo que había guardado la esencia de mi madre por 49 años. Y me levanté y vi una imagen que reconocí de inmediato, hecha de pintura y tela, allí estaba Guadalupe, morena, incólume. ¿Me sonreía?, ¿me hablaba?, ¿me daba consuelo? Limpié los restos de mis líquidos y salí. 4… De vez en cuando hablo con esa imagen mitad Lulú, mitad Guadalupe para preguntarle cosas… pero no responde… para mí eso es suficiente, sé qué allí está y que no se irá. 5… “Sí Miguelito, el día que mueras vendré por ti”… Ahora recuerdo, esa fue la última frase que mi mamá me dijo antes de dormir para siempre, por eso no le temo más a la muerte, sé que no existe un paraíso, ni juicio final ni nada de eso, sólo son ideas inventadas por una secta para dominarnos. Total, si mi madre no cumple su promesa me voy solo a mi planeta… así pasó y no era 12 de diciembre, lo juro… o casi…

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