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Archive for December, 2015

Caminas por República de Brasil. Arrastras los pies como un muerto viviente. La Calle de las novias te enseña indumentaria de princesas en cada local. Colores, lentejuelas hilvanadas con sueños y brillantes de utilería. Muñecas de fibra de vidrio sin pelo, sin rostro, posan incólumes sus ropajes, salidas todas de la mente de las niñas y jóvenes que miran esos programas en donde tú has aparecido por décadas.

Tus ojos azules buscan con avidez algo, alguien. Un aparador cuyo fondo te devuelve una imagen fiel de ti mismo te paraliza. Entonces el velo de tu memoria cae por primera vez y te miras con toda la fuerza del presente.

Un hombre harapiento, viejo, demacrado, enfermo, semicalvo, de párpados caídos y rojizos, como de conejo se ríe de ti, de tu expresión anonadada; idiotez paralizante. Pero lo que más te duele es que ahora suelta carcajadas filosas que atraviesan tus lágrimas que caen a torrentes.

Das vuelta sobre tu eje y caes en un charco. Las personas te ayudan a levantarte pero no te pones de pie, prefieres sentarte en la banqueta a deshojar recuerdos…

 

Tú engallado sobre un corcel; sobre una carroza, junto al cura Hidalgo; en un campo de batalla, aprietas un fusil. Enfundado en un uniforme que te queda grande. Tú paseando a un perro en un jardín, en segundo plano; subiendo y bajando escaleras en un centro comercial; tomando café con un desconocido, y platicando como si se conocieran, mientras los actores protagónicos sonríen y hablan de destinos, de amores que no se cumplen.

Tú firmando un contrato, contando tu dinero, sonriendo porque podrás pagar el gas, el teléfono y otros servicios. Tú coqueteándole al compañero. Sosteniendo la mirada del chico, que como tú pasea por la Zona Rosa, la clásica, aquella que no visitas más hace mil ayeres.

Tú tomando metro, camión taxi, entrando a los estudios, al teatro, escuchando a lo lejos al director de set, al de escena. Tú siempre en segundo plano, extra de los extras, segundo de los segundos de este tiempo que quisiste vivir en el reloj de la vida.

Tú sentado frente a los aparadores de esa calle llena de niñas y mujeres y alguno que otro hombre que busca lo que tú como otros nunca hallarán: amor. Tu viejo cuasidiscapacitado rememorando al viento tus hazañas, los títulos de los proyectos en los que participaste. Tú desempolvando contratos con la asociación de actores, pensando qué dirá tu “amigo” de toda la vida cuando se entere que le dejarás tu departamento, herencia de otros quereres de tu infancia, de tus parientes, a quienes ya enterraste. Tú reuniendo valor para acercártele a él, a quien siempre amaste en secreto y te ha rechazado una y otra vez. Tú entrando en la tienda, sorteando a las empleadas que te miran con desconfianza. Tú frente a él y sus hermosos rasgos, inmarcesibles a tu parecer. Sus ojos verdes, su piel ajada. Tú balbuceante, rogante, llorante, temblorante. Tú. Tú. Tú…

Y él que no sabe quién eres, con su mirada perdida, esa que nadie, ni él mismo, comprende nada. Él y tú, tú y él. Él perdido en la nada y tú perdido sin nada. Ambos extremos que se tocan para restregarte en la cara que es mejor que te vayas, que nada puedes hacer. Coges tus recuerdos que sin quererlo se entrelazaron con tus esperanzas y tus lagrimones y te marchas. De regreso a tu casa piensas algo que hasta ese momento ni siquiera habías considerado: Ya enterré a todos, ¿y ahora quién me enterrará a mí?…

Brasil te lleva al Zócalo. Las luces en los edificios te revelan que está próxima la navidad, que es 2017 y que sin saberlo llegaste con un cuerpo ya marchito. Los pedigüeños se te acercan pero no te piden nada, te escupen y te exigen que te vayas; esa es su plaza. No comprendes bien pues ellos están drogados por la pobreza, por la indiferencia.

Las campanas de Catedral indican las 6pm. Anochece. La temperatura cae en picada libre. Te vuelve la tos. Escupes flemas malolientes. Sientes que te mueres y te abraza un miedo helado. Algo dentro de ti te dice que aún puedes hacer algo, que tienes un primo lejano que puede enterrarte a cambio de unos pesos, de tu última propiedad, de la caridad de la sangre.

Entras al metro y te abres paso en la fila. Esperas el tren, pero hay tantas personas en el andén y tú estás tan débil que tropiezas. Alguien quiere ayudarte pero tu cuerpo lleno de huesos y piel escamada pesa tanto que caes… escuchas el tururuuuuuu y gritos… Tú. Tú. Túuuuuuuuuuuu…

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