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Posts Tagged ‘relatos’

Dos niños juegan en el umbral de una fuente.

Soldados de plástico en sus manos adquieren poderes impensables.

Sus expresiones onomatopéyicas parecen enardecer el agua.

El cielo se cierra.

Ríen con sus bocas de dioses creadores de vida y destinos.

Un desacuerdo entre ellos basta para que ese episodio homérico acabe mal.

Uno de ellos grita con voz de Poseidón que los muñecos son suyos.

El otro toma al pequeño ejército y lo arroja furioso, lejos del oleaje producido por los tubos que lanzan chorros de agua 5 a 6 pm.

Clavado en su sitio, el dueño de los soldaditos, pasmado por la acción intempestiva, reprime un puchero, estoico.

Imposibilitado para ir por ellos, colérico, toma su tridente, levanta su temblorosa cola de pez y se abisma en el fondo del agua…

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Decían que era humana.
Yo la conocí y puedo dar fe de que se equivocaban, ella era de otra sustancia, Fantástica, más parecida a las raíces de los grandes árboles que crecen entre los riscos, y que se humectan todas las mañanas con el aire yodado de lejanos mares.

Dicen que nació de un vientre humano, pero yo digo que nació de una semilla de mostaza atrapada en la corteza de una jacaranda, por eso en ciertas épocas del año daba flores, y en otras… gritos y sulfuros parecidos a la malaria.

Dicen que nació hace más de 40 años, pero yo sé que fue hace miles de años…

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Camino por la calle central de Ciudad Puta. El cielo es rojo y cambia a la escala de los morados. El frío me acuchilla sin piedad. Aprieto mis brazos, tratando de conservar un poco de mi calor.

No me gusta andar por la vida chillando, como puerco, pero cuando andamos desconectados, aunque sea brevemente, me pega más el clima.

Tengo unos cuantos céntimos y con ellos me encamino a una Máquina de Ensoñación, de esas que son baratas y están de moda para seres como yo que buscan paliar un poco ese mal, llamado melancolía.

Me siento, acomodo mi cuerpo, tomo las monedas, antiguas debo decir, y con la esperanza que las acepte en su alcancía. El armatoste está húmedo, pero soporto el asco. El último que la usó es un tipo con el que me crucé en la esquina, iba brilloso de cebo, sudor y lágrimas. Lloraba y lloraba, jadeaba, limpiaba sus mocos y sorbía entrecortando la respiración.

No me importa, solo quiero “sentirte”, como sea, por el tiempo que sea, a la distancia; con la fuerza del oleaje de tu presencia, impresa en mi cerebro.

Guardo silencio. Nada pasa. No entiendo por qué, si ya hizo el cobro esta cafetera. El miedo de la frustración me da ánimos para golpear la “Ensoñadora”, sin que me duela el puño. Mi asiento vibra y me recuesto de nuevo.

Un gato maúlla rozándose en mis tobillos. Lo pateo y en ese momento la máquina inicia el ciclo. Sonidos de cortos, chirridos. Una prensa aprieta is sienes y lanza un haz eléctrico… me sumo en un hoyo tan profundo como el corazón de un asesino.

La experiencia soñarrera dura, me parece, apenas un par de minutos. Te vi, te estrujé, te abracé, te apretujé las carnes;me introduje en ti, con tal vehemencia, que me convertí en líquido viscoso, caliente.

Babeo. Con sonrisa idiota me levanto, ya hay fila. Unos cuentan sus monedas, otros limpian sus tatuajes o sus tarjetas. Esto es un privilegio que cualquiera puede vivir, por una módica cantidad.

Unos teclean sueños, recuerdos, anhelos, aspiraciones… todos los seres de esta urbe, como en el planeta, nos parecemos: Compartimos la forma más dura y cáustica del dolor: la de la ausencia.

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Arranco tus ojos con mis garras.

De sus cuencas mana un poco de sangre, un poco de negrura…

Con ánimo cachorro, de perro de raza enormes, espero paciente, sentado frente a ti, feliz, a que despiertes y “veas” de nuevo.

Tus primeros estertores provocan que las líneas que pintan tu faz se entrelacen.

Me enamora esa forma tan tuya de renacer en mí memoria.

Mastico tu ojo y lo exploto en mi hocico. Trago.

Sigo esperando.

Del fondo de tu cabeza surge la luz que estaba esperando. Juro que el destello me enceguece.

Aprovechas mi vulnerabilidad momentánea, te incorporas y de un movimiento de colibrí, como todos los que haces cuando estás en peligro, me extraes en perfectas condiciones mis globos oculares, y los pones en tus cuencas.

—”Sigamos jugando” —dices mordiéndome medio rostro.

Me siembras en el pecho sentimientos que ya no usas.

Caigo a tus pies.

Ríes con tu risotada giganta.

Odio la soberbia de tu voz cuando ganas.

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Merodeo tu deseo, cuando te despiertas y me sonríes con tus avellanas pulidas; cuando recibo tu aliento caliente y oloroso a tus bacterias muertas; cuando la maraña de tu pelo crea, desde mi perspectiva, una intrincada red atrapasueños, los míos; cuando me imprimes un poco de ti con el sello de tus labios y entornas tus párpados; cuando te acaricio el sexo, tibio, y arranco un pedazo, grande, de tus muslos de pan.

Acecho tus ganas cada que te miro en perfecta toma contracenital, encima de mí, larva informe; de pecho flácido y entrepierna acerada; cada que te susurro palabras de un idioma que nadie entiende; cada que te rodeo por la espalda con tentáculos de Cthulhu; Kraken que se introduce por todos tus orificios, con todo mi yo, y que te invita a regresarme, a veces gentil, a veces violenta, los tientos.

Así vivo, y así quiero seguir, si tú quieres, hasta que tú digas, hasta que nos hagamos una masa amalgamada de esas que son noticia en el Planeta de lo Insólito, porque se han hecho una misma cosa, diferente a los que fuimos, entrelazadas, en mente, piel y huesos.

Libres, estando porque quieren estar, sin atavismos, por el amor a ese que somos uno con el otro, y sin el otro, y así…

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Jalo aire como me es posible.

Cierro los ojos.

Frente a mí un ojo del universo se abre, horizontal.

Inicia como un punto insignificante, pero en un instante se abre como un túnel tan abismal como mi consciencia.

Hacia su interior fluye luz cósmica, desparramándose en cascada.

Los colores que la mirada humana, de ésta mi envoltura, puede registrar, se mezclan con la textura del óleo y llenan la oquedad, dejándome en el alma, un sabor de inabarcabilidad que me estremece.

Inundada en segundos, la imagen del ojo del universo llena mis pupilas e ilumina mi rostro.

Sonriente, observo el nacimiento de un estrella que surge de los borbotones que de allí manan.

Hemos compartido por millonésima ocasión un orgasmo.

De esa luz hirviente surges de nuevo, de ondulantes líneas irregulares, y las miles de ti, tú, me besan con besitos felinos…

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El niño escucha atento, igual que si le hablara alguna de sus voces mágicas que conversan con él de vez en cuando. Viajero del tiempo, dobla el espacio, a placer, mientras del otro lado su padre le llama por su nombre, primero cariñoso, en diminutivo; luego completo, pero haciendo una inflexión suave, con la suavidad del cariño, y, al final de su charla, revistiendo su nombre doble con amor adulto.

Le recuerda que lo ama, y al contacto con sus oídos, la palabra mágica lo lleva al tiempo de sus primeros recuerdos.

La felicidad de saberse amado por el padre, no solo querido, no solo reconocido, no solo apreciado, sino amado, le da a M.A. una certeza, ser padre es un camino que no termina nunca, y algo que puede ser replicado para siempre a los seres nuevitos, maduros, viejos.

Entre temas de salud, de cotidianidades y rebuscamientos ambos se encuentran durante media hora.

—Aquí estoy, para ti, como siempre lo he estado. Te amo…

— Yo también, y mucho. Gracias por todo.

—No, gracias a ti, hijo.

Un silencio feliz inunda el aire.

M.A. sabe que su padre está listo para morir, y ambos lo saben.

—Conduce con cuidado, hijo, tú que vas manejando. Atento a la carretera.

En un segundo un auto irrumpe en su carril, y el velocímetro pasa de 120 kilómetros por hora, a 90 en un pedalazo.

En otro momento habría despotricado, pero en lugar de eso M.A. relame una sonrisa que le nace del estómago, del corazón, y pita cinco veces a manera de insulto alegre, al imprudente.

Su vida ha cambiado de alguna manera, con cara sonriente, como la que uno tiene cuando se le revela algún misterio de la vida, el niño de ocho años, regresa a su forma de hombre de 46 años, y acelera mientras el horizonte se tiñe de tonos ocres, y vislumbra el Xinantécatl.

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