Feeds:
Posts
Comments

Los Glosistas

Miguel G. Galicia

Hace unos días vi un tuit en el que se mostraba la imagen de 𝘍𝘪𝘯𝘯𝘦𝘨𝘢𝘯𝘴 𝘞𝘢𝘬𝘦, de James Joyce, y según el tuitero el ejemplar que está tapizado de acotaciones, pertenece a Susan Sontag. Enseguida me sumergí en los comentarios y vi que muchos secundaban, se veían reflejados, mientras que otros comentaban que eso era impensable para ellos, y algunos, señalaban lo escandaloso de ese ejercicio de irrupción bibliográfica que, decía alguno, “mataría” a sus padres de un enojo.

                La imagen de marras muestra infinidad de anotaciones, subrayados, glosas, explicaciones, cuestionamientos, líneas, palabras encerradas, creando una intrincada telaraña de tinta que se superpone y rellena cada espacio en blanco de ambas páginas, creando un cuadro churrigueresco superpuesto que hace imposible la lectura y desaparece el texto original, salvo para Sontag; o bien le confiere otro sentido, porque al intervenirlo, el libro como objeto adquiere un valor agregado, es decir, se convierte en un mapa del entendimiento o análisis del texto de cada lector.

                Imaginemos que si un día muy lejano alguien halla un libro con glosas como ese, puede ser que entienda poco, o casi nada, pero sí podría hacer atisbos de esa cartografía personal, que ha quedado soterrada, de la obra de Joyce.

                Así, guardando toda proporción, en 2018 el grupo de investigadores liderados por Uwe Bergmann, un físico del Laboratorio de radiación sincrotrónica de Stanford, en California, escaneó el libro llamado Palimpsesto de Arquímedes, por medio de una técnica llamada fluorescencia de rayos X, y halló fragmentos de trabajos del famoso matemático.

                Mi padre, que solo estudió la primaria pero es un hombre sabio, me regaló algunos libros de su juventud, ambos de pasta dura, que él leía de vez en vez, y paseaba, según me reveló un día, “sobaqueados, para que los del barrio vieran que yo sí leía, que no andaba de vago”. Uno de ellos es el tomo II de “Carlos Marx/Federico Engels, Obras escogidas en dos tomos”, de 1966.

                En la esquina superior derecha de la primera hoja hallé un texto que dice: “Sr. Juan Romero”, y debajo la palabra “Virgencitas”, subrayada; del lado contrario con una inclinación de 45° “Matamoros No. 18 Col. Raúl Romero”, también subrayado, y debajo la dirección: “Nte. 60-a-3.62 G Col. Río Blanco – Bernardo Pérez” y debajo otra vez: “Matamoros N° 18”.

                En ninguno de los casos reconozco los nombres, ni las direcciones, pero generan mi curiosidad, como hallar un mensaje en una botella.

                Ante todo esto me pregunto ¿quién escribe en las hojas de un libro?, ¿para qué rayamos sus páginas?, ¿para qué las glosas? ¿por qué guardamos flores, papeles, boletos, recibos, cartas y otros objetos?

                Dice el escritor español Luis Landero, que “dentro de cada uno de nosotros hay un caudal de experiencias únicas, intransferibles, un modo más o menos insólito de ver la realidad, que en la mayoría de los casos no llega nunca a salir a la luz”, lo cual se muestra en ese acto único e irrepetible de marcar los libros, y claro que no he encontrado a nadie que quiera poner en riesgo la amistad o parentesco si se atreve a hacerlo en libros que no son de uno, porque ya lo decía Benito Juárez, el respeto al libro ajeno es la paz.

                Trato de hallarle explicación a esa costumbre, que de antemano reconozco como una lucha entre ingleses de Northumbria y los vikingos liderados por el guerrero Ragnar; aún así, lo intentaré: “Los Glosistas”, como les quiero denominar —y disculpen el neologismo que muchos tacharán de osadía—, luego de ver que en ese punto de alguna manera tal ejercicio me hermana con Susan Sontag, y a la vez con miles que conformamos legión.

                Pero si para ella tal vez sirvió de hoja de ruta en su lectura, en mí “detonó” una imagen de quien situado en un punto del universo, en el aquí y ahora que escribe un mensaje para su Yo Futuro, sin saberlo; para que un día él mismo, sepa quién era el ser humano que leía en ese momento; sin embargo, también podría perderse para siempre, como las líneas que hallé en el libro sobaquero de mi padre.

                Pero, personal como es, el hábito de marcar esas hojas, a riesgo de decir perogrullada, depende de los intereses, de la formación, gustos o hábitos de cada lector, como dice Sergio González Rodríguez en su Teoría novelada de mí mismo: “¿Uno es los libros que ha leído? Quiero creer que sí en buena parte. Sobre todo cuando se trata de libros leídos durante la edad formativa”.

                Una vez un amigo, ávido lector, me compartió que cuando empezaba una lectura, ponía la fecha en la primera página, y cuando lo terminaba la suscribía otra vez. Intrigado, le pregunté la razón, y me dijo algo que me pareció interesante: “Así me doy cuenta de qué manera me transforma cada libro”.

                Los Glosistas buscamos algo, que tal vez tenga que ver con tratar de vencer la desmemoria, o dejar migas de pan en ese camino que recorremos al adentrarnos en debajo de una canopia de palabras, para asegurar nuestro retorno —por medio de esos destaques de tinta, u objetos guardados—, a esos que hemos sido.

                Esos instantes que vivimos durante la lectura son fotografías en nuestra mente, algo parecido sucede cuando escuchamos música.

                El mejor ejemplo de ello es lo que hacía Martín, mi amigo corrector de estilo, pues si fechamos nuestras lecturas nos deja saber quiénes éramos cuando iniciamos, y en quiénes nos hemos transformado al terminar.

                Entonces, ese “deseo de búsqueda” es lo que nos motiva al subrayar el libro, porque me ha pasado que además de tener un halo de misterio, me he sentido como pirata al descubrir un tesoro perdido, igual que cuando Amélie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, 2001) halla por accidente detrás de un zoclo la caja de un niño que habitó el departamento en el que ella vive actualmente, con objetos valiosos para éste, y lo busca hasta encontrarlo, dársela y lo hace feliz, ya siendo un hombre mayor.

                Un profesor en la universidad recalcaba que las glosas ya eran cosa común entre los primeros escribanos, amanuenses del Medioevo, y que gracias a esas cápsulas del tiempo, en la actualidad entendemos mucho mejor aquellas épocas, y que de no haber sido así, se habrían perdido en el mar de la tinta y papel de la humanidad.

                Dice Sergio González Rodríguez: “Como en todo regreso a un libro entrañable, el lector/autor se encuentra con marcas y subrayados que delatan sus obsesiones”. Tiene mucho de humano, digo yo.

                Los subrayados son una especie de cápsula del tiempo, en forma de misiva simbólica del presente, para ese que seremos, que guarda “mensajes” que permanecerán inertes, una vez que terminemos un libro y lo guardemos, hasta que los hallemos de nuevo, y los reactivemos a través del tamiz de la nostalgia.

Todo mi ser palpita por toi

Mi pulposo cuerpo se hincha

Es un algodón de azúcar que vuela

entre las crines del aire encanecido

y arrastra tu sonrisa por el ojo

de vidrio de un gato sideral

al que le cuelga

Entre las

garras

una

heb
ra

d
e

l
a

v
í
a

l

á

c

t

e

a

Yo, Diablo

¿Cuántas vidas?

¿mis tantos yoes han libado?

¿cuántos cuándos

en el ojo me habrás sembrado?

¿cuántas caricias?

¿todas nuestras en el fuego ahogamos?

¿cuántas noches desgranadas?

¿cuáles de ellas decapitamos?

¿cuántos besos nuestros?

¿volaron en parvadas, de tanto en tanto?

¿cuánto de mí habrás arado?

¿que de mis demonios me he apartado?

¿no lo sabes que yo te amo?

¿Quieres habitar mis noches desoladas?

¿aunque te advierta que yo mismo soy un diablo?

Caemos

Profundo, el abismo se abre ante nosotros

No hay sol no hay nubes

La hora cero se acerca dices

Ese momento en el que ni luces ni sombras hay

Breves instantes

de limbo

La frontera del día y la noche

Sin nada que aluce ese hocico de la tierra que suelta vaho húmedo, sentimos algo parecido al miedo

Tus serpientes de gorgona ondean impacientes

Tiritas tanto como yo

Ambos de pie

tomados de la mano

esperamos el momento preciso

Iniciamos una charla en idiomas distintos

Todo pasa velozmente

evolucionan nuestras lenguas hasta alcanzar el entendimiento

Han muerto miles de generaciones en ese trayecto

El tiempo se condensa

Vistos desde fuera nuestros cuerpos son muñecos de acción hechos de piedra pomez

Nos miramos por última vez

Soltamos nuestras manos

tomamos nuestros sexos y saltamos al vacío

asidos de ellos

Han sucedido miles de años desde entonces

La caída no nos mata porque aún no terminamos de caer

5Gaby Valdes, Marypaz Molina y 3 personas más2 comentariosMe gustaComentar

Miguel G. Galicia

La primera vez que vi el mar fue en Veracruz, siendo un crío. Mi madre me contaba poco antes de morir que me asusté y lloré ante la magnificencia de esa imagen colosal; de manera instintiva me cargó para aminorar el impacto. ¿Existe bálsamo más efectivo contra el desasosiego que el amor?

Años después, mientras asimilaba lo que sintió el coronel Aureliano Buendía, cuando su padre lo llevó a conocer el hielo, en Cien años de soledad, pensé que Gabriel García Márquez me revelaba un misterio: esa misma sensación la había experimentado aquella mañana en la orilla del Golfo de México.

Es increíble que la humanidad comparta desde tiempos inmemoriales los mismos miedos por lo insospechado y el imaginario colectivo: el asombro hipnótico al ver una flama, el azoro por el mar, el terror ante las tormentas, el amor durante el nacimiento de un bebé, o la fascinación por la luna o el cielo en las noches estrelladas.

Recuerdo eventos de mi vida desde muy temprana edad, tanto que mi padre se sorprende cuando le relato alguno que se supone no debería recordar, aunque a mí no me parece cosa extraordinaria pues en realidad son solo postales dispersas en mi mente. Ya lo decía Cesare Pavese: “No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”.

De mi padre heredé los arrestos para cambiar mi vida cada que lo requiero, porque no podemos compartir la felicidad, ni podemos hacer felices a nadie, si nosotros no somos felices, aunque debemos estar muy atentos para no caer en el sonido narcótico del canto de las sirenas, pues podríamos perdernos en abismos de infelicidad. Aprender a discernir es la clave para saber cuál de los caminos debemos elegir.

La danza Butoh nació del dolor provocado por la bomba atómica en Japón. Kazuo Ohno, un bailarín nipón empezó a representar los movimientos de las víctimas de esa detonación, retorciéndose y sufriendo, para que no se olvide ese crimen de lesa humanidad.

El dolor nos hace cambiar de dirección. Si nos enfrentamos a un evento doloroso, nos alejamos de él de manera instintiva, esa es otra de las enseñanzas de la danza Butoh, y aplica también para la vida.

De mi madre heredé la muerte detrás de los ojos. Un ejemplo: antes de cumplir mi primer año de vida tropecé y caí con todo y andadera, de tal forma que la muerte me miró cara a cara por primera vez, pero mi abuela Benita Rodríguez Medina, hija de soldadera y revolucionario, nos llevó a mi madre y a mí al Sagrario Metropolitano, aledaño a la Catedral, para exorcizar, con el bautismo, la muerte que me acechaba.

Si bien me considero agnóstico, estoy seguro que sin ese ritual católico no me hubiera sido posible eludir vicisitudes casi insalvables, como cuando unos sujetos me secuestraron y me torturaron durante horas en el taxi que de joven manejé para pagarme la universidad.

Por ello, pienso que mi nombre es resultado de una desgracia o mejor dicho para contrarrestarlas.

“El niño sonríe cuando escucha el nombre de Mickey Mouse”, le dijo mi madre al sacerdote que atendió mi caso, quien repudió la idea de llamarme de ese modo, con la vehemencia con que Mafalda rechaza la sopa, y determinó que llevara el nombre de Miguel Ángel, “para que el arcángel lo cuide siempre”.

Y aquí sigo desde entonces, con el nombre como destino; primero, tratando de abatir mis diablos internos; después aprendiendo a convivir con ellos, y ahora mismo tomando café con todos, abrazándolos, como hace Patrick Bateman en American Psycho, la novela de Bret Easton Ellis.

Mi espíritu de salmón me ha permitido sortear las aguas procelosas que en este plano me ha tocado cruzar. Doctorante en sobrevivencia. Niño con tetas, Niño Enclenque, Niño sonámbulo, Niño Superhéroe con capa de toalla, Niño de Terrores Nocturnos, , Joven Soñador, Joven Resiliente.

Soy un Extraterrestre hecho de miedos y sueños, que hace del yerro su camino al aprendizaje, pues aquí estamos para evolucionar.

Hombre Oso, Hombre Voz de Trueno, Hombre de Familia, Hombre de Acción, Hombre de Palabra, Hombre Trashumante, Hombre en busca de la vida que se pierde a cada momento, pero que vive aquí y ahora, porque como dice Antonio Machado: “hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.”

Una profesora me inoculó el virus del amor al arte y por las letras, allá en un plantel ceceachero; por eso desde entonces escribo como si fuera mi última vez, “no para que me admiren, sino para que me quieran”.

Contradictorio y desconocido para mí mismo, pues tengo muchos Yos que no he visto de frente aún, pero que sospecho conoceré un día, porque habitan en mis costas más lejanas. Sin embargo, me reconozco más parecido al Robinson Crusoe de Michel Tournier en Viernes o los limbos del Pacífico, que el de Defoe, porque sin “el otro”, no Soy.

Siempre fui de todo y sin medida, un poco a lo José José, o como Mauricio Garcés en la película El Criado malcriado (1969, Francisco Del Villar), aunque sin la voz del cantante, ni la galanura del actor.

Decía Gabriel García Márquez en su autobiografía Vivir para contarla, que el pasado de nuestras vidas en realidad no fue cómo sucedió sino cómo lo recordamos, y se le deben sumar los lugares y las personas con las que hemos compartido.

Prostrada en su cama, ya muy enferma, mi madre recordaba escenas de ese viaje familiar a Veracruz, que hicimos en tren desde la antigua estación de Buenavista, y a mí me provocaban tanta emoción que me hacían temblar, como ahora que escribo.

Así, recuerdo que cuando niño, el sonido de las olas en ese puerto resonaba en mí como un estruendo de dragones, o como el bramido del Balrog cuando Gandalf lo enfrenta en El Señor de los Anillos.

En el álbum de mi mente la postal del día en que conocí el mar me muestra esto: Allí estoy con mi madre, las piedras me lastiman. A contraluz hay un par de siluetas, ella tomándome de la mano, mirando cómo muere la tarde. La naciente obscuridad devora el fuego celeste. El amor sabe a mar y resuena la caracola. El cielo y el océano copulan, y sus hijos son las nubes grises; en tanto, las aguas incansables lamen mis pies con sus lenguas de espuma.

Entonces me veo abrazar la pierna de Lulú, al tiempo que ella me levanta en sus brazos de serpiente para guarecerme de esa sensación de azoro y pánico, parecida, imagino, a la que debieron sentir los primeros marinos cuando en altamar escuchaban en sus mentes el nombre del Kraken.

Lo recuerdo como un chico regordete, feliz y consciente de sí mismo; sí, consciente a su corta edad. Siempre ha sido un chico sorprendente, pues desde chiquillo tenía sus propias ideas del mundo, y de la vida. Lo veo como un alma vieja, que ha venido a este plano a enseñar, acariñar y compartir su bonhomía por donde pasa. Y cuando uno platica con él, o juega con él, o comparte con él, se siente uno contento.

Es un muchachito alegre, positivo, índigo o iluminado de alguna manera; de esas almas viejas que velan por nosotros, por el mundo, por sí mismos, antes de su regreso al todo.

Se llama Emiliano y es un hijo prestado, pero lo llamo mi hijo de cariño, término lindo acuñado por una de mis hijas, su hermana, y aceptado por sus hermanos de cariño, esos sí, mis hijos de simiente y sangre.

Una vez alguien me dijo que le mostrara a mi hijo mayor cuando era niño, de manera gráfica, el lugar que ocupaban en mi corazón las personas de mi vida. Para ello dibujé un corazón y lo dividí en partes, y así le dibujé con nombres cada fragmento. Y le dije: mira, éste eres tú, habitas en mi corazón.

Tengo la fortuna de contar a Emiliano entre esos fragmentos de mi músculo cardiaco, con mis otros seres amados, gracias a que un día nuestros caminos se cruzaron, porque me casé con su madre.

Lo considero una versión masculina de la Pachamama, un guardián del bosque de la vida, cultiva animales y amor por los suyos, por la humanidad, pues es tal su conexión con el planeta y los seres que la habitamos, que podría asegurar que ya entiende lo que significa Ser Humano.

Pasaron rápidos los años y hoy cumple 18, pero estoy seguro de que lleva más vidas en este lugar. Por eso quiero felicitarlo hasta donde vive: en Corazón esquina Alma, en el barrio del Espíritu.

Lo he visto crecer, evolucionar, romper esquemas, convertido en hipster, biólogo, entomólogo, rockero, gamer, chico anime, rapero, ¿y saben qué es lo mejor?, creo que le caigo bien…

Fantástica

La vida no se equivoca. No es coincidencia que el día que nació mi amiga Fa, además de que nacieron todas las flores, haya sido denominado el Día Mundial de la Tierra, porque ella es de tierra y semillas.

Cuando la pienso en mi mente surge la imagen de una ceiba, frondosa, fuerte, dadivoso y en cuyas ramas florece la vida. Se llena de trinos y sus hojas verdes tocan un río subterráneo cuyo afluente alcanza el mar.

Algunas veces cierro los ojos al pensarla y a mí llega un rumor suave de llovizna, el sonido de las hojas que crujen al tocar la tierra mojada, haciendo remolinos que las lleva a reposar en su propio follaje.

La conocí un día cualquiera, hace una década, pero creo que ya nos conocíamos desde hacía más tiempo. Entonces éramos otros, ambos con más heridas abiertas y la lengua más llena de espinas; compartíamos cigarrillos y el gusto de las lagartijas.

Hemos compartido muchas cosas, y más que nos esperan.

Ambos nos queremos mucho, porque un día decidimos que éramos una especie de compañeros, de hermanos de viaje.

Hoy, atestiguamos que hemos sobrevivido a muchas tormentas, y podemos decir, creo que puedo afirmarlo por ella también, que el mundo puede girar al ritmo que quiera, pero que nosotros, cada quien a su manera, puede salir más o menos indemne, de su mortal vorágine.

Felicidades querida Fa, y nunca olvides que eres Fantástica!

Mi ojo dirige un haz hacia el centro de tu cuerpo

Tú, atónita abres los ojos desmesurados

En donde estaba tu obligo, horado un nuevo sexo

Sexo de mi sexo

Me acerco a ti, te abrazo serpiente

piel fresca tiritante blanda

Un beso de dos animales oteadores

No hay tiempo

lo tragamos sin masticar

Penetro por todas tus cavidades

Expulso un áyido de bestia herida

caes de mis brazos

grano a grano

Ceniza de mi vida

Vuelo y beso

Devoré la noche. Caminé largo trecho. Llegado el momento empecé a correr, tan rápido que dejé el suelo sin necesidad de extender mis alas. En un punto del firmamento me topé con un rostro conocido. El tiempo había acentuado sus rasgos: Los cuernos, las grietas en la frente, la piel estriada en el cuello. Bastó un beso suyo para hacerme caer a toda velocidad… desperté llorando de nuevo, envuelto en besos que no recordaba… me maldije pues me encabrona hacerlo como cuando era un tipo feliz.

Un arranque

La miro, miro a G y pienso: no sé qué es lo que piense o sienta haciá mí, por mí, pero sé qué siento por ella: que nunca más en mi vida volveré a sentir algo así por alguien, en este plano.

Y pienso que esto tan irrepetible que me siento como si estuviera dentro de una cápsula del tiempo, no, mejor aún, en una burbuja en el río del tiempo, y desde aquí todo se deforma por el efecto cóncavo y convexo, que un día no existirá más, porque en 10 mil años nadie vivirá ni recordará este instante pues se habrá reventado mi burbuja, perdiéndose para siempre en el líquido que nos desaparece a cada instante.