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Escucho a mis hijos reír, con risillas de niños-ratones, de niños-motores, de niños-tormentas, de niños-dioses, de niños-cantantes, niños-actores; con carcajadas de niños-piratas o niños-vaqueros o niños-dinosaurios o niños-héroes o niños-fantasmas.

Se retuercen en posiciones espasmódicas, imposibles, de boas hermosas, de dragones o ballenas, o vuelos por el espacio; transforman sus rostros en mil máscaras de infinitos gestos, de espanto, de amor, de compasión, de odio, de muerte, de dicha.

Y ríen, siempre ríen.

Y en la cauda de sonrisas que crean, de tanto en tanto me monto y navego, hacia nuevas tierras que, sin saberlo, ellos crean para mí.

No… corrijo, para mi felicidad eterna…

Mi mamá, quien era una mujer muy sabia, doctorada por La Vida, una maestra implacable en una universidad muy exigente e hijueputa si uno no responde a la altura en cada prueba o clase que dicta, apenas acabó la primaria, pero le gustaba mucho leer historietas.

Por ella conocí de primera mano, que había historias que se podían contar. Cuando era un crío acompañaba a mi madre a cambiar las revistas, y mientras ella escogía, yo buscaba al Capulinita, a Periquín, el Simón Simonazo.

En una colonia en la que no había drenaje, ni servicios públicos básicos, perdida en los confines de Ciudad Netzahualcóyotl, cualquier opción de distracción era viable.

Así, conocí por mi madre El Libro Vaquero, Vaqueros Indómitos, El Libro Semanal; pero fue gracias a “Novelas ilustradas”, que supe quiénes eran Juan Valjeán, Romeo y Julieta, Sandokan, y muchos, muchos más.

Tuve una tía, cuyo cuerpo fue devorado por las ratas al morir, abandonado a su suerte, por quién conocí a Rarotonga, a John Barry, a Kaliman, a la Familia Burrón, a Mafalda.

Tuve un primo de nombre Valentín, quien murió consumido por las drogas, por quien conocí en comics a Los Vengadores, a Hulk, a Spider-Man.

Tuve una profesora en el CCH, de quien aprendí, entendí, que la lectura —al igual que un concierto o pintura o escenificación— provocaba placer, “cambios” en el lector… y así continué leyendo, voraz, todo lo que caía en mis manos desde entonces.

Gente muy querida me ha etiquetado en ese reto de publicar portadas de libros, sin explicación, pero como me precio de ser “contreras”, decidí esperar el momento y hallar una forma de compartir esto que puede parecer tedioso, pero que creo que dice más de mí, como lector, esto que acabo de escribir,  que si presumo que he leído mil libros en  mi vida.

Amo  leer, casi tanto como escribir; me gustan las novelas, los buenos reportajes, las crónicas; la poesía, las buenas historias, bien contadas; odio los libros de superación personal y sus autores de recetas mágicas par la vida. Amo la música.

Me gusta escuchar, me gusta hacer amigos, conservar a los que tengo; amo a mi familia, a unos más que a otros, claro, como debe de ser.

Amo a mi mujer, a mis hijos, viajar, comer, cocinar, departir, el tequila, el mezcal, la cerveza.

Todo esto a cuento de que tengo no solo 10 libros preferidos, Juan Rulfo sus dos librazos; del Gabo 100 años de Soledad y casi todo el resto; de Saramago “El Evangelio…”; de Ridzard kapuczinsky (¿así se escribe?) sus reportajes; de Poniatowska “Leonora”, “Hasta no verte…”; de Monsi, su libro de crónicas “Amor perdido”, de José Joaquín Blanco, casi todo como cronista; José Emilio Pacheco me voló la cabeza, Octavio Paz y sus imágenes; Roberto Bolaño; Carlos Fuentes y su “Aura” o “La Muerte de Artemio Cruz”; Mario Bendetti y “El cumpleaños de Juan Ángel”; la compilación de Edmundo Valadez “El Libro de la Imaginación”, que inspiró mis “Así pasó…”

Y así muchos, muchos más, “culteranos e incultos”, je, si cabe la expresión.

A quienes me etiquetaron en su momento, gracias por acordarse de mí, los abrazo fuerte…

Rafael Mejía, Francisco Millán, Hugo Troncoso, Araceli Valencia, Luis Enrique Olivares, y a quien me faltó también, je.

No etiqueto a más nadie porque ya lo dije, “soy contreras”. por su atención, grax.

Germinar…

Tengo tantas ganas… de acercarme a tu oído y decirte, quedo, que te amo, que sueño que protagonizamos sueños de esos que se conocen desde hace cientos de años a través de garabatos de tinta y papel… ganas de acariciarte con el vaho de mi urgencia en tu cuello, entre tus costillas, sobre la mitad de tu cuerpo, de besarte las serpientes que te nacen del cuero serpentil… de introducirme entre tus poros con la suavidad del agua, con la fuerza de mi voz… tengo tantas ganas de abismarme en tus iris y platicar con todas las Gabys que te habitan y decirles lo mismo que te digo ahora, pero diferente, sentando a todos mis Migueles frente a ellas, mientras hago de mi labios los filamentos de un diente de león que, llevados por el viento de tu respiración, buscan tus honduras para germinar por siempre…

Disparo besos

Acostado, a tu lado. En medio de la noche en la que nos ha confinado esta pandemia, distraído, boca arriba, con los brazos cruzados, sobre mi pecho, en posición mortuoria, disparo besos al aire, como jugando a los fuegos artificiales, que iluminan la habitación. Es la quinta jornada con el insomnio moviéndome las manecillas del sueño. Río, feliz de ver cómo los últimos destellos de mi vaho caen sobre tu cuerpo curvoso, que se mueve al ritmo de tu respiración, así pasó…

No sentir nada

El sol despunta con sus amarillos y rojos, adormilado. Su calor empieza a calentarlo todo, o casi…

—¿Quieres saber qué siento?

— Sí…

—Nada.

—…

—Hace mucho que no siento nada. ¿Estaré muy mal?

—Depende.

—¿De qué?

—¿Quieres sentir?

—No.

—Entonces no tienes problema. Eso hace la vida con algunos de nosotros; nos baña el alma con hielo…

Antes de enfundar la pistola, escupió a los cuerpos, aún tibios. Tosió y el sabor de su propia sangre en la garganta lo hizo arquearse.

Ambos se subieron a la camioneta, recién robada, y emprendieron el camino hacia el norte. Todo estaba hecho. No había nadie a quién matar. El último herido se desangraría antes de llegar a ninguna parte.

—Voy a morir pronto…

—Lo sé.

Jose encendió un cigarrillo sin filtro, saboreó el tabaco obscuro, y le invitó uno a Martín, éste negó con la cabeza, pisó el acelerador a fondo y le subió el volumen a la radio. Sonaba un corrido de los Tigres del Norte…

Dos niños juegan en el umbral de una fuente.

Soldados de plástico en sus manos adquieren poderes impensables.

Sus expresiones onomatopéyicas parecen enardecer el agua.

El cielo se cierra.

Ríen con sus bocas de dioses creadores de vida y destinos.

Un desacuerdo entre ellos basta para que ese episodio homérico acabe mal.

Uno de ellos grita con voz de Poseidón que los muñecos son suyos.

El otro toma al pequeño ejército y lo arroja furioso, lejos del oleaje producido por los tubos que lanzan chorros de agua 5 a 6 pm.

Clavado en su sitio, el dueño de los soldaditos, pasmado por la acción intempestiva, reprime un puchero, estoico.

Imposibilitado para ir por ellos, colérico, toma su tridente, levanta su temblorosa cola de pez y se abisma en el fondo del agua…

Escribirte

“Sus labios guardaban todas las líneas dibujadas por las olas en la mar embravecida. Su piel estaba llena de dunas milenarias…”

Así la imaginaba, mientras deslizaba la pluma por el papel aún desierto de tinta.

Cerré los ojos y me perdí en la superficie escamosa de un sueño que aún saboreo en las encías.

Siguió escribiendo:

“Con la calma de esta mañana nublada anclas tu recuerdo entre mis hemisferios y te columpias frente a mis ojos atónitos.

Te desgasto de a poco, con mi simple mirada.

Te deshago las dunas, grano a grano, y hallo un oasis.

Muero en ti, mientras me baño en la humedad de tus costas…”…

Como siempre

Ayer vi a mi madre.

Yo dormía profundamente cuando sentí sus cálidos dedos huesudos alisando mi pelo, como cuando era un crío y me despertaba con besos en la frente.

Me dijo: hola hijo ¿cómo has estado?, bien madre, ¿y tú?, le dije.

Desde sus ojos hundidos, me hizo saber cuanto me ama.

en ese instante abrí los ojos pero alcancé a escucharla:

“Igual que siempre… muerta”…

Despierto de mi letargo, interrumpido por los chillidos del gato cuando, alumbrado por un rayo moribundo de la luna, alcanzo a ver varios de tus sueños que emanas por el oído.

A media luz la pequeña flama se expande por tu sien; recorre tu frente y baja al sur de tu cuerpo antes de desaparecer.

Pergeño como puedo el último que logro distinguir.

Lo meto en mi boca sin masticar mucho para no dañarlo. Lo saco y, ya combinado con mi saliva, veo que se ha convertido en tornado de bolsillo.

Tomándolo por la punta, te lo siembro en la comisura, desde donde ondea airoso. Ya no duermo, no puedo, ni quiero.

El Malandro sigue en lo suyo, maullando en la azotea.

Lo maldigo, pero decido enfocarme, fascinado en ti, hasta que el sol empieza a tostar un poco las castañas de tu pelo.

Amo verte un poco muerta, un poco dormida, y más regodearme en tu sonrisa con mohínes incendiarios…

Abismarme

I

Ocurrió en una planicie sin fin.

Era una extensión sin interrupciones, sedosa, bella.

El sol la besaba sin prisa.

Yo era una ala de mariposa que flotaba apenas rozando su superficie perfumada.

A veces trompicaba, a veces levantaba el vuelo en remolinos y caía lentamente, como hacen esos insectos que dominan el arte de caminar sobre el agua sin hundirse.

Anochecía y los últimos rayos de luz matizaban mis colores.

II

Una ráfaga me lleva a un confín ignoto.

Girando en sentido inverso a las manecillas del reloj, veo un precipicio circular.

Conforme me acerco crece, hasta convertirse en una boca del infierno; desdentada.

Una última corriente me eleva antes de dejarme caer en su centro.

La oscuridad me traga en un santiamén.

Soy devorado por esta inmensidad, y me abismo resignado mientras me deshago grano a grano, dejando entre las paredes de este agujero de carne trémula, una leve pero densa nube de polvo parecida a los sueños…