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Todo sucedió en un bar, a media luz, de esos que pintan en las pelis románticas. Me gusta pensar que ese tipo de experiencias las recodaré justo antes de mi muerte.

La besé porque pude; no, espera, mejor dicho, la besé porque me dejó besarla; le dije que moría de ganas de hacerlo, y ella me respondió, con la confianza y ardor de quien quiere abrir una puerta que da al vacío dispuesto a arrojarse, y lo hace.

La besé, y juro que sus labios eran tan suaves y carnosos como aquellos hechos de sueños; libé su saliva con la sed del desierto, e imaginé que su afluente me arrastró en una cascada de la que nunca volvería, ni quería, y luego de un rosario de besos, y caricias y mordidas y arrechuchos, y lambidas, mi cuerpo pulposo flotaba sobre un espejo de agua iluminado por la luna roja.

Antes de despedirnos nos hicimos uno, otra vez, y entonces me convertí en un animal que la tomó por la cintura y entre mis fauces la tomé, destrozándola y tragándola a pequeñas dentelladas, con cariñitos.

Nos dijimos adiós, y debo confesar que desde entonces traigo sus costillas atoradas entre mi esófago y el estómago, pero ¿sabes qué es lo peor?, que allí, sin saberlo, fui inoculado con la cursilería de los amorosos…

Una imagen

Tú orgánica, de tierra amarilla y roja, fértil.

Yo sobre ti, lloro, babeo, humedezco tus entrañas sembrándote besos de donde nacen todas las flores del mundo.

Tras mi último bramido, y tu último ay, los colores del universo te visten.

Mi yo-niño recoge, desnudo, las sonrisas que han dado tus filamentos, caminando una senda infinita atestiguada por tus ojos con alas que se asustan cada que trato de tocarlos… nada, solo eso

Mi otra hermana

Tengo una hermana que nació en otro vientre, en uno que no fue el de mi madre. Hemos crecimos juntos, nos hemos caído y nos hemos levantado cada quien por su lado, pero juntos en la distancia. Guerrea desde que recuerdo, solo que ahora elige mejor sus batallas. Ella también es hermana de mi hermana Tere, pero es más hermana de ella, porque son “de leche”. Aunque sé que mi prima me ama como yo a ella, y eso es lo que importa, porque nosotros somos hermanos “de vida”.

Nuestras madres nos enseñaron con su ejemplo a amarnos como ellas lo hacían. Un pasaje de sus vidas muestra ese amor que ha trascendido entre ella y nosotros. Lulú y Marta las hermanas Galicia, acudían, junto con otros de sus hermanos, a cuidar a mi abuela moribunda, en el hospital.

Las imagino juntas, “las flacas”, turnándose para subir al piso en donde su madre esperaba la muerte. Ambas parieron ese año a Angélica y a Tere, con unos meses de diferencia, por eso lactaban al mismo tiempo, y en esas horas de incertidumbre quien se quedaba con las bebés, las amamantaba cuando así lo pedían.

Así, mi abuela murió, y Angélica y Tere, y luego yo, años después viviríamos juntos, unidos, muchos momentos felices, en temporadas de vacaciones, de días de descanso, de paseos, en fiestas, en tardeadas.

La Chata, así le decimos en la familia, sabe lo que es vivir, pero más sabe de sobrevivir, y la admiro por eso, porque decidida y rebelde como es, ha escogido —como algunos de nosotros los Galicias—, cambiar sus días, sacudirse aprendizajes que no son suyos, volando hacia nuevos cielos extendiendo sus alas, buscando nuevos amaneceres que la alejan de las viejas taras heredadas que nos condenaban a repetir viejas historias de pérdidas, desolación, tristezas y miseria espiritual.

Si ya éramos unidos de jóvenes, de señores lo somos más. Nuestra hermandad se ha vuelto más estrecha. Siempre está, siempre estamos, escucha, escuchamos, se preocupa, nos preocupamos, se ocupa, nos ocupamos, lejos pero unidos.

Yo la escucho feliz cuando me cuenta de sus andares por rutas nuevas para hallarse a sí misma, de sus retiros, de sus aprendizajes, de sus cambios, de su familia; los relata dichosa de haber recuperado la magia de esa chica que fue y siempre ha sido, porque nunca ha dejado de serlo, es solo que esa Angélica que fue, estaba aguardando el momento idóneo para renovarse a sí misma, por eso brilla más.

Angélica La Chata es un roble de corteza gruesa, dura como la de los árboles de fuego, pero de interior suave, de savia dulce, con ramas que alcanzan para todos, de follaje protector, y sus raíces son tan fuertes que ningún viento puede derribarla.

Hay días en que sus pulmones le fallan un poco, pero resiliente como es, la imagino envolviéndose con sus propias ramas e hibernando el tiempo necesario, algo de lo nuevo que ha aprendido, hasta que se siente mejor y se extiende de nuevo para sentir cómo el viento abraza y acaricia sus hojas y, claro, ingobernable como es también, enfrentar indemne los vendavales de este duro viaje.

Ojos y trinos

Sonríes y hasta el centro de mi caja torácica resuena el riachuelo que emanas.

Imagino tus ojos sonrientes, alados, separándose de tu cara, revoloteando juguetones con trinos eternos, volando por el mundo, hasta que vienen a bañarse en el agua cantarina que me atraviesa por la mitad…

Ciclopea

Un ser ojo. Ciclopea le llaman, ente de rasgos bellos, de mil brazos y piernas, siamesa, de líneas firmes; definidas éstas por el dulce correr del agua sobre las rocas de su ser, a través del tiempo.

Mira el infinito y, mientras come albahaca mansamente, por una gracia que se vive una vez en la vida, puedo verle la pupila que ante mi asombro arde por la lumbre de un sol que atrapa su atención.

El viento juguetea de un lado a otro, haciendo remolinos con las hojas secas que le dan un toque ocre al cuadro de azules y verdes detrás de ella.

Esa imagen en su punto de visión aumenta y sale del diafragma del globo ocular, pero solo lo suficiente para anunciar una maravilla.

En su pupila descubro un ser mitológico que deglute los ríos de sangre que confluyen en él.

Un chispazo basta para que la bestia de larga cola, cabeza lustrosa, que anida en su único ojo, me descubra y me atraiga con la fuerza de un agujero negro.

Un suspiro.

Ciclopea me atrapa en el aire con sus tenazas y eso me alivia.

Sonríe con sus poderosas mandíbulas que le dan un aire de inocencia.

Herido de muerte, el sol se esconde para lamerse y renacer después.

De un bocado engulle mi cuerpo de luz. Siento como sus dentelladas me trituran sin piedad.

No me importa pues amo el aroma de la albahaca molida…

Orestis

A Orestis lo conocí un día de lluvia en aquel lejano 1990 en el CCH Oriente, escuela unamita enclavada en una de las zonas más agrestes de Ciudad Puta, colindante con Ejército de Oriente, Agrícola Oriental, El Moral, Ejército Constitucionalista y vecino de Neza, Chimalhuacán y otras regiones mexiquenses.

Recuerdo que yo pintaba casas contratado por mi abuelo en casas ricas del poniente, y por cuestiones climáticas me había descansado, como a otros de mis primos. Se acercó y preguntó a quienes en ese momento nos tomábamos “la hora del T”, una especie de tiempo muerto, en el edificio T del plantel, en donde nos reuníamos para vaguear o encontrarnos entre clase y clase.

Fumábamos, cabuléabamos y doblábamos el tiempo a gusto cuando Orestis llegó y preguntó ¿quién quiere trabajar?, así, a rajatabla, sin decir nada más, y yo que estaba urgido de dinero, levanté la mano.

—¿Es para meserear, le sabes? —preguntó.

—No, nada.

—No importa, yo te enseño. El sábado te espero en Pantitlán y Calle 2, a la 1.

Llegué, pese a que él me reveló un día que no me esperaba, y allí inició una relación que llegó a la mayoría de edad hace mucho tiempo.

No solo me enseñó el oficio sino que me cobijó como lo haría un hermano; me enseñó a pescar, a urdir una red y preparar las cañas para ello, a observar el cielo para identificar el momento idóneo, en el viento, en el cielo, en el mar de la vida para que, con buen clima y mucho trabajo, la cosecha sea buena.

A él le debo haber aprendido que no basta con saber doblar el tiempo, sino aprender el arte del origami en este viaje.

Orestis cumple años este Día de Reyes, por eso celebro su vida y haber coincidido conmigo, y lo hago con este texto que espero sea de mirra, oro o incienso.

Hace mucho no nos vemos, pero sí nos hemos visto, a través de nuestras conversaciones en la lejanía, en nuestras conversaciones telefónicas, por mensajes, e intercambio de imágenes de aquellos años en el CCH, en los salones en donde trabajamos, en la facultad de CPyS, en donde compartimos nuestros años mozos; por eso lo abrazo y lo quiero como mi hermano que es, y más como mi maestro en el arte de sobrevivir…

Feliz cumpleaños carnal, Orestis Agustín González Merino…

Esperanza

Acecha la esperanza, entre las calles de Ciudad Puta, entre los ríos de gente que no guardan ni distancia, ni confinamiento, esperando poder saltar sobre ellos, sobre nosotros, quienes hemos sobrevivido al Covid-19, con secuelas que aún ponen en riesgo nuestra integridad presente y futura.

Corre ella, lo último que guardó Pandora, entre los vagones, los camiones, los espíritus maltrechos que habitan y mueren cada día en hospitales, tratando de tocar al personal médico, que cae por millares en esta República Sangrienta.

La veo desplazarse lenta, complicada, desconcertada entre los párpados de quienes hoy respiran con soporte mecánico, que son menos ciegos que los hijos de puta, todos, que no hacen su parte.

Allí está, la esperanza, sin descanso, sin tregua, dispuesta a tocarte, tocarnos, en un pequeño resquicio de ti, de mí.

Nada es más fuerte que eso, la voluntad de la esperanza, ni la muerte, ni la enfermedad.

Pensé escribir sobre ella, pero ya hay mucha tinta y papel y bits en internet que dan cuenta de la crueldad del SARS-CoV-2 y sus consecuencias.

La miro en los ojos de mis hijos del otro lado de las pantallas, en mis amigos, queridos, y en los de mi amor y su pequeña, con quienes comparto aislamiento, pero a veces la veo con dificultad, así que tengo pedirle al miedo que se haga a un lado, para poderla ver en todo esplendor, y cuando no hace caso, le exijo a gritos a ese hermano de la incertidumbre, que al menos nos dé unos minutos a solas para poder acariciar a los míos, con la voz, son una sonrisa.

No son las fechas, sino la fase de la pandemia, la que impulsa la letra, empuja con fuerza mi deseo de que todos, aguantemos lo más que podamos, como podamos, pero hagámoslo. Y abrazo a la esperanza con el amor y las ganas que incrementa este alejamiento social obligado.

Sé feliz, como puedas, con lo que tengas, aquí, ahora… no hay más mañana. ¡Carajo!

Un sueño y un aleteo

He soñado a C. Él está lejos, en un invierno eterno, en una tierra que ya lo hizo suyo, y él ha hecho lo propio. Fue quizás porque hace días leí en su muro de Face que posteó letras de algunas rolas que conozco, y pude sentir su nostalgia. Suelo tener ese tipo de conexiones con gente que se ha cruzado en mi vida, y que si bien no terminamos siendo los grandes amigos, a C lo considero un carnal, porque si hubiese tenido un hermano, vivo, sería como él, agudo, mordaz, pero sobre todo inteligente y que no se toma a sí mismo, con seriedad, ni al mundo ni a la vida, y por eso es más sabio, que muchos que conozco.

Decía que lo soñé, y cambio el modo verbal, te soñé en medio de la nada, del frío que solo de ver tus fotos me entra por los ojos, porque todos sabemos que igual que la muerte, el frio puede entrar por una imagen.

Caminabas enfundado en tu abrigo con capucha rematada de peluche, gafas obscuras. En cenital, la imagen mostraba solo una línea, la de tu rastro, en tu andar, partiendo en dos el suelo blanco, y tú, en cada uno de los extremos, dividido, te detenías. Allí en un segundo, tus ojos, todos, volteaban al cielo gris, atrayendo la mirada de quienes podíamos verte a través de un microscopio, con la fuerza de un hoyo negro.

Dilatadas las pupilas deglutían, literalmente, esos hilos de la humanidad, antes de cristalizarte como una piedra de obsidiana que, al contacto con el viento, mutaba en miles de millones de copos que se fusionaban con la nieve, hasta perderte para siempre.

El primer trino de la mañana me despertó, y creo que te escuché, a miles de kilómetros de distancia, canturrear alguna rola que habla de lo idiotas que son los seres humanos.

Es cuché el aleteo del pájaro aquel, mientras una rama, seguro en la que se posó, se quebraba…

Pepe y Niña

Languidece la tarde. Entre las calles empedradas el sol recoge sus olanes. Opaco, frío, el haz que deja tras de sí invita a tomar café. Niña camina al lado de Pepe. Erguido, de mirada lejana camina por esas calles antiguas que vieron pasar miles de vidas desde tiempos coloniales.

—Mijita, empieza a hacer frío, ¿se te antoja una taza de chocolate?

La pequeña asiente y entran a una cafetería de techos altos y calor de fogón.

Se sientan juntos y él empieza a hablar. Ella atiende cada frase sin perderlo de vista, y entre las nubes que teje para ella con los hilos de sus historias, sus ojos de lago brillan, se estremecen, dudan, sonríen, siempre sonríe.

Las imágenes se replican en su mente vivaz, y dan paso a cuentos extraordinarios, leyendas y relatos de tiempos que a ella le parecen salidas de un libro fantástico.

Pepe González ha sido muy reconocido porque sabe muchas historias heredadas, vividas e imaginadas, por eso es famoso y querido. Es un buen hombre, suelen decir de él.

Terminan y salen del lugar, más felices. Él, porque entiende que una vez más ha cumplido su cometido, amar a su pequeña y consentirla. Ella porque intuye que esa imagen, como muchas otras, la acompañará para siempre y, no lo sabe aún pero un día, cuando esté muriendo, él vendrá a por ella, la abrazará de nuevo con sus brazos de roble y la llevarán consigo.

Robert

Era 1996 o 1997, creo, de lo que sí estoy seguro es que era una reunión de periodistas; de esas en las que todos nos conocemos, aunque sea de oídas. Allí nos presentaron. Trago en mano, a nuestras anchas. Luego de los respectivos saludos, intercambiamos algunas frases, fieles a nosotros mismos, los que fuimos, los que somos, como lo hacen los pistoleros de Sensacional de Vaqueros, en la barra, antes de salir del Saloon, a medir su velocidad con las armas.

Recuerdo al vuelo, de botepronto:

— ¿Miguel Galicia?, sí, ya he escuchado de ti.

— Roberto Castañeda… mmm, sí yo también he escuchado de ti.

Fue un momento que definió parte de nuestra relación, de amistad, camaradería, compañerismo, coleguería, complicidad. Duró apenas unos momentos, como esa escena en la que el bar intergaláctico enmudece cuando Obi-Wan Kenobi, acompañado de un joven Luke Skywalker, eliminar a un bravucón.

Roger, por su parte, hablaba, como lo hace ahora, o mejor dicho deleitaba con su plática sobre películas, cine. Hipnotizador de serpientes, y escuchábamos. La noche siguió y entonces no sabíamos que nos volveríamos a encontrar.

Nuestros caminos se han bifurcado y coincidido en varias ocasiones durante todos estos años. Sería mi jefe segundo, en un diario cuya suerte culminó mal; mi dupla en la media cancha en los juegos de futbol en la Magdalena Mixhuca; mi compa en los juegos de dominó, con otros amigos entrañables, y en noches de ronda, de esas que pasan tristes y con ganas de seguir comiendo lunas crudas, platicando de diablos, de música, de todo y nada, mientras se paladean unos tragos.

Decir que Robert es mi amigo del alma sería mentir, pero hemos compartido lo suficiente para colocar al otro, y en este caso hablo por mí, en un lugar especial entre mis más cercanos camaradas. A ambos nos unen lazos irrompibles, como el respeto mutuo, el amor a la bohemia, a la música, a la literatura, a la escritura —ambos apreciamos las buenas historias—, pero sobre todo, el saber que somos de la misma clase de animal, de esos que en medio una noche tormentosa se encuentran, y se acompañan para aullarle a la luna.

Feliz cumpleaños Robert