Feeds:
Posts
Comments

Escribo el mundo en un pedazo de papel. Le doy forma con un grafito; lo dejo vivir, lo dejo matarse, le permito crear, pero cuando empieza a pedirme que lo arregle, que lo reescriba, lo estrujo y lo arrojo a la basura…

Dibujo el mundo en un papel, junto punto tras punto hasta formar líneas. Me lleva muchos años terminar con la primera imagen, que guardo en mis ojos un segundo, antes de borrarla, y quemar el trozo de árbol procesado…

Describo el mundo en un pedazo de papel, allí toman forma universos que nadie ha imaginado antes. Estrellas y galaxias se comunican, y a fuerza de choques, provocan explosiones que terminan por convertirse en polvo…

Quemo el mundo en un pedazo de papel y me pierdo en sus cenizas agonizantes, en sus brillos fenecidos. Las puntas de las últimas llamas buscan el cielo de mis dedos. Me queman, y sólo hasta ese momento me doy cuenta de que alguien más me ha dibujado a mí, en un trozo de papel.

Y con la misma furia que he ejercido yo antes, me estruja hasta hacerme sangrar, y con mi sangre tintosa, dibuja que dibujo… así pasó

Rota

Vista en perspectiva el remate del cañón de la pistola era un túnel tan largo como aquel de la ciudad losangelesina en donde se han filmado muchas películas, casi todas apocalípticas.

Rota contuvo la respiración y se fugó un instante en esa imagen que le encantaba evocar de su último viaje a gringolandia.

Se preguntó entonces si en realidad valía la pena responder a las palabras provenientes del maloliente sistema digestivo que aquel pendejete le había sorrajado —¿¡Te tengo harto!?— ¡Pues me vale madres!

La repetición de la misma escena la tenía, digamos no harta, sino desencantada al descubrir que su frontman favorito, a quien había conocido en persona en una fiesta que ella había decidido terminar hacía un par de horas, tenía lengua de cerdo, maneras de perro, patas barro y espíritu chingativo.

Le dirigió con toda saña su mirada número 25 y al tiempo que volteaba a mirarlo a los ojos, lamió el arma, ahora temblorosa, y se siguió a las manos que la sostenían, las cuales, eran ridículamente pequeñas.

El tipete se quedó de una pieza.

Al fin la bajó obligado por el estertor que produce una lengua como la suya.

Rota siguió en su descenso, por su pecho, hurgó en su pantalón de mezclilla sucia hasta que su animalejo entremuslado surgió voraz. El cerró los ojos.

Ella, ladeando su cabeza, buscó el mejor ángulo y le arrancó de una dentellada el miembro que luego escupió al suelo.

El azoro engulló al tipejo de un bocado.

Gimoteó como un niño al que le introducen un supositorio, y cayó de rodillas ante esa diosa que olía a canela y cardamomo.

Rota, quien vestía toda de negro, con licras transparentes que dejaban ver su tanga, blusa china con detalles de piel a los costados, se bajó la bragueta, y le restregó en la frente la vagina más hermosa que ese sujeto había visto en su vida y con la punta del pie le arrimó el arma, que yacía en el suelo.

¡Sí cabrón!, la respuesta es ¡Sí! Anda puto ahí está. Ahora más que nunca te hará falta.

Él buscaba a tientas en medio de la negrura su trozo cercenado.

Cada cierto tiempo daba aullidos ahogados, como de rata, pero unos segundos después cayó desmayado.

Rota lo miró ahora con su mirada 46, y encendió un cigarro. Pobre, no aguantas nada, le dijo.

Sacó de su bolsa la cerveza medio vacía que momentos antes había guardado para tener las manos libres. Terminó su contenido de un trago; la arrojó al parabrisas del lujoso auto del que salía una canción de un grupo que pretendía tocar rock.

Se fue con paso lento, como quien cruza por en medio de un túnel, esquivando bólidos en ambos sentidos.

Ajustó un poco su abrigo, que había levantado de la tierra suelta. No le importó que estuviera sucio. Ya lo lavaré, pensó.

Era hora de volver a su madriguera.

El camino de regreso era largo, se quitó las zapatillas. Los estiletes en los que apoyaba su esbelto cuerpo la estaban matando.

Se detuvo un momento.

Abrió los brazos.

Se llenó de los grises y negros de esa mole de concreto, esperanzas y muertos, que vomita su ciudad natal por las mañanas.

El sol salía por el oriente, y con su luz dibujaba lentamente sombras niñas sobre la larguísima línea asfaltada que la llevaría al centro de Ciudad Puta.

Le llaman La Canela. De su nombre ya nadie se acuerda, ni ella, creo. Su piel y andar son los de un Dragón de Komodo. Soy puta… bueno fui, pero ya no. Bueno, soy pero ya no ejerzo, ya estoy grande, me dice haciendo una mueca que pretende ser sonrisa y le dobla la cara en dos.

La mujer se pierde detrás del humo de su quinto cigarro en media hora. Fuma faros y conoce de frases, dichos y refranes, propios y extraños. Sonríe a la menor provocación, pues gusta de la vida que le ha tocado forjar. Hemos coincidido en un puesto de tacos callejero cerca del barrio de la Merced. Yo he venido en busca de historias. Y he conseguido hacerme de una.

Si se la estira su piel es tersa. Orgullosa de su lozanía pasada, habla con el ánimo de los viejos. Ama los boleros de otras épocas y dice haber sido la más cotizada de la calle de la Soledad. Asediada por extranjeros incluso, en tiempos en que la prostitución era negocio común en Ciudad Puta. Come con la parsimonia de un rumiante.

Camina siempre detrás de un carrito de supermercado pues sus piernas son de trapo, eso, de muñeca de trapo, y así la miro, con remiendos por aquí, y allá. Con descosidas que dejan asomarse puntitas de borra y tiras de tela de relleno, pero es su alma en realidad.

Sin detenerse a pensar las respuestas suelta palabras salidas de sus entrañas. Saltarina la voz, confundida su mente, mientras platicamos me critico que ella me recuerde el arquetipo de las películas de Ismael Rodríguez.

Sin embargo al final me doy cuenta de que ella se cuece aparte pues al hablar percibo que su fraseo se torna de colores o adquieren diferentes texturas. Cuando habla de sus hijos los enunciados tienen una delicada capa de terciopelo. Si lo hace de su oficio es la superficie de un cocodrilo, lo que las cubre. Y si es de su actual vivir, pareciera que el envoltorio que las contiene tiene algo de pastoso.

Sí conocí a muchos hombres, pero con ninguno me relacioné, bueno con uno, pero eso es otra historia. Los hombres son tan cabrones que pueden madrearte porque te confunden con su madre que odian o su mujer o su jefa. O pueden quererte porque tu coño les recuerdas el lugar desde donde salieron. Otros son tan insípidos como comerse una paleta con envoltura.

Tuve cuatro hijos, y del mismo papá todos. Porque mi amor fue de un solo cabrón. Pero me dejó por otra mujer más joven y bonitilla. Sí, él sabía a qué me dedicaba, aquí lo conocí. Me lo cogí como a un jovencito, pese a que él ya era grande para mí, y eso lo enamoró. Era de cara bonita, grandote pero no era del norte, sino de la costa. Tenía el pelo de noche, y un corazón tan grande que me ayudó mucho con mi mamá. Nunca le reproché que se fuera. Para qué, si yo mejor que nadie sé que los hombres son como los vencejos, vuelan lejos y regresan, y si no lo hacen es porque les acomodó mejor otro nido.

De mis chiquillos no hablo porque ya son grandes y se avergüenzan de mí, de cómo los mantuve, mientras pude. Ahora ya no están conmigo. Pero es mejor, para qué quiero a nadie que no me quiere en su vida. Ellos son felices en donde están, y si los vieras a todos les di carrera. Uno es médico, otro licenciado, otro ingeniero y el último me salió maestro pero no de los acarreados. Él es dirigente de su sindicato. Todos son respetados, por eso me dicen que no pueden verme, porque no tienen tiempo, pero entiendo que no pueden presumirme con nadie…

Varios tacos después ella concluye la charla sin más pues me dice que ya la aburrí. Me manda a chingaramimadre, lo cual agradezco debido a que hoy es 10 de mayo. Respondo con una sonrisa que despierta la suya.

La veo alejarse acicalándose el encrespado cabello. Se va gritando: A mí me gusta bailar, bueno me gustaba. Daniel Santos cantaba rebonito, ¿lo conoces? N’ooombre, qué lo vas a conocer, si se ve que no has vivido chamaco.

…Hoy ya no me besas como me besabas, se extinguió la flama que encendió tu ser. No me digas nada, quédate callada, si ya no me quieres, qué le voy a hacer… la oigo cantar, esquivando los puestos, los clientes y las putas jóvenes que la van saludando con un movimiento de cabeza mientras ella parece desaparecer de la vida…

 

I

 

Éramos dos perros al acecho del “otro”. El Matadillo tendría unos 17, yo tres menos. Sus cachetes no eran suyos sino los de su madre, a quien habíamos bautizado como la Mujer del Circo pues lo cabuléabamos con que tría bolas de billar tras las mejillas, y por eso tendría asegurado un empleo en las ferias. Él lo sabía por eso nos hacía más gracia cuando llegábamos a su casa por él y le pedíamos permiso a ella para que nuestro compañero de correrías dejara aunque fuera por unos minutos los libros y las libretas —de allí su apodo— y viniera con nosotros a cotorrear al baldío de la Kennedy.

Allí estábamos todos, El Chaleco, el Piraña, el mentado amigazo estudiante y yo, cheleando o chemeando, poniéndole culei de sabores a las bolsitas de resistol 5000, para que después de darnos un buen pasón, inhalándolas, las lamiéramos con fruición para continuar “navegando” literalmente en nuestras intoxicadas mentes, mientras meábamos cantábamos, o escalábamos las paredes derruidas de la que había sido casa de alguien que de pronto habíamos dejado de ver rondar la colonia.

 

II

 

Las Águilas era una colonia de una Ciudad Puta como muchas Ciudades Putas que existen en el país; creada gracias a los designios de los políticos, sus achichincles y los achichincles de esos. Recuerdo que mi papá un día dijo, mientras paleaba la mezcla que yo había revuelto: Ciudad Netzahualcóyotl se fundó un día que Luis Echeverría dijo: ‘Quiero que se pueble esa zona’. Y hasta aquí llegamos tu abuela, tu mamá y ustedes, yo tenía cuatro hermanos. Aquí no había nada, solo tierra, lodo, inundaciones y pobreza que se notaba más en época de lluvias…

Entonces yo pensaba en la palabra NADA, y le daba forma en mi criterio de niño-chemo de ocho años de edad. La NADA sabe a tierra y sal, me decía a mí mismo, huele a mierda de cerdos y agua estancada. Tiene el color del salitre en las paredes y le falta agua potable, entonces no conocía la palabra potable, pero ahora si, por eso la uso. Le falta mucha agua potable, y le sobra sol que muerde como piraña por todas parte del cuerpo —en esos días estaba de moda la película “Piraña”—, pirañas que parecen salir de las lagunas natosas, cubiertas de algas que guardan ajolotes.

 

III

 

Esa ocasión de la que hablo, todos se fueron temprano. Solo nos quedamos El Matadillo y yo. Él estaba recostado sobre una lámina negra, de las que se tiran cuando son reemplazadas por las de asbesto, más resistentes y duras. Dormitaba gustoso, escuchando según me contó años después, música de Rigo Tovar en su cabecita de frijol, cuando lo pateé para despertarlo y decirle que ya era hora de irnos. La media tarde perdía brillo. El frío aire, traía polvo amarillo y frió. Me agaché por una de las bolsitas para lamerle el culei rojo que aún tenía.

Primero fue la curiosidad, luego la sorpresa, y después el terror. Una mano salía de entre la tierra, justo debajo de donde El Matadillo retozaba. Ladré, no sé porqué pero recuerdo que era nuestra señal para advertirnos del peligro entre los de la palomilla.

El wey se levantó de golpe. Le hice la seña universal de cállate wey, cállate, y señalé el suelo, debajo de la lámina de cartón enchapopotado. Mis ojos desorbitados no podían creer lo que miraban. La mano estaba rota, le faltaban dos dedos, pues todo mundo sabemos que los humanos tenemos cinco dedos en cada una. A esa cosa que emergía de la grava, basura y tepetate que la cubría le faltaban al menos dos mitades de dedos, el del gordo y el que le sigue, que nunca supe cómo se llamaba.

El Matadillo se vomitó nomás de verla y me reí como un pendejo que está entre el “chemo” y la realidad. Él terminó por emularme. Así estuvimos largo rato, hasta que acordamos descubrir eso. A la de tres cabrón, dijimos al mismo tiempo. Uno, dos, tres… ¡pum! ¿Qué pasó wey?, ¡Orale no seas putito! ¡Na, si el puto eres tú pinche Chicles!, en esos años yo vendía los chicles Adams en los camiones que recorren la avenida Pantitlán.

Bueno ya, vamos, luego de tres…

 

IV

 

Era una mano común y corriente, de esas que aparecen en las películas de zombis, pero de plástico, de broma pues, de las que venden en los mercados, pero sí parecía real. Nos reímos de nuevo como los perros al acecho divertidos que éramos. Entonces escuchamos unos pasos. Nos quedamos paralizados. Golosos como éramos nos echamos otras bolsitas de cemento, pero ya sin culei, porque se nos había terminado.

Entró el Tepo —de Teporocho, borracho pues— a punto de caerse. Había pasado tiempo desde la última vez que nos habíamos encontrado. Nos miró como seguramente Dios mira a los conejos, chiquitos y orejones. Pasó de largo, juntó cartones, pedazos de madera y encendió una fogata, con la que se calentaría toda la noche.

Se recostó dispuesto a dormir la borrachera. Solo así se dio cuenta de la mano que le quedó enfrente. La tomó y nos preguntó si nos había asustado, nos llamó niñitas, y nos encabronó. Pues sí cabrón, claro, ¿tú qué crees? Respondió con una risotada con olor a hígado podrido. Sí, parece real. Hasta a mí me asustó, confirmó…

Recuerdo, como si ahora pudiera verlo, que antes de dormirse se echó a llorar, tomó el resto de su botella de alcohol del 96, tapita roja, y sacó de entre sus sacos otra más y un machete de carnicero, de esos gruesos que de costado parecen pez globo, y nos amenazó con matarnos si no nos íbamos ya. Le mentamos la madre y lo retamos.

No insistió, peor nos gruñó. Regresó a sus gimoteos y ruegos al cielo para que Dios se lo llevara de una vez, para no seguir sufriendo. Todos en Las Águilas sabíamos que había tenido su negocio de carnicería, que le iba bien pero su hija y su mujer murieron de sarampión, y se quedó solo. Desde entonces buscaba al fondo de las botellas el camino para seguirlas.

Mirábamos detrás de una puerta desvencijada, arrumbada en la entrada. Le gritamos ya muérete cabrón o mátate pinche puto. Eso lo encolerizó y en un segundo levantó amenazante la punta del machete hacia nosotros, pero de un golpe certero se cercenó la mano. Sonrió su estupidez con gesto incrédulo y se volvió a echar.

Luego de la primera sorpresa nosotros, perros al fin como éramos, fuimos a terminar su obra. Lo hubieras visto, no hizo nada. Se acurrucó. Le quitamos el machete. Y entre patadas y machetazos, que nos intercambiábamos uno al otro, lo dejamos hecho pedacitos. Finalmente, pusimos las tres manos, las suyas y la de plástico en la barda que da a la coladera, esa grande que ahora está tapada. Allí lo tiramos, o lo que quedó de él. No hizo nada, pero sí lloró, lloró como lloran las ratas…

Gorgonium Sideral

Arribo a un planeta desierto. Atravieso sus mares de líquido viscoso. Soy el último gigante de mi especie. Luego de cientos de generaciones he llegado a este lugar para terminar una misión. Alcanzo el único sitio en donde hay tierra firme. Es una isla de una belleza inenarrable. Oro y lloro en nombre de todos mis predecesores. Mi raza podrá extinguirse tranquila de saber que cumplí mi cometido.

En el centro, de un ojo de agua cristalina, fluye un río hacia el cosmos. Del corazón de ese cuerpo líquido nace una flor que tomo entre mis manos, y allí justo en medio de una de las miles de semillas que conforman su corola estás tú.

Una criatura de exoesqueleto luminoso, frágil, como la espina dorsal de un esterión, rara avis de un mundo extinto y cuya referencia solo yo conservo. Te he encontrado al fin. Suspiro temeroso de romperte antes de extraerte.

Entre mis dedos tu maravilla refulge con la fuerza de un millón de estrellas. De alas poderosas, larga cola espinosa, rasgos dragonescos, cuerpo transparente y escamas iridiscentes.

Despiertas. Solo una mirada de tus mil ojillos que cubren tu torso basta para comprobar que esa leyenda que me transmitieron genéticamente mis antepasados es cierta: “Quien mire a los mil ojos de una gorgonium sideral quedará para siempre infectado de una enfermedad que muta y alarga la vida”.

Se abre y expande ante mi el ojo de agua de tonos dorados.

Después de haberme fragmentado en millones de partículas tu primer aleteo las empuja al torrente. Sin embargo antes de que sea devorado por su poderoso flujo, sucede el milagro, al integrarme a tu superficie.

Desde ese momento y hasta el fin de los tiempos ambos recorremos al universo ignoto convertidos en uno mismo… así pasó…

Sintió la camisa húmeda, se tocó y se dio cuenta de que sangraba de una tetilla, la del lado del corazón. Tuvo que arrancar la tarjeta que traía en la bolsa de la camisa. De sus bordes salían patas del tamaño y puntiagudas como alfileres. Leyó: “Sano para siempre todo aquello que te duela…”

Al girarla vio número, dirección y el resto de la leyenda: “… Del alma, del cuerpo, de ésta y otras vidas”.

Bajó del tren, caminó por el andén y echó a andar a la superficie maldiciendo pues tendría que pagar más en la lavandería. Llegó a la calle y número. Lo recibió un edificio moderno de ésos que tienen gárgolas en el frontispicio, de piedra rosa. Revisó los botones. Oprimió el indicado en el pedazo de cartón publicitario. Le pidieron que subiera al piso tres. Unos ojos de delicado diseño genético le recibieron. Accedió a la invitación y tomó asiento.

Quiso escupir pero no halló dónde. Tragó flema negra. Tosió y jaló tanto aire como se lo permitió su corbata. Se recriminó mientras se la quitaba impaciente. Estaba tan habituado a esa prenda que le encabronó más ya no sentir su presión.

Los ojos le pidieron con un guiño entrar a la habitación contigua.

Sin presentación previa y como un cordero se dejó llevar al camastro por el ente de cuernos retorcidos. Le recordó a un profesor universitario que le caía mal. Una de sus gigantescas alas lo rozó en el antebrazo, dibujando una línea de la que empezó a sangrar. Como si nada hubiera pasado apretó la gasa que el cornupiante le alcanzó para contener el hilo rojo. El mareo le provocó náuseas, odiaba su condición de hematofóbico. Antes de caer desmayado balbuceó: ¡Qué chingadamadre hago aquí!..

Al abrir los ojos se percató de que no podía moverse. Además de las correas que lo sujetaban, su cuerpo estaba en un estado catatónico. Sudaba frío. Una luz le impedía ver nada. Entre sueños escuchó palabras sueltas, dispersas, de un idioma extraño, antiquísimo. Sintió miedo.

La plancha se enderezó automáticamente hasta quedar en posición vertical, quedando frente a un espejo de cuerpo entero. La superficie plateada le devolvía una imagen deforme. Estaba completo pero diferente: allí estaban sus alas, sus garras, sus colmillos, la aspereza de su carne. Sin embargo se horrorizó pues le faltaba la mitad del cerebro y en el pecho tenía un agujero perfecto que lo atravesaba de lado a lado. El Doctor Lavrov se tallaba las garras en un lavabo blanco aún con el tapaboca en su lugar. Supo su nombre al leer en un cartel publicitario pegado en la pared, en el que se le veía muy joven. Antes de salir del lugar éste resopló, asintió y le sonrió complacido.

Después de un rato al fin pudo moverse y regresó a su casa. Una gorra deportiva cubría su cabeza recién zurcida, amorfa. El pecho cubierto con un parche que, según las instrucciones de Ojos Lindos, debía usar por 15 días. Para entonces el hueco se habría cerrado completamente y las escamas habrían crecido de nuevo. Nada había que avisar en el trabajo, “allí ya sabían”, le dijeron al salir. “Dieta blanda, muchos líquidos y descanso absoluto, incluso del alma”, recordó que le dijeron. De no seguir al pie de la letra las indicaciones regresaría a su estado habitual.

Salió más ligero. Tomó el transporte de vuelta a casa, pero algo había cambiado en su interior: No podía maldecir, ni lamentar, ni odiar nada, ni a nadie. Ni siquiera sentía tristeza de sí mismo, de no ser el mismo que hasta entonces había sido. Intentó llorar pero tampoco pudo. Una sonrisa deformó su bocaza.

—II—

Esa mañana despertó con buen ánimo. El sol se impuso súbitamente a una lluvia torrencial que todo lo anegaba en la calle, miró al cielo y agradeció. “Ups”, pensó, “¿y ese gesto de agradecimiento de dónde vino?” Sintió nostalgia por sus ratos de odio. “Otra emoción nueva”, pensó. “A quién no le viene bien odiar de vez en cuando”, se dijo en voz baja.

Los colores se le metieron por los ojos con la velocidad de mil navajas como recordándole su nueva condición. Se alistó para regresar al trabajo. Siguió con sus actividades: Salía a cazar almas y las llevaba a los Centros de Justicia Divina todos los días de 8:00 a 20:00 horas. La rutina de toda su vida, pero cada vez le era más difícil hacerlo con la soltura que le caracterizaba.

Mas fue por poco tiempo, pues era el único en el corporativo en ese nuevo estado. Aunque era tendencia, y cada vez se registraban más exitosos casos de transmutación, según las noticias, “curarse la infelicidad” no se había generalizado aún como se esperaba. Pocos se arriesgaban a cambiarlo todo.

“Contagia mucha, demasiada felicidad, y eso no es bueno para este negocio”, “Sí, pero sigue siendo muy capaz”, escuchó a sus jefes cuchichear un día en el baño, sentado en uno de los retretes. No mucho después le llamaron de recursos demonios para despedirlo.

Rememoraba todo ese camino cuando un pájaro de dos cabezas y plumas azulosas se posó en la protección metálica de su ventanal. Trinó, aleteó, graznó y voló. El vidrio le mostró un gesto idiota de alegría. Sonreía pleno mientras acariciaba su pectoral ya recuperado del todo. Le molestó lo que vio. Murmuró: “Ese puto doctorcete no me operó bien. Me curó de muchas cosas pero no de la vida”.

Y por primera vez en meses sintió enojo profundo por algo. Emoción que empezó a germinar en su interior, como brote verde, y casi pudo visualizar cómo el cosquilleo en su lado izquierdo transformaba esa semilla de enfado en odio acendrado, de esos de cáscara dura. Abrazó ese placer que creía arrancado a fuerza de bisturí. La emoción se incrementó al buscar en sus recuerdos el momento en que había ido a “curarse”.

Fue a buscar entusiasmado el periódico, seguramente habría alguna vacante en su antiguo trabajo…
Nota: Cuento publicado en el fanzine “Miedo” de La Calaca Cultural https://www.facebook.com/lacalacacultural/?fref=ts

Adiós Arturo…

Lloro. Entro al velatorio y el gris natoso del ambiente me envuelve. La sobriedad me recibe con sus cuatro costados. Sillones de piel sintética. Tres parejas. Dos chicos con sus chicas, otra de adultos, y dos mujeres. Todos separados. Nadie se habla. Una es tu hija. Saludo a tu hermano. No atino a decirle nada, sólo que soy tu amigo. G y C me acompañan. Me suelto de su brazo y te voy a ver. Tu cara recién rasurada me hace pensar una y otra vez aquello que te dije muchas veces cuando eso sucedía: “Hasta que se le hizo al agua y al rastrillo cabrón”. Te han cortado el pelo, te han peinado. Luces un impecable traje, y también pienso otra frase aprendida: “Qué Arturo, ¿hoy te arregló tu mama?”. En tu pecho reposa un libro de López Velarde, tus lentes que ya no te servían de mucho, solo de accesorio para hacerte el interesante. Debajo del vidrio luces apagado. Te han maquillado, creo. Mis ojos se vidrian. No, “eso” ya no eres tú. Tú fuiste ese ente orgulloso, pedero, soberbio e hijoeputa buen-amigo que fuiste conmigo. Tú fuiste ese que amaban unos o maldecían otros. Tú fuiste el pinche chaparrito de La Jornada, el incendiario, el bullanguero, el inteligente, el tipo de dentellada fácil, de pluma filosa, de saliva cáustica; el viajero, el que repartía apoyo, solidaridad, bonhomía, putazos a la primera provocación. Ese que un día cambió el rumbo de sus días porque “quería sentir”, “vivir”, tragarse la vida cruda, sin conservadores de ninguna especie. El que bebía alcohol y comía pan, el que mostraba los dientes, cual perro rabioso, a quien no le gustaba. El que abrazaba a sus cercanos, el que se despedía con un ligero apretón de manos. De pie, desde mi estatus de vivo, un poco muerto contigo, le susurro a ese que fuiste, y que yace debajo del aparador que te guarda desde ahora como un estuche quién sabe qué. Le hablo en silencio y con él converso. En ese segundo, escenario zurcido en mi memoria, nos reímos juntos, frente a una chela en una cantina en Texcoco, en Ciudad de México, en Monterrey, en Puebla, en Las Vegas, en Los Ángeles, en Querétaro, en Jalisco, por algo que me dices: “Pinche Miguel tú solo adelgazas para conseguir vieja, ya luego engordas”. La frase te “imprime” de cuerpo entero en una postal como muchas otras que guardo y que estoy seguro revisaré cuando a mí me toque ser despedido. Un sollozo me trae de vuelta. G. sigue a mi lado. C. observa impávida. No estamos solos tú y yo. Tu familia aún no llega en pleno, la consanguínea y la profesional, pero en unos minutos lo harán. Nos sentamos. Mi mirada se pierde en el mármol. De las vetas brotan imágenes de rostros animalescos: un oso, una comadreja, un ave, un insecto, otro, otro, otro más. Miro fijamente y del suelo se desprenden esas criaturas formando un grupo alado, eleva el vuelo. La vida pasa en cinco minutos, pero quizás la tuya alcanzó uno más. Así la alargaste a fuerza de teclear sin descanso, de caminar, de arrojarte a enfrentar la Ciudad Puta de tú a tú, como eras tú, sin arredrarte ni un segundo. Porque nadie de quienes te hemos conocido podemos decir que eras cobarde, al contrario, además de buen camarada, eres buena pluma y buen peleador, como boxeador al límite, hasta el último segundo del último round. Golpeando sin cuartel, fajándote, intercambiando madrazos, golpeando las zonas blandas, recibiendo castigo inmisericorde; puta vida, puto destino… Sin embargo más allá de eso eras un amante de la vida. La sabroseabas y acariciabas sin recato, sin pudor le metías la mano, todo tu cuerpo; a donde la hallaras: en el fondo de un vaso, de un taco, de un pan, de una canción, de un beso, de una caricia, de una charla, de una reunión, de un reportaje, de una crónica, de una nota, una entrevista. Han pasado unos minutos desde que llegamos, no sé cuántos, pero ya no quiero estar aquí… esperando qué. Me acerco/nos acercamos a tu hija, ya no hay nadie más en la sala. Los insectos que vi nacer del mármol se han esparcido por Ciudad Puta para contagiarla de tristeza. Tu hija me/nos cuenta cómo fueron tus últimos días en este plano, tu mañana. ¡Cabrón! así estuviste dando lata hasta el último segundo de tu último round. Nos despedimos. Soy fulano de tal, respondo a tu heredera. Nos abrazamos y sollozamos un momento. Con mis vidriados ojos le digo: “Lo quise mucho, y creo que él también a mí”. La tarde nos espera. Lindo día elegiste para morir, al final del invierno, como para recibir la primavera en plenitud. Antes de salir miro tu estuche y parece que puedo escuchar a Joan Manuel Serrat cantando Curro el Palmo…