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Besos

Unos besos tirados en el suelo

hallé esta mañana antes de marcharme;

pensaba asirlos pero fui a ducharme;

todavía vivos echaron el vuelo.

Me dijiste: De las alas tontuelo.

Me sonreí mientras empecé a vestirme.

Al aire lanzaste un embrujo firme.

…Cayeron más besos, y un: Ay chicuelo.

Salí con tu risa a mi boca prendida,

con la duda más caliente, perdida.

pero no supe nunca si eran míos

o de ella, o perdidos, vaya qué líos.

Inanición de amor

Morir de inanición

como lo hace el lobo gris,

aliento de marfil

de inanición de amor.

Entre la manada pervive desolado

más no se miente y a la muerte avanza,

busca hacerse destino antes de que la luna nazca

enrumba,           cavila,                  desesperanzado.

Herido hijo de la muerte

por la vida que lo expulsa,

sin su pareja aquella le repulsa,

sentenciándole en su camino doliente.

Ya no hay mordida, ni aullido,

en su estela desterrada,

solo queda una caricia malograda,

que lo impulsa a su abismal destino.

Ara y siembra sus miasmas,

lobo de fauces fantasmas,

lobo viudo lobo zombi,

                               lobo muerto

sin fin, 

                yerto.

Muerto por inanición

inanición de amor,

Al lobo lo besa la lluvia febril,

con sus gotas de jade,

su sino ya no evade,

desbordan su espíritu de rubí.

Muerte suave muerte atroz

muerte asombrada, muerte férrea

noche blanca noche enferma

Morir por inacción.

Caballito de mar que tiene mal fin,

desova solitario atado de la cola,

sin futuro ya la vida no roba,

y cae como lo hace el sediento,                               gentil.

Nunca más, nunca siempre.

Un cisne grazna entre las dunas del silencio,

sin plumas sin miedo sin vuelo,

desvanecido por dolor ingente.

Ya no más, ni para nunca

arrastra en las patas su soledad,

sin su amada cisna guarda oquedad

mirada extraviada, maltrecha, tunca.

Desplúmate ya a ti mismo

apaga tu voz,     enmudece,

rompe tu pico de  milagro iridiscente,

que ella se ha ido,           andáte al abismo.

Así unos, así otros, así todos,

eligen no saber nunca más, nada,

de abrazar sombras de lava,

o besar rostros, o  dar besos de polvo.

Trastornados nadan por la vida como caballitos de mar,

solitarios huérfanos de atar,

como grises lobos,

por elección tuertos

presos, de su propio mal,

pero al destino se entregan,

como animales cedrales,

regurgitan la vida y la sal, ferales

y su cuello y alma ofrendan.

Muchos sin pareja yacen muertos,

hasta el final de los tiempos,

de inanición, de inanición de amor,

segados de la carne,      de su ardor.

Vuela la poesía

Leo la poesía,

en cambio ella no me lee.

La busco cada día, debajo de las piedras

de mis palabras.

No me conoce, moriré sin que lo sepa, quizás.

Se escabulle, regresa, y me posee.

Otros intentan leerla pero no los escucha.

Ella es ciega y muda y muy selectiva.

Vuela lejos con mis versos de alas falsas

arrancados de mi ser.

La amo pero ella me odia.

La observo en el cielo de la creación;

como un perro hambriento espero a que se le

caigan algunas migajas.

Vuela tan alto que nada cae sobre la tierra.

J. Alicia MS

Hace tiempo entendí que felicitarte por tu cumpleaños era innecesario, es más, es imprudente, pues tú querida Alice eres inmarcesible, y así te pienso y te traigo desde que te conozco, en alguna parte de mi ser, con ese movimiento eterno que tienen los astros o las olas del océano, igual que tú en la vida, con la fuerza del huracán; que larga a donde le place, porque eso hacen los seres libres: viven el aquí y el ahora.

Si alguna vez te sientes perdida, como igual llegué a sentirme yo en alguna época lejana de mi trayecto en este plano, trata de hacer como yo hacía cuando eso ocurría: buscaba en mi corazón aquello que me daba valor y allí estaban esas flores de luz iridiscentes, en forma de familiares, tanto de de sangre como las que elegimos, como tú.

Y nada, solo eso, que me acordé de ti, y quise felicitarte por tu inmarcesibilidad, querida J. Alicia Muñoz Sotelo…

Vidamía

Miguel G. Galicia

El infinito constante

fluye en tu piel escamada.

Eres un soplo, un instante.

Eres un guiño en la nada.

Te amo en mi vida malcriada.

Vida, sueño desbordante,

ojo vivo en la enramada

que cae furtivo, fragante.

En el jardín universo

andamos los dos al vuelo.

Tu ser en mi ser convexo.

Un ademán tuyo al suelo

mantis linda y quedo inverso,

por ti, cósmico polvuelo.

Transcrito en clave morse:
https://morsecode.world/international/translator.html

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Diosesa presencia

Tenía tanta sangre en mis extremidades que pensé, que con sólo posar una de mis yemas en la superficie de un planeta desierto, árido, podía crear ríos de proceloso cauce.

Un día de febrero de un año cualquiera, así lo hice pero estaba equivocado, ese mundo ni estaba desierto, ni estaba muerto.

Estaba lleno de bichos bípedos, pequeños monstruos, que al ver la punta de mi falange atravesar sus cielos, trataron de atacarme.

Debo reconocer que también me equivoqué al pensar que podría crear cuerpos de agua.

En vez de eso lo que podía crear eran grietas que abrían y partían en dos los mundos como ese.

Desde entonces vivo para poner en práctica por doquier esa habilidad —que amo, claro está—, que posee mi diosesa presencia… así pasó…

Mi fin me ha visto

Duermo. Tú, Gorgona de dientes perfectos y mil serpientes en la cabeza y en el corazón, de temperamento de fósforo, te montas en mi con movimientos de mar embravecido. Yo. Rocoso, de alma antigua, de tormentas entre mis piernas, siento tu vaho ulular entre mis escamas; me revuelvo con sueño inquieto. Con tus garras surcas mi piel escarpada, erosionándola, y en ella me siembras besos niños, que crecen cada noche nueva.

Impaciente, soplas tu aliento yodado mientras despierto para ver mi fin…

Hablas de esa quien fuiste, esa chica que imagino flaca de ojos iridiscentes. Rizos y risotadas saltan en la mesa con formas de insectos fantásticos al revelarte ella, Chica Ojos de Tea, que se niega a desaparecer en tu lejano pasado.

Sonrío con gesto ausente porque amo escucharte y ver crecer esos animalillos de antenas y patas que desaparecen entre flamas azules, dejando carboncillos al apagarse.

Siento adicción por juntar esos brillitos que escurren de tu mirada que se transforman al contacto de tu soplo.

Los guardo entre mis dedos, como la sensación que siento cuando me arropas con tu vaho en las mañanas

Salgo de esa imagen concentrándome en tu rostro, en tu nariz y dientes perfectos, matizados, nebulosos por el café.

Tus labios danzarines vibran. Trrr. Pchsss. Krrrggg…

Arráncote las pupilas. Vacíote las cuencas, todo en mi mente un poco loca de ti, enferma de ti, de tu lengua, de tu sexo sin tiempo… y mastico y mastico y mastico, y mastico.

Trago.

Tus labios toman vida propia y ya no veo otra cosa. Únicamente tu boca que, como los del Gato Sonrión permanecen suspendidos en alguna parte de mi cabeza de goma.

Blablablablablablablabla… Purrrrttttmmmmm…

Me has consumido hasta la primera vértebra, de un bocado… tragas y regurgitas, y deglutes… te gusto húmedo y caliente, me has dicho.

Desde ese momento mi cuerpo vaga perdido en el universo, en busca de algo que pueda colocarle sobre el cuello… así pasó…

La vida fitnes

Miguel G. Galicia

Inicié mi carrera en la vida fitnes cuando mi edad cabía en los dedos de mis manos. Mi padre concebía el deporte como una actividad por ello me la inculcaba con pasión porque me alejaría de “los vagos” de la cuadra, y me ayudaría a defenderme de los buleadores, pensaba, y como él había formado parte de ambas faunas en su barrio sabía de qué hablaba.

                Me contaba que en sus tiempos mozos había jugado futbol llanero, de extremo por las bandas; además había competido en un torneo de box amateur, con tal éxito que arrumbado en los tiliches de la casa había un trofeo despostillado con base de mármol, según decía él, pero en realidad era de resina y piuter, con la efigie de un boxeador en posición de guardia, debido a que avanzó cuatro rondas, hasta que le aplicaron un opercot, con aroma a cloroformo y lo mandaron a besar la lona en un lastimoso primer round.

                Haciendo cuentas, mi padre a quien sé que de niño apodaban “El Dominico Terry”, y en la adolescencia “El General”,  tendría unos 36 años cuando empezó a entrenarme los domingos con un plan infalible: Etapa uno: acondicionamiento físico consistente en yoguis, abdominales, carreras, lagartijas y sentadillas; etapa dos: correr en el Parque del Pueblo hasta que ya no jadeara; etapa tres, entrenamiento de boxeo con un maestro cubano hasta lograr los resultados deseados: hacer de mí a El General Junior.

                Odiaba esas mañanas y tenía motivos para hacerlo dado que la combinación del polvo de la calle aún sin pavimentar y el sol tirano, untaban en mi piel una cubierta de mazapán. Pero más me dolía mi orgullo porque me daba vergüenza que mis amigos futboleros, que sí salían a jugar, me veían con lástima por no poder acompañarlos.

                Así eran mis mañanas de domingo: lagartijas y sentadillas al ritmo de “uno, dos, tres, ¡Vamos Miguelito!, uno dos tres, uno, dos, tres, venga, otra vez”.

                El Parque del Pueblo es una especie de Chapultepec chiquito, al menos así lo recuerdo de mi infancia: bosque que hoy en día es considerado pulmón indispensable de Netzahualcóyotl; lago que se podía cruzar en lancha, zoológico respetable, trenecito que recorría su interior, carpa geodésica-invernadero, todo en un espacio de más de al menos ocho hectáreas.

                Allí, mi madre y sus amigas estudiaban primeros auxilios o manualidades —de floristería, confección de muñecos de peluche—, saberes que al cabo de un tiempo, en los años 80, les ayudarían a sortear la llamada crisis del peso mexicano desencadenada al finalizar el gobierno del presidente José López Portillo, y a principios del de Miguel de la Madrid, luego de que el Banxico dejara flotar nuestra moneda, y tras la estatización de la banca, el dólar llegó a 149 pesos, llegando a una devaluación acumulada de 470 por ciento.

                Allí afuera, lejos de esos números que le quitaba el sueño a la generación de mis padres, corría yo como parte de mi entrenamiento. Recuerdo que tenía solo un pants rojo con vivos blancos, acampanado, y unos tenis Panam azules, anticuados, de los años setenta; todo de segunda mano adquirido en el tianguis de la colonia.

                En poco tiempo pude dar dos, tres, cuatro vueltas, los fines de semana al parque, y luego por las tardes tomaba mis clases de box; logros que le reportaba a mi papá cada que retomábamos el entrenamiento juntos.

                Así transcurría la vida, entre el Parque del Pueblo y el gimnasio, cuya sede era la misma casa del maestro, quien para más señas era un gigante de gesto amable, con pelo muy  ensortijado, de piel negra brillante, y bigote de brocha gorda, con ojos amarillos.

                Su esposa, “güera de rancho” decía mi madre, era rolliza, de ojos verdes, chapeada y con un diente de oro, pelo suelto, quien mientras observaba los entrenamientos pelaba pepitas de calabaza húmedas con sus dedos de pianista y llenaba costales y costales.

                Como muchos en este país, “yo era güerito cuando era niño pero me quemé”, por eso, cada que hacía sombra frente al espejo, con las manos vendadas, el short de mi padre y una camiseta de tirantes, mi cara se enrojecía por el ejercicio, de tal manera que me empezó a llamar “Gallito Colorado”, y todo marchaba de maravilla, mi camino al campeonato, hasta que El Chita, un fulano mayor que yo y mi buleador principal entró al gimnasio, y el couch nos dijo que nos enfrentaríamos en el ring. “El Gallito” ya está listo para su primera pelea señora”, le dijo a mi mamá.

                Esa noche mi mamá me invitó como de costumbre, a comer unos taquitos de cabeza, pero ya no quise y tampoco regresé al entrenamiento.

                Mi padre desaprobó la decisión, respaldada por mi madre, pero solo a condición de que me mantuviera corriendo en el Parque del Pueblo. Supongo que mi papá pensó que si no me enfrentaba a mis contrincantes por miedo, al menos podría escapar de ellos.

                Un día en la avenida John F. Kennedy, que atraviesa la colonia alguien organizó una carrera. Por supuesto me inscribí. Para entonces correr era mi deporte favorito, luego del futbol claro está. Los de mi categoría teníamos que dar tres vueltas en ese paraje lunar.

                Por alguna razón que desconozco, atribuible quizá a sus múltiples ocupaciones, mi mamá dijo que no me acompañaría. No importa má, dije disculpándola, yo corro solo.

                Una corneta dio la indicación de salida. Allí iba yo con mis Panam azules y mi pants rojo acampanados con vivos blancos. El sol despiadado de inmediato provocó que mi número de participante se escurriera y luego se desprendiera pero yo seguí. Piedras, charcos, hoyos, tierra suelta, la gente gritaba y yo imaginaba que estaba en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84; creo que nadie de los organizadores pensó que los corredores de esa región requeriríamos agua, o creyó que éramos súper corredores, porque no había lugar en donde hidratarnos. Vamos, escuchaba la voz de mi papá: “Vamos Miguelito: uno, dos, tres y otra vez”. Terminé una vuelta, de la avenida 12 a la avenida Texcoco y de regreso, pero a la mitad de la segunda, cuando ya había decidido claudicar vi a Lulú, mi madre, que me alentaba con sus aplausos y esa mirada que tenía cuando me miraba hacer alguna proeza, que me empujó a dar lo último. Jadeaba, respiraba con dificultad, por la nariz, por la boca, se me salían los mocos, la garganta reseca; la sal del sudor y el polvo me enceguecían pero yo repetía “Vamos Miguelito…”

                Terminé en quién sabe cuál lugar. Me entregaron una medalla que perdí en alguna mudanza. Esa fue la última vez que corrí en una competencia similar. Desde entonces lloro cada vez que veo una premiación en la que se escucha el himno nacional.

“República Sangrienta la patria de Antígona González”

Miguel G. Galicia

Morir tiene un alto impacto en la consciencia personal y grupal, pero debido a que la pérdida de un ser querido queda inscrita en un punto geográfico exacto —se sabe en dónde está el fallecido, así como el lugar de su inhumación o cremación— y de corporeidad palpable, genera un espacio de dolor del que se puede salir pues se tiene la seguridad de que el otro yace allí, lo que impide cabida para la incertidumbre. Por otra parte, cuando uno se desvanece de la faz, sin dejar rastro, ni noticias de qué le ocurrió, si está vivo o no deja en la mente, el alma y el corazón de los suyos un hueco tan grande como el que provoca un agujero negro en el universo, de cuyo interior nada escapa, ni la luz, y del cual no se puede salir nunca, NUNCA. Por lo tanto, morir y desaparecer, son verbos con fuerzas gravitacionales diferentes

            Existen miles de testimonios de desapariciones en este país, y la gran mayoría coincide en que esa pérdida, causa un efecto cataclísmico, del que no se sana jamás, pero se convierte en un motor que ha generado un movimiento social que exige verdad y justicia.

            Un quilt es una frazada que en Canadá se confecciona de manera artesanal con retazos de mantas o cobijas que ha usado un bebé a lo largo de su crecimiento, hilvanado por las madres y que al mismo tiempo relata esa historia personal. Es una historia de amor.

            En “Antígona González”, Sara Uribe Sánchez confecciona un quilt simbólico, como espacio de pérdida en el que confluyen los lectores. Confeccionado puntada a puntada con trozos de realidad que ha hallado a lo largo de los años, en notas periodísticas, relatos de testigos, dolientes, textos de otros autores; que aborda temas como las desapariciones, la muerte, los muertos, los gobiernos, las autoridades, los indolentes, los asesinos. Un cuerpo-manta de amor en tinta y papel que nos cuenta el horror en un país en el que algo se pudrió hace mucho tiempo.

            Tal creación dodecaédrica es una apropiación de la Antígona de Sófocles, resulta hoyo negro que todo lo absorbe, voraz, infinito; es en sí mismo no solo un acto amoroso, sino un acto de resistencia, oxígeno para la combustión de la llama de la memoria.

            Pero el relato de Uribe Sánchez también puede ser tan estremecedor como la figura de un Frankenstein, que nos perseguirá para siempre, a todos, porque su cometido es no descansar nunca.

            Como sea, bello en su confección o monstruoso en su representación poética, este texto nos recuerda de tanto en tanto que tiene raíces en la realidad profunda. Los datos de noticias que muestra sucedieron en algún lugar, con fechas y lugares exactas, asideros insoslayables porque aún cuando le cambiemos al noticiario de las nueve de la noche, o demos vuelta a la página, todas las noticias son las mismas, dado que la época que nos ha tocado vivir como generación tiene un hilo conductor trazado con sangre.

            La fuerza del texto radica, por ello, en su veracidad y detona preguntas: ¿Es un poema documental? ¿Es poema testimonial?, ¿Es crónica poética? si acaso no son lo mismo.

            En la mente resuena la voz de Antígona, quien no quería ser, pero le tocó ser una. ¿Cuántas Antígonas nacen y mueren en México? ¿En Argentina? ¿En España? ¿En Chile? ¿En Colombia? ¿En Centroamérica?, porque las desapariciones no ocurren solo aquí. Como si hiciera falta un lazo de hermandad en Latinoamérica e Hispanoamérica, además del saqueo, los abusos coloniales, las injusticias y exterminio de los pueblos originarios. Allá como acá, cada Antígona busca lo mismo: al otro, al suyo, a su Tadeo.

            Hasta enero de 2021 en nuestro país había registro de 82 mil 241 desaparecidos, y contando, de acuerdo con datos de la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB), pero muchos colectivos conformados por Antígonas dicen que son más.

            ¿Quiénes son las Antígonas mexicanas? ¿De dónde salen? ¿Cómo se agrupan? Ellas son las mujeres, en su mayoría, aunque también hay hombres, unidos en colectividad por la desgracia de haber perdido a un ser querido, agrupados en grupos de buscadores de huesos, de rastrojos de osamentas, de girones de ropa, calzado.

            A estas alturas de la historia son legión: “Una Nación buscando T”, “Siempre Vivos de Chilapa”, “Colectivo de Familiares de Desaparecidos del Estado de Guerrero y el País”, “Colectivo Luciérnaga”, “Amor Esperanza y Lucha Zacatecas”, “Zacatecanas y Zacatecanos por la Paz”, “Familias Unidas en Busca de una Esperanza”, “Red de Desaparecidos en Tamaulipas”, “Hermanos y Amigos de Desaparecidos”, “Madres Buscadoras de Sonora”, ” 10 de Octubre”, “Colectivo de Sabuesas Guerrera”, “Fe y Esperanza”, “Buscando en vida”, “Por las voces sin justicia”, “Buscando a Glorimar”, “La colectiva feminista Perlas del Pacifico”… y todos varilla, palas, zapapicos, barretas, cubetas en mano, han perfeccionado sus técnicas para hallar restos humanos, enterrados en campos desolados, barrancas, brechas, cañadas, terrenos baldíos, desiertos; durante muchos años solos, y ahora con un poco de apoyo del gobierno amloísta.

            Desaparecer en estas tierras data, según estudios como el de Anais Palacios y Raquel Moroño, del Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia A.C., publicado en marzo de 2021, de la década de los sesenta y setenta como método gubernamental, por acción u omisión, acallar los “movimientos sociales, estudiantiles, indigenistas, campesinos y guerrilleros”.

            “Fue en la década siguiente cuando empezaron a configurar movimientos que tendría la participación de cada vez más mujeres, entre ellas las familiares de las personas desaparecidas.

            “De ese modo, en 1977 surge el Comité Pro Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos de México, conocido posteriormente como el Comité Eureka, fundado por Rosario Ibarra de Piedra, madre de Jesús Piedra Ibarra, desaparecido en Monterrey, en abril de 1975”.

            Rosario Ibarra fue de las primeras y más famosas Antígonas mexicanas.

            En Argentina, las abuelas y madres de Plaza de Mayo es quizás uno de las agrupaciones más emblemáticas e influyentes para América Latina y el mundo, en el terreno de la búsqueda de justicia para los desaparecidos y los hijos de aquellos que fueron desaparecidos, asesinados y torturados durante la dictadura de Jorge Videla.

            Y en México, esos colectivos se han multiplicado a lo largo y ancho de nuestro territorio, debido a la creciente violencia provocada por la proliferación y enfrentamientos de grupos delincuenciales, y la denominada “guerra contra el narco” emprendida por el expresidente Felipe Calderón Hinojosa.

            Todo ello fue tomado por Sara Uribe Sánchez para reescribir a Antígona, personaje griego de Sófocles, ese quilt en el que la hija de Edipo clama por justicia, y tomándonos de la mano nos conduce por caminos que nos llevan a Tamaulipas, a Baja California, a Querétaro, a Nuevo León; como Virgilio a Dante en el inframundo de las fosas clandestinas, de las morgues, de los ministerios públicos, de la desesperación, del miedo, de la desesperanza.

            Antígona González es un todo fragmentario que visibiliza de manera articulada, un fenómeno que aqueja a nuestro país desde hace mucho, pero que igual que una piedra en un lago toca otros puntos en el planeta, Argentina, España, Bolivia, Uruguay, Paraguay, El Salvador, Nicaragua, y tantos otros, y de allí le viene su vigencia, porque los desaparecidos hablan igual español, que portugués, quechua, náhuatl…

            Cuando era niño, presencié una pelea entre familias, en la calle, tan fuerte que mis amigos y yo tuvimos que detener nuestra cascarita. Los gritos y reclamos subieron de tono entre ambos bandos, pero recuerdo poco, salvo una frase que gritó una joven mujer y que aún recuerdo fresca, amenazante: “Mi hermano está en el ejército, ¿quieres que te desaparezca?

Esa fue la primera vez que escuché el término “desaparición”, proferido de una a otra persona, tal como se relata a lo largo en el texto, y ahora pienso ¿es así de fácil desaparecer a alguien?

Si así era en esa época a mediados de los años setenta, imagino que sin importar quién decida hacerlo hoy en día, narcos, particulares, delincuencia organizada, Estado, militares, policías, es más fácil por los grandes niveles de inmunidad que privan hoy por hoy, aún pese a lo que diga el presidente Andrés Manuel López Obrador, en la República Sangrienta que es nuestro país.

            Al leer este poema en verso libre uno quisiera gritar, responder a la hermana, la madre, la hija, a todas las Antígonas que buscan con desesperación, que piensan cada día en sus desaparecidos, y darles consuelo, decirles que todo estará bien, que un día nos encontrarán vivos o muertos, o cuerpos, o fragmentos o huesos, mas como dice la canción de Serrat si yo pudiera unirme a un paso de palomas lo haría, pero no puedo, nosotros los Polynices, los Tadeos ya no estamos más.