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Archive for November, 2019

Laboro en una cámara iluminada por un sol rojo de luz intensa.

De una rueca, instalada del plafón planetario, cae en cascada, un fino río de silencio, de corrientes espumosas.

Trenzado por mí gracias al buen oficio aprendido de mis antecesores —que no son otros que yo mismo, pero multiplicado desde hace milenios—, de uno en uno, hilo todas las hebras, desde sus tenues puntas.

La línea es tan suave y fuerte como la seda de los arácnidos, y con el resulto urdo redes para pescar sueños, o ato, o coso los hocicos de las pesadillas depredadoras que producen unos seres que no conozco, ni conoceré, y que, leo en mi instructivo durante mi horario laboral, son llamados humanos…

así pasó…

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I

Había momentos en su vida que Chica Buenavibra extrañaba sentir en la piel el cosquilleo, la incertidumbre de quien ansía algo que nunca se cumple, de la desazón de un mundo incendiado a su alrededor.

Ella, de mirada de lago; de piel y líneas de dunas; de temperamento de sol naciente y marea espumosa; de sonrisa de luna; repartidora de sosiego; vivía los albores de sus tres décadas de vida, ya había trascendido mucho de sí misma pero buscaba más, más dentro suyo, seguía buscando tesoros, para pocos reservados, que solo aparecen tras el portal de la meditación, quería verse obnubilada, de vez en cuando, por un poco de ese fuego que se acerca pero no quema, si acaso calienta; es más, decía, lo necesitaba, como el adicto desintoxicado, extraña ese trémulo espasmo que siente antes de introducir a su cuerpo su substancia.

Cuando se encontraba así, sus movimientos circulares tallaba, para sí, la circunferencia de sus cuencos, y cerraba los ojos dejándose llevar por el inquietante sonido de la vibración, y se permitía recibir cada tono en toda su piel. Y así se calmaba, hasta la siguiente ocasión.

II

Tocaba para otros, con el amor acumulado en su conciencia, y su mente , de alas de humo, viajaba hacia momentos de sus etapas anteriores. En alguna parte de su cerebro Chica Buenavibra se desdoblaba y lograba verse como una espectadora, hechos, situaciones que le daban alegría.

En una presenció aquella en la que muchas lunas atrás se veía siendo una muchachita de pelo de obsidiana, entrando en una casa de alguien, y encontraba una especie de frutero en casa de alguien, que habían rellenado de naranjas o pan, y que ella, posteriormente empezó a llenar de sueños y felicidades de quienes escuchaban atentos sus vibraciones, para relajarse y hallar nuevos caminos de existencia.

Al finalizar las sesiones, sus transformados acompañantes de viaje le decían al unísono: “Gracias Anairam”, y ella los recibía gozosa, tomando las voces y anidándolas en su pecho, respondiendo con con sonrisas de luna llena.

III

Yo la conocí entrado en la medianía de mi vida. Reconocí que ella era una joven sabia, que había aprendido tanto de meditación y serenidad que algunas veces solo bastaba con tenerla cerca para tener la certeza de que el mundo podía explotar en un segundo, pero que uno se fragmentaría sin dolor y se uniría al universo con el gozo del suicida que saborea su muerte.

Y aún así, a sabiendas de lo que provocaba en los otros, y en sí misma, de ser paz y control de emociones, de estallar coloreando su cara en tonos cálidos, ella sentía de vez en cuando una suerte de nostalgia que no la dejaba de querer sentir desasosiego, por lo que a escondidas subía al ático de su hogar, acomodaba su planetario móvil y bebía su café, de altura, caliente, de aromas y sabor fuertes, a pequeños besos y sorbos, solo para volver a revivir en sus manos y en su corazón, de manera inducida, ese temblor que la hacía devolver su mirada hacia quién había sido.

Ella se decía, mirando el cielo, que entraba por la amplia ventana, que no, que eso que hacía no era un vicio, o una adicción; sino el recordatorio feliz, necesario, de quien necesita la referencia para no perder el piso.

No podemos disfrutar de lo que ahora somos, si no tenemos consciencia de dónde venimos, de esos que fuimos, en el largo trayecto a este punto del aquí y ahora, musitaba, cerrando los ojos, mientras la luz la bañaba e iluminaba sus rasgos suaves.

Varias veces se quedó dormida, quieta, soñando que ella, en un mundo paralelo, repartía no música de cuencos de maravillosas notas eternas; sino ansiedad, palpitaciones locuaces, ansiedad a la carta, para otros que, como ella querían, requerían, necesitaban tener entre sus venas la incertidumbre.

Y así esa otra Chica Malavibra, también sonreía, sin saber que era vista por su antípoda, y Chica Buenavibra sonreía como una chiquilla porque en esa otra realidad, paralela, también sus escuchas le agradecían, pero al revés el momento y su nombre: Gracias Mariana.

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Atado a la derecha de un ser interestelar, al costado de eso que conocemos como cuerpo, si es que se le puede llamar así, allí me colgó, amoroso, de mi larga cabellera, y me veía retelindo con mis ojazos café, destellando lucecillas en mis últimos segundos de vida, como la concebimos acá. Lo recuerdo tan claro como en un atardecer en Trimptelion, planeta triple, que gira, incansable pero lento, en un sistema solar de dos soles, interpuestos eternamente, uno naranja y otro amarillo.

Allí te he puesto porque necesito mirar ese lado del universo, me dijo, y sonrió, con esa característica risotada que los humanos llamamos burlona.

Cada tanto me untaba su fluido de luz negra, haciéndome sentir una emoción parecida a la llana felicidad, para hacer que mis destellos oculares alumbren mejor el camino que siguen las almas —aquí se llaman igual que allá— de los seres que mueren y transitan hacia su hocico, que nunca se cierra, ni siquiera cuando los mastica…

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I

Te vi morir y renacer una tarde de pan y sangre.

En un segundo morí por ti, un poco de ti, un poco yo en ti.

II

Para renacer, se debe morir primero.

Mil veces o solo una sola vez, con casi todas las muertes de un jalón.

Todos morimos cada día. Pero ante la desgracia, el accidente, el infortunio, ¿quién muere primero? ¿El que muere de un sopetón, o el otro?, el que se queda a atestiguar la ausencia.

Esa pérdida, es solo un atisbo, a través de esa pequeña ventana, la del otro en ese momento desafortunado, a nuestra muerte, a la de uno mismo.

Atestiguar el fin del que uno ama es, pues, asistir de una forma u otra, a la de ese quien era, quien fue y que ya no será más, y por ende, la de uno mismo, también.

Pero muere más el que no muere del todo, sino que ve morir, de manera consciente, una parte suya —como si se tratara de un ser desdoblado en términos de origami—, como se concebía a sí mismo hasta ese momento, que se elimina, y se desprende para siempre de este plano, de esa mente que le percibía.

III

Y esa es la verdadera tragedia.

Aunque, retomando la idea seminal de estas líneas, ese evento debe celebrarse también, porque se renace, igual que el arroyo da vida arrastrando semillas y lodo y agua a su paso, en cada temporada de lluvias, abriéndose paso hasta donde alcance al torrente.

IV

Salve la vida. Vivamos pues.

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