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Archive for January, 2013

Tenía un tatuaje hermoso, en el muslo derecho, era un rostro con rasgos malignos, embrujantes. Una boca perfecta, unos ojos profundos, rasgos afilados como palabras profanas. En actitud retadora, sus manos, se tocaban las mejillas e invitaba a besarle. Hicimos el amor —la poseedora del tatuaje y yo, claro está— varias veces, en una noche, en que la luna amenazaba con caerse sobre nuestra cama. Yo disfruto de insomnio cuando la luna toma esa forma. Mi amada dormía profundamente a mi lado, entonces sucedió algo alucinante: Las líneas de tinta que dibujaban el tatuaje empezaron a crecer tomando por asalto la delicada piel, cubriéndola completa. Una nueva forma, hecha de colores y formas creció frente a mis ojos. Yo extasiado, no podía parpadear, ni quería. A la cara le crecieron cuello, senos, brazos, piernas, sexo, culo, pero como ente que era, creció informe en un cuerpo que no era el suyo y sus extremidades se superpusieron a otras que ya estaban ahí… se volvieron dos. La amada “base” y la amada “tatuaje”. Huelga decir que tras su transformación, ella, mi amada “tatuaje”, me habló y me dijo que al fin me había encontrado, que me amaba desde que yo era apenas una línea de tinta, en otro cuerpo… porque ¡yo había sido tatuaje, también, en otra vida! Hicimos el amor; sí, hablo del tatuaje, mientras la chica de carne y huesos seguía dormida. El espectáculo me subyugó de tal forma que aún ahora, cuando tomamos café o mezcal, frente a precipicios y cañadas gigantescas, mis amadas y yo —ambas, por supuesto— me pregunto si lo que hemos pasado desde esa ocasión es real, o sólo vivo estancado en un reducto de locura que me atrapó en el instante en que todo eso sucedió… así pasó…

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Una leyenda: Al principio éramos un mismo río. Nuestra corriente arrastraba luz y estrellas, supernovas, quasares, galaxias, hoyos negros, cometas. No existía nada, sólo tú y yo, no había tierra, ni cielo, ni mares, ni montañas, ni mundos que los resguardara. Éramos un mismo tiempo, nadie había inventado el tic, ni el tac, ni los calendarios, mi los relojes de bolsillo. La nada nos cobijaba y nos veía correr, alegres; era nuestro hogar y juntos lo horadábamos en cada orgasmo.

Millones de vueltas por todo el universo después, nos dimos cuenta de que ambos debíamos separarnos pues ya no era suficiente seguir unidos para amarnos, y así lo hicimos. Tú formaste los planetas, y desparramaste tu contenido infinito, y yo generé los elementos, depositando el líquido que resultó de combinar mi simiente y tu flujo cósmico. Así creamos la vida, nos convertimos en dioses de los seres que surgieron y evolucionaron de la descomposición de nuestros fluidos.

Pasaron las eternidades e intentamos reunirnos en uno sólo, como al inicio, pero no pudimos, tu camino y el mío ya eran dos paralelas tan distantes y poderosas, como infinitos éramos nosotros mismos. Desde entonces yo te veo allá, afuera de nuestra órbita, a través de los ojos de nuestros hijos, que viven soñando que ambos volvamos a ser uno mismo… así pasó…

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Era una mujer de mil puertas e igual número de ventanas; un rompecabezas de mil piezas. Como es difícil imaginarla, diré que al verla, recordaba esos pequeños juegos infantiles que venden en los mercados, en los que uno debe acomodar números en diversas alineaciones: de arriba a abajo, de izquierda a derecha. Nos conocimos debajo de un cedro gigantesco, que pintaba nubes, donde nos guarecimos de una tormenta ácida; allí nos enamoramos sin darnos cuenta, sólo al tocar nuestros pechos, y reconocernos en nuestras respiraciones. Después de esa tarde-noche, ella me compartió sus llaves y con ellas sus secretos más profundos. El tiempo pasó, nos visitábamos con la mente, y ahí la amaba, entre los pliegues de mis sueños. Todo marchaba bien entre ambos, sin embargo, sin quererlo revolví las llaves. y perdí la combinación de su figura; si bien realicé mi mejor esfuerzo para armarla correctamente, la dejé al revés volteada, como óleo picassiano; lejos de odiarme, me amó un poco más porque se enamoró de su nuevo aspecto. “Así será más fácil amarnos”, dijo y nos fundimos en un beso que aún no termina… así pasó…

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—I—

Tengo tres críos: Mateo, Sofía y Baruch. El primero que menciono es el menor, y desde que supo qué eran esos animales gigantescos de aspecto temible, decidió ser un Dinosaurio; el chico se ha tomado muy en serio su papel —y eso a los tres años de edad es una bendición—, por eso y muchas otras cosas más lo amo, igual a que a mis otros dos hijos. Sin embargo he de decir que Mateo tiene una debilidad tremenda por chuparse los dedos, tanta que incluso su dentista nos ha sugerido que le metamos en su boquita de “Tiranosaurio Rex/Come Carne” (Mateo dixit), un “aparato” de tortura moderna, para que deje de aplanárselos, y que sus lindas yemas y uñas de carátula de reloj antiguo, regresen a su estado normal (¿?), amén de advertir sobre las consabidas lesiones de corto y largo plazo le dejara el seguir con tal hábito.

Yo me resisto lo más que puedo, pues sé que el doctor, tiene razón, pero declino cuando veo sus ojos grandes que miran maravillas a cada instante; es más, su madre y yo, jugamos a que lo regañamos para que no siga, pero como papás con corazón de pollo que soy/somos, nos hacemos que no vemos y guardamos la reprimenda para mejor ocasión.

Mateo gusta de correr a todo lo que da entre la sala y la cocina, sale al patio, cuando andamos por la calles sigue corriendo, y con aspecto feroz asusta a todo aquel que se atraviesa en su camino, a lo que se mueve: Tengo que reconocer que mi chiquito depredador es demócrata: asusta a todo ya todos sin distinción: perros y gatos, y autos y bicicleteros y pájaros mototaxiteros, pero ama espantar, sobre todas las cosas, a los humanos, con su grito de batalla:¡grrrrrrrrrrrrrrooooooooarrrrrrrrr! ¡grrrrrrrrrrrrrrroaaaaaaaaaaaaaaaaaaaar!

Cuando lo escucho no tengo más remedio que convertirme en papá Tiranosaurio Rex y lo acompaño: ¿Quienes somos?, pregunto con voz de saurio. “¡Somos Dinosaurios!”, responde él, “¿Y qué somos?, digo; “¡Somos carnívoros!”, dice. ¿Y qué comemos?… “¡Hierba!” (¿¿¿¡¡¡¡¡!!!!!!????)”, debo decir que somos vegetarianos… o algo así.

—II—

Un día encontré a mi hijo Tiranosaurio escondido en su cueva, que para fines prácticos diré que se ubica ubicada entre dos sillones en la sala. Me dijo que lo habían herido, él tiritaba de frío, había perdido mucha sangre, por su piel nuevita, se le escapaba la vida. Por la descripción que hizo de sus atacantes, supuse que habían llegado cavernícolas; esa especie que pronto nos mataría a todos y dominaría este mundo. Como pude lo curé y le enseñé que debía cuidarse de esos seres, despiadados.

Al explicarle lo que sucedía, abrió sus gigantescos ojos, y me miró como sólo él puede hacerlo. Supe que había entendido. Es vez corrimos juntos por las praderas de ese su mundo, al que me invita siempre que puede.

—III—

Al otro día, ya recuperado, lo hallé sobre una roca y se chupaba sus dedos, pero ahora había adoptado una nueva manera de proveerse placer —creo que chuparse las yemas, le produce eso—: rozaba de manera delicada su uña obre la punta de su labio superior. Como siempre, estuve a punto de ordenarle que dejara de hacerlo, pero me dijo: “papá, ¿me prestas tus dedos?”. Accedí e hizo lo mismo, acariciaba con mi uña, su labio…

—IV—

Un día después me dijo que había encontrado a unos cavernícolas y que se había defendido lo más que pudo. Lucía apesadumbrado, triste, pero con un brillo diferente en su mirada. Lo apapaché y me dijo cuánto me quería. Sonreí pues es de todos sabido que los Tiranosaurios Rex, no somos muy afectos a demostrar amor entre nosotros.

—V—

Reconozco que hay ocasiones en que no me apetece jugar con él, porque ser Papá Tiranosaurio Rex es un trabajo harto complejo y demandante; por eso es que él empezó a deambular sólo, y a salir de cacería. Hace poco me relató su experiencia con los cavernícolas. “Es qué me los comí papá”, y empezó a llorar. Lo consolé como sólo entre los Tiranosaurios Rex podemos hacerlo: con besos y caricias en la nuca, con resoplidos suaves, y palmaditas con nuestras manecitas de Tiranosaurios.

—VI—

Ayer, lo vi, más contento que otros días, le pregunté que cómo estaba, respondió sin pensarlo: “Bien papá, mira cacé a más cavernícolas, y les arranqué los dedos…” Me los enseñó todos; eran muchísimos, todos diferentes, y con ellos acariciaba su labio superior, y otros los chupaba como si fueran caramelos de carne y sangre. Estuve a punto de reprenderlo, de decirle que eso no se hacía, que los dedos de los hombres son sucios, que si seguía así tendríamos que llevarlo con su dentista para ponerle ese mentado “protector”… pero desistí, al ver cómo los alineaba dedo tras dedo, en una fila interminable… los ojos se me aguaron, y pensé: mi pequeño Tiranosaurio Rex está creciendo… así pasó…

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No podría olvidarla. Era una mujer como muchas, pero tenía algo peculiar en la mirada. Larga de huesos, pelo de lluvia. No tenía rostro, apenas una línea por boca, una tiara resplandeciente contenía el torrente de su cráneo. Caminaba erguida, a pesar de cargar en sus hombros una vida lejana de tan larga. Siempre con un pan entre las manos, era de centeno —me dijo un día que me le acerqué— y detrás de ella un grupo de tortugas, formadas en línea perfecta. Arrancaba suavemente las migajas de su pan milagroso, de esos que no se acaban nunca; se lo había regalado un tal Jesús, un nazareno que había conocido cuando ella era una niña. Las tortugas cachaban sobre la marcha las migas de ese pan de rico aroma. “Da vida eterna a quien lo come”, me dijo un día que la seguí hasta uno de los cinco confines del mundo. Le pedí que me diera un poco, pero se negó. “No, los hombres nunca me gustaron, es una raza podrida, no como mis tortugas que siempre permanecen en silencio”. Enseguida los animales flotaron y se me abalanzaron dispuestas a alejarme, furiosas. Los rubíes de sus ojos ardían de tal manera, que bastó con mirarlos, para atemorizarme sin más. Pocos lo saben pero en la trifulca, pude hacerme de una miga grande… y aún no me decido a comerla; me da güeva pensar que, de hacerlo, nunca moriré… así pasó…

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Dos…

Eran dos. Se amaban y no eran seres humanos, eran otra cosa… pues cada que se veían intercambiaban sus sexos, como si se tratase de tatuajes. Evidentemente esa acción los volvía diferentes al resto de su raza. La luna los veía amarse en las colinas. Una, dos eternidades permanecían juntos, unidos por el sexo; mientras practicaban el intercambio mordían sus lenguas de fuego, se recitaban palabras de un idioma perdido en el confín de los tiempos; dialecto primigenio donde sólo existían las onomatopeyas. Al alejarse entre sí marcaban regando sus caminos de las palabras que ambos se regalaban mientras permanecían juntos. “Es para reconocer nuestro retorno”, había dicho él. Ella asentía, presa de mil presagios malignos, que sólo podía exorcizar con sus besos. Se prometían anhelarse con el pensamiento, y regresar mil años después; también juraban buscarse en las noches de luna llena, y en las lunas de cuarto menguante y nueva… Un tiempo fueron uno, y luego otra vez dos y luego uno de nuevo… Fueron dos, pero uno murió de anciano, su contraparte le juró recordarlo toda su vida… y así lo hizo… así pasó…

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UnO

Comenzar desde el final. Siempre me había gustado hacerlo a la hora de los muertos, pero en esa ocasión todo pintaba para algo diferente. Por ello cerré el libro y guardé un respetuoso silencio. Encendí un cigarro, lo calé e inundé de aire quemado mis pulmones. Cerré los ojos y me perdí en mis pensamientos. Agucé el oído y alcancé los sonidos más lejanos: El viento, los graznidos de aves desconocidas, el crujir de las hojas, el frío devorando las raíces de los sauces, meciendo las ramas, batiendo las copas verdes; un chirrido, removiendo las entrañas de esta casona… mi respiración, mi temperatura, la piel, el humo gris, entrando por los bronquios, saliendo por la bocaza, la nariz, mezclándose con mis pensamientos, enrojeciendo mis ojos… y de la nada, Tú, ahí postrada. ¿Visión o real? Como un ciego sin rumbo me levanto y extiendo mis dedos hacia ti, queriendo tocarte, mas cuando estoy a punto de lograrlo te echas para atrás y en un segundo disminuyes hasta convertirte en una estrella que sin más, da de brinquitos y se va por entre un agujero astillado del portón, por donde entra un rayo de luna…

dOs

Mis ojos se turban ante la visión que acaban de toparse. El cerebro me dice que la deje escapar, y le hago caso. Retomo el libro, es más pesado que antes de descansarlo. La piel de la tapa es diferente, el lomo, el color, la textura; parece tan antiguo que supongo es más viejo que yo. Lo abro y descubro una caligrafía extraña; no a reconozco. Hojeo y encuentro en la cuarta página, justo debajo del segundo párrafo, un grabado que muestra a un monstruo que sí he visto, pero no recuerdo dónde.

Aunque un aire helado me paraliza, sigo con mi lectura. Mis manos despiertan y se mueven con voluntad propia. Las dejo hacer, y como si la tinta supiera, qué la recorre, realza sus bordes y responde al contacto. Las líneas se mueven, responden al tacto de mis dedos, se retuercen y casi podría jurar que gimen de algo que parece placer. Sinuosas se trenzan, tensan; con ojos trémulos siento —por primera vez percibo sensación alguna— cómo se adhieren a mis nudillos, suben y bajan con ritmo cadencioso… los ¿chupan?… ¿los masturban?… ¿los poseen?… Los arrancan. Pierdo el sentido…

tReS

Sentado sobre la silla. Mis manos descansan sobre las hojas de… ¿papel? Mitad papiro, mitad tinta, intento… ¿arrancarlas? El libro es más grande. De nuevo ha cambiado de aspecto. Es tan grande como la mesa que lo sostiene. Por ojos, tengo mariposas que aletean y luchan por… ¿separarse de mí? Trato de tranquilizarme y me repito que estoy parpadeando, sin embargo cuando al fin logro controlarlas se me… ¿escapan? de la cara y puedo verlas volar frente a mí. Mi rostro deforme, sin cuencas siquiera, mi cuerpo de papel, de alas deshuesadas. Los seres alados son de una belleza estremecedora, planean por toda el estudio y descienden sobre mis antebrazos. Sigo… ¿atrapado? Pero no estoy atado al libro; me estoy… ¿convirtiendo en él? La tinta… ¿despierta? Y vuelve a… ¿tomarme? La superficie se transforma en una capa de fina obsidiana. Cuando las alas de mis ojos la tocan, el vidrio negro muta a un espejo de agua negrísima que me succiona como arena movediza. Lucho hasta que el cansancio me… ¿enloquece?; no obstante tanto esfuerzo sigo… ¿sumergiéndome? Decido que es mejor no moverme. La razón me ordena: ¡reza! Pero nunca supe cómo hacerlo. No entiendo cómo pero el libro me… ¿deglute?

CuATro

Debajo de la superficie impera el color amarillo. Los tonos ocres me indican, a través de la piel, que es un lugar cálido. Mis manos siguen buscando, me arrastran, y en el desespero intento… ¿arrancarlas? Las muerdo, caigo, y como puedo ruego a mi Dios que mis pies encuentren algo, lo que sea, para poder cortarlas. Nada funciona. Desde lo alto de un risco, mis ojos/mariposas me observan con la paciencia de zopilotes. Seguro les doy lástima. Evidentemente no puedo llorar, así que grito. La tarde cae y mis extremidades se toman un descanso. Hemos recorrido muchos valles, cañadas, hasta que al fin me… ¿llevan? a una cueva húmeda. Mis dedos… ¿olfatean? Y saben que han llegado al lugar adecuado. Imploro que me dejen en paz, que ya no puedo. Les importa un rábano y en volandas llegan/llegamos al fondo de esta caverna. Sobre la pared altísima —mis mariposas me… ¿ven? Desde un sitio tan alto que me… ¿veo? diminuto. Y como si deseasen… ¿alimentarse? Descubren un tesoro, durante miles de años buscado: La misma caligrafía que observé por primera vez al abrir el libro, labrada en piedra… me sorprende que ahora puedo entenderla; es un idioma muerto. Es más antiguo que yo y el libro juntos. Son frases perdidas en la memoria, de escritores que jamás podrán ver la luz:

“Perderse en tu sonrisa es tan fácil, como caminar en el desierto; bajo el sol abrazante aún a sabiendas de que podrías encontrar la muerte…”

“Nunca existí, ni en la sombra ni en la luz. Nunca fui. Sólo si tus labios me nombran podré ser…”

“En las cavernas de tu interior buscaré la luz que me lleve al último túnel de tu deseo, y ahí permaneceré hasta que me convierta en una parte tuya…”

“Acostados uno frente al otro, mirando nuestras miradas, exhaustos, oliéndonos, bebiéndonos, perdiéndonos, ahí, hechos de piedra y ceniza, muertos de vida, muertos de amor, hasta que el planeta estalle en mil pedazos…”

“Te amo por dibujar una sonrisa en mi rostro cada día… Te amo porque al pensarte me sacas de mi marasmo… Te amo porque cimbras mi ser cada vez te leo… Te amo porque siempre te tuve guardado y al verte me di cuenta de lo que había perdido… Te amo porque eres parte de mí… Me duermo y me despierto contigo… Te respiro todo el tiempo…”

cINCo

Sin terminar de leer, la joven arruga el entrecejo. Algo no le ha gustado de la lectura y cierra el libro con desgano. No lo sabe, pero ha estado a punto de terminar el hechizo que me tiene preso debajo de este espejo de líquido negro donde permanezco desde hace miles de años…

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