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Archive for February, 2013

El último día del año 1000, sucedió muy rápido; apenas un remolino del viento; un diente de león desmelenado delicadamente por un suspiro. Tres soles dominaban el firmamento e iban muriendo conforme el planeta giraba caprichoso e incansable.
Había pasado un milenio desde que iniciara la Era de Beatitud. Diez centenas anuales de paz y armonía; lugar de resucitados; tiempo en el que los impuros de fe habían sido exterminados tras rápidos juicios multitudinarios. Separado el trigo de la cizaña. El pueblo elegido, sobreviviente de tiempos apocalípticos idos.
Sin razas, ni credos, ni diferencias sociales, nadie era dueño de nada, y todos poseían todo. Y como en historia fantástica todo lo que cada uno deseara, se le concedía. Por el poder de la mente, hasta un niño podía proveerse de lo necesario para vivir. No existían, padres, madres únicos, ni familias. Todos cuidaban de todos. Sólo existía el respeto y amor por el otro como decían las escrituras.
Irreal para muchos, pero real para nosotros, los eternos rechazados, los pregoneros de la fe; juglares del advenimiento de los nuevos tiempos, de este nuevo reino indescriptible en muchos sentidos que cuando llegó con su gozo eterno, sólo llamó a la puerta de nosotros, los elegidos.
Yo fui testigo presencial de esto que lees, y no nos quedan más advertencias nuevas que compartir, pues se nos agotaron en los pasados 4000 años previos a esta era. No obstante, ahora mismo, vivimos la tragedia impuesta por nuestras propias escrituras, dado que no nos quedan más años que desgranar. Los antiguos escritos sólo nos legaron mil años, sólo mil…

II

“Es la última noche en este plano, después no habrá más. Los fuegos del acabóse caerán inmisericordes, y no serán enviados por mí, sino por mi padre”. La sentencia se perdió en las nubes del tiempo. Una sentencia perdida es una idea muerta.
Era tanta la felicidad desbordada al saberse una suerte de Dioses, cuyo poder mental conseguía lo anhelado, que pocos o ninguno de nosotros guardó registro alguno de nuestros pasos en este mundo.
El principio del fin llegó luego de 900 años. Los primeros padres empezaron a enloquecer, y ya nadie pudo descifrar lo escrito en aquellos viejos libros de nuestro origen.
Nuestro gran error fue que no evolucionamos; no construimos máquinas, ni desarrollamos tecnología, que nos pudiera sacar de este pedazo de universo, para qué, se preguntaban miles, no las necesitamos, decían… y aquí nos quedamos, y vimos crecer nuestra propia extinción sin que nos diésemos cuenta.

Nos reprodujimos, crecimos exponencialmente, y al no morir empezamos a saturar, de nuevo este globo verde.
Más pronto que tarde, se acabó el espacio. No hubo más sitio para desear muchas cosas; la semilla del caos empezó a germinar; aparecieron los sentimientos torcidos, heredados de Los Impuros, nuestros antepasados, enraizándose en nuestros corazones, como un silencioso árbol de ramas putrefactas que empezó a crecer y a cubrir nuestro interior.
Envidia hacia aquellos que sí habían sabido administrar sus deseos; que decidieron un día adueñarse de un pedazo de tierra, echando a muchos más hacia cuevas lejanas. Ante el inminente advenimiento del desastre se reunieron los más viejos y decidieron poner orden, y así nacieron las leyes, pero su soberbia —generada por haber sido ellos los precursores del restablecimiento del equilibrio—, les hizo creer que podían tener privilegios, y los ejercieron.
La ira milenaria también echó raíces. Los enconos menudearon. La división se dio. Se construyeron los límites en los hogares, en los campos; luego alguien pensó que era mejor dividirnos en territorios… así nacieron las fronteras. La influencia de las antiguas culturas ganó fuerza.
El odio creció y bastó un primer golpe para desencadenar la primera conflagración…

III
Ya no hay tiempo… es mi turno… debo salir… así lo he decidido… Tengo que verlo por mí mismo… Esto está perdido… Tretzo así lo ha escrito… ¡oh Tretzo Nuestro! ¡Ámanos de nuevo!

Luego del rezo, salgo a la superficie… lo que veo me paraliza. Siento el terror de todo mi género en un segundo. No hay forma de describir lo que veo ahora mismo. No, no puedo hacerlo, no tengo palabras, no las hay, no existen.

IV
Campos en llamas, cenizas por doquier; hogueras tan altas que calientan la superficie del primer sol; en el espacio infinito que delante de mí parece que éste se estuviera vaciando sobre el verdor de este mundo.
Esta raza, la mía, la mis antepasados transformada en estatuas negras, salitrosas, y al contacto con mi mirada se desintegran. En cada vistazo el paisaje cambia. Ahora entiendo, soy involuntario testigo del armagedón, el último destructor; aniquilador de lo último que queda de aquello que tuvo vida.
Algo en mi mente me dice que avance. Camino hacia un punto que intuyo es una luz; punto lejano cuyo fulgor promete mostrarme algo. El viento plomizo no me deja ver nada; camino a tientas pues por momentos las ventiscas me enceguecen. A punto de caer, prefiero acostarme un rato, detrás de una formación rocosa que me prodiga una tregua. Acaricio la arena, sumo mis dedos. Por momentos me envuelve un aire ocre desolado de esto que un día nos fue prometido, y dado. La tormenta mitad tierra, mitad fuego ha disminuido, avanzo una vez más.
De pronto me viene a la mente una idea: No me he mirado en mucho tiempo. ¿Seré el mismo?, ¿Mi fisonomía se habrá transformado? El silencio quema mi interior, es insoportable…
Como puedo busco cualquier cosa que me devuelva mi imagen… ¡nada!

Con pánico miro mi mano, es un instante, pero suficiente para producirme el piquete de millones de aguijones, desisto… debo terminar con esta tarea.

Nunca pude llegar a la luz pues mientras más me acercaba, más se alejaba. Estoy exhausto, claudico; ya no podré ver las maravillas que esa luminosidad me revelaría…

Es tanta la destrucción que veo a mi paso, más la que desencadeno al mirar las estatuas ennegrecidas, que tomo prefiero mirarme el pecho…
Es lo último que haré… pero antes quiero decirles esto: Fuimos el pueblo elegido, vivimos mil años, como predijeron las antiguas escrituras, pero no siempre fue de paz y armonía…
Si ustedes pueden leer esto, es que habré cumplido mi cometido… así pasó…

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El ataque de los seres de ojos muertos… así pasó….

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Me engenté. Mediodía. Eje Central Lázaro Cárdenas, Centro Histérico, Ciudad Capital. La espera era tan espesa como un sundae de fresa, y sabía igual de hórrido. Miles, literalmente, pasaron miles frente a mí. En fila, en parejas, en grupos de tres o más, solitarios. Junto a unos tipetes que ofrecían programas (supuse) “para robarse el internet… para Celular, para PC para Maaac”. Fue en un abrir y cerrar de párpados. Lo que vi me heló la sangre: todo, de verdad, todo el mundo tenía los ojos en blanco; cómo explicarlo, así: como cuando un niño juega a poner los ojos como “huevo cocido”. Pero eso era lo “normal”, o eso imaginé pues de pronto un chiquillo se me acercó y me señaló con el índice, diciéndole a su madre, una mujer tan grande como el odio que me lanzó desde sus ojos yertos: “No lo veas a los ojos, hijo”, reconvino al escuincle —que no cesó de indiciarme, entre curioso y temeroso— arrastrado por la mujer ballena, hasta que fueron tragados por la avenida atestada de seres de ojos muertos. Luego otro de ellos cuchicheó, y uno más se detuvo, y así, cuando me di cuenta yo estaba rodeado de una muchedumbre que querían saber cómo se veía el mundo con mi tipo de ojos, con manchas extrañas. Preguntas y más preguntas, y alguien soltó el primer miedo, y luego la xenofobia en contra de lo que ya para ese momento muchos consideraban sería una rara enfermedad posiblemente harto contagiosa. El último de ellos, me amenazó con sacarme los ojos café si no me largaba. La prudencia, más que el miedo me hicieron moverme de mi lugar y echar a andar… corrí por mucho tiempo, pero creo que me caí… me alcanzaron y aún ahora no entiendo bien a bien que sucedió… Ahora mismo estoy en la Plaza de Santo Domingo, dictándole a un amable escribano con una destartalada Remington, este relato, pues yo no veo nada… así pasó…

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