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Archive for October, 2016

I

Muero como todo el mundo, poco a poco, día a día. Cada momento de vida es un avance más hacia la muerte. No temo, para qué, nada importa. Morir y vivir son extremos que se tocan, y yo los anudo gustoso. Mi madre decía que cuando morimos se nos permite ver nuestro cuerpo y despedirnos de él. Yo creo que así es, pues cuando ella falleció me pareció verla sentada junto a mi tía Martita, quien luego de unos años se le unió. Mi abuela me decía cuando yo era apenas un crío que sus antepasados indígenas creían que al morir regresamos por nuestros pasos. Así o creo también pues cuando ella pasó a mejor vida, una vez la soñé deambulando por toda la casa y afuera la vi inclinarse a tomar huellas dejadas por su cuerpo. Parsimoniosa como era ella, me veía y se despedía con un movimiento de mano —la que le quedaba libre de pasos—, antes de emprender el regreso a su pasado.

A nadie he olvidado, pues sé que al fallecer  si uno es olvidado muere dos veces. A mí no me gusta matar gente, y menos a los míos, y menos si ya están muertos…

II

Enfermé una mañana en el trabajo. Los médicos diagnosticaron Síndrome de muerte lenta: Psoriasis, dolores de cabeza, pérdida de la visión, agotamiento, pérdida del aliento, desgano crónico, pérdida de la confianza. Lloriqueos nocturnos, toda una calamidad. Al final todo me producía un estado de ansiedad y negligencia de vida que me orilló a tomar la decisión de quitarme la vida, de un golpe, o mejor dicho de un salto al vacío.

Desde entonces vengo precisamente este día a comer y a beber cada año. Y me reúno con mis otros yo que fui, y converso con ellos y velamos a gusto, alrededor de las veladoras, deshojando flores de cempazúchitl; repasando quiénes fuimos, qué hacíamos, cómo reíamos, cómo sufríamos, gozábamos, y cómo logramos llegar completos desde que nacimos hasta nuestra hora.

Han pasado muchos años, creo, y aún no logro descifrar si algo me sucedió pues a pesar de que cada vuelta al sol regreso a este mismo sitio, aún no he podido ver a nadie de mis familiares muertos. Quizás solo a mí me ha sido vedado hacerlo, y ellos sí se encuentran en estas fechas. Quizás ellos me están buscando, o quizás no pues ni saben que ya estoy muerto; o peor, que ellos mismos no saben que lo están. Lo más extraño es que tampoco he podido hallar a quienes ponen esta ofrenda tan linda, con colores y sabores que me resucitan, ni la calaverita de azúcar con mi nombre.

Y siempre me digo a mí mismo: No desesperes Galicia, quizás el año que viene puedas ver a alguien. Y es que aunque me caigo muy bien y me encanta venir a disfrutar de lo que me preparan, pienso que sería excelente escuchar a otros, abrazarlos como antaño, besarlos, estrecharlos.

Sobre qué me sucedió no recuerdo mucho, apenas que perdí la cabeza tras la última consulta con los doctores, y me arrojé desde lo alto de mi ego, y mi cuerpo no soportó la caída. No tengo claros los detalles pero he tenido la suerte de “revivir” lo que hizo mi abuela, y por ello tuve tiempo suficiente para reflexionar sobre todo recogiendo mis andares, y tratar de entender por qué lo hice…

Muero como todo el mundo, poco a poco, día a día, pero muero quizás un poco más que el resto, porque el olvido me abraza cada vez más, y me diluye con la rapidez con que la humedad desgasta mi antigua imagen en una fotografía en blanco y negro que yace arrumbada en un álbum viejo…

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Mateo Patricio

Hoy me he despertado con el ánimo de crear algo. Desayuno un pan, un poco de café. Lo bebo a pequeños sorbos. Pienso qué podría construir de la nada. Un planeta, un sistema galáctico un universo, una partícula. También podría regalar un descubrimiento a alguna especie, como cuando regalé el fuego a los humanos. No lo decido aún, y respiro hondo, inundo mis pulmones de azufre, de oxígeno, de humo que inhalo al fumar. Dejo que entre despacio, paladeo cada átomo. Lo guardo en el cuerpo, un segundo, dos, me mareo, y al regresar mi mano toco por descuido el tablero de la realidad, sin querer rompo un sistema solar, el que hice hace tres semanas al final del sector cinco. Pobres, pienso, no puedo evitar su destrucción. En un segundo he devastado miles de millones de vidas, de especies de todo tipo. Despreocupado limpio el desastre. Lo tiro a la basura. Bueno tendré que rehacerlo después, cuando me inspire de nuevo. He terminado de fumar, de desayunar. Estoy listo.

 

Viajo por el tiempo buscando lo necesario para mi nueva creación: al vuelo tomo un amasijo de polvo y energía, lo aprieto entre mis mil brazos y creo un planeta. Y empiezo a sembrar lo necesario para la vida. Cojo tierra roja, azul, verde, marrón de su interior; agua de sus nubes; de un Quásar distante aplasto sus colores; de la reserva que tengo más allá de la última galaxia me hago de un poco de aire, fuego, más fuego, mucho más; polvo de estrellas de mis tres universos paralelos. Todo lo amaso con amor, paciencia, lo diluyo en una gota de sangre y una lágrima debajo de mi lengua, y me siento a esperar.

 

Pasado el tiempo preciso, se forma en grano de sal perfecto, como una perla en una ostra. Le soplo, lo beso y lo coloco en un vientre de un ser femenino. Me gusta ver cómo crece y ante el intento de salir, impaciente él, me arranco una mano y con ella cubro su bolsa amniótica. Lo he logrado: su primer grito me acompañará por siempre. Sale de su pequeña garganta dinosáurica y creando un haz de luz que iluminará mi hábitat todas las mañanas. Y recordaré hasta el día de mi muerte. Con él han sido tres los seres maravilla que he creado. Lo entrego a su madre, como hice con el resto. No merezco más que la bondad de sus cientos de ojos. Sus miles de brazos diminutos y su lengua multirrámica me llaman padre. Lo arropo, le digo que lo amo y lo beso en la frente antes de soltarlo en un torrente que han creado mis lágrimas… Musito: “Gracias Mateo Patricio”…

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tReCe…

 

 

Caminas a mi lado como otras veces. No hablamos. Ensimismados o pensando quién sabe qué. Me lo has pedido por eso acepté. Tengo cáncer me dijiste esa noche luego de hacer el amor. Estuve a punto de aceptar tu propuesta, pero no tuve el valor para hacerlo. No después de haberte sorbido gota a gota, no después de haberte maculado con toda mi alevosía, no luego de haberle puesto carne a nuestro amor niño. No luego de haberte aspirado los poros y el culo, y el coño y el nacimiento de tu madeja de noche, y el color de tus carrillos, y las lágrimas y tu llanto. No porque como hasta ahora quería seguir lamiendo tu sombra, el humor, el aroma de tus muslos de pan, de tus ingles. No porque deseo seguir volando por tu superficie suave como alas de vencejo, anhelo poder llorarte encima, correrte en la espalda, entre las nalgas de roca, sobarte las rodillas enmohecidas, chuparte las tetas, los pezones de ciruela pasa, con sabor a nuez moscada. No, y te lo dije y lo repito ahora, porque no podría vivir sin ti, sin tu mirada ni tus dedos penetrándome el cuerpo, abriendo o expandiendo nuevos agujeros hechos también con la lengua, o alguno que otro artefacto punzocortante, o tus palabras o tu voz aterciopelada. No, no, no, no; y te digo y te repito que no te haré daño pese a que te amo con todo esto que soy, deforme, informe, sin futuro, ni pasado, sólo presente, aquí y ahora. No, no me lo pidas más que no aceptaré…

Pensamos mucho, demasiado siempre dices tú, y odio que lo hagas porque la palabra demasiado me parece innecesaria siempre porque nunca es tal, nunca lo será cuando se trata de amarnos y entregarnos pedazos de ti, de mi, intercambiando besos y sueños y lamidas y fragmentos de carne como estampitas, como postales coleccionables: Tú volando sobre el mar, tú escalando una pendiente sin equipo, tú subiendo en mí sin ropa; tú besándome mientras volteas a la cámara desde mi lado más al sur. Tú sonriendo, enojada, alegre, con tu pelo de Gorgona. Tú, ¡maldición! Tú, siempre tú. Mujer de miles de mujeres en una; con manojos de voz y amor que repartes ante mí, al mundo, con mi anuencia, con mi permiso, sin él porque no lo necesitas, libre como eres, ¡maldición! Allí vas de nuevo explorando mis ganas de ti, mis deseos de ti. Yo sujeto-postal soñándote, intuyéndote, sonriéndote que es lo mejor que sé hacer, porque sé que para eso vine a este plano, a este planeta a sonreírte, como una forma de liberarme, de ampararte de tu pasado, de tu historia…
Llegamos tomados de la mano. En silencio enciendo la hoguera. Nada nos acompaña, ni amor ni deseo ni nada. Nos lo hemos quitado todo para esto, para este momento en el que me maldigo y maldigo a mis sucesores, a mis antepasados, por ceder ante tu deseo. Crepita el fuego y aún me sigo preguntando por qué estamos aquí. No Tiofito ¿Para qué?, dices tú con un tono de gorrión, como si leyeras mi mente. Esa es la pregunta precisa: ¿Para qué estamos aquí? Para esto, para que me liberes de esto en que me he convertido. En algo que no es ya más un “alguien”, cosa sin forma, amasijo de piel y huesos, con apenas pocas sonrisas y más recuerdos que no me sirven para nada; quizás sólo a ti, Ente con días venideros. Por eso te envidio, ¡te odio!, porque estarás al lado de otra, de miles si quieres, y puedes. Porque no seré yo más, nunca más quien sienta, quien palpite o caiga en ese hoyo negro que se llama orgasmo ni te veré allí junto a mí despeñándonos juntos hecho uno, el mismo, animal de dos espaldas, hasta el fondo de nuestras inconsciencias. Por eso te digo ¡carajo! ¡Hazlo ya!

El agujero que he cavado hace días se abre ante nosotros como unas fauces infinitas. Aunque sí lo tiene, no se le ve fondo, solo las llamas que aluzan el pozo. La luna ilumina más que de costumbre. Te beso, respondes con ahínco, como si no hubiera mañana para ti. Y así es. Tu aliento me quema, tus labios carnosos, tienen una suavidad conservan tu frescura de diosa. Lloro y antes de que te implore o me arrepienta cierro los ojos. El viento sopla y levanta tolvaneras que semejan remolinos de bolsillo.

Te despides, te pegas con vehemencia a mi cuerpo; casi puedo sentir tus alas. Te imagino escamosa y sonrío; eso siempre me gustó de ti, tu singularidad. Asientes y cierras los ojos, bajas la cabeza. Te tomo con mi garra y te arrojo a la hoguera con un movimiento rápido, certero. Hago cuanto me has pedido. Te observo sin moverme. Nada se oye. Sólo el aire y el fuego. Así vivo la fuerza del déjà vu: Tomas tu posición fetal que tanto te gusta, abrazas tus piernas, no emites ningún sonido, incólume, muda, hasta el último momento, y mientras escribo mentalmente todo esto para no olvidarlo nunca más, los amarillos y rojos de la lumbre te cubren por completo… Adiós amor mío. Te amo…

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Comerte

Te tomo entre mis garras. Frágil, iridiscente hasta los huesos. No me miras, aún no te has dado cuenta de qué estoy haciendo. Acerco a ti mis fauces calientes. Te devoraré de un bocado, porque puedo, porque sí, porque lo mereces, y yo quizás más. Una de tus alas se desprende, luego otra, y la otra y todas en un segundo. Muerdo antes de que te fragmentes completa. Tus patas urticantes provocan una ligera sensación como la que deja la canela. Adoro el suave aroma de tu vientre. Ahora sí, me reflejo en tus diminutos ojos. Los miro regodearse en un frenético movimiento circular. Tus aguijones son tan duros como la piel de un armadillo. Te mastico con amoroso deseo. Tu picadura me condena a despertar. Ya no soy más un sueño… he vuelto a mi estado humano. Cierro los párpados pretendiendo regresar a ti y a tu delicioso sabor…

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