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Archive for April, 2013

Tuve un amigo con cabeza de atún. Lo quise mucho, y él me quería a mí; nos conocimos cuando éramos unos críos. Fuimos como hermanos, él representaba al hermano de sangre y carne que siempre quise tener, y a quien unos años antes tuve, uno de verdad nacido de mi madre, pero que murió a los tres días de nacido.
Crecimos juntos, como ya dije, y tuvimos novias muy guapas y otras no tan guapas, pero a nosotros nos gustaban mucho y eso era lo que importaba. Él se casó antes que yo, pero eso no es lo que quiero contar sino porqué se enamoró.
Un día me contó cómo su esposa lo conquistó. No importa si no me creen pero esto me relató, mientras sus grandes ojos ubicados en sus laterales, brillaban con la fuerza de la luz cuando el sol es reflejado sobre la superficie del mar, y sus branquias inhalaban y exhalaban tan fuerte que producían un sonido similar al del viento cuando pasa por un agujero muy pequeño:
“Ella es maravillosa, me encanta su cabeza de medusa. Ayer hicimos el amor y mientras desovaba en ella, se introdujo con su cuerpo gelatinoso en mi cabeza, y me dijo: “Amor mío, cuando voy al trabajo, como todas las mañanas, y nado a toda velocidad ayudada por las corrientes marinas, para llegar a tiempo, te pienso y me alegro de tenerte; ahí voy escuchando dentro de mí el rumor suave de tu voz; todo marcha perfecto, pero llego al entronque de Neptuno y Océano Índico y me detiene el tráfico. Entonces si cierro mis ojos y me regodeo más en ese murmullo que creas cuando aleteas y me dejo hipnotizar. Entonces sucede: Te siento apretarme con fuerza e imagino que estás en mi mente: como yo lo hago ahora en la tuya; es tan real que siento de hecho que estás ahí, jugueteando como el chico loco con cabeza de atún que eres, y como me ves inquieta porque llegaré tarde al trabajo, intentas distraerme, me hablas, y veo tus caras y me río como creo que lo haría si tuviera una boca de humana, y escucho tus risas de atún, y me las contagias, y siento que me sonrojo, y mi tez cambia, a toda la gama de los rojos, y tengo que taparme la boca para no carcajearme, como si tuviera una garganta de humana”… así pasó…

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Sentimientos…

Ahora mismo lo siento. Es un ligero temblor que nace en mi vientre y sube con la misma fuerza con que la marea se mueve cuando la luna es un ojo de plata. Mil roedores muerden mis entrañas. Suben con sus patas rosas y siento cómo tallan sus lomos grises con mis costillas. Bullen. Y el cosquilleo me llena de gozo. Inquieto, hago silencio para identificar a donde se dirigen e intuyo el trayecto: van a mi corazón y lo comen lentamente…

 

Siento cada dentellada como, creo, pudo haber sentido Prometeo el picoteo incesante del ave insaciable. He preguntado a un nahual con conocimiento de curandero, qué es lo que me sucede, y luego de haberme revisado de pies a cabeza, de mirar mis ojos por horas, ha descubierto mis males. Sus movimientos de cabeza, me hacen pensar en un diagnóstico funesto…

 

Luego de escoger con sumo cuidado las palabras que me dirá, espeta: su enfermedad no es de este lugar, pero por más extraño que parezca es recurrente; existe en otros planetas y allí le llaman amor; en otros prefieren llamarlo odio… en otros es miedo, en unos, los más, se le conoce como desesperanza… Lo interrumpo: ¿tiene cura?… No, no tiene, dice, y agrega, es más, pronto -de hecho en cualquier momento-, esos animales que dice traer consigo saldrán con fuerza por alguna parte de su cuerpo, y poblarán el mundo que conocemos. Será una plaga que terminará con esta civilización. No se sabe mucho de su mal, sólo que se transmite por medio del contacto con otra persona. Imposible, dije, hace mucho que no toco ni me toca nadie. Sin embargo, agrega él, convertido en un perro gigante de ojos rojos, he sabido de ciertos casos, pocos pero los he visto, que aún en la distancia uno se puede contagiar de eso que usted padece.

 

¿Cómo sucedió?, ¿quién me contagió?, ¿desde cuándo me enfermé? Son algunas de las preguntas que le hice. Sin moverse de su sitio, con su cara de piedra, el nahual, asegura que hay entes con forma femenina que pululan en el aire, como los muertos en los panteones, como larvas en un cuerpo putrefacto, y se meten en tus sueños. Se instalan una tarde de verano y en poco tiempo se convierten en un minúsculo grano que te nace de pronto, se transforma en animales, como es su caso, y ya no te deja ni respirar. En el mejor de los casos toman forma de cabeza de Gorgona, y no son ratas, sino serpientes, lo que te repta y lo engulle en carne viva.

La noticia me aturde. Con la mirada clavada en el vacío me visto y me marcho. Más tarde, ya en la calle, miro  a hombres y mujeres que se toman de las manos y juntan sus caras en movimientos que desconozco. De sus ojos surge una extraña luz, como aquella que vomita un túnel lleno de oscuridad. Siento envidia, ellos parecen saberlo todo: sonríen, se abrazan, restriegan sus cuerpos, tocan su piel, su pelo. Tiemblo, como la última gota que pende de una hoja, antes de caer al suelo, tras la tormenta.

 

Un perro me olfatea y mientras me alejo, me gruñe… Llueve, pero no hago nada por guarecerme del agua que empapa a una rata negra, seguida por una serpiente verde, que vomita mi pecho roto…

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El canto del río se propaga por las calles con la calma del viento que ya llega despacio, calmudo. Erosiona las calles de por si secas, sube las paredes blanqueadas por el salitre, peina los dientes de león. Los trinos llegan acompañados por el de los grillos, y el rumor sordo dejado por las piedras rodantes que bajan de lo alto de la montaña, despeñadas por el desespero de su espera.
Nadie vive en este pueblo, alcanzo a decir cuando llego. No atino bien a bien cómo puede suceder, pero aparecí de pronto. Como si hubiera nacido de pie, sin haber realizado el viaje previo de todo ser humano o hubiera sido depositado por un Dios que me olvidó o al que me le caí o me le perdí. Nací adulto, sin sufrir, seco, sin haberme bañado en líquido amniótico… sin alma, intuyo, porque quién que se precie de tener alma puede no haberla contraído sin nacer de una vagina materna. El frío me quema la nariz.
En la plaza de armas desembocan todas las esquinas de este lugar sin árboles, sólo matorrales; pedazo de tierra arrancado al desierto, con ahínco, con ambición, con ganas de chingarse un pedacito de tierra caliza, muerta, para herirla en líneas interminables, y echarles semillas y rociarlas de agua, y esperar a que algo crezca y ver que nada nace; hasta que unas veces sí, otras no; hasta que algo crece y no son arbustos, o mejor dicho sí son… algo parecido… pero sus frutos son de algo que si no lo veo con mis ojos, no lo creería…

Huesos crecen del suelo amarillo, creando formas incomprensibles. De tan delgados, en vista de alguien inexperto y con hambre, podrían parecer de pollo; con pedazos de carne cruda, roja, verde, negra. Pero son de hombres, hombres muertos en mis sueños. Hombres que yo he matado a lo largo de mis cien vidas.
Los jardines están llenos de esos arbohuesos, cuyas semillas son llevadas y traídas por las aves entre las patas, las plumas los picos. Todos se mueven planeando con el viento que llega de allá arriba, y me quieren asir. Yo sé que debo correr pero no puedo moverme, y me toman y me hunden entre sus hojas y me desgarran…

Una esquina sin paredes, cerca del templo antiguo, esconde un bulto inmóvil. Hecho de cenizas. Un manojo sin forma de algo que no alcanzo a distinguir qué es. Sin saber por qué, me acerco y lo toco. Ese gesto involuntario basta para darle vida. Le crecen patas, cuento ocho. Podría ser una persona, pero ésta tiene una posición extraña: Erguida, flaquea a cada segundo, parece que caerá pero antes de que eso pase, arquea la espalda y con las palmas de sus manos anda, camina al revés. A fuerza de años en esa postura, el cuello se le ha movido hacia el pecho. Es extraño pero no siento miedo, si acaso algo parecido a la repulsión…
-Soy quien te da la bienvenida. Te estábamos esperando.
– ¿A mí? ¿Y por qué razón?, – le digo, pero “Eso” sólo me toma con una de sus patas peludas.
-Lo sabrás a su debido tiempo…
De la nada surgen decenas, cientos de seres de ocho patas y me abren paso, una zanja en medio de la nada, contrastan sus colores con los de la tierra. El infinito me espera. No tengo opción. Camino ensimismado en mis pensamientos, me cuestiono si todo eso que vivo en realidad es un sueño, una pesadilla, mientras el camino que me han abierto esos seres se cierra detrás de mi…

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A lo lejos, sobre el camellón de una gran avenida, en cualquier ciudad del mundo, un bulto. Parece basura, pero no es. Cubierto de cobijas y plásticos parece un vientre de concreto. Es de madrugada y el viento helado hace vibrar todo a su paso. Debajo de esa montaña del color del lodo duermen dos hombres, indigentes, les llaman muchos. Familia se hacen llamar ellos mismos. Son “compañeros del mismo dolor”. Se conocen hace tantos años que ya no saben bien a bien quién es quien.

Si uno pasa a su lado podrá escuchar el zumbido sordo de sus ronquidos; son discordantes, suenan como el ensayo de un dueto de flamantes estudiantes de corno francés. Tiritan y juntan más sus espaldas. Los vehículos que transitan por la calle, son pocos y las ratas merodean por entre la superficie de ese montículo cubierto de mugre. Quieren entrar por algún recoveco, mas los hombres se han cubierto de tal manera que parecen envueltos en una bolsa de dormir. El vapor surgido del respiradero del subterráneo los alcanza con su aliento cálido, según el aire cambia su dirección.

Cada uno sueña su propia historia. El mayor de ellos, recuerda cuando vivía en un modesto departamento con su familia. Sueña a la mujer fugada de su vida tras 15 años de compartir el pan y la sal. A su hijo que va a buscar pues le han dicho que se droga en los tiraderos del oriente de la ciudad. Le han dicho unos vecinos que no lo deje perderse en el fango del vicio.

Aunque no sabe cómo lidiar con esa responsabilidad, pues es muy joven y está más preocupado por conseguir lo necesario para subsistir, decide hablar con él. Al verlo llegar, al hijo de su simiente, siente una frustración enorme, su niño, su pequeño vástago deformado en eso que una vez fue persona, y convertido en otro que él mismo no reconoce, lo enfrenta, le regaña, lo golpea y lo echa de casa. Sin embargo antes de marcharse definitivamente, el padre lo llama y lo mete a su habitación. A la mañana siguiente lo despierta, habla con su Pequeño rufián, su Manojito de ruido, como le dice desde pequeño; lo amenaza, lo confronta, pero no lo escucha, sólo quiere desquitarse del miedo que sintió anoche, cuando dieron las horas de la madrugada y aquel no llegaba. Es el miedo a perderlo, enrolado en malos pasos, lo que lo lleva a gritar y a golpear el aire, a manotear como si con ello quisiera eliminar esos humores que le sorben el seso a su muchacho. Luego lo apapacha y le advierte que si repite el numerito, lo echará de la casa, donde él y nadie más que él manda, pues para eso es el padre…

El más joven de los cuerpos que yacen debajo de ese grano gigante de tierra y polvo grisáceo junto a unos arbustos, sueña por su parte, que un día fue un joven lleno de vitalidad, con sueños y ganas de estudiar. Con novia y padres que le proveían, si no lujos, al menos lo mínimo indispensable para continuar con sus estudio. Rememora, entre nubarrones de imágenes fragmentadas en su mente, la primera vez que inhaló pegamento. Fue un golpe durísimo a su cerebro: El aroma dulzón, atrayente. Los pulmones llenos de ese olor imposible de evitar. El primer mazazo llegó en poco tiempo. Luego el torbellino: Él desde fuera de sí mismo, haciendo bizcos, entornando los ojos, como un relojero experto revisa la maquinaria de un reloj fino. Su cara de muñeco de ventriloquia. El movimiento de cuello, sus labios separados de las boqueras. Todo en cámara lenta. Mirando de un lado a otro, mientras un sonido de aleteo de mosquito, se atornilla a su cabeza, fiuuuuuuuuuuuuuuuggggggggghhhhhhhh. El vehículo donde viaja a su casa, repite la escena una y otra y mil veces más en un mismo segundo. Nada sabe, nada quiere saber, nada, sólo anhela que suceda de nuevo y se hunde en un frasco de jugo, con boca gigantesca que se lo traga de un mordisco, y cae dentro de un líquido viscoso, amarillo, pero no lo moja, al contrario, le deshidrata al extremo la lengua, y se la transforma de trapo. Y quiere repetirlo hasta la saciedad, y lo consigue. Cuando arriba a su casa, el efecto de ese momento se ha marcado con fuego en su frente, al mismo tiempo que su vida ha sido echada.

 

La mañana deshace temprano el vientre de concreto y de su interior surgen dos hombres, como si salieran de una mina de carbón. Sin esperanza en las miradas, ambos comparten un botecito de resistol y lo respiran con fruición. Luego de tres suspiros, el hambre ha sucumbido. Se miran con amor, se abrazan, se sonríen.

—Buenos días papá

—Buenos días hijo, ¿cómo dormiste Manojito de ruido?

—Bien pero una rata me mordió el pie, tengo  que conseguirme un par de zapatos nuevos, je.

—¿Tienes marihuana pá’?

—No, ya no ten, nos fumamos ayer la que sobraba.

El chico se va a conseguir algo para comer, en lo que su padre levanta su improvisada casa de campaña.

Cuando regresa con unos tacos, que halló en la banqueta, el papá expulsa el humo con su característico tufo a petate quemado. Asustado, éste niega haber fumado hierba. El hijo le pide una fumada, pero al negársela, su progenitor despierta su odio. Pelean feroces como son ellos. Los golpes y patadas inmisericordes se confunden con los reclamos y las amenazas que nublan sus sentidos.

Llueve. Lo último que ve el padre es a su hijo, su Pequeño rufián, quitándole lo que queda de su bacha, jalando con fruición el humo a sus pulmones. Con su mirada perdida, jadeante pero tranquilo. No, no siente rabia por su hijo, el corazón de un padre no puede sentir odio por los hijos. Sin certezas desde que decidiera acompañar a su crío en su destino sin retorno, lo único que sabe es que las vísceras reventadas, no te dan para vivir mucho tiempo, y las de él dejaron de latirle hace cinco minutos…

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Soy un árbol gigantesco, con raíces tan profundas que abrazan el centro del planeta. Mi follaje es tan tupido y fuerte que deshilacho las nubes como sueños irrecordables. En mi corteza hay vida, desde bacterias, hasta insectos y primates.
Con mis ramas bato el viento a todas horas, creando una sinfonía eterna. De sus silbidos surgen sonidos semejantes a los del lenguaje de los humanos.
Un investigador ha venido a estudiarme y ha logrado traducir -según él- lo que digo con mi canto, al tallar el aire:
“Amo tu cabellera de serpientes, amo tu superficie y tus aguas turbulentas, tus cavernas ignotas, te amo entre las piernas, detrás de tus pulmones, bajo el hígado; amo tus cuencas vacías, tus monolitos de carne ardiente.
Amo tus músculos y tus rodillas quebradizas, amo que me ames, que te llenes de mí savia. Amo los vientos de tu aliento, porque atraviesan mi copa como la luz de sol: invernal, lenta, cálida, placentera y serena”…
El erudito aún no termina sus estudios, y según escuché hace no mucho, ya le falta poco tiempo para completar su traducción… así pasó…

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El tiempo se detiene como exhalación de moribundo. Camino por Reforma. Algo raro sucede: Nadie me mira, parece que no existo. Me doy cuenta cuando una anciana pide ayuda a quien sea, y al acercarme ignora mi mano extendida. Le hablo y le ofrezco un billete, sin embargo prefiere una moneda que le da una mujer de grandes pliegues en el cuello.

Sigo mi camino. De ninguna parte llega un sonido rítmico. Pum pa papaaaammm. Suaaaaa, suaaaaa… No reconozco el tema, pero sé que ya lo he escuchado antes. Es veloz y profundo. A mi mente llegan imágenes de una selva remota, e imagino que mis pasos me conducen no por una de las avenidas turísticas más importantes y bellas de este país, sino por una vereda tupida de verdes sobrenaturales.

No obstante tanta belleza, siento cómo una tristeza aplasta mi cabeza. Los ruidos citadinos se confunden con esos ecos selváticos que pueblan mi mente. Llego a la esquina de una gran glorieta y me detengo.

Súbitamente me he encontrado con una multitud que ya me espera. Expectante ahora sí me reconocen, sólo que ahora me señalan. No, no es mi ropa, ni mi cuerpo. Quizás sean los sueños que se me escapan sin cesar de mi frente, como la humareda de un volcán marino, silencioso e incansable como el aleteo de un colibrí.

Avanzo y las miradas me sonrojan, ahora me doy cuenta de todo, los dedos señalan mi rostro. Unos sonríen, otros se voltean sin chistar, los más, me miran con repulsión…

Antes de irme a dormir, hago círculos con mis brazos como si espantara malos presagios; luego acomodo los minúsculos chimpancés, gorilas y orangutanes que se aferran de mi cara. En lugar de barba, bigote, cejas, pestañas, pelo, lo que me cuelgan son estos antropoides que ahora mismo acaricio, mientras sigo mi camino hacia un túnel de luz cuya fuerza me atrae irremediablemente…

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