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Archive for September, 2019

Mis pensamientos crecen en mi cerebro con la avidez y paciencia con que la maleza lo devora todo.

Yo camino entre sus tallos, toco sus corolas.

Su altura rebasa mis muslos.

Algo busco pero no sé qué es.

Recorro todas esas extensiones verdes, amarillas, malva, con alegría.

Tardo varias vidas.

Un día, a lo lejos, veo una luz que me llama.

Llego al pardear la tarde.

Una flor emana luz líquida, me acerco, la toco, mi primer impulso es arrancarla, pero no lo hago.

Prefiero observar para siempre su maravillosa visión que provocar el instante de su muerte.

Su luz, la tuya —porque ahora lo sé, eres tú—, me cautiva.

Y me fascina de tal modo que decido echar raíces allí, con la esperanza de un día convertirme, a fuerza de mojarme en tu luz-agua, en algo similar pero con mi espinosa superficie…

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Lloraré…

Lloraré, pero aún no lo sé. El teléfono suena. Del otro lado de la línea un fantasma al habla, de esos que uno sabe que no se irán nunca. Amor/cariño/fascinación de esos que provocan las brujas malvadas, las de piel de dragón y sonrisa torcida. Era Bruja quien llamaba, me contó en unos minutos que estaba presta a surcar cielos, cienos, avernos, inframundos, mares, campos, selvas, tundras, desiertos de hielo y arena; a lidiar con entes, hadas buenas —a esas, y a las princesas idiotas en especial, las odia—, ogros, reyes, mireyes, cíclopes, héroes… La escuchaba atento. Ambos sonreíamos, eso lo sabía bien pues reconozco un algo chispeante que torna su voz al pronunciar ciertas sílabas cuando está feliz. Recordamos en unos minutos aventuras, luchas, encuentros, desencuentros, viajes de vida, hasta que hablamos de morir. Me llamó como pocas veces lo hace, compartiendome en un santiamén recetas, pócimas, consejos, advertencias, secretos que solo ella y las de su especie guardan. Y así correspondí, con ese alegre corazón saltarín que me despierta su amistad, nacida desde antes de que me crecieran completamente las garras, los cuernos, las escamas, las alas. Antes de despedirnos quedamos en no morirnos pronto, pues antes teníamos que vernos, para intercambiar sueños como estampitas… Colgamos con una certeza: la de ella, creo, que aquí estaré, feliz aunque en la distancia, para cuando llame de nuevo, mil años después. Yo, con la fe renaciente en la amistad, esa cosa peculiar que no obtenemos del amor de nuestras vidas, de los hijos, los hermanos, sino de quienes hemos/nos han elegido para enfrentar el infierno que resulta esta vida… Entonces fue cuando lloré…

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Sonreímos como tontos, porque sí, porque sabemos que en un mundo, lejano, en otra dimensión, los sonidos caen en forma de agua en un planeta que ha ido ganando humedad.

Allí somos Dioses adorados por sus habitantes que las esperan ansiosos lo mismo en abril que en mayo, y son tantas que llenan valles y crean ríos.

En días en que la tristeza es tanta que sienten morir, los seres de ese mundo las juntan en recipientes de oro, y las congelan, las atesoran, las siembran, las comen, las beben y con ellas en su poder se sienten felices de nuevo; se sienten hijos de la esperanza y saben que habrá tiempos mejores por venir.

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Cosecho tus sonrisas en extensos campos de alegría, en los que florecen felices, y las guardo en algún sitio de mi.

Después las selecciono y cuelgo en un muro que, como un acantilado, nace en mis sueños y se yergue hacia el infinito.

Junto a ellas, coloco los miles de brillantes que nacen de tus ojos.

Al terminar de colgar los más recientes, me echo de espaldas, flotando, a retozar, entrelazando mis garras debajo de mi nuca, mientras me regodeo, dichoso, en sus destellos.

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Te fragmento en mí…

Pendida de mi corazón traigo tu sonrisa. La acaricio en las mañanas para aluzar, durante el día, hacia mi interior, en donde el misterio asienta sus raíces.

En mis dedos traigo la profundidad de tus ojos, a manera de anillos.

Uso las serpientes de tu pelo en el cuello y charlo con ellas para no sentirme solo.

Soy un ser ciego que avanza a la nada, pero tengo tus besos para guiarme en el trayecto.

En mi superficie escamosa unto tus caricias.

He robado tu voz y la guardo detrás de mi costillar, y las conecto a mis cuerdas vocales. Puedo usarla para recordarte siempre.

A veces, cuando quiero ser feliz, en tiempos aciagos, me visto con tu cuerpo que es justo a mi medida.

Otros seres me observan incrédulos. Sonrío como el idiota que soy, de esos que padecemos de desvanecimientos de dicha.

Mis ojos no pueden mentir, no quieren, no lo necesitan.

Nos movemos en ciclos, en espiral. Cuando termino de hacerte trizas, tú continúas.

Me defragmentas en ti e iniciamos de nuevo hasta que el tiempo se vuelve chicloso.

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