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Archive for October, 2015

Hoy encontré un libro que creí perdido para siempre. Estaba justo al fondo de mi librero. No es que tenga muchos libros, apenas unos cientos. Acumulo objetos y he hecho de esa obsesión mi mayor gusto. Lo compré en un tianguis, creo que fue en el Bordo de Xochiaca. Un viejo de aspecto merlinesco me lo regaló. Le compré un lote como de 10 libros. Fue mi pilón. Él me sonrió de manera extraña cuando me lo estiró. Me pareció raro pero aún así lo tomé. Nadie regala nada hoy en día. Es más pesado que cualquiera, me dijo, porque guarda historias que no se han contado aún y que un día ocuparás. Son tantas que podrías publicar mil libros. Respondí con una mueca y un billete de 200 pesos. Así llegó a mi casa ese objeto. Lo abrí pero no tenía nada escrito. Me sentí estúpido por la tomadura de pelo. Ahora que lo encontré recordé ese pasaje. Lo observé con la desconfianza que causa un bicho de seis patas. Brillaba de una forma extraña. La edición es casera. Dentro, justo en medio de las páginas amarillentas encontré esto que ahora reproduzco tal cual lo recuerdo al vuelo: “Amor es esa cosa que le crece a la gente todo el tiempo cuando sueña. Una cosa como pequeños pelillos que le brotan en el cuerpo, de donde cuelgan un día los ojos, otro la risa, otro los besos, otro los deseos del ser amado…” Me pareció una idea gastada, y lo cerré. Quise volverlo a leer, pero las palabras ya habían cambiado de lugar… el mensaje también. Sucedió algo extraño, las hojas donde habían estado aquellas líneas se renovaron. Lo volví a abrir y encontré esto: “Todos murieron cuando él terminó de leer la última estrofa de esa página. El cielo tronó, pero al volver a leer, había nacido un río de tinta de ese texto. Del riachuelo surgieron seres microscópicos que…” Y devolví el mamotreto a su lugar… suficientes imágenes tengo en la cabeza que no me dejan en ningún momento, como para lidiar con otras… así pasó…

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Niño-Ja

Para Paquito Mimano

Uno

Niño-Ja juega entre tierra y lodo. Busca afanoso un lugar donde enterrar hasta la mitad una canica cascada. Le llama “Mi tirito”, con ella es infalible, puede “matar” a sus oponentes hasta con los ojos cerrados, por eso ya nadie quiere jugar con él, a todos les gana. Las piernas de sus pantalones tienen sendos parches. Un hongo, un símbolo de amor y paz. En las campanas de mezclilla deslavada ondean orgullosas un par de manzanas, rojas, planchadas por su Má-Carmen. Un ave se posa en la barda. Silva y Niño-Ja la escucha atento. Siente que puede entender su idioma. Silva como ella y por su mente pasa un primer pensamiento de fuga, el primero de su vida: Quisiera ser pájaro y volar al espacio sideral. Ser pájaro de hierro para viajar a otros mundos y conocer a otros niños como yo que imaginen a niños como yo y quieran jugar conmigo, como yo con ellos…

Niño-Ja es feliz en medio de ese lugar que no es suyo ni lo será, de cuartos apretados y olores rancios como los quesos que su Pá-Juan traía en su otra casa, la de Melero y Piña 201. Le gusta vivir aquí aunque deba dormir debajo de una mesa, junto a sus otros hermanos. Es mejor estar juntos aunque sea así. Son 9 pero pronto serán 10, aunque todavía no lo sabe.

Todas las mañanas Niño-Ja corre a la escuela con sus piernas tembleques pero siempre con cuidado; evita los charcos pues el agua encharcada los ensucia. Le gusta ir limpio, bien peinado y aprender palabras nuevas, operaciones nuevas, pero más le gusta mirarse en los ojos de Niña-Mary, pequeña como él, de tez tostada y risa fácil, hija de un maestro rural, como sus padres.

Mientras atraviesa la barranca cuesta arriba sorteando riachuelos de agua sucia y alguno que otro animal que ahogó y arrastró la corriente generada por las primeras lluvias, piensa que sería bueno tener una camisa de manga larga, así al menos el frío matinal no lo mordería tanto. Niño-Ja peina su pelo de lado. Así le gusta más, pues cuando lo hace imagina que es un actor de películas, como ese de risa grande y dientes de elote que quería hacer su primera comunión, Juliancito, le decían…

dOs

Niño-Ja regresa de la escuela y se cambia de ropa. Sale al patio y emprende el vuelo en el lomo de un perro hacia otras galaxias. Es un jinete espacial que acude a salvar a Niña-Mary, capturada por un invasor del universo TX3. Má-Carmen lava y lava. El chacualeo del agua le indica a Niño-Ja que se acerca a su destino. Ese es el sonido de la lava del volcán, cree, en cuyo fondo yace Niña-Mary atrapada por el diabólico Rey Qwerty.

Tocan a la puerta. El toc toc son disparos láser que Niño-Ja esquiva como todo Superhéroe. Se protege detrás del tambo de aceite quemado que los dueños de la casa guardan para después entregarlo a un camión que se lo lleva cada mes. Uno de sus hermanos, Niño-Ale, abre.

Es un señor que Niño-Ja ha visto en un par de ocasiones. No le extraña que hable con Má-Carmen, quien se enjuaga la espuma y seca sus manos mojadas en el delantal. La escucha decir. Vamos Niño-Ja. Chin, justo antes de rescatar a Niña-Mary. Antes de salir de casa Niño-Ja le manda un guiño coqueto a Niña-Mary que le responde desde un rincón de la casa —y su mente— con una risa coqueta, mientras le grita amorosa que allí lo esperará encadenada a esa roca hasta que él regrese a salvarla…

tREs

Caminar es lo suyo. Calle tras calle Niño-Ja, Má-Carmen y Hombre-Sabequién caminan sin reparo, en silencio los tres. Como tres familiares mudos. ¡Eso!, piensa Niño-Ja somos un equipo de astronautas que como están dentro de un traje espacial no pueden hablar. Y mueve los brazos como hacen los gallos quiquiriquear. En eso escucha algo que lo trae de vuelta a este planeta:

—¿Hoy es 29?

—Sí hoy es 29, ¿por qué?

—Hoy es cumpleaños de Niño-Ja.

—Sí lo sé.

¿Es su cumpleaños? ¡Claro!, ahora entiende que el canto que lo despertó despacito en la mañana era de su Má-Carmen. Pensó que estaba soñando pero no, era para él para nadie más de sus hermanos. Hoy es su día. Eso pone contento a Niño-Ja quien ya se dio cuenta de que está en un puesto ambulante de chamarras. Hay muchas, de todas las formas, de todos los colores, de todas las texturas. Niño-Ja entiende y reconoce en una de ellas un traje espacial ultramoderno. Se siente muy dichoso porque imagina que una de ellas será para él. Y su sospecha se confirma cuando Má-Carmen le pide al vendedor una para alguien de su edad. Sí para ocho años.

Hombre-Sabequién le dice que si puede probársela a Niño-Ja…. mmm, no, esta no, le queda grande. Otra, y otra, y otra… ¿De otro color no tiene?, ándele esa, a ver… Sí. Niño-Ja puede oler lo nuevo de la tela sintética. Es un perfume que le acompañará para siempre. Le suben el zíper y se la ajustan. Listo. Niño-Ja no lo puede creer. Le queda per-fec-ta. Su sonrisa irradia su contento. Niño-Ja ajusta su capa, su casco y se lanza al espacio con su traje de astronauta nuevo, por eso ya no alcanza a escuchar lo que dicen después los adultos:

—¿Ésta entonces?, ¿sí le quedará bien?

—Si no le queda me la trae y se la cambio.

—Yo creo que sí le quedará.

—¿Se la lleva puesta o le doy una bolsa?

—No, no es para él, deme una bolsa.

CuaTRo

Al regreso de nuevo el silencio. Hombre-Sabequién no entra a la casa. Los hermanos de Niño-Ja esperan su regreso. Al entrar él les dice que le acaban de comprar una chamarra nueva. Es por su cumpleaños. Es reluciente, como si fuera un traje espacial. Nadie le cree. Miren si no y señala al Hombre-Sabequién, quien aún platica con Má-Carmen y carga la bolsa donde está la prenda. Antes de despedirse él escucha los agradecimientos a su Má-Carmen.

—Gracias por prestarme a Niño-Ja, yo creo que a mi hijo sí le quedará la chamarra.

Es entonces que Niño-Ja entiende todo. No tendrá ni traje espacial nuevo ni nada que se le parezca. Sólo lo llevaron para ser el modelo de otro niño que en otro universo lejos de éste, jugará a ser viajero galáctico y visitará a niños como Niño-Ja pero vistiendo con un traje interestelar como esa que compró su Pá-quiénsabequién.

No sabe cómo explicarlo pero así lo describirá más tarde: Se siente una opresión en el pecho, como si algo me hubiera hecho un agujero… En ese trance él elige pensar que ha sido el Dr. Qwerty quien lo alcanzó con su rayo láser. Lo parte en dos. Es un momento que siempre recordará Niño-Ja. Es la decepción, frustración, el dolor, la tristeza. Es querer llorar por quién sabe qué pero no poder…

En silencio escucha como un río quieto las vocecillas de sus hermanitos que hablan del hecho. Por un segundo todo se detiene. Má-Carmen regresa al lavadero y vuelve al agua, la ropa y el jabón. El chac chac le recuerda a Niño-Ja que aún tiene una misión qué cumplir. Se faja la camisa raída, ajusta su pantalón acampanado y regresa al volcán a salvar a su adorada Niña-Mary, quien al verlo le lanza un beso y una sonrisa que tampoco olvidará jamás…

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No puedo ir, debes hacerlo tú. Por mí no te preocupes, yo estaré bien. Las palabras salen de la garganta del hombre enfermo como un suspiro. Juan asiente y enjuga su llanto. Sale al establo y ata a la vaca que muge. Le dice Ven Bonita, y ella resopla en respuesta.

Se apresura debe ir al pueblo a tratar de venderla a buen precio lo antes posible, pero está lejos, muy lejos. Si se da prisa podrá disfrutar de lo último de la lluvia de estrellas que mojan con su luz el valle. Como una ráfaga surge la escena, y puede imaginarse sentado en el borde de la montaña, con los pies al aire, cerrando y abriendo los ojos rápidamente para poder guardar en sus pupilas cada uno de esos haces. Bonita a su lado, echada, mascando serena, acompañándole.

Lleva un poco de pan, carne seca, agua en una guaje y un silbido que nunca cesa. Ensaya e improvisa tonadas, unas más alegres que otras. Cortos sus soplidos, la trompa elástica, entorna la lengua, cierra los ojos y mientras anda por el camino, flotante todo él puede vivir el viento despeinar el pelo de su cara de lobo…

¡Lobo, eres un lobo!, ¡Lobo lobito lobezno! Los ecos de las frases de sus amigos exprimen sus ojos. Líquido verde fluye por debajo de su comisura labial; su lengua negra la lame con regusto. Una mano aprieta con fuerza desmedida la rienda, la otra acaricia un cuervo como de papel lustroso con alas plateadas que se ha montado en Bonita.

Mira si estás feo mano, dice y sonríe cómplice. El graznido que recibe como respuesta parece ser de agradecimiento. En su cabeza escucha de nuevo las voces filosas: ¡Huyamos del lobo!, ¡¿Lobo estás ahí?! Jajajajajajaja. Sus compañeros de clase provocan que el torrente de su alma se desborde, y él decide hacer una pausa. Un pequeño torrente de agua cristal anega rápido el sendero. Al contacto con el pasto cada gota empieza a desparramarse cambiando de color. Mira la maravilla el muchacho de huesos anchos. Es una sinfonía de colores que se crean, se mezclan, iluminando el suelo, como ahora mismo sucede en el capote allá sobre las montañas que lo esperan. Voltea a traído por los truenos. En la tierra de abajo, allá, lejos, donde vive, llueve…

Luego de la pausa imaginada Juan camina sin descanso, lento pero seguro. La luna se come al sol una, dos veces. Las islas de casas al fin aparecen a la vista; flotan en el mar verde de árboles y plantas, con sus cascadas de arena. Trinos sordos preceden la nube de aves sin cabeza que ensombrece por momento el andar de Juan. Sabe que está cerca y se regocija con una alegría ligera, parecida a la que siente cuando come galletas rancias.

Sube el último trecho hacia su destino. La vera ofrece una vista perfecta de sincronía natural: maraña de raíces de todo tipo: riachuelos, sobras de nubes y arbustos que nacen y llegan desde la montaña del Elefante, semejan brazos que se abren para acogerlo en esta visita.

Las tierras del Oriente siempre le resultaron fascinantes a Juan. La vaca silente sigue dócil. Un chispazo en su cerebro ilumina los cuernos. En su hocico regurgita y mastica un trozo de savia calcificada que el chico le dio antes de iniciar el trayecto a la cúspide. ella no lo sabe pero la ayuda a evitar el cansancio, y lo mejor: la hace soñar despierta.

Por primera vez Bonita toma consciencia de lo que es y se siente satisfecha de formar parte de un todo. Imagina que si no existiera su lugar en el universo sería una mota de algodón volando entre los yerbajos. O una mancha negruzca que los humanos llaman sombras, que no tienen forma y que no dicen nada, ni mu.

Sus ojos parecen salirse de su sitio, quiere… ¡¿hablar?! Sí, lo sabe, algo en su cabeza se lo confirma, puede explicarlo como si se tratara de un pensamiento parido de esos que nacen del cieno de la ¿mente?, se hacen charco, evaporan y se convierten en, en, algo así, como, como lluvia concentrada que hace caminos en su, en su, en su, (no halla la palabra) ¿torrente?; baja por detrás de la garganta (porque ella tiene garganta ¡claro!) y salen por la boca u hocico en su caso. Sus pulmones se aprietan a sus costillas, se inflan y reinflan; entra aire; su corazón se paralizará seguro. No tiene miedo, pues no sabe qué pasara con Juan cuando la escuche falhar. Este es su momento, el momento ha llegado para emitir una palabra, y no sabe cuál pero si pudiera sería ¡Gracias!…

Pero antes que la emita y con ello quizás cambié el trayecto de la historia misma, escucha sollozar a Juan, quien le dicta su última sentencia de amo: “Siempre te quisimos y protegimos como un integrante de la familia; pero ya no podemos hacerlo más, perdónanos”. Extiende la mano, recibe unas monedas, tres granos que no conoce y lo guarda todo en su morral.

Bonita, la vaca feliz, cuasihablante, no comprende cómo pasó todo ese tiempo, pero siente que la felicidad se le termina de golpe. No recuerda desde cuando se le ha caído su dulce de cal. Su mente se eclipsa de nuevo y pierde la noción de quién es o fue durante un largo trecho del camino. Y mientras la jala desde ahora y para siempre alguien que ni le habla ni le llama Bonita, muge sin más…

Este texto fue publicado en el número XX de la revista Monolito, actualmente en circulación, octubre 2015 http://issuu.com/juanmireles/docs/monolito_xx/1?e=0

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