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Archive for November, 2012

Nací con un corazón de piedra pómez. Un día sufrí un accidente que me llevó al hospital y se dieron cuenta. Los doctores me estudiaron y determinaron que era un caso extraordinario. De todo el mundo llegaron periodistas y pronto salí del hospital y me hice una celebridad. Me cogí a las mujeres más hermosas y a las más horrendas, no era difícil, pues sólo les pedía pagaran un peaje de tres meses de amor, por dejarlas entrar en mi vida. Así las dejaba ver y tocar mi pecho; ellas asombradas descubrían mi capsula transparente y miraban mi corazón de piedra esponjosa (eso me salvó la vida, ¿lo dije antes?). Empresarios se me acercaron para ofrecerme contratos millonarios y hacer de mi vida una película. Fui invitado a participar en ellas. Los actores que las actuaron, ganaron premios, y todo el mundo supo de mí, hasta que, hasta que… No amigo que lees estas líneas, esta no es una historia con final feliz. Así viví, hasta que me hice viejo y antes de morir, doné mi cuerpo a la ciencia… Pero oh cosa curiosa, alguien se equivocó en el traslado de mis restos y fui a parar, ya desmembrado, a un puesto de tacos en Ciudad Netzahualcóyotl y al Metro Hidalgo en la Ciudad Capital. Sólo se salvó mi corazón que al ser llevado a un laboratorio para ser clonado —pues era más barato y humano que criar cerdos, para arrancárselos después—  cayó en un socavón, justo entre las frases: “Fui nominado e invitado…” y “esta no es una historia con final feliz”… y así…

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El gato-oráculo

Tengo un gato, lo traje en mi último viaje a Cuba, no me pregunten cómo lo traje a casa, sólo diré que nadamos hasta Veracruz, pero eso es una anécdota que no vale la pena contar ahora. Contaré en cambio que lo hallé en Línea y 4, en El Vedado, que me habló con su único ojo sano y ya no me soltó, vivió conmigo 20 años, que en calendario gatuno es una eternidad, y que lo extraño como un Papá Gato.

Hermoso como era, me llamó guarecido en el regazo de su dueña, una mujer de piel de noche, vestida a la usanza de los primeros esclavos de La Habana. Su vaticinio me cimbró: “Nadie sobrevivirá en el barco de aquí a Veracruz”.

La conexión se dio de una manera que aún no logro entender. Movió su cola y metió debajo de mi cuero cabelludo una idea cuyas esporas yacen latentes, como fieras que aguardan el momento preciso para tomar mi mente en su poder y sacudirse ese maleficio que, me aseguró entonces, pendía sobre su vida.

Un hombre altísimo se me acercó con aires de cuate, como camarada de vieja guardia y me estrechó la mano, que no negué. Yo, con mi alzheimer expuesto, sonreí y repetí como quien no quiere la cosa: ¡Quioboláh!. Él, respondió con un ¡quiobolah! más intenso, y me preguntó si me había gustado el gato, claro, respondí sin pensarlo como si no supiera que soy alérgico a los felinos, y que siempre he desconfiado de esos animales porque me molesta sobremanera que sean más inteligentes que uno, más astutos que muchos y que lejos de ser tu mascota, ellos terminan siendo tus dueños.

Acto seguido fue directo a la mujer que movía las manos nerviosas, escondida detrás de una fumarola producida por un gran habano, que a decir verdad, me gustó más que el Gato, y se lo arrebató.

Negro, de pelambre fino, el animal tenía uno ojo inmenso, donde se podía ver el futuro, patas poderosas y un ronroneo, que me dijo el hombre gigante, podría arrullar al mismísimo Fidel Castro hasta provocarle la muerte por sueños inconclusos.

Me lo puso en las manos y echó a correr, riendo como imbécil y manoteando como niño desquiciado, agitando los brazos y las piernas como las caricaturas. La mujer, pareció no darse cuenta de la sustracción y siguió fumando.

De una pieza quedé. Mirando su figura maltrecha por el hambre y la loquera perderse hacia el Malecón. El Gato se sintió feliz, así lo hizo saber al lamer mis riñones, acción que hizo con tal gracia que me despertó la ternura de mis 15 años recién cumplidos. Supe que estaba perdido, amar a un Gato como ese es peor que perderse entre las piernas de una puta. Nunca vuelves a tus cabales.

En ese momento me dijo, vía telepatía nivel 3 —algo en lo que tampoco ahondaré para ahorrar tiempo con nimiedades—, que él sería mi amo y yo sería su señor. ¿Qué?, no, eso no puede ser, yo no puedo tener una relación con un gato-oráculo, como tú, que lee la mente, predice el porvenir, y que seguro toma Cuba libre con Ron Havana blanco; yo me debo a mí mismo, a mi juventud, desmecatada, a mis excesos, a esta sensación de tener sexo con todas las cubanas que pueda, hasta que el pene me odie por cabróncogelón; a todo eso que vine a hacer a Cuba: dejarme transformar, trastocar, espiar, caminarla, recorrerla, olerla, palparla, comerla, lamberla, odiarla, bailarla, soñarla, nombrarla, sufrirla, escupirla, amarla, sobarla, compartirla; para después, recordarla, añorarla, desmembrarla, necesitarla, pensarla, remembrarla, renombrarla, putearla, y en mi memoria esculpirla en su densa cubanía…

El gato sonrió irónico y chupó sus genitales, alzando su pata de seis garras. Me miró con su ojo sano y echó a correr hacia una nube de polvo que dejaba una guagua, que debía hacer parada en el Barrio Chino.

Hacia allá eché a andar, no obstante corrí como atleta de alto rendimiento, no alcancé a subir al camión de origen coreano y me detuve frente a un cementerio de trenes; máquinas renovadas, hechizas, retocadas, en sus más recónditos hierros, fecundos de salitre y herrumbre, para ser enviadas después a alguna provincia de la isla.

En el trayecto me di cuenta de que debía rasurarme. El pelo en mi cara me cubría las facciones, dándome un aspecto delincuencial que podría alejar a las jineteras, que me habían dicho antes de partir de casa, aman la limpieza… Me dirigí hacia un lugar para comprar un rastrillo de origen desconocido por unos cuantos cuc’s… La noche cayó sin prisa… llovía.

***

El reloj mentía. Yo apenas recordaba que hubiese pegado la oreja a la almohada, así lo decía mi cansancio, que me torturaba con un taladro de acero candente en la nuca. Frente a mí estaba él, en el descanso de la ventana, abierta de par en par, sentado sobre, junto a las macetas huérfanas. Me miraba con sus ojos, uno muerto, blanquecino, acuoso. Me percaté de lo que uno puede descubrir un día nublado en Cuba, junto a una mujer hermosa, y en el ojo inerte de un gato-oráculo: Figuras milimétricas pasaban en ráfagas, como un listón de imágenes, proyectadas en mi cerebro.

Lo veía sin poder parpadear, hipnotizado por las maravillas que se me revelaban: Muchas postales de otros mundos, desgracias de este y otros mundos. Guerras, muertos, catástrofes, incesantes alaridos, rostros descarnados, bombas. Temblaba como un niño, cuando la mujer a mi lado se levantó y me sacudió para que le pagara lo convenido. Así lo hice, y antes de levantarse su aliento de otoño me sacó de ese marasmo.

— ¡Eres el Diablo! —dijo contoneándose, dejando ver sus cúspides de musgo virgen y me besó.

Tomó su dinero y antes de salir acarició al gato. Juro que yo pude sentir sus dedos de seda sobre mi espalda cuando hizo aquello, que no está de más decirlo, me estremeció de nuevo.

Le pedí que no se fuera, y hasta le prometí pagarle el doble, pero no me escuchó, me explicó que ya la esperaban en casa. Sonrió coqueta, alisó un mechón rebelde de su frente y desapareció para siempre. Sentí nostalgia de su piel, de su coño trémulo, pero me resigné repitiendo siete veces: tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato…

***

Caminé todo el día por San Lázaro y llegué a Prados, saqué mi libreta de apuntes y el gato habló: morirás hoy en la noche, advirtió. Es imposible que hagas nada más, pero no morirás del todo… ¡Puta madre!, no quiero morir en este lugar, le reclamé, ¿no habría manera de que me des chance de llegar a casa? Negó con la cabeza redonda, peluda y lloró en silencio.

***

Antes de que sigas con la lectura he de pedirte una disculpa pues mentí sobre algo que dije al principio, nunca me llevé a ningún gato a casa, ni vivió conmigo por 20 años, y menos llegué nadando a Veracruz,. Sin embargo he decir en mi descargo que la historia termina con esta imagen que al menos a mí me gusta mucho contar: Sucedió el 19 de septiembre de 2009. Previo a terminar la cena pedí una Bucanero helada, la cerveza oscura cubana por excelencia, y que siempre me ha gustado; paladeé cada trago de las otras seis que bebí. Leí una biografía sobre un boxeador habanero apodado El Chocolate, quien fue un ídolo en el país caribeño, fue campeón y sobrevivió de una historia que lo había condenado desde su nacimiento, a la pobreza y la mediocridad. Leí al ritmo que me permitía una cajetilla de Popular, fumados sin tregua, durante una tarde, y escribí, sin descanso, esta historia que hoy tú tienes en tus manos. Una bala perdida me lamió un ojo, dejándome tuerto al instante. El gato-oráculo lamía mis riñones por enésima vez, produciéndome erecciones incontrolables que disimulaba con el mantel; yo lo acariciaba cuando sentí que sus músculos y huesos se desinflaban (la expresión es correcta, literal), su piel perdió su textura aterciopelada y se me extinguió en el regazo, ensuciándome un poco con un polvillo que se llevó el aire de octubre, que, cabe decirlo, me susurró: “Eres el Diablo”. Por si alguien se lo preguntaba, diré que nunca me pude rasurar, no tenía caso… Luego de la última calada, bajé de la mesa y me fui ronroneando hacia Línea y 4, sí, en El Vedado, a buscar a una mujer de piel de noche que ya me esperaba…

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Cumplir años…

Naciste de agua, fuiste creada con musgo, y con ese color te recuerdo. Me desprendiste de tu costillar. Fui y seré el último, el más añejado dolor soportable en tu vida, el que nada en eso que algunos llaman pozos de agua, y que yo sólo describo como ojos. Tu mirada de gato acaricia a nuestras carnes y huesos con pies y alma que llenan el hogar con sus sonrisas, pequeños salidos de nuestras costillas: Manojitos de gritos y sonrisas y vueltas de carro y rugidos de Tiranosaurio Rex. Amo tu pelo porque echa raíces en mi corazón, antes lleno de lodo, raíces que se abrazan al núcleo dorado palpitante que es mi corazón y que aún te aguarda en el fondo del limo de mi alma para que lo saques y lo pulas como si de una bola de cristal se tratase, y así podamos ver juntos el porvenir y uno que otro amanecer frente a nuestros acantilados personales. Soy hijo del viento desde que me diste la vida nueva, con un soplo maligno, soy el hijo de la chingada cuyo pozo interno, vacío, llenas contigo, mujer de agua, hecha de musgo… Te amo Angélica Ruiz, este y todos tus cumpleaños, aunque caigan en días alegres…

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Tomas el disco, lo limpias con sumo cuidado. Con la parsimonia del relojero experto, lo levantas, lo miras entornando tus ojos negrísimos, la luz se cuela entre los surcos, penetra el túnel de tu iris, llega a tu cerebro, despierta un gozo agridulce, que adelantas, vendrá con las primeras notas. Miras su perfección, soplas haciendo una U. Lo colocas sobre el plato metálico, esperas. El mecanismo truena. La aguja se posa sobre las líneas acanaladas. La voz de Joan Manuel Serrat surge con la magia prevista por Alva Edison, y te subes a la alfombra voladora de su fraseo.

***

Tu padre te lo decía una y mil veces: Hijita tú eres la reina. Y lo creías, pagándole el cumplido con un besazo, tronado, con la lindura de tus seis años; tú, chica linda, ferviente admiradora de tu padre, bonachón, carpintero de oficio, trovador, bohemio, pero para nada mentiroso.

La asimilación de la sentencia te causó ciertos problemas, sorteados con serenidad, en la escuela y el resto de tu vida.

—Uy si, cómo vas a ser la reina; serás pero de los basureros.

—¡Claro que no!, yo soy la reina, si quieres cuando venga mi mamá por mí, le preguntas, ella te lo dirá, y si no me crees, allá tú.

—Ay si, la reina, abran paso a la reina… pero de la basura —risas a tu paso ligero, como si flotaras.

—Papá, mamá, ¿verdad que yo soy la Reina?, es que en la escuela me dicen que no, que yo no soy la Reina…

—Sí hija, pero sólo diles que eres la Reina de la calle Empanada.

Así lo aplicas la siguiente vez: te levantas, coges tus muñecas y oronda, como le aprendiste a tu madre, sales al paso, graciosa como te han dicho que siempre has caminado; pasitos cortos. La cabeza arriba, nunca mires hacia abajo. Tus pasos te llevan al espejo de la habitación, regresas del recuerdo, dando brinquitos, como si jugaras al “Avión”, en un pie, tratando de equilibrarte y sonríes con esa sonrisa que todos en el barrio recuerdan.

Lo que ves te encanta, eres linda, qué va, lindísima, es más, hermosa, la más bella muchacha ¿del mundo?, qué va… del universo. Como la luna en la pileta llena de agua, como las alas sedosas de las mariposas de tus sueños, como las flores que nacen sobe tu pecho recién nacido. ¡Eres tú!, gritas y permites que un aullido salga con fuerza desde tus entrañas. ¡Soy yo! Tan linda como el amor, como la ventisca refrescante de un beso. Esa soy yo, dices y señalas orgullosa la imagen que el vidrio te devuelve.

Corres con pies de segundero, y a la velocidad del aleteo de la libélula, te asomas por la ventana. Ahí están todos tus siervos. Les miras pasar, como Dios ve a los conejos: chiquitos y orejones. Hay momentos en que la soberbia te gana, claro si eres una reina, y de las más lindas, te repites hasta el cansancio, pero algo dentro de ti te dice que es mejor bajar del pedestal de vez en cuando, y lo haces.

Serrat te canta que tú estás para cosas grandes, para ser modelo, artista —y de las buenas, reiteras en tu mente—, te peinas con el cepillo heredado de tu abuela. Serrat, siempre Serrat, como tu papá carpintero, El Chuleador, como le decían en la vecindad.

***

Algunos te llamaban Chula, en su honor, pero a ti te repulsa el apodo, y respondes con un desdeñoso Ya sé, pero llámame Reina. Creces mirándote en cada espejo que se te cruza en el camino, en el baño, la recámara, la cocina, el comedor. Te acicalas, planchas el pliegue de tus faldones con los dedos frágiles, los vestidos, el fleco retobón; sonríes y de tu boquita de granada salen unos ruiditos, parecidos a los de un fraseo alegre, contenido, enamoras con tus miradas coquetas.

El amor te llega de improviso, te atrapa y te devana los sesos. “Quiero tener una relación textual contigo… empecemos, leyéndonos la piel…”, escribes sobre una libreta con hojas amarillentas, y agregas: “Te besaré texto a texto”, luego, para ubicar tu lectura colocas una flor seca. “Todo el tiempo es tiempo de sentir… para qué esperar más”… rematas y te dejas ir en unos brazos velludos, fuertes, golirescos. Es un lacayo, lo sabes, sin embargo para eso eres la reina, para elegir a quien tú quieras. El beso abre en ti un foso hacia profundidades nunca vista por tus ojos. La consciencia te abandona y te repites, tras el susto primero, ¿esto es el amor? Y te encanta la humedad de tus labios vaginales y la de su lengua que jala la tuya, dejando espacio para el restriego. La respiración en borbotones, tu piel erizada. Loca, me volveré loca, te dices y sientes cómo un animal trepa por su cintura y baja hasta entrar iracundo hacia una caverna de amor. Allí te guareces para siempre, porque descubres con la cara henchida de felicidad que de ahí eres, y que ese animal caliente, terso es tuyo, y que aunque sea de un ser inferior, puedes tomarlo cuantas veces quieras. Duermes todo el día y dos noches seguidas; pretextas cansancio. Nadie te molesta. Extrañados, en casa te sugieren ir al doctor, pero sólo pides unas fresas con crema. Tú cambias. Inicias un trayecto sin retorno.

***

Hoy te casas con el muchacho más galán que hayas visto, te enamoró sin saber cómo, un día te diste cuenta de que no podrías vivir más sin él, sin esa lengua de gato que raspaba tus pezones y el sexo acuoso. Y nada te prometió, pero no importó, lo querías para ti sola y así lo quisiste. Tú, reina hermosa. Y él dispuso fechas y lugares —obligado porque nunca había sido amado como tú lo has hecho, y eso que nunca habías amado como lo has amado en los últimos meses; pero a él lo mata que lo ame una reina como tú; y él quiere sentir que puede amarte como un loco, y puede hallar contigo el reino del amor, a donde llegan reptando, convertidos en una bestia de doble espalda. Aquí te miras en medio de un corredor infinito como si llegara al infierno. Patio central, chorizo de concreto y pobreza a cuyos costados se diseminan cientos de seres humanos, desposeídos todos, sin oportunidades para sobrevivir más allá de una quincena, y al fin te das cabal cuenta que no quieres estar más allí, que la vida se equivocó contigo, que nadie le avisó que tú tienes delante de ti un porvenir de Princesa de cuento; sin embargo tu vestido blanco y el velo y las arras y el lazo y tus vecinas —que te hablan pronunciando con fuerza una S inexistente en su conjugación— te recuerdan dónde estás metida. Y tu hombre te dice despótico, y como cantando, llámame tu señor mi reina, y te besa lamiéndote el cachete, carcajeándose y retorciéndose con su chiste, mientras tus vecinos de mesa lo festejan con aplausos.

Es la boda del año, en la vecindad de la Colonia del Pandedulce. Decenas de parejas han contraído nupcias esa mañana de febrero, arremolinadas, y te toca sentarte con desconocidos venido de las más lejanas calles: El callejón de la concha, Calle de piedra, Nube, Reja, Garibaldi, Volován, Ladrillo, Oreja, Plaza de la Hojaldra, El polvorón, Cuarta calle de La Novia, Puente de la Oreja…

Tus padres te miran con tristeza, y adivinas en sus ojos que esto que ven y que vives como en sueños, los llevará a la tumba. Saben que su reina, la más hermosa del universo no logró salir del mar de mierda donde nacieron ellos y sus padres y sus abuelos, y tú misma, pero decidiste lo que decidiste, ni hablar, porque hasta para eso eres su Alteza. Te recriminas tus decisiones, más rezas para tus adentros que así es la vida de la realeza, y justificas que una mujer con tu investidura se puede permitir lo que sea, aunque se equivoque.

A tu lado otra novia, con vestido deslumbrante, de chaquiras, se limpia el mole de la nariz, y retoca los labios con un rojo aventurera, como siempre le has llamado a ese tono de bilé barato. Le arrebatas el espejo y lo que observas te manda hacia atrás… a una habitación llena de espejos, la de tu infancia, de tu adolescencia, de la época en que te asomabas a la ventana y veías a tus súbditos como Dios ve a los conejos…

Las preguntas caen como metralla: ¿Qué haces aquí, cómo llegaste a este punto, el amor y el sexo serán suficientes para sobrevivir de quincena a quincena, esta fiesta multitudinaria, con gente desconocida, es lo único que merecías, lo que pudiste conseguir, tú, la Reina de la calle Empanada?

Te levantas pues ya no ves a tu flamante esposo, a quien viste desaparecer debajo de las escaleras hace un rato, con una chica de minifalda y blusa roja. Buscas mas no le hallas. Sientes un ahogo que te crispa. Quieres correr, pero no puedes, y ahí tomas consciencia de lo lamentable de tu caminar, tu pierna corta te retrasa desde pequeña. El único ojo bueno luce triste, la cicatriz se acentúa en tu cara enrojecida por la indignación. Llegas a la entrada de la gigantesca vecindad dando saltitos. Con el bastón apartas a un borracho de tu camino, cuyas intenciones te alarmaron desde unos metros atrás.

La calle Pambazo te recibe con su aire viciado de humo y tierra, pero eso no te importa, es más, decides que es como si respiraras el aire del amor. Los camiones transportan obreros extenuados hacia quién sabe donde. Corres detrás de uno y te cuelgas. Te sientas; todos te miran extrañados con tu vestido blanco, cubriendo la figura maltrecha; tus rasgos orientales, hinchados, violentados por la furia, alejan un poco las miradas. Escuchas, como si estuvieras debajo del agua, a un niño de cinco años preguntarle a su madre, que si las personas Down como tú se pueden casar, ella lo obliga a callar cruzando con un dedo sus labios y lanzándole una mirada de reprobación por su indiscreción.

Tú, la Reina del barrio, la linda, la más hermosa del universo, le dices al cobrador, con un gesto, que no traes para pagarle tu viaje. Y te vuelves a tu habitación y pones un disco de esos viejos, de acetato en una consola vieja, y te regodeas en la voz de Joan Manuel Serrat… El cantante, es el cobrador, quien desde hace rato te observa con ternura y te perdona el pasaje. Imaginas que te canta sólo a ti. El traqueteo del Chimeco va dejando detrás nubes polvorientas, pierdes la noción del tiempo. El chofer sube el volumen de la canción de Serrat que suena en la radio. Tú la escuchas y sientes cómo en tu pecho recién nacido, crece una flor de fuego podrido, mientras miras la ventana que te devuelve una imagen que por primera ocasión en tu vida te disgusta… Te pregunta el Serrat cobrador que a dónde vas, respondes que a la chingada… y lloras en silencio…

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UnO
La maestra Chela ya no aguanta a Chacho, y no es para menos, pues luego de dos bancas, tres ventanas rotas, y dos narices ensangrentadas por peleas, en menos de una semana, cualquiera querría echarlo de su grupo. Está harta y si ella pudiera propondría al Maestro Chendo que la cambie de salón, o que la corra, pero no puede, ha venido a cubrir una ausencia y necesita el dinero y la chamba, pues sabe que a la larga podría comprar una plaza, nada barata, pero sí con futuras prestaciones y una vida de dobletes o tripletes en escuelas secundarias, públicas o privadas, y si tiene suerte, algún bono, de vez en cuando; por eso, y porque seguramente sí está embarazada de su querido Chito deberá aguantar más tiempo.
Chacho no es mal chico, le ha dicho el director Chendo, que conoce a la familia, con historial delictivo moderado —para ser de la zona— y dos o tres visitas a la cárcel del padre y de la madre, mejor ni hablar; de hecho, Chapata, su madre y Chino, el padre del muchacho, fueron sus alumnos, por eso los conoce; por eso, o porque una vez que llegaba a la escuela, sus ex alumnos lo salvaron de ser asaltado y ejecutado, es que les debe el favor que ahora le hace pagar a la profesora Chela, aguantar al mozalbete, hasta que termine su tercer año de secundaria.
Pero él sabe que Chacho es distinto, es como lo dijera él mismo, un Diente de león en medio del desierto. El chamaco lee con tantas ganas, como si en casa tuviera lo necesario —como su propio hijo, piensa el Maestro Chendo—, una habitación limpia, ventilada, cómoda, con buena luz, para leer, y como si pudiera comer bien para aguantar las largas jornadas de trabajo en la ladrillera del llano y aún le quedaran ganas de estudiar. Y le tiene una fe como no había sentido desde que era apenas un profesorcillo rural, allá en su natal Zacatecas.
Lo siente a Chacho muy parecido a él mismo, cuando tenía su edad, y quiere ayudarlo a salir de ese atolladero, como el percibe su medio ambiente, cultural. Es más, podría Chendo jurar que Chacho irradia una luz por los ojos vivaces, y como si de su cabeza surgiera un aura que lo baña completo, como una sombrilla luminosa que se desparrama y deja rastros a su paso, por los patios, los jardines, los salones, los baños y la explanada. No lo ha meditado demasiado, antes de buscarle una beca para continuar estudiando. De hecho, le dará la sorpresa esta misma tarde, pero tendrá que hacerlo en la biblioteca pues Chela, no aguanta más y envía al escuincle a la biblioteca, como castigo, y para que aprenda a respetar la escuela… sea lo que eso signifique.

dOs
Esa escuela se ha vuelto famosa en los alrededores de ese barrio por ser como las mazmorras de un castillo medieval. Húmeda, estrecha, con estantes que podrían caer en cualquier momento. Hasta hace un par de días se usaba el salón de ensayos de la banda de la escuela, para meter en cintura a los estudiantes liosos, pero es que Chacho, ese Chacho, de plano, si desquicia al más cuerdo, y es que va bien, pero en un descuido se mete en problemas, ya sea por acción u omisión, porque a muchos les cae muy mal, por ejemplo la pandilla liderada por el Chinicuil, lo considera su más acérrimo rival. Allí están para provocarlo el Chinampas, el Chacal, el Cachalote, el Chabelo y el Chispas. Todos de la misma edad, pero más maleados; de hecho ya le han hecho saber que si sigue en la escuela, lo raparán y le pintarán el pelo de rojo; quizás por eso Chacho se defiende y les rompe su madre cada que se meten con él, recordándole que su mamá es putita y que su papá es puto y se le caen los calzones porque masca chicle, o quizás porque ya no quiere regresar al único cuarto que habitan él y su familia, o quizás porque lo trae en la sangre, lo desmadroso pues, lo desmadroso, es que no se puede estar en paz, y estrenará la biblioteca, como nuevo lugar de castigo en la escuela.

tREs
La corretiza estuvo buena, cuentan todos, nadie podía atrapar al Chacho. Al final sólo lo detuvo Juancho, el asesor de los terceros. La pandilla alcanzó a frenar y esconderse para no ser atrapados, advertidos están, de hacer otra de sus tropelías, les amenazó Chendo, los echo de la escuela. Y sólo Chacho fue a dar a la Biblio. Allí cambió todo: para él eso era un delirio. Chela lo encerró el resto del día; fue a dar aviso al director y éste fue a buscarlo. Sonriente lo vio a lo lejos. Seguro Chacho se pondrá muy feliz de que podrá seguir estudiando, pensaba el viejo maestro, que en poco tiempo se iría jubilado, no sin antes cumplir su misión de ayudar a ese chavo, cuyas aptitudes podrían descarrilar su tren hacia la delincuencia, destino sellado para los Chachos del barrio. Qué chingón, se dijo Chacho, todos estos libros para mí solito, y atrancó la puerta por dentro. Desde afuera, Chendo pidió que le abriera, y ante su negativa, tuvo que ir por el conserje, Don Chelelo, quien de plano no pudo hacer nada, hasta muchas horas después.
Entraron los hombres viejos, acompañados por Chela, y le hallaron sentado en medio de un círculo hecho con libros. Chacho en cuclillas, leía embebido mientras repetía incansable: “Soy D’Artañán, el cuarto mosquetero, el amigo de Atos, Portos y Aramis, y defiendo con mi vida a la Reina Roja, aunque me quiera cortar la cabeza. Soy Ana Frank y lucho por no desaparecer entre las balas de los nazis, mientras escribo un diario. Como apenas unas galletas, y me escondo en un closet. Soy Ismael, el que lucha contra la gran ballena blanca, y me hundo son ella en el mar salado, y pero no me ahogo porque Yepeto, y Pinocho me han protegido, durante las 20 mil leguas de viaje en el Nautilus. Soy Viernes, un tipo que arribó a los limbos del Pacífico, y que transformo a un hombre blanco llamado Robinsón Crusó. Soy un hombre libre de ataduras adquiridas en la selva del occidentalismo. Soy Sirius Black, pues nunca seré Harry Potter, no podría. Tengo 14 años, y en un tiempo seguiré siendo este mismo Chacho que ustedes ven y que creen castigar encerrándome en esta gruta, llena de tesoros del universo. Un día seré el mismo Chacho de 14 años, pero encerrado en un hombre de 52, pero tendré tantas puertas y ventanas como la fachada de una casa en Nápoles, por donde saldré y volaré convertido en pterodáctilo, y en mariposa y en catarina y en libélula, y podré zambullirme por peces deliciosos y luego me sentaré en la playa, y sentiré como la arena lijosa, amarilla, pule mis pies, mientras observo durante mil años, día tras día, insaciable, el horizonte, y veo morir el sol, sólo para poder observar el rayo verde que me llevará de regreso a casa…”
Fue un parpadeo, lo que Chendo, Chelelo y Chela, permanecieron mirando a Chacho, así lo contarían después cada uno por su lado y al unísono. Esto fue lo que contaron a Chapata y Chino, cuando fueron a buscar a su niño: Él se fue haciendo chiquito, y se hizo como de papel, se secó despacio; convirtiéndose en palabras que caían al suelo y se metían, en forma de sangre oscura a las páginas de esos libros que el rodeaban en forma de círculo, como si éstos bebieran sus ríos de tinta, sedientos hasta la locura. Lo último que vimos fue a Chacho transformado ya en palabras líquidas, que reptaron por entre nuestros pies y se hundieron en las hojas que como fauces se abrían a él, y sus millones de líneas levitantes… Sus brazos, sus letras, sus piernas, su cabeza, su pelo, todo Chacho era una corriente escamosa de tinta negra que se perdía entre página y página”…

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