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Posts Tagged ‘ciencia ficción’

Tengo muchas ganas de ti, me dijo con un mohín peliculesco, tomando mis manos y dejando entre mis manos una estrella de deseo. Atiné a sonreír como el idiota que siempre he sido, incrédulo de que esa medusa me hubiera elegido a mí. En esa época los prisioneros que purgábamos condena en la luna A-3123 del sistema Rojo, éramos exhibidos como carne fresca para quienes quisieran entablar una relación a mediano plazo. Cuestioné si había sido buena idea matar a la tenedora de naves.

Total, el armatoste que había tomado, sólo me sirvió para dos asaltos en la galaxia. Ella me besó como lo hacen, supongo, las hambrientas de mí. La punta de su lengua se tornó de obsidiana de Rupter, es el material más filoso del universo. Atravesó mi oreja con la suavidad de un asteroide perdido pero tan rápido que apenas sentí un pinchazo. Sus víboras empezaron a pelear por mi líquido vital, una de ellas cercenó a otra, bajo la mirada placentera de su dueña. Se separó y me señaló.

El grabdo azotó el tentáculo y dictó la orden de que sacarme del hueco de pirita, en cuyo interior la mitad de mi cuerpo reposaba. Leyó el documento que me liberaba de la justicia, pero me entregaba a esa Khartia, de bellas facciones. Colmillos incrustados en unas fauces anguladas, dos lenguas en sendas bocazas, tez pétrea, roja y negra; sus cuatro tetas incólumes, dos sexos posteriores y uno frontal, el que más me gusta. Los xeltos sujetaron mis brazos y en el cuello me colocaron un protcal de doble anillo, que me aprieta cada que me muevo rápido. Me sacaron y me obligaron a caminar sobre mis seis patas, algo que no hago desde que salí del mitre de mi trapta.

Mis cavidades observaron como la Khartia pagó lo pactado y me condujo a la bóveda de su nave.

Allí sus trobots me lavaron y una me preparó para oscular a mi nueva dueña. Me llevaron a la habitación. Me advirtieron en klingdor, idioma que hablo perfectamente, que era afortunado porque luego de hibernar, la medusa me había elegido.

Allí empecé a sentir la felicidad de ser el elegido. No tengo nada, nunca lo tuve, ni lo tendré. Soy de esa raza que no junta nada, sólo aquello que vive, palpa, observa con sus 11 sentidos, para luego escribirlo y legarla.

Ella llegó cuando la luna mayor de Soptri envolvía el planeta. Sin quererlo la nostalgia me atrapó, y dejé que me consumiera. Era una diosa. Palpitaba. Su exoesqueleto sudaba. Sus ojos brillaban con el haz del deseo. Me dio de beber un poco de tchella, me liberó del protcal, algo que me desconcertó, pero me dio un poco de tranquilidad.

Allí sucedió la maravilla: drogdadio como andaba por el zumo de tchella, no pude hacer nada: las serpientes que coronaban su testa de soltaron y se me arrojaron; ella me recorrió con sus sexos, embarrándome de mastenil, que me llevó a un paroxismo jamás sentido. Mi poderoso sexo la sujetó por el centro de su cuerpo. Se abrió en la punta y floreó las miles de puntas que lo integran. Ella gritó. El resto sucedió en un segundo, mis pensamientos se diluyeron en el mastenil. Ella lloró mientras sus colmillos y las serpientes empezaban a devorarme, lentamente, sin prisa pero sin pausa. Mis cavidades se concentraron en la segunda luna de Soptri. La historia de mi raza pasó ante mí. Nada. Tenía muchas ganas de ti, dijo gruñendo de placer, mientras una de mis extremidades caía a mi lado, rodando hacia las víboras que ya se mataban entre sí por engullirla… así pasó…

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Arribo a un planeta desierto. Atravieso sus mares de líquido viscoso. Soy el último gigante de mi especie. Luego de cientos de generaciones he llegado a este lugar para terminar una misión. Alcanzo el único sitio en donde hay tierra firme. Es una isla de una belleza inenarrable. Oro y lloro en nombre de todos mis predecesores. Mi raza podrá extinguirse tranquila de saber que cumplí mi cometido.

En el centro, de un ojo de agua cristalina, fluye un río hacia el cosmos. Del corazón de ese cuerpo líquido nace una flor que tomo entre mis manos, y allí justo en medio de una de las miles de semillas que conforman su corola estás tú.

Una criatura de exoesqueleto luminoso, frágil, como la espina dorsal de un esterión, rara avis de un mundo extinto y cuya referencia solo yo conservo. Te he encontrado al fin. Suspiro temeroso de romperte antes de extraerte.

Entre mis dedos tu maravilla refulge con la fuerza de un millón de estrellas. De alas poderosas, larga cola espinosa, rasgos dragonescos, cuerpo transparente y escamas iridiscentes.

Despiertas. Solo una mirada de tus mil ojillos que cubren tu torso basta para comprobar que esa leyenda que me transmitieron genéticamente mis antepasados es cierta: “Quien mire a los mil ojos de una gorgonium sideral quedará para siempre infectado de una enfermedad que muta y alarga la vida”.

Se abre y expande ante mi el ojo de agua de tonos dorados.

Después de haberme fragmentado en millones de partículas tu primer aleteo las empuja al torrente. Sin embargo antes de que sea devorado por su poderoso flujo, sucede el milagro, al integrarme a tu superficie.

Desde ese momento y hasta el fin de los tiempos ambos recorremos al universo ignoto convertidos en uno mismo… así pasó…

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…Así te digo querido trrhoxijo: Había una galaxia en lo más profundo de un grano de trupsjga. Allí en el centro —el cual estaba rodeado de miles de protones y neutrones y neutrinos y diminutos universos que ya nadie puede más que intuir— habitaba en un punto apenas perceptible para la tecnología más avanzada, un Ser fémino al que solo le bastó una gota del sudor de otro ser escamoso para renacer y florecer como hacen los seres que sobreviven de fotosíntesis cuyo nombre no recuerdo, como sí recuerdo que habitaron un planeta ya muerto ahora en un sistema solar en la vía láctea, con solo un sol.

Ese ser pulsaba su vida en repeticiones lumínicas que provocaban un sonido rítmico. Era bello verle hacer eso. Al tocarlo el líquido segregado por el Mutante aquel, La-Eso abrió sus crétalos como hacen las ratsikaz cuando van a devorar planetas cercanos. Su luz cambió y no conforme con ese fragmento acuoso del Mutante, lo succionó a él, poseyéndolo en su totalidad, queriéndolo engullir. Mas sucedió el milagro y éste se osmotixó de tal suerte que se convirtieron en un mismo wrantio.

Allí se dio forma a una nueva especie, la de los que viajan por el universo en forma de luz rítmica, de aquí para allá, entrando en los cerebros de los trrhoxijos que no se quieren inanimar para recuperar energía. Vaya si lo recuerdo bien mi amado trrhoxijo. No, no es una fantasía de esas que me contaban cuando era pequeño para hacer lo que ahora te pido que hagas tú. Dormir le llamaban aquellos seres del tercer planeta en ese sistema de un solo sol. Inmundos seres olvidados, desechados por sus creadores para exterminarse y exterminarlo todo a su paso… pero ya te contaré luego esa leyenda.

¿Que qué fue del ser? Nadie lo sabe trrhoxijo mío, nadie, ni siquiera nosotros Los Primeros. Deben andar por allí vagando en tu cerebro o el mío y en el de otros seres en este y otros cosmos, hasta el final de los tiempos. O quizás ya estén reiniciando su ciclo vital.

¿Sabes una cosa? yo creo que ese fue su destino pues no ha habido otros como ellos, ni habrá. No tuvieron trrhoxijos como tú, o como yo. Se alimentaban de ellos mismos, de sus haces, de su propia energía, insaciables, unidos para siempre en el mismo. Solo ellos y esa cosa que en las escrituras antiguas llaman TahmoRr…

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Me encuentro en medio de la nada. Mi cara en primer plano, cerrados los ojos, el pelo revuelto, la barba llena de nieve. Tirito y castañeo. Inmóvil. Todo es blanco. Hoy nada es gris, ni negro ni ocre. Así veo la Nada. Desnudo. En formación de evolución: desde cigoto hasta viejo enclenque. De carnes y huesos miserables. Decrépito. Un segundo. Otro, otro y mil más. Todos se acumulan a velocidad de aleteos. Una espiral descendente que me alarga, nos alarga a mí y a mis otros yo, y nos destiñe y nos hace una línea del grosor de un cabello, y a éste lo fragmenta. Cientos de veces la misma escena, que termina en mis ojos abiertos, pero a cerrarlos regreso al mismo trajín. Plano abierto, plano cerrado, cenital. Plano secuencia de mis pesadillas. Silencio absoluto. Nada escucho…

 

El viento sopla llevando consigo las dagas de toda la humanidad. Me atraviesan, Me rasgan. Los copos forman una película imperceptible, de hielo fino, cristalino. Se aleja en un santiamén la imagen y solo soy un punto en ese universo monocromático. Nada suena. Y me empiezo a preguntar ¿por qué?

Veo a lo lejos un punto ¿rojo?, ¿naranja? Hacia allá debo ir, allí debe ser otoño. Y resuelto me digo: Debe ser el otoño de mi vida. Avanzo en línea evolutiva. Todos esos que fui, éste que sueña y quienes seré. Uno detrás de otro. Cortando como podemos esas ráfagas inclementes. Tardo mucho en llegar pero lo consigo. Nadie tiene piel, apenas unos jirones se aferran a los huesos. El punto es de tonos cálidos. El aire amaina un poco, pero solo para arremeter con mayor fuerza. A punto de llegar a mí destino una partícula blanca me entra en el ojo y cierro por instinto los ojos… los abro y he vuelto al inicio de todo…

Ahora puedo mover mis ojos en diferentes direcciones. Tengo exoesqueleto, debajo un pelambre entrelazado con plumas. Inicio de nuevo el trayecto. Regreso. Cada vez con más elementos para tardar menos en volver a por ese punto. Después de varios intentos descubro que es una puerta, pero no como la describen los humanos. Este parece estar creado a partir de mis propias pesadillas. Algo en mí me dice que la fecha tiene relación con todo esto: Claro, ¡Es 14 de noviembre! Su cumpleaños.

 

 

Un sudor tan frío como el hielo derretido me cubre. Al fin he alcanzado a comprender que estoy en una producción onírica. Que únicamente mi cerebro es el que se ha salvado. Que eso que soy ahora es mantenido vivo en un líquido parecido al amniótico, y que cada tanto es bombardeado por energía, y sus resultados registrados en un aparato. No tengo ojos, ni exoesqueleto, ni plumas, ni piel, ni órganos, ni cuerpo, ¡ni ni madres! Que el golpeteo continuo de esa luz magenta ha producido en mi/yo materia gris una “reanimación de segmento muerto”.

 

 

Los seres que me estudian han pronunciado algo que mi ser tradujo como una fecha, 14 de noviembre. Esa parte inanimada en mí ha revelado un nuevo ángulo en los estudios que esta raza hace de mí y mis congéneres. Regreso al sueño, pero con la salvedad de que la poderosa ventisca ya tiene sonido. Es un silbido que lacera, que me angustia. Ato cabos y recuerdo una escena que nunca pudo ser borrada: Es mi madre en la otra habitación, con los pulmones hechos trizas y llenos de agua por la insuficiencia renal. Es el silbido de su tracto respiratorio lo que escucho y registro para siempre. Es el dolor de saberla muriendo poco a poco, silbido a silbido…

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