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Posts Tagged ‘cuento’

Un pestañeo.

Amanezco en tus ojos.

El horizonte detrás de tu iris me regresa una imagen que no podré olvidar mientras mi cerebro funcione:

mi rostro deforme, sus escamas intactas, abrillantadas.    Mis cuernos y colmillos en su sitio.

Sonrío de verte.

En la corva de tu córnea me reflejo tan minúsculo como un liliputiense feliz e imagino que tú te observas igual.

Juego de espejos infinito.

Tú miles de veces, yo miles de veces más.       Somos tantos monstruos que podríamos sobrepoblar un mundo saturnino.

Compartimos una vuelta al sol más.

Te despiertas.

Abres tus bellas fauces tanto como puedes. Eres la envidia de leones y tiburones.

 

En mis brazos, rematados por sendas garras, eres tan frágil como un diente de león azotado por el vaho de un dragón.

Te ofrezco mi pecho y muerdes. La dentellada me abre en canal. No, te pido que me dejes disfrutar más, deja para el final mi cabeza…

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Le llaman La Canela. De su nombre ya nadie se acuerda, ni ella, creo. Su piel y andar son los de un Dragón de Komodo. Soy puta… bueno fui, pero ya no. Bueno, soy pero ya no ejerzo, ya estoy grande, me dice haciendo una mueca que pretende ser sonrisa y le dobla la cara en dos.

La mujer se pierde detrás del humo de su quinto cigarro en media hora. Fuma faros y conoce de frases, dichos y refranes, propios y extraños. Sonríe a la menor provocación, pues gusta de la vida que le ha tocado forjar. Hemos coincidido en un puesto de tacos callejero cerca del barrio de la Merced. Yo he venido en busca de historias. Y he conseguido hacerme de una.

Si se la estira su piel es tersa. Orgullosa de su lozanía pasada, habla con el ánimo de los viejos. Ama los boleros de otras épocas y dice haber sido la más cotizada de la calle de la Soledad. Asediada por extranjeros incluso, en tiempos en que la prostitución era negocio común en Ciudad Puta. Come con la parsimonia de un rumiante.

Camina siempre detrás de un carrito de supermercado pues sus piernas son de trapo, eso, de muñeca de trapo, y así la miro, con remiendos por aquí, y allá. Con descosidas que dejan asomarse puntitas de borra y tiras de tela de relleno, pero es su alma en realidad.

Sin detenerse a pensar las respuestas suelta palabras salidas de sus entrañas. Saltarina la voz, confundida su mente, mientras platicamos me critico que ella me recuerde el arquetipo de las películas de Ismael Rodríguez.

Sin embargo al final me doy cuenta de que ella se cuece aparte pues al hablar percibo que su fraseo se torna de colores o adquieren diferentes texturas. Cuando habla de sus hijos los enunciados tienen una delicada capa de terciopelo. Si lo hace de su oficio es la superficie de un cocodrilo, lo que las cubre. Y si es de su actual vivir, pareciera que el envoltorio que las contiene tiene algo de pastoso.

Sí conocí a muchos hombres, pero con ninguno me relacioné, bueno con uno, pero eso es otra historia. Los hombres son tan cabrones que pueden madrearte porque te confunden con su madre que odian o su mujer o su jefa. O pueden quererte porque tu coño les recuerdas el lugar desde donde salieron. Otros son tan insípidos como comerse una paleta con envoltura.

Tuve cuatro hijos, y del mismo papá todos. Porque mi amor fue de un solo cabrón. Pero me dejó por otra mujer más joven y bonitilla. Sí, él sabía a qué me dedicaba, aquí lo conocí. Me lo cogí como a un jovencito, pese a que él ya era grande para mí, y eso lo enamoró. Era de cara bonita, grandote pero no era del norte, sino de la costa. Tenía el pelo de noche, y un corazón tan grande que me ayudó mucho con mi mamá. Nunca le reproché que se fuera. Para qué, si yo mejor que nadie sé que los hombres son como los vencejos, vuelan lejos y regresan, y si no lo hacen es porque les acomodó mejor otro nido.

De mis chiquillos no hablo porque ya son grandes y se avergüenzan de mí, de cómo los mantuve, mientras pude. Ahora ya no están conmigo. Pero es mejor, para qué quiero a nadie que no me quiere en su vida. Ellos son felices en donde están, y si los vieras a todos les di carrera. Uno es médico, otro licenciado, otro ingeniero y el último me salió maestro pero no de los acarreados. Él es dirigente de su sindicato. Todos son respetados, por eso me dicen que no pueden verme, porque no tienen tiempo, pero entiendo que no pueden presumirme con nadie…

Varios tacos después ella concluye la charla sin más pues me dice que ya la aburrí. Me manda a chingaramimadre, lo cual agradezco debido a que hoy es 10 de mayo. Respondo con una sonrisa que despierta la suya.

La veo alejarse acicalándose el encrespado cabello. Se va gritando: A mí me gusta bailar, bueno me gustaba. Daniel Santos cantaba rebonito, ¿lo conoces? N’ooombre, qué lo vas a conocer, si se ve que no has vivido chamaco.

…Hoy ya no me besas como me besabas, se extinguió la flama que encendió tu ser. No me digas nada, quédate callada, si ya no me quieres, qué le voy a hacer… la oigo cantar, esquivando los puestos, los clientes y las putas jóvenes que la van saludando con un movimiento de cabeza mientras ella parece desaparecer de la vida…

 

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Arribo a un planeta desierto. Atravieso sus mares de líquido viscoso. Soy el último gigante de mi especie. Luego de cientos de generaciones he llegado a este lugar para terminar una misión. Alcanzo el único sitio en donde hay tierra firme. Es una isla de una belleza inenarrable. Oro y lloro en nombre de todos mis predecesores. Mi raza podrá extinguirse tranquila de saber que cumplí mi cometido.

En el centro, de un ojo de agua cristalina, fluye un río hacia el cosmos. Del corazón de ese cuerpo líquido nace una flor que tomo entre mis manos, y allí justo en medio de una de las miles de semillas que conforman su corola estás tú.

Una criatura de exoesqueleto luminoso, frágil, como la espina dorsal de un esterión, rara avis de un mundo extinto y cuya referencia solo yo conservo. Te he encontrado al fin. Suspiro temeroso de romperte antes de extraerte.

Entre mis dedos tu maravilla refulge con la fuerza de un millón de estrellas. De alas poderosas, larga cola espinosa, rasgos dragonescos, cuerpo transparente y escamas iridiscentes.

Despiertas. Solo una mirada de tus mil ojillos que cubren tu torso basta para comprobar que esa leyenda que me transmitieron genéticamente mis antepasados es cierta: “Quien mire a los mil ojos de una gorgonium sideral quedará para siempre infectado de una enfermedad que muta y alarga la vida”.

Se abre y expande ante mi el ojo de agua de tonos dorados.

Después de haberme fragmentado en millones de partículas tu primer aleteo las empuja al torrente. Sin embargo antes de que sea devorado por su poderoso flujo, sucede el milagro, al integrarme a tu superficie.

Desde ese momento y hasta el fin de los tiempos ambos recorremos al universo ignoto convertidos en uno mismo… así pasó…

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…Así te digo querido trrhoxijo: Había una galaxia en lo más profundo de un grano de trupsjga. Allí en el centro —el cual estaba rodeado de miles de protones y neutrones y neutrinos y diminutos universos que ya nadie puede más que intuir— habitaba en un punto apenas perceptible para la tecnología más avanzada, un Ser fémino al que solo le bastó una gota del sudor de otro ser escamoso para renacer y florecer como hacen los seres que sobreviven de fotosíntesis cuyo nombre no recuerdo, como sí recuerdo que habitaron un planeta ya muerto ahora en un sistema solar en la vía láctea, con solo un sol.

Ese ser pulsaba su vida en repeticiones lumínicas que provocaban un sonido rítmico. Era bello verle hacer eso. Al tocarlo el líquido segregado por el Mutante aquel, La-Eso abrió sus crétalos como hacen las ratsikaz cuando van a devorar planetas cercanos. Su luz cambió y no conforme con ese fragmento acuoso del Mutante, lo succionó a él, poseyéndolo en su totalidad, queriéndolo engullir. Mas sucedió el milagro y éste se osmotixó de tal suerte que se convirtieron en un mismo wrantio.

Allí se dio forma a una nueva especie, la de los que viajan por el universo en forma de luz rítmica, de aquí para allá, entrando en los cerebros de los trrhoxijos que no se quieren inanimar para recuperar energía. Vaya si lo recuerdo bien mi amado trrhoxijo. No, no es una fantasía de esas que me contaban cuando era pequeño para hacer lo que ahora te pido que hagas tú. Dormir le llamaban aquellos seres del tercer planeta en ese sistema de un solo sol. Inmundos seres olvidados, desechados por sus creadores para exterminarse y exterminarlo todo a su paso… pero ya te contaré luego esa leyenda.

¿Que qué fue del ser? Nadie lo sabe trrhoxijo mío, nadie, ni siquiera nosotros Los Primeros. Deben andar por allí vagando en tu cerebro o el mío y en el de otros seres en este y otros cosmos, hasta el final de los tiempos. O quizás ya estén reiniciando su ciclo vital.

¿Sabes una cosa? yo creo que ese fue su destino pues no ha habido otros como ellos, ni habrá. No tuvieron trrhoxijos como tú, o como yo. Se alimentaban de ellos mismos, de sus haces, de su propia energía, insaciables, unidos para siempre en el mismo. Solo ellos y esa cosa que en las escrituras antiguas llaman TahmoRr…

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Me encuentro en medio de la nada. Mi cara en primer plano, cerrados los ojos, el pelo revuelto, la barba llena de nieve. Tirito y castañeo. Inmóvil. Todo es blanco. Hoy nada es gris, ni negro ni ocre. Así veo la Nada. Desnudo. En formación de evolución: desde cigoto hasta viejo enclenque. De carnes y huesos miserables. Decrépito. Un segundo. Otro, otro y mil más. Todos se acumulan a velocidad de aleteos. Una espiral descendente que me alarga, nos alarga a mí y a mis otros yo, y nos destiñe y nos hace una línea del grosor de un cabello, y a éste lo fragmenta. Cientos de veces la misma escena, que termina en mis ojos abiertos, pero a cerrarlos regreso al mismo trajín. Plano abierto, plano cerrado, cenital. Plano secuencia de mis pesadillas. Silencio absoluto. Nada escucho…

 

El viento sopla llevando consigo las dagas de toda la humanidad. Me atraviesan, Me rasgan. Los copos forman una película imperceptible, de hielo fino, cristalino. Se aleja en un santiamén la imagen y solo soy un punto en ese universo monocromático. Nada suena. Y me empiezo a preguntar ¿por qué?

Veo a lo lejos un punto ¿rojo?, ¿naranja? Hacia allá debo ir, allí debe ser otoño. Y resuelto me digo: Debe ser el otoño de mi vida. Avanzo en línea evolutiva. Todos esos que fui, éste que sueña y quienes seré. Uno detrás de otro. Cortando como podemos esas ráfagas inclementes. Tardo mucho en llegar pero lo consigo. Nadie tiene piel, apenas unos jirones se aferran a los huesos. El punto es de tonos cálidos. El aire amaina un poco, pero solo para arremeter con mayor fuerza. A punto de llegar a mí destino una partícula blanca me entra en el ojo y cierro por instinto los ojos… los abro y he vuelto al inicio de todo…

Ahora puedo mover mis ojos en diferentes direcciones. Tengo exoesqueleto, debajo un pelambre entrelazado con plumas. Inicio de nuevo el trayecto. Regreso. Cada vez con más elementos para tardar menos en volver a por ese punto. Después de varios intentos descubro que es una puerta, pero no como la describen los humanos. Este parece estar creado a partir de mis propias pesadillas. Algo en mí me dice que la fecha tiene relación con todo esto: Claro, ¡Es 14 de noviembre! Su cumpleaños.

 

 

Un sudor tan frío como el hielo derretido me cubre. Al fin he alcanzado a comprender que estoy en una producción onírica. Que únicamente mi cerebro es el que se ha salvado. Que eso que soy ahora es mantenido vivo en un líquido parecido al amniótico, y que cada tanto es bombardeado por energía, y sus resultados registrados en un aparato. No tengo ojos, ni exoesqueleto, ni plumas, ni piel, ni órganos, ni cuerpo, ¡ni ni madres! Que el golpeteo continuo de esa luz magenta ha producido en mi/yo materia gris una “reanimación de segmento muerto”.

 

 

Los seres que me estudian han pronunciado algo que mi ser tradujo como una fecha, 14 de noviembre. Esa parte inanimada en mí ha revelado un nuevo ángulo en los estudios que esta raza hace de mí y mis congéneres. Regreso al sueño, pero con la salvedad de que la poderosa ventisca ya tiene sonido. Es un silbido que lacera, que me angustia. Ato cabos y recuerdo una escena que nunca pudo ser borrada: Es mi madre en la otra habitación, con los pulmones hechos trizas y llenos de agua por la insuficiencia renal. Es el silbido de su tracto respiratorio lo que escucho y registro para siempre. Es el dolor de saberla muriendo poco a poco, silbido a silbido…

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I

Muero como todo el mundo, poco a poco, día a día. Cada momento de vida es un avance más hacia la muerte. No temo, para qué, nada importa. Morir y vivir son extremos que se tocan, y yo los anudo gustoso. Mi madre decía que cuando morimos se nos permite ver nuestro cuerpo y despedirnos de él. Yo creo que así es, pues cuando ella falleció me pareció verla sentada junto a mi tía Martita, quien luego de unos años se le unió. Mi abuela me decía cuando yo era apenas un crío que sus antepasados indígenas creían que al morir regresamos por nuestros pasos. Así o creo también pues cuando ella pasó a mejor vida, una vez la soñé deambulando por toda la casa y afuera la vi inclinarse a tomar huellas dejadas por su cuerpo. Parsimoniosa como era ella, me veía y se despedía con un movimiento de mano —la que le quedaba libre de pasos—, antes de emprender el regreso a su pasado.

A nadie he olvidado, pues sé que al fallecer  si uno es olvidado muere dos veces. A mí no me gusta matar gente, y menos a los míos, y menos si ya están muertos…

II

Enfermé una mañana en el trabajo. Los médicos diagnosticaron Síndrome de muerte lenta: Psoriasis, dolores de cabeza, pérdida de la visión, agotamiento, pérdida del aliento, desgano crónico, pérdida de la confianza. Lloriqueos nocturnos, toda una calamidad. Al final todo me producía un estado de ansiedad y negligencia de vida que me orilló a tomar la decisión de quitarme la vida, de un golpe, o mejor dicho de un salto al vacío.

Desde entonces vengo precisamente este día a comer y a beber cada año. Y me reúno con mis otros yo que fui, y converso con ellos y velamos a gusto, alrededor de las veladoras, deshojando flores de cempazúchitl; repasando quiénes fuimos, qué hacíamos, cómo reíamos, cómo sufríamos, gozábamos, y cómo logramos llegar completos desde que nacimos hasta nuestra hora.

Han pasado muchos años, creo, y aún no logro descifrar si algo me sucedió pues a pesar de que cada vuelta al sol regreso a este mismo sitio, aún no he podido ver a nadie de mis familiares muertos. Quizás solo a mí me ha sido vedado hacerlo, y ellos sí se encuentran en estas fechas. Quizás ellos me están buscando, o quizás no pues ni saben que ya estoy muerto; o peor, que ellos mismos no saben que lo están. Lo más extraño es que tampoco he podido hallar a quienes ponen esta ofrenda tan linda, con colores y sabores que me resucitan, ni la calaverita de azúcar con mi nombre.

Y siempre me digo a mí mismo: No desesperes Galicia, quizás el año que viene puedas ver a alguien. Y es que aunque me caigo muy bien y me encanta venir a disfrutar de lo que me preparan, pienso que sería excelente escuchar a otros, abrazarlos como antaño, besarlos, estrecharlos.

Sobre qué me sucedió no recuerdo mucho, apenas que perdí la cabeza tras la última consulta con los doctores, y me arrojé desde lo alto de mi ego, y mi cuerpo no soportó la caída. No tengo claros los detalles pero he tenido la suerte de “revivir” lo que hizo mi abuela, y por ello tuve tiempo suficiente para reflexionar sobre todo recogiendo mis andares, y tratar de entender por qué lo hice…

Muero como todo el mundo, poco a poco, día a día, pero muero quizás un poco más que el resto, porque el olvido me abraza cada vez más, y me diluye con la rapidez con que la humedad desgasta mi antigua imagen en una fotografía en blanco y negro que yace arrumbada en un álbum viejo…

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Ayotzinapa

Antes de escuchar el silencio —provocado por el fogonazo que producen el olor a pólvora y piel chamuscada y sangre de su nuca—, Juan Ayotzinapa mira al cielo con sus ojos recién arrancados, aún bamboleantes de las manos que los arrancaron. Observa como fotogramas que corren lentamente frente a él sus cuencas vacías, sus huesos faciales, sus dientes, esos rojos y blancos que lastiman. Mira su faz huérfana de piel mientras piensa ese no soy yo. El sonido sordo de la muerte hiere la negrura de esta noche de septiembre en un lugar de México perdido a su suerte, sin pies ni cabeza institucional en todos los niveles. El tiempo se detiene. Antes de percibir cómo su cuerpo corta el aire al caer sobre otros fardos en esa fosa infame, Juan “El Normalista”, como le llaman en su escuela rural, imagina por última vez. Eso es lo que lo salva del dolor. Y logra asirse al último de sus pensamientos, y lo transforma en una cometa que surca los cielos negros. Su liviandad le permite colgarse de la serpiente que de ese pedazo de papel volante pende. Así emprende el vuelo. Ya no sabrá más, viaja hacia el recuerdo de su hija, de su esposa. Ya no sabrá más, ni sentirá como las llamas de la memoria muerden su piel y la de sus otros compañeros caídos, todos jóvenes del color de la tierra…

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