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Posts Tagged ‘cuento’

Languidece la tarde. Entre las calles empedradas el sol recoge sus olanes. Opaco, frío, el haz que deja tras de sí invita a tomar café. Niña camina al lado de Pepe. Erguido, de mirada lejana camina por esas calles antiguas que vieron pasar miles de vidas desde tiempos coloniales.

—Mijita, empieza a hacer frío, ¿se te antoja una taza de chocolate?

La pequeña asiente y entran a una cafetería de techos altos y calor de fogón.

Se sientan juntos y él empieza a hablar. Ella atiende cada frase sin perderlo de vista, y entre las nubes que teje para ella con los hilos de sus historias, sus ojos de lago brillan, se estremecen, dudan, sonríen, siempre sonríe.

Las imágenes se replican en su mente vivaz, y dan paso a cuentos extraordinarios, leyendas y relatos de tiempos que a ella le parecen salidas de un libro fantástico.

Pepe González ha sido muy reconocido porque sabe muchas historias heredadas, vividas e imaginadas, por eso es famoso y querido. Es un buen hombre, suelen decir de él.

Terminan y salen del lugar, más felices. Él, porque entiende que una vez más ha cumplido su cometido, amar a su pequeña y consentirla. Ella porque intuye que esa imagen, como muchas otras, la acompañará para siempre y, no lo sabe aún pero un día, cuando esté muriendo, él vendrá a por ella, la abrazará de nuevo con sus brazos de roble y la llevarán consigo.

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Desde niño amé la lluvia. En la Calle 17 de la colonia Las Águilas, Ciudad Netzahualcóyotl, no había drenaje. Uno debía hacerse de un camino de rocas para no mojarse los pies y llegar a la otra orilla de los miles de lodazales. Se producían extensos espejos que reflejaban el sol y generaban vida. Debajo de la nata de algas verdosas que flotaban eternas se escondían animales fantásticos mitad de tierra, mitad de agua. Renacuajos les decían unos pero yo les llamaba Anfipecios.

A veces las torrenciales tardes nos daban treguas y podíamos salir a pescar anfipecios. La vida transcurría con la velocidad de la impaciencia del enamorado pero un día todo cambió: Betín, Chato, Nar, Ever, Higinio y yo apostamos 50 canicas a ver quién capturaba más batracillos. Yo me concentraba en un punto y allí escarbaba hasta hallarlos.

El ojo del cielo empezó a evaporar el agua con suma rapidez. Detuvimos la faena. El aire se tornó vidrioso. Columnas de vapor se elevaban por doquier. Ever huyó. Betín y Chato siguieron, igual que Nar. Solo Higinio y yo intercambiamos miradas. Él avanzó hacia mí, ladeando su bote y asiéndolo con el pulgar mientras arrastraba su única pierna buena que apoyaba en su muleta. Y diluviaba tanto que en medio de esa laguna se formó un agujero que en segundos creó un remolino.

Betín y Chato lograron sacar entre los dos un sapo del tamaño de una pelota. Pero se asustaron y el animal se les escapó. Nar se fue tras de ellos. Nosotros aún podíamos ganar. Seguimos.



Seguía lloviendo. La mamá de Higinio sólo salía por las noches. Mi madre había ido al mercado, nadie podía decirnos nada. El remolino crecía y crecía. Pensamos que se detendría pero no sucedió. Al contrario se transformó en un hocico de tierra y empezó a rugir.

Higinio y yo empezamos a arrojar piedras para llegar a él, atraídos por esa bocaza por donde se escapaban los espejos líquidos con nuestras presas. Higinio era osado como ninguno, amaba el peligro casi tanto como yo amaba ver llover. Cada quien por su lado arribamos a la circunferencia. Al asomarnos vimos la maravilla:

Estábamos encima de un domo. Debajo una civilización de anfipecios. Todos nos miraban con horror, todos señalaban hacia nosotros, es decir, hacia su «cielo». Todo pasó en un segundo: Higinio les gritaba, pero yo no podía escucharlo; el agua empezaba a despeñarse y caía en cataratas hacia ese extraño lugar debajo de nosotros. De una montaña de ese sitio salió un rayo de luz que alcanzó a Higinio quien antes de convertirse en un anfipecio me miró con ojos tristes y fue tragado.

No recuerdo más. La negrura me succionó. Nadie supo nada de él desde entonces. Sólo la «loca de la 17» sabía qué le había pasado a nuestro amigo. Cada noche Doña Loca se acercaba a mitad de la calle y escarbaba incansable, no sé si con la esperanza de hallar a su hijo o de alcanzarlo…
cuento publicado en:
https://clubdeescritura.com/convocatoria/i-concurso-historias-de-la-calle/leer/58562/anfipecios/#comments-anchor

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Escuchaba una canción que dice: “Yo tengo tantos hermanos, que no los puedo contar”. Feliz, tecleaba, como siempre, y la imagen de mi querido Javito apareció ante mí:

Encarnado en Bombus —himenóptero, creo— con sus ojos de panda y su patas de gallo a punto de volar, su sonrisa de villano bueno, de cuento feliz, su pelo corto, su humor ácido, agridulce, y su mirada de niño curioso, de ojos cavernosos, y alma venturosa, vestido de abejorro.

He de confesar que me dio un poco de risa porque pese a ser menor que yo, nocierto/sicierto, parece un chamaco imberbe y eso le da un aspecto aniñado.

Sueter a rayas café y amarillo, calcetines y, sospecho, calzones a tono, porque han de saber que ese muchacho no sale nunca des-combinado, ¡imposible! Su linaje abejorro se lo impide.

Bueno, decía que se me presentó en una imagen fugaz, pero lo suficientemente pausada, para recordarla por siempre, y me miraba con su gesto de oso recién salido de la hibernación; grande, extendiendo sus brazos peludos para abrazar al mundo, y recorrerlo con sus patas peludas, llamándome como siempre: ¡Miguelito!… a mí, un perro negro, y callejero, como dice otra canción, su antítesis en muchos sentidos, pero similares por eso mismo, pues nuestros extremos se juntan en un punto de inflexión.

Vale pues mi querido Javito, Abejorro ojos de panda, ve agradecido con tu Dios y amparado por él, del que, no tengo duda, eres su consentido, ve y cómete el mundo a dentelladas; o mejor, ve y riégalo con las escamas de tus alas iridiscentes…

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Meo. El baño es tan amplio como limpio.

Es un centro comercial o edificio de oficinas o un consulado, da igual.

Junto a mi pie izquierdo piso un agujero; es una coladera sin tapa, de donde imagino, podría salir una rata que, si tuviera suerte, podría degollar de un puntapié. Se siente bien la distensión de la vejiga.

Levanto mi cuello de oso, hago un movimiento de mis omóplatos, regodeándome en el placer.

Sacudo mientras la luz tiembla. Me acomodo y cuando estoy a punto de mover mi cuerpo de oso una cosa llena de pelo sale, delgada, por el agujero del suelo, y de un movimiento certero me arrebata la pierna hechiza, y caigo cuan oso soy.

Al chillido que, me digo convincente, es una risilla, precede la desaparición de mi extremidad de metal y plástico. tirado en el suelo miles de roedores me cubren en un segundo… pero nada ha sucedido.

Ha sido solo mi miedo. Me levanto como puedo y meto la mano en el agujero por donde eso se llevó mi pata…

y aquí sigo, horas después tratando de sacarla…

No sé cómo le explicaré a mi mujer que no podré llegar a cenar…

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I

Había momentos en su vida que Chica Buenavibra extrañaba sentir en la piel el cosquilleo, la incertidumbre de quien ansía algo que nunca se cumple, de la desazón de un mundo incendiado a su alrededor.

Ella, de mirada de lago; de piel y líneas de dunas; de temperamento de sol naciente y marea espumosa; de sonrisa de luna; repartidora de sosiego; vivía los albores de sus tres décadas de vida, ya había trascendido mucho de sí misma pero buscaba más, más dentro suyo, seguía buscando tesoros, para pocos reservados, que solo aparecen tras el portal de la meditación, quería verse obnubilada, de vez en cuando, por un poco de ese fuego que se acerca pero no quema, si acaso calienta; es más, decía, lo necesitaba, como el adicto desintoxicado, extraña ese trémulo espasmo que siente antes de introducir a su cuerpo su substancia.

Cuando se encontraba así, sus movimientos circulares tallaba, para sí, la circunferencia de sus cuencos, y cerraba los ojos dejándose llevar por el inquietante sonido de la vibración, y se permitía recibir cada tono en toda su piel. Y así se calmaba, hasta la siguiente ocasión.

II

Tocaba para otros, con el amor acumulado en su conciencia, y su mente , de alas de humo, viajaba hacia momentos de sus etapas anteriores. En alguna parte de su cerebro Chica Buenavibra se desdoblaba y lograba verse como una espectadora, hechos, situaciones que le daban alegría.

En una presenció aquella en la que muchas lunas atrás se veía siendo una muchachita de pelo de obsidiana, entrando en una casa de alguien, y encontraba una especie de frutero en casa de alguien, que habían rellenado de naranjas o pan, y que ella, posteriormente empezó a llenar de sueños y felicidades de quienes escuchaban atentos sus vibraciones, para relajarse y hallar nuevos caminos de existencia.

Al finalizar las sesiones, sus transformados acompañantes de viaje le decían al unísono: “Gracias Anairam”, y ella los recibía gozosa, tomando las voces y anidándolas en su pecho, respondiendo con con sonrisas de luna llena.

III

Yo la conocí entrado en la medianía de mi vida. Reconocí que ella era una joven sabia, que había aprendido tanto de meditación y serenidad que algunas veces solo bastaba con tenerla cerca para tener la certeza de que el mundo podía explotar en un segundo, pero que uno se fragmentaría sin dolor y se uniría al universo con el gozo del suicida que saborea su muerte.

Y aún así, a sabiendas de lo que provocaba en los otros, y en sí misma, de ser paz y control de emociones, de estallar coloreando su cara en tonos cálidos, ella sentía de vez en cuando una suerte de nostalgia que no la dejaba de querer sentir desasosiego, por lo que a escondidas subía al ático de su hogar, acomodaba su planetario móvil y bebía su café, de altura, caliente, de aromas y sabor fuertes, a pequeños besos y sorbos, solo para volver a revivir en sus manos y en su corazón, de manera inducida, ese temblor que la hacía devolver su mirada hacia quién había sido.

Ella se decía, mirando el cielo, que entraba por la amplia ventana, que no, que eso que hacía no era un vicio, o una adicción; sino el recordatorio feliz, necesario, de quien necesita la referencia para no perder el piso.

No podemos disfrutar de lo que ahora somos, si no tenemos consciencia de dónde venimos, de esos que fuimos, en el largo trayecto a este punto del aquí y ahora, musitaba, cerrando los ojos, mientras la luz la bañaba e iluminaba sus rasgos suaves.

Varias veces se quedó dormida, quieta, soñando que ella, en un mundo paralelo, repartía no música de cuencos de maravillosas notas eternas; sino ansiedad, palpitaciones locuaces, ansiedad a la carta, para otros que, como ella querían, requerían, necesitaban tener entre sus venas la incertidumbre.

Y así esa otra Chica Malavibra, también sonreía, sin saber que era vista por su antípoda, y Chica Buenavibra sonreía como una chiquilla porque en esa otra realidad, paralela, también sus escuchas le agradecían, pero al revés el momento y su nombre: Gracias Mariana.

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Ilustración inspirada por este texto, y obsequiada, generosamente, a un servidor, por el artista plástico, ilustrador, grabador y dibujante mexicano Héctor Garza, Eko.

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Dentro de un envoltorio pulposo —lo sé porque desde dentro se siente como una vaina suave, cálida, semitransparente— palpito con un ritmo primario, intuyo las sombras. Siento en mi ser, de forma cilíndrica, algo que recorre mi dermis.

Sin extremidades, sin rostro, si acaso unas alas que siento poderosas, estridulan, emitiendo un sonido que atraviesa el denso exterior. Un ser alado, se acerca graznando, atraído por el aroma y el ruido que evito al hincharme, abre mi crisálida con delicadeza, me extrae tomándome de una de mis puntas.

En un movimiento preciso me eleva y, suspendido en el aire, me hace un agujero por donde escurro en su interior. Su pico, tráquea, esófago, estómago me reciben…

Mis alas se separan, las soslaya, no las apetece.

Vuela alejándose conmigo dentro de si. He cobrado conciencia de haber iniciado mi proceso de adaptación en esta nueva etapa evolutiva.

Mis partículas mínimas ingresan a su sangre, llegan a su cerebro y allí tomo el control de su cuerpo escamado. Mis alas han quedado en el suelo estridulando no sin sentido, pues como muchos otros seres que, arrancados de sus cuerpos, y, aunque sea fragmentados, reivindican la vida.

Eso pienso en mi nuevo cerebro que se llena de imágenes y maravillas inéditas, relampagueantes, mientras vuelo hacia otros cielos, acompañado de otros que, igual que yo, hemos iniciado la invasión en este mundo, mientras la vida crece, irrefrenable, allá abajo ante nuestro paso, indiferente…

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Como mucho de mi vida sucedió en un milisegundo: Sentí una fuerza explotarme el centro de mi pecho. Era una luz que no nació allí, sino en la punta de mi dedo medio de la mano izquierda. Con fuerza torbellina estalló en miles de millones de fragmentos. Llenó mis fibras, mis ductos, mis venas, mis músculos, mis huesos y cuando ya no tuvo por dónde recorrer, se concentró en fuerza luminosa acuosa…

Cuando me sucedió, iba yo en el metro, en donde todos me miraron con indiferencia.

No me retorcí, ni grité, ni lloré, ni nada.

Eso, que era lo más fantástico que había generado mi cuerpo desde que nací, pasó de noche para todos a mi alrededor, pero no para mí.

¿Alguna vez has hecho el ejercicio de aislar todos los sonidos, separarlos para disfrutarlos uno a uno? ¿No? Es como cuando en un concierto de música clásica te concentras sólo en cierta sección de la orquesta ¿Seguro no lo has hecho? Inténtalo, verás de lo que eres capaz de lograr y sentir.

Yo lo resumo así: En la cueva del silencio —analogía de mi ser— un sonido inicia con la liviandad de un eco bebé, así, como lo lees, un eco bebé, que crece desde el tímido palpitar de un corazón nuevo, a la velocidad del tic tac. Crece, crece, crece hasta alcanzar los decibeles más estruendosos que ser humano es capaz de soportar. Y conforme crece, avanza inundándolo todo con su luz…

—Sí, lo he vivido.

—¿De verdad? Es increíble, ¿cierto?

• Sí, pero después de las primeras mil veces, se vuelve tedioso.

• ¿Uh…?

Acto seguido, caigo en cuenta en que platico conmigo mismo, me he desdoblado, pero hasta ese momento identifico el juego de espejos.

De mi ente-otro-aluzado surgen miles de millones de puntos lumínicos, y antes de transformarse/transformarme en solo luz, me reúno en un infinitesimal punto. Toda la luz del mundo en un punto tan pequeño que apenas puedo intuirlo en el universo.

El cuerpo de mi ser, ese que quiero imaginar es uno evolucionado se incrustó en mi ojo derecho…

Desde entonces lo traigo como un lunar en el ángulo superior derecho de mi ojo, y aunque no lo crean puedo sentir su luz y la mía-mía, y gracias a ello puedo conocer la muerte de los demás, con sólo mirar sus iris, puedo describir ese deceso, en tiempo y hora en que sucederá…

Menos la mía… Y eso, eso es, creo, una maldición…

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— I —
Suena una canción de la Sonora Santanera, esa que habla de amores de prostitutas, y luego una de Eddy Gormé, seguida de una de Bienvenido Granda. Es el preámbulo de lo que vendrá. Soñaré con mi madre. Madre-Muerta-Larva yace en su habitáculo a media luz. Muerta en partes, por episodios; podrida un poco cada día. Abraza a I. muerto pudriéndosele entre las patas. Cayéndosele a ambos el poco pelo que les queda. Sus caparazones opacos no pueden compartirse brillo. Ella ha formado un capullo con su baba milenaria. Ha mudado de exoesqueleto. El de él, mi hermano menor, no alcanzó a endurecerse y ahora es traslúcido. Lo arrulla bisbiseándole igual que los grillos. Al contacto  del sonido con su piel rugosa, mi I. querido se va hundiendo, aplastándose con el peso de las vibraciones…

— II —
Resignado hago fila, detrás de mi hermana V, quien ha sido dispuesta para la ocasión, hermosas sus extremidades, sus pelos urticantes; su miles de ojos pueden observar la historia infinita de nuestra especie: antes, ahora, en el futuro, en todos los hubiera posibles. Pero no funcionan hasta que mi Madre-Muerta-Grillo los toca con su lengua de popotillo. Los liba de su ceguera, uno a uno. Ella recibe el don y se larga, pavoneando su saber frente a mi estupidez silenciosa. Odio la inocencia de los menores, que nada temen, todo tienen. Mi otra hermana, CT, se yergue bichosa, poderosa, con sus tres cabezas. En un instante pasan toda nuestras vidas:
Ella se recuesta en el regazo de mi Madre-Muerta-Larva, sobre lo que queda de la piel de I., y al lado mi Padre-Escarabajo-Errabundo espera a que todo muramos, como marcan los cánones, para engullirnos, aunque eso nunca sucederá. Lo sé.
CT abre su diminuta bocaza y entonces sucede la maravilla. Madre-Muerta-Larva “conecta” con ella. Debo reconocer que ese momento, aunque no es mío, lo recordaré hasta el último de mis días: La conexión de la que hablo es un túnel cósmico por donde pasa toda la sabiduría de mi progenitora. Se multiplica en varios canales, y generan una luz negra que lleva de ida y vuelta remolinos de conocimiento de éste y otros planos, de éste y otros universos.
Exhaustas ambas se miran y lloran. Se despiden, se aman, y ese amor las reivindica…
— III —
Mi azoro no tiene parangón. Mi impaciencia tampoco. Me acerco como un paje. Tirito. Sin más Madre-Muerta-Larva me succiona desde la mollera. Dispuesta a conectarse conmigo pero no lo consigue. Asustado me separo, cortando el intento. Me atenaza del cuello, me levanta y mis pares de patas se separan de mi cuerpecillo que para ese momento ha dejado de ser tal. Me acerca hasta que puedo oler su aliento amoniacal. Escudriña mis pensamientos.
Amorosa me aleja de su presencia sin soltarme. Sobre el abismo que se abre debajo de mí me sostiene en vilo, en tanto que me arranca las alas. Excreta algo que me baña y que recuerdo muy apenas, es nuestro idioma antiguo: Dice que me saldrán alas nuevas, patas, que aprenderé, que debo hacerlo, que así lo cree, que soy al que más ama, y por eso hará lo que enseguida:

Me arranca la cabeza que al caer al hueco infinito, mira la escena desde abajo y con rafagueos veloces. Antes de tomar consciencia de que me desgarrará, lentamente, la recia tempestad que me reclama, voraz, tengo un último pensamiento: Cuántas veces más se repetirá esta experiencia, ya llevo 45 años, 45 veces en una misma vida…

Y me suelta…

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Tengo muchas ganas de ti, me dijo con un mohín peliculesco, tomando mis manos y dejando entre mis manos una estrella de deseo. Atiné a sonreír como el idiota que siempre he sido, incrédulo de que esa medusa me hubiera elegido a mí. En esa época los prisioneros que purgábamos condena en la luna A-3123 del sistema Rojo, éramos exhibidos como carne fresca para quienes quisieran entablar una relación a mediano plazo. Cuestioné si había sido buena idea matar a la tenedora de naves.

Total, el armatoste que había tomado, sólo me sirvió para dos asaltos en la galaxia. Ella me besó como lo hacen, supongo, las hambrientas de mí. La punta de su lengua se tornó de obsidiana de Rupter, es el material más filoso del universo. Atravesó mi oreja con la suavidad de un asteroide perdido pero tan rápido que apenas sentí un pinchazo. Sus víboras empezaron a pelear por mi líquido vital, una de ellas cercenó a otra, bajo la mirada placentera de su dueña. Se separó y me señaló.

El grabdo azotó el tentáculo y dictó la orden de que sacarme del hueco de pirita, en cuyo interior la mitad de mi cuerpo reposaba. Leyó el documento que me liberaba de la justicia, pero me entregaba a esa Khartia, de bellas facciones. Colmillos incrustados en unas fauces anguladas, dos lenguas en sendas bocazas, tez pétrea, roja y negra; sus cuatro tetas incólumes, dos sexos posteriores y uno frontal, el que más me gusta. Los xeltos sujetaron mis brazos y en el cuello me colocaron un protcal de doble anillo, que me aprieta cada que me muevo rápido. Me sacaron y me obligaron a caminar sobre mis seis patas, algo que no hago desde que salí del mitre de mi trapta.

Mis cavidades observaron como la Khartia pagó lo pactado y me condujo a la bóveda de su nave.

Allí sus trobots me lavaron y una me preparó para oscular a mi nueva dueña. Me llevaron a la habitación. Me advirtieron en klingdor, idioma que hablo perfectamente, que era afortunado porque luego de hibernar, la medusa me había elegido.

Allí empecé a sentir la felicidad de ser el elegido. No tengo nada, nunca lo tuve, ni lo tendré. Soy de esa raza que no junta nada, sólo aquello que vive, palpa, observa con sus 11 sentidos, para luego escribirlo y legarla.

Ella llegó cuando la luna mayor de Soptri envolvía el planeta. Sin quererlo la nostalgia me atrapó, y dejé que me consumiera. Era una diosa. Palpitaba. Su exoesqueleto sudaba. Sus ojos brillaban con el haz del deseo. Me dio de beber un poco de tchella, me liberó del protcal, algo que me desconcertó, pero me dio un poco de tranquilidad.

Allí sucedió la maravilla: drogdadio como andaba por el zumo de tchella, no pude hacer nada: las serpientes que coronaban su testa de soltaron y se me arrojaron; ella me recorrió con sus sexos, embarrándome de mastenil, que me llevó a un paroxismo jamás sentido. Mi poderoso sexo la sujetó por el centro de su cuerpo. Se abrió en la punta y floreó las miles de puntas que lo integran. Ella gritó. El resto sucedió en un segundo, mis pensamientos se diluyeron en el mastenil. Ella lloró mientras sus colmillos y las serpientes empezaban a devorarme, lentamente, sin prisa pero sin pausa. Mis cavidades se concentraron en la segunda luna de Soptri. La historia de mi raza pasó ante mí. Nada. Tenía muchas ganas de ti, dijo gruñendo de placer, mientras una de mis extremidades caía a mi lado, rodando hacia las víboras que ya se mataban entre sí por engullirla… así pasó…

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