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Posts Tagged ‘literario’

Arranco tus ojos con mis garras.

De sus cuencas mana un poco de sangre, un poco de negrura…

Con ánimo cachorro, de perro de raza enormes, espero paciente, sentado frente a ti, feliz, a que despiertes y “veas” de nuevo.

Tus primeros estertores provocan que las líneas que pintan tu faz se entrelacen.

Me enamora esa forma tan tuya de renacer en mí memoria.

Mastico tu ojo y lo exploto en mi hocico. Trago.

Sigo esperando.

Del fondo de tu cabeza surge la luz que estaba esperando. Juro que el destello me enceguece.

Aprovechas mi vulnerabilidad momentánea, te incorporas y de un movimiento de colibrí, como todos los que haces cuando estás en peligro, me extraes en perfectas condiciones mis globos oculares, y los pones en tus cuencas.

—”Sigamos jugando” —dices mordiéndome medio rostro.

Me siembras en el pecho sentimientos que ya no usas.

Caigo a tus pies.

Ríes con tu risotada giganta.

Odio la soberbia de tu voz cuando ganas.

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Jalo aire como me es posible.

Cierro los ojos.

Frente a mí un ojo del universo se abre, horizontal.

Inicia como un punto insignificante, pero en un instante se abre como un túnel tan abismal como mi consciencia.

Hacia su interior fluye luz cósmica, desparramándose en cascada.

Los colores que la mirada humana, de ésta mi envoltura, puede registrar, se mezclan con la textura del óleo y llenan la oquedad, dejándome en el alma, un sabor de inabarcabilidad que me estremece.

Inundada en segundos, la imagen del ojo del universo llena mis pupilas e ilumina mi rostro.

Sonriente, observo el nacimiento de un estrella que surge de los borbotones que de allí manan.

Hemos compartido por millonésima ocasión un orgasmo.

De esa luz hirviente surges de nuevo, de ondulantes líneas irregulares, y las miles de ti, tú, me besan con besitos felinos…

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Trabajaba en un edificio de grandes ventanales. La fachada era de vidrio, con figuras que pretendían ser humanoides.

Era un lugar en donde la relación con mis compañeros era estupenda.

De esa época conservo amigos hasta ahora.

Recuerdo que un día, cuando salíamos a una terraza a fumar, hablábamos del vértigo y jugué, como siempre, haciendo bromas idiotas, de mi estilo, con la idea de qué se sentiría caer desde esa altura —el piso estaba más arriba de la mitad de unos 15 pisos, creo—.

Una vez, salí solo cerré los ojos y a medo cigarro sentí cómo un pájaro me tomaba en su pico y me engullía. Otra, una mariposa me cargaba en su lomo y me daba de comer volteando su cabeza.

En otra ocasión una parvada de pájaros se acercó a mí, y empezó a trinarme algo que medio entendí —porque no sé si comenté que hablo español, y medio entiendo el inglés, y un poco de francés y, un pelín menos el idioma pájaro— que me tenían algo reservado para cuando cumpliera 50 años.

Les pregunté, insistente, creo en un burdo trino, si sería bueno o malo.

La más grande de las aves, que tenía un plumaje manchado de pantano, lo que me dio mala espina, me dijo algo que trataré de repetir, con la advertencia que escribo menos el idioma de los descendientes de los dinosaurios: krrrr, krrrkkk, kirssrrrr, krrrrkkk.

Desde esa fecha, hará tal vez unos 15 años, vivo esperando, expectante, que la segunda frase de esa profecía se cumpla.

La primera ya sucedió: He regresado a trabajar, pero ahora en el penúltimo piso, a ese mismo edificio, y me han empezado a salir unos bellos espolones en los tobillos…

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— I —
Suena una canción de la Sonora Santanera, esa que habla de amores de prostitutas, y luego una de Eddy Gormé, seguida de una de Bienvenido Granda. Es el preámbulo de lo que vendrá. Soñaré con mi madre. Madre-Muerta-Larva yace en su habitáculo a media luz. Muerta en partes, por episodios; podrida un poco cada día. Abraza a I. muerto pudriéndosele entre las patas. Cayéndosele a ambos el poco pelo que les queda. Sus caparazones opacos no pueden compartirse brillo. Ella ha formado un capullo con su baba milenaria. Ha mudado de exoesqueleto. El de él, mi hermano menor, no alcanzó a endurecerse y ahora es traslúcido. Lo arrulla bisbiseándole igual que los grillos. Al contacto  del sonido con su piel rugosa, mi I. querido se va hundiendo, aplastándose con el peso de las vibraciones…

— II —
Resignado hago fila, detrás de mi hermana V, quien ha sido dispuesta para la ocasión, hermosas sus extremidades, sus pelos urticantes; su miles de ojos pueden observar la historia infinita de nuestra especie: antes, ahora, en el futuro, en todos los hubiera posibles. Pero no funcionan hasta que mi Madre-Muerta-Grillo los toca con su lengua de popotillo. Los liba de su ceguera, uno a uno. Ella recibe el don y se larga, pavoneando su saber frente a mi estupidez silenciosa. Odio la inocencia de los menores, que nada temen, todo tienen. Mi otra hermana, CT, se yergue bichosa, poderosa, con sus tres cabezas. En un instante pasan toda nuestras vidas:
Ella se recuesta en el regazo de mi Madre-Muerta-Larva, sobre lo que queda de la piel de I., y al lado mi Padre-Escarabajo-Errabundo espera a que todo muramos, como marcan los cánones, para engullirnos, aunque eso nunca sucederá. Lo sé.
CT abre su diminuta bocaza y entonces sucede la maravilla. Madre-Muerta-Larva “conecta” con ella. Debo reconocer que ese momento, aunque no es mío, lo recordaré hasta el último de mis días: La conexión de la que hablo es un túnel cósmico por donde pasa toda la sabiduría de mi progenitora. Se multiplica en varios canales, y generan una luz negra que lleva de ida y vuelta remolinos de conocimiento de éste y otros planos, de éste y otros universos.
Exhaustas ambas se miran y lloran. Se despiden, se aman, y ese amor las reivindica…
— III —
Mi azoro no tiene parangón. Mi impaciencia tampoco. Me acerco como un paje. Tirito. Sin más Madre-Muerta-Larva me succiona desde la mollera. Dispuesta a conectarse conmigo pero no lo consigue. Asustado me separo, cortando el intento. Me atenaza del cuello, me levanta y mis pares de patas se separan de mi cuerpecillo que para ese momento ha dejado de ser tal. Me acerca hasta que puedo oler su aliento amoniacal. Escudriña mis pensamientos.
Amorosa me aleja de su presencia sin soltarme. Sobre el abismo que se abre debajo de mí me sostiene en vilo, en tanto que me arranca las alas. Excreta algo que me baña y que recuerdo muy apenas, es nuestro idioma antiguo: Dice que me saldrán alas nuevas, patas, que aprenderé, que debo hacerlo, que así lo cree, que soy al que más ama, y por eso hará lo que enseguida:

Me arranca la cabeza que al caer al hueco infinito, mira la escena desde abajo y con rafagueos veloces. Antes de tomar consciencia de que me desgarrará, lentamente, la recia tempestad que me reclama, voraz, tengo un último pensamiento: Cuántas veces más se repetirá esta experiencia, ya llevo 45 años, 45 veces en una misma vida…

Y me suelta…

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