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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Despierto de mi letargo, interrumpido por los chillidos del gato cuando, alumbrado por un rayo moribundo de la luna, alcanzo a ver varios de tus sueños que emanas por el oído.

A media luz la pequeña flama se expande por tu sien; recorre tu frente y baja al sur de tu cuerpo antes de desaparecer.

Pergeño como puedo el último que logro distinguir.

Lo meto en mi boca sin masticar mucho para no dañarlo. Lo saco y, ya combinado con mi saliva, veo que se ha convertido en tornado de bolsillo.

Tomándolo por la punta, te lo siembro en la comisura, desde donde ondea airoso. Ya no duermo, no puedo, ni quiero.

El Malandro sigue en lo suyo, maullando en la azotea.

Lo maldigo, pero decido enfocarme, fascinado en ti, hasta que el sol empieza a tostar un poco las castañas de tu pelo.

Amo verte un poco muerta, un poco dormida, y más regodearme en tu sonrisa con mohínes incendiarios…

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Decían que era humana.
Yo la conocí y puedo dar fe de que se equivocaban, ella era de otra sustancia, Fantástica, más parecida a las raíces de los grandes árboles que crecen entre los riscos, y que se humectan todas las mañanas con el aire yodado de lejanos mares.

Dicen que nació de un vientre humano, pero yo digo que nació de una semilla de mostaza atrapada en la corteza de una jacaranda, por eso en ciertas épocas del año daba flores, y en otras… gritos y sulfuros parecidos a la malaria.

Dicen que nació hace más de 40 años, pero yo sé que fue hace miles de años…

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De agua

Te imagino de agua. Agua dulce y salada, toda; que abres paciente, las brechas, los caminos, que pules las rocas antiguas, con la paciencia del riachuelo.

Pero antes fuiste lluvia, llueves mi mente, y así sello tu imagen, tus ojos de lluvia, tu boca de lago, tu pelo catarata, tu piel de mar.

Frente a una orilla del mundo, yo, sentado en la arena, te espero paciente, sé que llegarás cuando desemboques en este punto, en el que te renovarás y comenzarás un nuevo ciclo.

Llegas con la fuerza de una tormenta…

Tú río y tú mar se hacen uno.

Entonces camino a ti y me sumerjo en tus aguas…

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Buscarse

I

Dos seres. En medio de la nada.

Sin ojos, sin oídos, sin nariz.

Sendas bocas. Escamas uno, otra gorgona.

Reptan entre la negrura gomosa.

Se intuyen, avanzan sin sentido hasta que sus caminos los encuentran.

Nada hacen los seres, nada pueden, son las sendas las que juegan el rol de destino.

Sin bigotes, sin antenas, sin olfato ni oídos, solo lamen para buscar algo.

Un día se encontrarán, pero no ahora, no aún. Como ya lo hicieron antes, y más antes. En éste, en diferentes planos.

II

El tiempo se posa en esa superficie de nada con un toque suave, creando un efecto reactivo, ondulante, hasta propiciar, arrojándolos uno al otro, su millonésimo encuentro.

Allí, en ese intiempo, extenderán sus lenguas hasta tocarse y enredarse, ansiosos, sedientos, y se deglutirán, introduciéndose uno en las oquedades del otro, con la avidez de los condenados a morir en una piel que no es la propia.

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Parpadeo. Hurgo en la negrura.

Imagino tus ojos amorosos, al fondo de la cueva de mi consciencia.

Azorado, temeroso, esperando lo peor, los veo acercarte a mí.

Siento la tibieza de tu cuerpo que mitiga mi frío, y tirito de emoción, en medio de la noche tachonada.

Sonrío con gesto idiota, como el cavernícola desamparado que soy.

Y como él, me abrazo a tu cuerpo, aluzante, con la viveza de una fogata.

Y así, descubro como hizo ese ser bípedo, hace millones de años, por primera vez, el fuego…

El tuyo…

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Escuchaba una canción que dice: “Yo tengo tantos hermanos, que no los puedo contar”. Feliz, tecleaba, como siempre, y la imagen de mi querido Javito apareció ante mí:

Encarnado en Bombus —himenóptero, creo— con sus ojos de panda y su patas de gallo a punto de volar, su sonrisa de villano bueno, de cuento feliz, su pelo corto, su humor ácido, agridulce, y su mirada de niño curioso, de ojos cavernosos, y alma venturosa, vestido de abejorro.

He de confesar que me dio un poco de risa porque pese a ser menor que yo, nocierto/sicierto, parece un chamaco imberbe y eso le da un aspecto aniñado.

Sueter a rayas café y amarillo, calcetines y, sospecho, calzones a tono, porque han de saber que ese muchacho no sale nunca des-combinado, ¡imposible! Su linaje abejorro se lo impide.

Bueno, decía que se me presentó en una imagen fugaz, pero lo suficientemente pausada, para recordarla por siempre, y me miraba con su gesto de oso recién salido de la hibernación; grande, extendiendo sus brazos peludos para abrazar al mundo, y recorrerlo con sus patas peludas, llamándome como siempre: ¡Miguelito!… a mí, un perro negro, y callejero, como dice otra canción, su antítesis en muchos sentidos, pero similares por eso mismo, pues nuestros extremos se juntan en un punto de inflexión.

Vale pues mi querido Javito, Abejorro ojos de panda, ve agradecido con tu Dios y amparado por él, del que, no tengo duda, eres su consentido, ve y cómete el mundo a dentelladas; o mejor, ve y riégalo con las escamas de tus alas iridiscentes…

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Amanezco en tu mirada. Abres los ojos y el sol empieza a clarear tu rostro. Amo verme en tus pupilas. Así, alargado, de silueta alienígena, obscuro, minúsculo. Me siento renovado cuando me devuelves a alguien que cada noche, pareciera que no tendrá una nueva oportunidad.

Pero este día es uno afortunado, porque cumplo 47 años.

— ¿He despertado ya tantas veces? —pienso, al responder tu saludo, mimoso, de leona.

— Hola amor, ¿cómo dormiste?

— Bien. Mejor que nunca.

He tenido mucho ajetreo en las últimas semanas: tu accidente, el tiempo en el hospital, en casa ajena, pero bien recibidos; tu breve muerte tu feliz recuperación y renacimiento profundo; la muerte de tu madre; la cirugía de mi hijo, su acompañamiento…

Pero hoy, me siento fuerte, animoso; 47 veces más vivo.

Es día laborable. Permanecemos solo unos cuántos minutos frente a frente.

La luz de la lámpara, que acabo de prender, incendia aún más mi imagen en tus avellanas de gorgona.

Nos levantamos y me alisto para enfrentar y acuchillar las últimas sombras de la noche…

Concluyo:

Cada vez consumo menos, cada vez necesito menos cosas, y supongo que ese hueco que tenía en otra época en mi vida, y que sentía en el pecho, ha ido desapareciendo, hasta casi llenarse, con mis sonrisas, con las tuyas.

Bajo el vidrio de la ventana, y a lo lejos el sol baña con rojos y anaranajados tonos la silueta del Iaxtacíhuatl.

Siento el aire en mi cara. Conduzco por Ciudad Puta con una sonrisa en la cara, mientras le subo el volumen a una canción que habla de tener una persona favorita…

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