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Posts Tagged ‘relato’

Le llaman La Canela. De su nombre ya nadie se acuerda, ni ella, creo. Su piel y andar son los de un Dragón de Komodo. Soy puta… bueno fui, pero ya no. Bueno, soy pero ya no ejerzo, ya estoy grande, me dice haciendo una mueca que pretende ser sonrisa y le dobla la cara en dos.

La mujer se pierde detrás del humo de su quinto cigarro en media hora. Fuma faros y conoce de frases, dichos y refranes, propios y extraños. Sonríe a la menor provocación, pues gusta de la vida que le ha tocado forjar. Hemos coincidido en un puesto de tacos callejero cerca del barrio de la Merced. Yo he venido en busca de historias. Y he conseguido hacerme de una.

Si se la estira su piel es tersa. Orgullosa de su lozanía pasada, habla con el ánimo de los viejos. Ama los boleros de otras épocas y dice haber sido la más cotizada de la calle de la Soledad. Asediada por extranjeros incluso, en tiempos en que la prostitución era negocio común en Ciudad Puta. Come con la parsimonia de un rumiante.

Camina siempre detrás de un carrito de supermercado pues sus piernas son de trapo, eso, de muñeca de trapo, y así la miro, con remiendos por aquí, y allá. Con descosidas que dejan asomarse puntitas de borra y tiras de tela de relleno, pero es su alma en realidad.

Sin detenerse a pensar las respuestas suelta palabras salidas de sus entrañas. Saltarina la voz, confundida su mente, mientras platicamos me critico que ella me recuerde el arquetipo de las películas de Ismael Rodríguez.

Sin embargo al final me doy cuenta de que ella se cuece aparte pues al hablar percibo que su fraseo se torna de colores o adquieren diferentes texturas. Cuando habla de sus hijos los enunciados tienen una delicada capa de terciopelo. Si lo hace de su oficio es la superficie de un cocodrilo, lo que las cubre. Y si es de su actual vivir, pareciera que el envoltorio que las contiene tiene algo de pastoso.

Sí conocí a muchos hombres, pero con ninguno me relacioné, bueno con uno, pero eso es otra historia. Los hombres son tan cabrones que pueden madrearte porque te confunden con su madre que odian o su mujer o su jefa. O pueden quererte porque tu coño les recuerdas el lugar desde donde salieron. Otros son tan insípidos como comerse una paleta con envoltura.

Tuve cuatro hijos, y del mismo papá todos. Porque mi amor fue de un solo cabrón. Pero me dejó por otra mujer más joven y bonitilla. Sí, él sabía a qué me dedicaba, aquí lo conocí. Me lo cogí como a un jovencito, pese a que él ya era grande para mí, y eso lo enamoró. Era de cara bonita, grandote pero no era del norte, sino de la costa. Tenía el pelo de noche, y un corazón tan grande que me ayudó mucho con mi mamá. Nunca le reproché que se fuera. Para qué, si yo mejor que nadie sé que los hombres son como los vencejos, vuelan lejos y regresan, y si no lo hacen es porque les acomodó mejor otro nido.

De mis chiquillos no hablo porque ya son grandes y se avergüenzan de mí, de cómo los mantuve, mientras pude. Ahora ya no están conmigo. Pero es mejor, para qué quiero a nadie que no me quiere en su vida. Ellos son felices en donde están, y si los vieras a todos les di carrera. Uno es médico, otro licenciado, otro ingeniero y el último me salió maestro pero no de los acarreados. Él es dirigente de su sindicato. Todos son respetados, por eso me dicen que no pueden verme, porque no tienen tiempo, pero entiendo que no pueden presumirme con nadie…

Varios tacos después ella concluye la charla sin más pues me dice que ya la aburrí. Me manda a chingaramimadre, lo cual agradezco debido a que hoy es 10 de mayo. Respondo con una sonrisa que despierta la suya.

La veo alejarse acicalándose el encrespado cabello. Se va gritando: A mí me gusta bailar, bueno me gustaba. Daniel Santos cantaba rebonito, ¿lo conoces? N’ooombre, qué lo vas a conocer, si se ve que no has vivido chamaco.

…Hoy ya no me besas como me besabas, se extinguió la flama que encendió tu ser. No me digas nada, quédate callada, si ya no me quieres, qué le voy a hacer… la oigo cantar, esquivando los puestos, los clientes y las putas jóvenes que la van saludando con un movimiento de cabeza mientras ella parece desaparecer de la vida…

 

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uNo

Desde lo alto de la montaña de dos picos me desplazo con la velocidad que me permite el viento matinal. Deambulo por doquier mientras esté completo. Mientras navego por el mar de aire azul siento las aristas filosas que vienen del norte… Así hasta que te veo reposando sobre un amplio manchón verde allá abajo. El color de tu piel y la grandeza de tu figura destacan aún más la belleza de tus tentáculos. Eres tan grande que podría tardar varias lunas en humedecerte toda… Sin importarme la proeza me lanzo hacia ti y lo intento. Mientras desciendo me deslavo con sumo cuidado; millones de fragmentos de mi ser acuoso se abren ante tu entez como una red… Te lluvio despacio con el amor que me has despertado de sólo verte animar el cuadro bajo mi ser… Y te caigo gota a gota, y con cada una siento tu tacto, y esa sensación despierta en mí un calor inusitado. Son millones de cápsulas de agua que te tocan y se evaporan al contacto. Es una sensación de placer por dos vías tocar/evaporar; millones y millones de sensaciones al unísono, conectadas a mí, sintiéndote y bañándote, al tiempo que minúsculos chispazos de la evaporación me devuelven vertiginoso al cielo desde donde te he lluviado…

 

dOs

Conecto con la tierra en forma de un gigantesco torbellino. La negritud da a mis curvas un aspecto de prodigio. Giro con tanta fuerza que arrastro todo. Ando por la tierra yerta con el único afán de encontrarte. Recorro toda la superficie de piedra y polvo hasta verte a lo lejos. Incólume pétrea y hermosa. El sol te aluza hasta la espalda. Me dirijo a ti sin demora. Tras de mí voy dejando una estela de nada; un surco tan grande y profundo que permite la reconfiguración de continentes. Todo mi deseo hacia ti, hacia tu corpulencia. Estrello mi cuerpo con la vehemencia de un ciclón joven. Escarpo tu faz con furia, te esculpo nuevas líneas, e invado tus entrañas haciéndote tanto amor como es posible imaginar. Respondes con aullidos y silbidos surgidos de entre tus grietas, recovecos, bóvedas y cuevas. El dorado polvo que levanto desde tu base se mezcla con mi humedad. Por unos instantes somos un solo ser. Ente mitad aire, mitad roca. Desde el espacio podemos ser vistos. Y allí me quedo contigo, rodeándote… hasta el final de los tiempos…

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No puedo ir, debes hacerlo tú. Por mí no te preocupes, yo estaré bien. Las palabras salen de la garganta del hombre enfermo como un suspiro. Juan asiente y enjuga su llanto. Sale al establo y ata a la vaca que muge. Le dice Ven Bonita, y ella resopla en respuesta.

Se apresura debe ir al pueblo a tratar de venderla a buen precio lo antes posible, pero está lejos, muy lejos. Si se da prisa podrá disfrutar de lo último de la lluvia de estrellas que mojan con su luz el valle. Como una ráfaga surge la escena, y puede imaginarse sentado en el borde de la montaña, con los pies al aire, cerrando y abriendo los ojos rápidamente para poder guardar en sus pupilas cada uno de esos haces. Bonita a su lado, echada, mascando serena, acompañándole.

Lleva un poco de pan, carne seca, agua en una guaje y un silbido que nunca cesa. Ensaya e improvisa tonadas, unas más alegres que otras. Cortos sus soplidos, la trompa elástica, entorna la lengua, cierra los ojos y mientras anda por el camino, flotante todo él puede vivir el viento despeinar el pelo de su cara de lobo…

¡Lobo, eres un lobo!, ¡Lobo lobito lobezno! Los ecos de las frases de sus amigos exprimen sus ojos. Líquido verde fluye por debajo de su comisura labial; su lengua negra la lame con regusto. Una mano aprieta con fuerza desmedida la rienda, la otra acaricia un cuervo como de papel lustroso con alas plateadas que se ha montado en Bonita.

Mira si estás feo mano, dice y sonríe cómplice. El graznido que recibe como respuesta parece ser de agradecimiento. En su cabeza escucha de nuevo las voces filosas: ¡Huyamos del lobo!, ¡¿Lobo estás ahí?! Jajajajajajaja. Sus compañeros de clase provocan que el torrente de su alma se desborde, y él decide hacer una pausa. Un pequeño torrente de agua cristal anega rápido el sendero. Al contacto con el pasto cada gota empieza a desparramarse cambiando de color. Mira la maravilla el muchacho de huesos anchos. Es una sinfonía de colores que se crean, se mezclan, iluminando el suelo, como ahora mismo sucede en el capote allá sobre las montañas que lo esperan. Voltea a traído por los truenos. En la tierra de abajo, allá, lejos, donde vive, llueve…

Luego de la pausa imaginada Juan camina sin descanso, lento pero seguro. La luna se come al sol una, dos veces. Las islas de casas al fin aparecen a la vista; flotan en el mar verde de árboles y plantas, con sus cascadas de arena. Trinos sordos preceden la nube de aves sin cabeza que ensombrece por momento el andar de Juan. Sabe que está cerca y se regocija con una alegría ligera, parecida a la que siente cuando come galletas rancias.

Sube el último trecho hacia su destino. La vera ofrece una vista perfecta de sincronía natural: maraña de raíces de todo tipo: riachuelos, sobras de nubes y arbustos que nacen y llegan desde la montaña del Elefante, semejan brazos que se abren para acogerlo en esta visita.

Las tierras del Oriente siempre le resultaron fascinantes a Juan. La vaca silente sigue dócil. Un chispazo en su cerebro ilumina los cuernos. En su hocico regurgita y mastica un trozo de savia calcificada que el chico le dio antes de iniciar el trayecto a la cúspide. ella no lo sabe pero la ayuda a evitar el cansancio, y lo mejor: la hace soñar despierta.

Por primera vez Bonita toma consciencia de lo que es y se siente satisfecha de formar parte de un todo. Imagina que si no existiera su lugar en el universo sería una mota de algodón volando entre los yerbajos. O una mancha negruzca que los humanos llaman sombras, que no tienen forma y que no dicen nada, ni mu.

Sus ojos parecen salirse de su sitio, quiere… ¡¿hablar?! Sí, lo sabe, algo en su cabeza se lo confirma, puede explicarlo como si se tratara de un pensamiento parido de esos que nacen del cieno de la ¿mente?, se hacen charco, evaporan y se convierten en, en, algo así, como, como lluvia concentrada que hace caminos en su, en su, en su, (no halla la palabra) ¿torrente?; baja por detrás de la garganta (porque ella tiene garganta ¡claro!) y salen por la boca u hocico en su caso. Sus pulmones se aprietan a sus costillas, se inflan y reinflan; entra aire; su corazón se paralizará seguro. No tiene miedo, pues no sabe qué pasara con Juan cuando la escuche falhar. Este es su momento, el momento ha llegado para emitir una palabra, y no sabe cuál pero si pudiera sería ¡Gracias!…

Pero antes que la emita y con ello quizás cambié el trayecto de la historia misma, escucha sollozar a Juan, quien le dicta su última sentencia de amo: “Siempre te quisimos y protegimos como un integrante de la familia; pero ya no podemos hacerlo más, perdónanos”. Extiende la mano, recibe unas monedas, tres granos que no conoce y lo guarda todo en su morral.

Bonita, la vaca feliz, cuasihablante, no comprende cómo pasó todo ese tiempo, pero siente que la felicidad se le termina de golpe. No recuerda desde cuando se le ha caído su dulce de cal. Su mente se eclipsa de nuevo y pierde la noción de quién es o fue durante un largo trecho del camino. Y mientras la jala desde ahora y para siempre alguien que ni le habla ni le llama Bonita, muge sin más…

Este texto fue publicado en el número XX de la revista Monolito, actualmente en circulación, octubre 2015 http://issuu.com/juanmireles/docs/monolito_xx/1?e=0

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