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Posts Tagged ‘relato’

Bube

Anda el niño afinando su mira; guiñando el ojo, moviendo de lado la mandíbula. En esa posición se le notan las cicatrices de una operación que hicieron un día para extirparle unas glándulas que ya no le sirven, es más se le pudren. Es el varón más pequeño de Don AG con Dobleaa, quien a esa hora, come y bebe lo que pueden pagar sus billetes ganados con el sudor de su brocha gorda. Una mujer, otra, otra, un litro de pulque, otro; una botana, una ronda para sus amigos, ellos los que siempre lo han acompañado desde que era un paria de rostro moquiento… Bube pide silencio a su hermanita, enferma de diabetes. Ella hace caso, amos acechan, pero el sonido de sus estómagos los delata, un ave vuela, pero dos no logran hacerlo. Niño de rostro pajarito lanza una, dos, tres pedradas y los mata…

Desplumados, abiertos, desviscerados, asados los pájaros se tateman en un comal hecho con palos, papel periódico y un poco de lumbre. Una vez guisados, Niño de rostro pajarito extiende los dos, pero Gloria le devuelve uno. Compartamos que así comemos los dos. Cuando se reparte, el hambre se siente menos. Bube sonríe.

Caminan por las calles polvorientas, hacen mandados para hacerse de mendrugos, de tortillas que con sal y limón les maten el hambre eterna. Famélicos, sin cariño, ni rumbo sonríen. Un perro les ladra y él los asusta con la resortera. Regresan a casa abrazados.

Así lo recordará un día luego de comer, ya convertido en Hombre de rostro pajarito, un día de diciembre, como este, frío como la espalda de un sentenciado a muerte. Acostado en el pasto, frente a la casa en obra negra, Bube laza otro recuerdo de su eterna juventud, lleno de zapatos con tacos, tierra y goles con sabor a campeonatos. Y canta. Del padre heredó el don de la buena tonada. Te gusta cantar tío, le pregunto. Sí. Mucho. Sólo así olvido esa pinche época de hambre. No dice más, guarda relatos que, intuyo, provienen de sus catacumbas. Dale Bube no seas un chillón. Ya güey, a darle. Pero antes de que las lágrimas le rueden se provoca carraspera, escupe un gargajo verde, le da una calada larga y profunda.

Se levanta y regresa a pintar. Y canta subido en la escalera, tan alto como pueda, más alto, más, desafiando su suerte, sin arneses, “porque esos son para putos”, con más fuerza para disipar con su voz de Niño/Hombre de rostro pajarito esa puta época de miseria… así pasó…

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Libro mis mejores batallas en tu piel.

Conquisto tus cúspides, acampo en tu cuerpo, velando mis armas de carne sin hueso.

Me refugio en tus cavernas.

Incendio leños de tu deseo.

Te cazo los sueños.

Merodeo.

Sigiloso.

Paciente.

Espero el momento justo de uno de tus movimiento.

Aprendo a combatir, a replegarme, a planificar mi estrategia.

Aprendo a escuchar tus sonidos, todos, los de tus ríos subterráneos, de tus volcanes que, ya extintos, exhalan cenizas milenarias, provenientes de tus centros de lava.

Busco la leyenda detrás de tus orejas, en tu nuca.

Arranco tu cabello de raíz; serpientes que, liberadas, se me lanzan arrastrándose por tu vado infinito, mordiéndome primero con sus ojillos inyectados de amorodio; inyectándome tu veneno maldito.

Escalándote por tu lado sur, nos encontramos, las víboras y yo, en tu hondura más estrecha, en donde ocurre el milagro, ese que perpetúa tu especie y la mía.

Ambos, hechos de piedra…

Nos desmoronamos hasta formar una nube que huele un poco a azufre, un poco a polvillo cósmico…

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Tengo muchas ganas de ti, me dijo con un mohín peliculesco, tomando mis manos y dejando entre mis manos una estrella de deseo. Atiné a sonreír como el idiota que siempre he sido, incrédulo de que esa medusa me hubiera elegido a mí. En esa época los prisioneros que purgábamos condena en la luna A-3123 del sistema Rojo, éramos exhibidos como carne fresca para quienes quisieran entablar una relación a mediano plazo. Cuestioné si había sido buena idea matar a la tenedora de naves.

Total, el armatoste que había tomado, sólo me sirvió para dos asaltos en la galaxia. Ella me besó como lo hacen, supongo, las hambrientas de mí. La punta de su lengua se tornó de obsidiana de Rupter, es el material más filoso del universo. Atravesó mi oreja con la suavidad de un asteroide perdido pero tan rápido que apenas sentí un pinchazo. Sus víboras empezaron a pelear por mi líquido vital, una de ellas cercenó a otra, bajo la mirada placentera de su dueña. Se separó y me señaló.

El grabdo azotó el tentáculo y dictó la orden de que sacarme del hueco de pirita, en cuyo interior la mitad de mi cuerpo reposaba. Leyó el documento que me liberaba de la justicia, pero me entregaba a esa Khartia, de bellas facciones. Colmillos incrustados en unas fauces anguladas, dos lenguas en sendas bocazas, tez pétrea, roja y negra; sus cuatro tetas incólumes, dos sexos posteriores y uno frontal, el que más me gusta. Los xeltos sujetaron mis brazos y en el cuello me colocaron un protcal de doble anillo, que me aprieta cada que me muevo rápido. Me sacaron y me obligaron a caminar sobre mis seis patas, algo que no hago desde que salí del mitre de mi trapta.

Mis cavidades observaron como la Khartia pagó lo pactado y me condujo a la bóveda de su nave.

Allí sus trobots me lavaron y una me preparó para oscular a mi nueva dueña. Me llevaron a la habitación. Me advirtieron en klingdor, idioma que hablo perfectamente, que era afortunado porque luego de hibernar, la medusa me había elegido.

Allí empecé a sentir la felicidad de ser el elegido. No tengo nada, nunca lo tuve, ni lo tendré. Soy de esa raza que no junta nada, sólo aquello que vive, palpa, observa con sus 11 sentidos, para luego escribirlo y legarla.

Ella llegó cuando la luna mayor de Soptri envolvía el planeta. Sin quererlo la nostalgia me atrapó, y dejé que me consumiera. Era una diosa. Palpitaba. Su exoesqueleto sudaba. Sus ojos brillaban con el haz del deseo. Me dio de beber un poco de tchella, me liberó del protcal, algo que me desconcertó, pero me dio un poco de tranquilidad.

Allí sucedió la maravilla: drogdadio como andaba por el zumo de tchella, no pude hacer nada: las serpientes que coronaban su testa de soltaron y se me arrojaron; ella me recorrió con sus sexos, embarrándome de mastenil, que me llevó a un paroxismo jamás sentido. Mi poderoso sexo la sujetó por el centro de su cuerpo. Se abrió en la punta y floreó las miles de puntas que lo integran. Ella gritó. El resto sucedió en un segundo, mis pensamientos se diluyeron en el mastenil. Ella lloró mientras sus colmillos y las serpientes empezaban a devorarme, lentamente, sin prisa pero sin pausa. Mis cavidades se concentraron en la segunda luna de Soptri. La historia de mi raza pasó ante mí. Nada. Tenía muchas ganas de ti, dijo gruñendo de placer, mientras una de mis extremidades caía a mi lado, rodando hacia las víboras que ya se mataban entre sí por engullirla… así pasó…

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Le llaman La Canela. De su nombre ya nadie se acuerda, ni ella, creo. Su piel y andar son los de un Dragón de Komodo. Soy puta… bueno fui, pero ya no. Bueno, soy pero ya no ejerzo, ya estoy grande, me dice haciendo una mueca que pretende ser sonrisa y le dobla la cara en dos.

La mujer se pierde detrás del humo de su quinto cigarro en media hora. Fuma faros y conoce de frases, dichos y refranes, propios y extraños. Sonríe a la menor provocación, pues gusta de la vida que le ha tocado forjar. Hemos coincidido en un puesto de tacos callejero cerca del barrio de la Merced. Yo he venido en busca de historias. Y he conseguido hacerme de una.

Si se la estira su piel es tersa. Orgullosa de su lozanía pasada, habla con el ánimo de los viejos. Ama los boleros de otras épocas y dice haber sido la más cotizada de la calle de la Soledad. Asediada por extranjeros incluso, en tiempos en que la prostitución era negocio común en Ciudad Puta. Come con la parsimonia de un rumiante.

Camina siempre detrás de un carrito de supermercado pues sus piernas son de trapo, eso, de muñeca de trapo, y así la miro, con remiendos por aquí, y allá. Con descosidas que dejan asomarse puntitas de borra y tiras de tela de relleno, pero es su alma en realidad.

Sin detenerse a pensar las respuestas suelta palabras salidas de sus entrañas. Saltarina la voz, confundida su mente, mientras platicamos me critico que ella me recuerde el arquetipo de las películas de Ismael Rodríguez.

Sin embargo al final me doy cuenta de que ella se cuece aparte pues al hablar percibo que su fraseo se torna de colores o adquieren diferentes texturas. Cuando habla de sus hijos los enunciados tienen una delicada capa de terciopelo. Si lo hace de su oficio es la superficie de un cocodrilo, lo que las cubre. Y si es de su actual vivir, pareciera que el envoltorio que las contiene tiene algo de pastoso.

Sí conocí a muchos hombres, pero con ninguno me relacioné, bueno con uno, pero eso es otra historia. Los hombres son tan cabrones que pueden madrearte porque te confunden con su madre que odian o su mujer o su jefa. O pueden quererte porque tu coño les recuerdas el lugar desde donde salieron. Otros son tan insípidos como comerse una paleta con envoltura.

Tuve cuatro hijos, y del mismo papá todos. Porque mi amor fue de un solo cabrón. Pero me dejó por otra mujer más joven y bonitilla. Sí, él sabía a qué me dedicaba, aquí lo conocí. Me lo cogí como a un jovencito, pese a que él ya era grande para mí, y eso lo enamoró. Era de cara bonita, grandote pero no era del norte, sino de la costa. Tenía el pelo de noche, y un corazón tan grande que me ayudó mucho con mi mamá. Nunca le reproché que se fuera. Para qué, si yo mejor que nadie sé que los hombres son como los vencejos, vuelan lejos y regresan, y si no lo hacen es porque les acomodó mejor otro nido.

De mis chiquillos no hablo porque ya son grandes y se avergüenzan de mí, de cómo los mantuve, mientras pude. Ahora ya no están conmigo. Pero es mejor, para qué quiero a nadie que no me quiere en su vida. Ellos son felices en donde están, y si los vieras a todos les di carrera. Uno es médico, otro licenciado, otro ingeniero y el último me salió maestro pero no de los acarreados. Él es dirigente de su sindicato. Todos son respetados, por eso me dicen que no pueden verme, porque no tienen tiempo, pero entiendo que no pueden presumirme con nadie…

Varios tacos después ella concluye la charla sin más pues me dice que ya la aburrí. Me manda a chingaramimadre, lo cual agradezco debido a que hoy es 10 de mayo. Respondo con una sonrisa que despierta la suya.

La veo alejarse acicalándose el encrespado cabello. Se va gritando: A mí me gusta bailar, bueno me gustaba. Daniel Santos cantaba rebonito, ¿lo conoces? N’ooombre, qué lo vas a conocer, si se ve que no has vivido chamaco.

…Hoy ya no me besas como me besabas, se extinguió la flama que encendió tu ser. No me digas nada, quédate callada, si ya no me quieres, qué le voy a hacer… la oigo cantar, esquivando los puestos, los clientes y las putas jóvenes que la van saludando con un movimiento de cabeza mientras ella parece desaparecer de la vida…

 

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uNo

Desde lo alto de la montaña de dos picos me desplazo con la velocidad que me permite el viento matinal. Deambulo por doquier mientras esté completo. Mientras navego por el mar de aire azul siento las aristas filosas que vienen del norte… Así hasta que te veo reposando sobre un amplio manchón verde allá abajo. El color de tu piel y la grandeza de tu figura destacan aún más la belleza de tus tentáculos. Eres tan grande que podría tardar varias lunas en humedecerte toda… Sin importarme la proeza me lanzo hacia ti y lo intento. Mientras desciendo me deslavo con sumo cuidado; millones de fragmentos de mi ser acuoso se abren ante tu entez como una red… Te lluvio despacio con el amor que me has despertado de sólo verte animar el cuadro bajo mi ser… Y te caigo gota a gota, y con cada una siento tu tacto, y esa sensación despierta en mí un calor inusitado. Son millones de cápsulas de agua que te tocan y se evaporan al contacto. Es una sensación de placer por dos vías tocar/evaporar; millones y millones de sensaciones al unísono, conectadas a mí, sintiéndote y bañándote, al tiempo que minúsculos chispazos de la evaporación me devuelven vertiginoso al cielo desde donde te he lluviado…

 

dOs

Conecto con la tierra en forma de un gigantesco torbellino. La negritud da a mis curvas un aspecto de prodigio. Giro con tanta fuerza que arrastro todo. Ando por la tierra yerta con el único afán de encontrarte. Recorro toda la superficie de piedra y polvo hasta verte a lo lejos. Incólume pétrea y hermosa. El sol te aluza hasta la espalda. Me dirijo a ti sin demora. Tras de mí voy dejando una estela de nada; un surco tan grande y profundo que permite la reconfiguración de continentes. Todo mi deseo hacia ti, hacia tu corpulencia. Estrello mi cuerpo con la vehemencia de un ciclón joven. Escarpo tu faz con furia, te esculpo nuevas líneas, e invado tus entrañas haciéndote tanto amor como es posible imaginar. Respondes con aullidos y silbidos surgidos de entre tus grietas, recovecos, bóvedas y cuevas. El dorado polvo que levanto desde tu base se mezcla con mi humedad. Por unos instantes somos un solo ser. Ente mitad aire, mitad roca. Desde el espacio podemos ser vistos. Y allí me quedo contigo, rodeándote… hasta el final de los tiempos…

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No puedo ir, debes hacerlo tú. Por mí no te preocupes, yo estaré bien. Las palabras salen de la garganta del hombre enfermo como un suspiro. Juan asiente y enjuga su llanto. Sale al establo y ata a la vaca que muge. Le dice Ven Bonita, y ella resopla en respuesta.

Se apresura debe ir al pueblo a tratar de venderla a buen precio lo antes posible, pero está lejos, muy lejos. Si se da prisa podrá disfrutar de lo último de la lluvia de estrellas que mojan con su luz el valle. Como una ráfaga surge la escena, y puede imaginarse sentado en el borde de la montaña, con los pies al aire, cerrando y abriendo los ojos rápidamente para poder guardar en sus pupilas cada uno de esos haces. Bonita a su lado, echada, mascando serena, acompañándole.

Lleva un poco de pan, carne seca, agua en una guaje y un silbido que nunca cesa. Ensaya e improvisa tonadas, unas más alegres que otras. Cortos sus soplidos, la trompa elástica, entorna la lengua, cierra los ojos y mientras anda por el camino, flotante todo él puede vivir el viento despeinar el pelo de su cara de lobo…

¡Lobo, eres un lobo!, ¡Lobo lobito lobezno! Los ecos de las frases de sus amigos exprimen sus ojos. Líquido verde fluye por debajo de su comisura labial; su lengua negra la lame con regusto. Una mano aprieta con fuerza desmedida la rienda, la otra acaricia un cuervo como de papel lustroso con alas plateadas que se ha montado en Bonita.

Mira si estás feo mano, dice y sonríe cómplice. El graznido que recibe como respuesta parece ser de agradecimiento. En su cabeza escucha de nuevo las voces filosas: ¡Huyamos del lobo!, ¡¿Lobo estás ahí?! Jajajajajajaja. Sus compañeros de clase provocan que el torrente de su alma se desborde, y él decide hacer una pausa. Un pequeño torrente de agua cristal anega rápido el sendero. Al contacto con el pasto cada gota empieza a desparramarse cambiando de color. Mira la maravilla el muchacho de huesos anchos. Es una sinfonía de colores que se crean, se mezclan, iluminando el suelo, como ahora mismo sucede en el capote allá sobre las montañas que lo esperan. Voltea a traído por los truenos. En la tierra de abajo, allá, lejos, donde vive, llueve…

Luego de la pausa imaginada Juan camina sin descanso, lento pero seguro. La luna se come al sol una, dos veces. Las islas de casas al fin aparecen a la vista; flotan en el mar verde de árboles y plantas, con sus cascadas de arena. Trinos sordos preceden la nube de aves sin cabeza que ensombrece por momento el andar de Juan. Sabe que está cerca y se regocija con una alegría ligera, parecida a la que siente cuando come galletas rancias.

Sube el último trecho hacia su destino. La vera ofrece una vista perfecta de sincronía natural: maraña de raíces de todo tipo: riachuelos, sobras de nubes y arbustos que nacen y llegan desde la montaña del Elefante, semejan brazos que se abren para acogerlo en esta visita.

Las tierras del Oriente siempre le resultaron fascinantes a Juan. La vaca silente sigue dócil. Un chispazo en su cerebro ilumina los cuernos. En su hocico regurgita y mastica un trozo de savia calcificada que el chico le dio antes de iniciar el trayecto a la cúspide. ella no lo sabe pero la ayuda a evitar el cansancio, y lo mejor: la hace soñar despierta.

Por primera vez Bonita toma consciencia de lo que es y se siente satisfecha de formar parte de un todo. Imagina que si no existiera su lugar en el universo sería una mota de algodón volando entre los yerbajos. O una mancha negruzca que los humanos llaman sombras, que no tienen forma y que no dicen nada, ni mu.

Sus ojos parecen salirse de su sitio, quiere… ¡¿hablar?! Sí, lo sabe, algo en su cabeza se lo confirma, puede explicarlo como si se tratara de un pensamiento parido de esos que nacen del cieno de la ¿mente?, se hacen charco, evaporan y se convierten en, en, algo así, como, como lluvia concentrada que hace caminos en su, en su, en su, (no halla la palabra) ¿torrente?; baja por detrás de la garganta (porque ella tiene garganta ¡claro!) y salen por la boca u hocico en su caso. Sus pulmones se aprietan a sus costillas, se inflan y reinflan; entra aire; su corazón se paralizará seguro. No tiene miedo, pues no sabe qué pasara con Juan cuando la escuche falhar. Este es su momento, el momento ha llegado para emitir una palabra, y no sabe cuál pero si pudiera sería ¡Gracias!…

Pero antes que la emita y con ello quizás cambié el trayecto de la historia misma, escucha sollozar a Juan, quien le dicta su última sentencia de amo: “Siempre te quisimos y protegimos como un integrante de la familia; pero ya no podemos hacerlo más, perdónanos”. Extiende la mano, recibe unas monedas, tres granos que no conoce y lo guarda todo en su morral.

Bonita, la vaca feliz, cuasihablante, no comprende cómo pasó todo ese tiempo, pero siente que la felicidad se le termina de golpe. No recuerda desde cuando se le ha caído su dulce de cal. Su mente se eclipsa de nuevo y pierde la noción de quién es o fue durante un largo trecho del camino. Y mientras la jala desde ahora y para siempre alguien que ni le habla ni le llama Bonita, muge sin más…

Este texto fue publicado en el número XX de la revista Monolito, actualmente en circulación, octubre 2015 http://issuu.com/juanmireles/docs/monolito_xx/1?e=0

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