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Posts Tagged ‘relato’

Camino de madrugada, sigiloso, algunas luminarias me bañan con su negritud. Escucho mi corazón que brinca con cada ladrido. Los perros en esta localidad son feroces hasta cuando están dormidos. Doblo la esquina y veo una calle desierta.

 

El viento sopla. Las ramas mueven los nidos de las lechuzas que pían con sus sonidos característicos. La sinfonía crece en un movimiento situado en los bemoles, apretando el gatillo de mi miedo.

 

Es un kilómetro el que me separa de mi abracadabrante destino. Hago un alto para deleitarme con la luna. Miro con tal fijeza que la rompo en millones de pedazos —eso dirán los libros de texto del futuro, sólo que no mencionarán mi nombre, por eso me llamarán “El Hombre”—.

 

Millones de astillas se desplazan tierra adentro bajo mis pies. Son cápsulas de luz o, como yo las percibo, trociscos alborádicos que crean mantos infinitos. Ruedan chapoteando buscando una coladera por donde perderse.

 

Este pueblo está muerto a esta hora.

 

Se forma un afluente que moja mis pies y sube hasta mis pantorrillas. Avanzo con más esfuerzo. Apenas me doy cuenta de que los sonidos han cesado.

 

Un silencio pesado me aplasta el cerebro.

 

Todo a mi alrededor empieza a desdibujarse. La luz acuosa me consume poco a poco. Casi llego a mi parada. Me he estado desintegrando sin darme cuenta.

 

Mi conciencia es lo único que queda de mí y que ha podido escribir todo esto que lees.

 

Ya viene mi transporte, pero pasa de largo pues no hay nadie que le pida servicio. Antes de desaparecer de este plano veo cómo el conductor se cubre los ojos ante mi último destello…

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Desperté siendo un árbol que da corazones. En un terreno agreste crezco con muy poco, un poco de sangre, sol y aire azufrado que baja de las montañas ardientes.

Desde aquí la vista es excepcional. Domino un valle de restos de lo que una vez fueron dioses de otros tiempos.

Conforme transcurren los siglos cambio de corteza, pero sólo doy unos cuantos frutos en mi larga vida.

Hoy, precisamente en este 8-M doy dos.

El más grande pende de mi rama y se desprende con la suavidad de una hoja de fresno. Gira armoniosamente y al tocar el suelo explota, esparciendo polvo de miles de colores, dando vida y transformando el paisaje árido del rededor.

El otro pesa lo mismo que un diente de león y como tal vuela un poco antes de posarse parsimonioso, dando luz al planeta.

Cada uno toma su propia forma. Los cubro de heno con eso que en otros sitios se llama amor. Doblo mi tronco milenario lo suficiente para abrazarlos y darles soplos de vida…

Nada hay en el universo como verlos palpitar.

Les nombro, Es y Ce, “Mis hijas”, y las sumerjo en este mar de tierra yerta que empieza a cobrar vida…

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— I —
Suena una canción de la Sonora Santanera, esa que habla de amores de prostitutas, y luego una de Eddy Gormé, seguida de una de Bienvenido Granda. Es el preámbulo de lo que vendrá. Soñaré con mi madre. Madre-Muerta-Larva yace en su habitáculo a media luz. Muerta en partes, por episodios; podrida un poco cada día. Abraza a I. muerto pudriéndosele entre las patas. Cayéndosele a ambos el poco pelo que les queda. Sus caparazones opacos no pueden compartirse brillo. Ella ha formado un capullo con su baba milenaria. Ha mudado de exoesqueleto. El de él, mi hermano menor, no alcanzó a endurecerse y ahora es traslúcido. Lo arrulla bisbiseándole igual que los grillos. Al contacto  del sonido con su piel rugosa, mi I. querido se va hundiendo, aplastándose con el peso de las vibraciones…

— II —
Resignado hago fila, detrás de mi hermana V, quien ha sido dispuesta para la ocasión, hermosas sus extremidades, sus pelos urticantes; su miles de ojos pueden observar la historia infinita de nuestra especie: antes, ahora, en el futuro, en todos los hubiera posibles. Pero no funcionan hasta que mi Madre-Muerta-Grillo los toca con su lengua de popotillo. Los liba de su ceguera, uno a uno. Ella recibe el don y se larga, pavoneando su saber frente a mi estupidez silenciosa. Odio la inocencia de los menores, que nada temen, todo tienen. Mi otra hermana, CT, se yergue bichosa, poderosa, con sus tres cabezas. En un instante pasan toda nuestras vidas:
Ella se recuesta en el regazo de mi Madre-Muerta-Larva, sobre lo que queda de la piel de I., y al lado mi Padre-Escarabajo-Errabundo espera a que todo muramos, como marcan los cánones, para engullirnos, aunque eso nunca sucederá. Lo sé.
CT abre su diminuta bocaza y entonces sucede la maravilla. Madre-Muerta-Larva “conecta” con ella. Debo reconocer que ese momento, aunque no es mío, lo recordaré hasta el último de mis días: La conexión de la que hablo es un túnel cósmico por donde pasa toda la sabiduría de mi progenitora. Se multiplica en varios canales, y generan una luz negra que lleva de ida y vuelta remolinos de conocimiento de éste y otros planos, de éste y otros universos.
Exhaustas ambas se miran y lloran. Se despiden, se aman, y ese amor las reivindica…
— III —
Mi azoro no tiene parangón. Mi impaciencia tampoco. Me acerco como un paje. Tirito. Sin más Madre-Muerta-Larva me succiona desde la mollera. Dispuesta a conectarse conmigo pero no lo consigue. Asustado me separo, cortando el intento. Me atenaza del cuello, me levanta y mis pares de patas se separan de mi cuerpecillo que para ese momento ha dejado de ser tal. Me acerca hasta que puedo oler su aliento amoniacal. Escudriña mis pensamientos.
Amorosa me aleja de su presencia sin soltarme. Sobre el abismo que se abre debajo de mí me sostiene en vilo, en tanto que me arranca las alas. Excreta algo que me baña y que recuerdo muy apenas, es nuestro idioma antiguo: Dice que me saldrán alas nuevas, patas, que aprenderé, que debo hacerlo, que así lo cree, que soy al que más ama, y por eso hará lo que enseguida:

Me arranca la cabeza que al caer al hueco infinito, mira la escena desde abajo y con rafagueos veloces. Antes de tomar consciencia de que me desgarrará, lentamente, la recia tempestad que me reclama, voraz, tengo un último pensamiento: Cuántas veces más se repetirá esta experiencia, ya llevo 45 años, 45 veces en una misma vida…

Y me suelta…

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I

Soy un científico, ni loco ni cuerdo, ni sabio, ni imbécil, digamos promedio, de esos que no cambian el mundo, pero con la esperanza de lograrlo un día y pasar a la posteridad, de los que no descubren mucho más que algo que ahora sostengo en mis dedos: una máquina y una píldora que trabajan al unísono con el objetivo de lograr que la humanidad, toda, sueñe al mismo tiempo y todos esos sueños puedan ser concentrados en uno sólo.

Además tengo un plan: conseguir que en ese mater-sueño (tengo mi propio marco teórico claro está) podamos construir un beta-mundo, no, mejor dicho, un beta-universo mejor,  porque este ya está hecho una mierda… sea lo que eso signifique…

Pero tengo que resolver varios problemas a las variables propias de un proyecto de esta envergadura: qué laboratorio va a  fabricarlas, y qué empresa logística va a distribuirlas, y qué medios difundirán el hallazgo y convencerán a todos a beberlas; coordinar a todos los seres humanos para que las traguen y duerman al mismo tiempo; pero antes hacer las pruebas necesarias para sincronizar exitosamente píldora y concentrador-soñístico…

Pero ¿y si el mundo no quiere hacerlo o no cree que eso sea posible?… La gragea en mis dedos empieza a desmoronarse y veo que tiene poca consistencia… se desvanece en un líquido que no puedo asir… una sacudida me estremece, abro los ojos, incrédulo, triste desesperado…

II

Esta mañana desperté tratando de recordar un sueño inasible; algo en mí me dice que hallaba algo, pero no sé qué…

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Bube

Anda el niño afinando su mira; guiñando el ojo, moviendo de lado la mandíbula. En esa posición se le notan las cicatrices de una operación que hicieron un día para extirparle unas glándulas que ya no le sirven, es más se le pudren. Es el varón más pequeño de Don AG con Dobleaa, quien a esa hora, come y bebe lo que pueden pagar sus billetes ganados con el sudor de su brocha gorda. Una mujer, otra, otra, un litro de pulque, otro; una botana, una ronda para sus amigos, ellos los que siempre lo han acompañado desde que era un paria de rostro moquiento… Bube pide silencio a su hermanita, enferma de diabetes. Ella hace caso, amos acechan, pero el sonido de sus estómagos los delata, un ave vuela, pero dos no logran hacerlo. Niño de rostro pajarito lanza una, dos, tres pedradas y los mata…

Desplumados, abiertos, desviscerados, asados los pájaros se tateman en un comal hecho con palos, papel periódico y un poco de lumbre. Una vez guisados, Niño de rostro pajarito extiende los dos, pero Gloria le devuelve uno. Compartamos que así comemos los dos. Cuando se reparte, el hambre se siente menos. Bube sonríe.

Caminan por las calles polvorientas, hacen mandados para hacerse de mendrugos, de tortillas que con sal y limón les maten el hambre eterna. Famélicos, sin cariño, ni rumbo sonríen. Un perro les ladra y él los asusta con la resortera. Regresan a casa abrazados.

Así lo recordará un día luego de comer, ya convertido en Hombre de rostro pajarito, un día de diciembre, como este, frío como la espalda de un sentenciado a muerte. Acostado en el pasto, frente a la casa en obra negra, Bube laza otro recuerdo de su eterna juventud, lleno de zapatos con tacos, tierra y goles con sabor a campeonatos. Y canta. Del padre heredó el don de la buena tonada. Te gusta cantar tío, le pregunto. Sí. Mucho. Sólo así olvido esa pinche época de hambre. No dice más, guarda relatos que, intuyo, provienen de sus catacumbas. Dale Bube no seas un chillón. Ya güey, a darle. Pero antes de que las lágrimas le rueden se provoca carraspera, escupe un gargajo verde, le da una calada larga y profunda.

Se levanta y regresa a pintar. Y canta subido en la escalera, tan alto como pueda, más alto, más, desafiando su suerte, sin arneses, “porque esos son para putos”, con más fuerza para disipar con su voz de Niño/Hombre de rostro pajarito esa puta época de miseria… así pasó…

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Libro mis mejores batallas en tu piel.

Conquisto tus cúspides, acampo en tu cuerpo, velando mis armas de carne sin hueso.

Me refugio en tus cavernas.

Incendio leños de tu deseo.

Te cazo los sueños.

Merodeo.

Sigiloso.

Paciente.

Espero el momento justo de uno de tus movimiento.

Aprendo a combatir, a replegarme, a planificar mi estrategia.

Aprendo a escuchar tus sonidos, todos, los de tus ríos subterráneos, de tus volcanes que, ya extintos, exhalan cenizas milenarias, provenientes de tus centros de lava.

Busco la leyenda detrás de tus orejas, en tu nuca.

Arranco tu cabello de raíz; serpientes que, liberadas, se me lanzan arrastrándose por tu vado infinito, mordiéndome primero con sus ojillos inyectados de amorodio; inyectándome tu veneno maldito.

Escalándote por tu lado sur, nos encontramos, las víboras y yo, en tu hondura más estrecha, en donde ocurre el milagro, ese que perpetúa tu especie y la mía.

Ambos, hechos de piedra…

Nos desmoronamos hasta formar una nube que huele un poco a azufre, un poco a polvillo cósmico…

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Tengo muchas ganas de ti, me dijo con un mohín peliculesco, tomando mis manos y dejando entre mis manos una estrella de deseo. Atiné a sonreír como el idiota que siempre he sido, incrédulo de que esa medusa me hubiera elegido a mí. En esa época los prisioneros que purgábamos condena en la luna A-3123 del sistema Rojo, éramos exhibidos como carne fresca para quienes quisieran entablar una relación a mediano plazo. Cuestioné si había sido buena idea matar a la tenedora de naves.

Total, el armatoste que había tomado, sólo me sirvió para dos asaltos en la galaxia. Ella me besó como lo hacen, supongo, las hambrientas de mí. La punta de su lengua se tornó de obsidiana de Rupter, es el material más filoso del universo. Atravesó mi oreja con la suavidad de un asteroide perdido pero tan rápido que apenas sentí un pinchazo. Sus víboras empezaron a pelear por mi líquido vital, una de ellas cercenó a otra, bajo la mirada placentera de su dueña. Se separó y me señaló.

El grabdo azotó el tentáculo y dictó la orden de que sacarme del hueco de pirita, en cuyo interior la mitad de mi cuerpo reposaba. Leyó el documento que me liberaba de la justicia, pero me entregaba a esa Khartia, de bellas facciones. Colmillos incrustados en unas fauces anguladas, dos lenguas en sendas bocazas, tez pétrea, roja y negra; sus cuatro tetas incólumes, dos sexos posteriores y uno frontal, el que más me gusta. Los xeltos sujetaron mis brazos y en el cuello me colocaron un protcal de doble anillo, que me aprieta cada que me muevo rápido. Me sacaron y me obligaron a caminar sobre mis seis patas, algo que no hago desde que salí del mitre de mi trapta.

Mis cavidades observaron como la Khartia pagó lo pactado y me condujo a la bóveda de su nave.

Allí sus trobots me lavaron y una me preparó para oscular a mi nueva dueña. Me llevaron a la habitación. Me advirtieron en klingdor, idioma que hablo perfectamente, que era afortunado porque luego de hibernar, la medusa me había elegido.

Allí empecé a sentir la felicidad de ser el elegido. No tengo nada, nunca lo tuve, ni lo tendré. Soy de esa raza que no junta nada, sólo aquello que vive, palpa, observa con sus 11 sentidos, para luego escribirlo y legarla.

Ella llegó cuando la luna mayor de Soptri envolvía el planeta. Sin quererlo la nostalgia me atrapó, y dejé que me consumiera. Era una diosa. Palpitaba. Su exoesqueleto sudaba. Sus ojos brillaban con el haz del deseo. Me dio de beber un poco de tchella, me liberó del protcal, algo que me desconcertó, pero me dio un poco de tranquilidad.

Allí sucedió la maravilla: drogdadio como andaba por el zumo de tchella, no pude hacer nada: las serpientes que coronaban su testa de soltaron y se me arrojaron; ella me recorrió con sus sexos, embarrándome de mastenil, que me llevó a un paroxismo jamás sentido. Mi poderoso sexo la sujetó por el centro de su cuerpo. Se abrió en la punta y floreó las miles de puntas que lo integran. Ella gritó. El resto sucedió en un segundo, mis pensamientos se diluyeron en el mastenil. Ella lloró mientras sus colmillos y las serpientes empezaban a devorarme, lentamente, sin prisa pero sin pausa. Mis cavidades se concentraron en la segunda luna de Soptri. La historia de mi raza pasó ante mí. Nada. Tenía muchas ganas de ti, dijo gruñendo de placer, mientras una de mis extremidades caía a mi lado, rodando hacia las víboras que ya se mataban entre sí por engullirla… así pasó…

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