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Posts Tagged ‘relato’

Languidece la tarde. Entre las calles empedradas el sol recoge sus olanes. Opaco, frío, el haz que deja tras de sí invita a tomar café. Niña camina al lado de Pepe. Erguido, de mirada lejana camina por esas calles antiguas que vieron pasar miles de vidas desde tiempos coloniales.

—Mijita, empieza a hacer frío, ¿se te antoja una taza de chocolate?

La pequeña asiente y entran a una cafetería de techos altos y calor de fogón.

Se sientan juntos y él empieza a hablar. Ella atiende cada frase sin perderlo de vista, y entre las nubes que teje para ella con los hilos de sus historias, sus ojos de lago brillan, se estremecen, dudan, sonríen, siempre sonríe.

Las imágenes se replican en su mente vivaz, y dan paso a cuentos extraordinarios, leyendas y relatos de tiempos que a ella le parecen salidas de un libro fantástico.

Pepe González ha sido muy reconocido porque sabe muchas historias heredadas, vividas e imaginadas, por eso es famoso y querido. Es un buen hombre, suelen decir de él.

Terminan y salen del lugar, más felices. Él, porque entiende que una vez más ha cumplido su cometido, amar a su pequeña y consentirla. Ella porque intuye que esa imagen, como muchas otras, la acompañará para siempre y, no lo sabe aún pero un día, cuando esté muriendo, él vendrá a por ella, la abrazará de nuevo con sus brazos de roble y la llevarán consigo.

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Ayer vi a mi madre.

Yo dormía profundamente cuando sentí sus cálidos dedos huesudos alisando mi pelo, como cuando era un crío y me despertaba con besos en la frente.

Me dijo: hola hijo ¿cómo has estado?, bien madre, ¿y tú?, le dije.

Desde sus ojos hundidos, me hizo saber cuanto me ama.

en ese instante abrí los ojos pero alcancé a escucharla:

“Igual que siempre… muerta”…

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De agua

Te imagino de agua. Agua dulce y salada, toda; que abres paciente, las brechas, los caminos, que pules las rocas antiguas, con la paciencia del riachuelo.

Pero antes fuiste lluvia, llueves mi mente, y así sello tu imagen, tus ojos de lluvia, tu boca de lago, tu pelo catarata, tu piel de mar.

Frente a una orilla del mundo, yo, sentado en la arena, te espero paciente, sé que llegarás cuando desemboques en este punto, en el que te renovarás y comenzarás un nuevo ciclo.

Llegas con la fuerza de una tormenta…

Tú río y tú mar se hacen uno.

Entonces camino a ti y me sumerjo en tus aguas…

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Parpadeo. Hurgo en la negrura.

Imagino tus ojos amorosos, al fondo de la cueva de mi consciencia.

Azorado, temeroso, esperando lo peor, los veo acercarte a mí.

Siento la tibieza de tu cuerpo que mitiga mi frío, y tirito de emoción, en medio de la noche tachonada.

Sonrío con gesto idiota, como el cavernícola desamparado que soy.

Y como él, me abrazo a tu cuerpo, aluzante, con la viveza de una fogata.

Y así, descubro como hizo ese ser bípedo, hace millones de años, por primera vez, el fuego…

El tuyo…

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Escuchaba una canción que dice: “Yo tengo tantos hermanos, que no los puedo contar”. Feliz, tecleaba, como siempre, y la imagen de mi querido Javito apareció ante mí:

Encarnado en Bombus —himenóptero, creo— con sus ojos de panda y su patas de gallo a punto de volar, su sonrisa de villano bueno, de cuento feliz, su pelo corto, su humor ácido, agridulce, y su mirada de niño curioso, de ojos cavernosos, y alma venturosa, vestido de abejorro.

He de confesar que me dio un poco de risa porque pese a ser menor que yo, nocierto/sicierto, parece un chamaco imberbe y eso le da un aspecto aniñado.

Sueter a rayas café y amarillo, calcetines y, sospecho, calzones a tono, porque han de saber que ese muchacho no sale nunca des-combinado, ¡imposible! Su linaje abejorro se lo impide.

Bueno, decía que se me presentó en una imagen fugaz, pero lo suficientemente pausada, para recordarla por siempre, y me miraba con su gesto de oso recién salido de la hibernación; grande, extendiendo sus brazos peludos para abrazar al mundo, y recorrerlo con sus patas peludas, llamándome como siempre: ¡Miguelito!… a mí, un perro negro, y callejero, como dice otra canción, su antítesis en muchos sentidos, pero similares por eso mismo, pues nuestros extremos se juntan en un punto de inflexión.

Vale pues mi querido Javito, Abejorro ojos de panda, ve agradecido con tu Dios y amparado por él, del que, no tengo duda, eres su consentido, ve y cómete el mundo a dentelladas; o mejor, ve y riégalo con las escamas de tus alas iridiscentes…

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Amanezco en tu mirada. Abres los ojos y el sol empieza a clarear tu rostro. Amo verme en tus pupilas. Así, alargado, de silueta alienígena, obscuro, minúsculo. Me siento renovado cuando me devuelves a alguien que cada noche, pareciera que no tendrá una nueva oportunidad.

Pero este día es uno afortunado, porque cumplo 47 años.

— ¿He despertado ya tantas veces? —pienso, al responder tu saludo, mimoso, de leona.

— Hola amor, ¿cómo dormiste?

— Bien. Mejor que nunca.

He tenido mucho ajetreo en las últimas semanas: tu accidente, el tiempo en el hospital, en casa ajena, pero bien recibidos; tu breve muerte tu feliz recuperación y renacimiento profundo; la muerte de tu madre; la cirugía de mi hijo, su acompañamiento…

Pero hoy, me siento fuerte, animoso; 47 veces más vivo.

Es día laborable. Permanecemos solo unos cuántos minutos frente a frente.

La luz de la lámpara, que acabo de prender, incendia aún más mi imagen en tus avellanas de gorgona.

Nos levantamos y me alisto para enfrentar y acuchillar las últimas sombras de la noche…

Concluyo:

Cada vez consumo menos, cada vez necesito menos cosas, y supongo que ese hueco que tenía en otra época en mi vida, y que sentía en el pecho, ha ido desapareciendo, hasta casi llenarse, con mis sonrisas, con las tuyas.

Bajo el vidrio de la ventana, y a lo lejos el sol baña con rojos y anaranajados tonos la silueta del Iaxtacíhuatl.

Siento el aire en mi cara. Conduzco por Ciudad Puta con una sonrisa en la cara, mientras le subo el volumen a una canción que habla de tener una persona favorita…

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Adivina el futuro de los seres humanos, con solo mirarles a los ojos. Los atraviesa con un haz rojizo, en una fracción de milisegundos. Es la última aduana de esos entes bípedos, que todo destruyen, y que viven en La Tierra, pues, mientras están muriendo, ellos deben esperar a que les revele, a dónde irán: si regresarán, renacerán o continuarán su paso hacia otro plano.

Cuentan algunos iluminados que sí han podido regresar a este mundo, que su presencia es onmipresente, ubicua, que en su ser se concentran miles de ella, de todos los tiempos, como si estuviera cubierta de muchas capas de sí misma. También relatan que huele a noche y otoño, a primavera y atardeceres con cielos de lava, y todos coinciden en que se es tan feliz en ese instante en el que están ante ella que ya no vuelven a ser los mismos.

Como todos los de su especie, tiene sendas pinceladas por ojos, nariz y labios —que humedece al agitar las aguas de la consciencia con delicados movimientos de sus dedos cortos—.

De sus manos, acuencadas, nacen aires nuevos, flores de sueños que son bañados por el agua cantarina que nace de su sonrisa.

Su temperamento es calmo, pero ante la presencia del pasado, o una injusticia, ella arde, y entonces vibra y con ella la energía que la acompaña.

Su rostro adquiere un halo de fina dureza, solo por momentos, y tiembla, pero sonríe, siempre sonríe, y del sonido que produce nacen los cañones y las cavernas, y los truenos y la lluvia.

Ama a los suyos con un amor niño, y se reproduce a través de una hija que retoña cada noche. Rama nueva de su alma, con sus mismos mohínes, y es feliz.

Cuentan antiguas leyendas que su nombre ha cambiado a través del tiempo. No tiene edad ni rostro definido.

Unos le llaman simplemente Ella, otros Ediuqseynot, o prefieren solo recordarla así sin nombre, guardando su imagen en la mente, antes de partir, en forma del último hálito que queda, mientras sacude la luz que la envuelve.

Una vez al año, cada 5-M Ella se da un descanso, y se convierte en un portal dimensional, en el que la luz y el tiempo se congelan y se juntan, y todas las almas son libres de hacer lo que deseen; aunque pasado ese umbral, se conviertan en polvo infame…

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Meo. El baño es tan amplio como limpio.

Es un centro comercial o edificio de oficinas o un consulado, da igual.

Junto a mi pie izquierdo piso un agujero; es una coladera sin tapa, de donde imagino, podría salir una rata que, si tuviera suerte, podría degollar de un puntapié. Se siente bien la distensión de la vejiga.

Levanto mi cuello de oso, hago un movimiento de mis omóplatos, regodeándome en el placer.

Sacudo mientras la luz tiembla. Me acomodo y cuando estoy a punto de mover mi cuerpo de oso una cosa llena de pelo sale, delgada, por el agujero del suelo, y de un movimiento certero me arrebata la pierna hechiza, y caigo cuan oso soy.

Al chillido que, me digo convincente, es una risilla, precede la desaparición de mi extremidad de metal y plástico. tirado en el suelo miles de roedores me cubren en un segundo… pero nada ha sucedido.

Ha sido solo mi miedo. Me levanto como puedo y meto la mano en el agujero por donde eso se llevó mi pata…

y aquí sigo, horas después tratando de sacarla…

No sé cómo le explicaré a mi mujer que no podré llegar a cenar…

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Estoy en alguna parte. Semiinconsciente, pero solo estoy a la mitad, pero no es mi tronco o ni mis piernas, sino una especie de Guernica, pero me faltan piezas.

Miro mis brazos y por ello, deduzco, que tengo ojos.

Es de tarde. Mi tiempo perfecto.

El cielo es armiñoso, y puedo tocarlo con una de mis extremidades.

Planifico algo, nada importante, seguro es una tontería, me digo, porque odio hacerlo.

Con mis dedos abro la capa que cubre el estratosfera, y sin demora se abre paso un relámpago que me fulmina y termina de darme forma, pobre rompecabezas sin sentido.

El silencio.

Siento una especie de miedo antiguo, proveniente de tiempos remotos y tristes.

La luz fluye junto a mí, con sus característicos sonidos de agua.

La imagen se abre.

El ángulo perpendicular, de la escena, permite observar como mi sonrisa, idiota, lo único que queda de mi ser, se hunde para siempre en medio de un mar de extremidades… así pasó…

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Sueño.

Hundo mis manos en el cieno del olvido.

Mis dedos tocan objetos de mis yo de esta y otras vidas.

Desdoblado sobre mí, me veo buscando algo que no adivino.

Mis ojos, mis movimientos son frenéticos.

Al fin hallo un recuerdo que no es mío, sino implantado por mis padres, luego otro.

Los junto a mi lado para quemarlos después.

Por un momento siento que podría caer.

Temo.

Desisto.

Mis antebrazos están sucios.

Pero antes de que claudique las uñas chirrian con una superficie de eso que, al fin, he hallado.

He dejado los recuerdos de mis padres, ya no me sirven.

Avanzo en la noche de mi memoria, a paso lento, seguro, feliz, abrazando el inolvidable objeto de mi deseo, recuperado, el mismo que de vez en cuando observo con sonrisa idiota, con el rabillo del ojo.

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