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Archive for March, 2018

Camino de madrugada, sigiloso, algunas luminarias me bañan con su negritud. Escucho mi corazón que brinca con cada ladrido. Los perros en esta localidad son feroces hasta cuando están dormidos. Doblo la esquina y veo una calle desierta.

 

El viento sopla. Las ramas mueven los nidos de las lechuzas que pían con sus sonidos característicos. La sinfonía crece en un movimiento situado en los bemoles, apretando el gatillo de mi miedo.

 

Es un kilómetro el que me separa de mi abracadabrante destino. Hago un alto para deleitarme con la luna. Miro con tal fijeza que la rompo en millones de pedazos —eso dirán los libros de texto del futuro, sólo que no mencionarán mi nombre, por eso me llamarán “El Hombre”—.

 

Millones de astillas se desplazan tierra adentro bajo mis pies. Son cápsulas de luz o, como yo las percibo, trociscos alborádicos que crean mantos infinitos. Ruedan chapoteando buscando una coladera por donde perderse.

 

Este pueblo está muerto a esta hora.

 

Se forma un afluente que moja mis pies y sube hasta mis pantorrillas. Avanzo con más esfuerzo. Apenas me doy cuenta de que los sonidos han cesado.

 

Un silencio pesado me aplasta el cerebro.

 

Todo a mi alrededor empieza a desdibujarse. La luz acuosa me consume poco a poco. Casi llego a mi parada. Me he estado desintegrando sin darme cuenta.

 

Mi conciencia es lo único que queda de mí y que ha podido escribir todo esto que lees.

 

Ya viene mi transporte, pero pasa de largo pues no hay nadie que le pida servicio. Antes de desaparecer de este plano veo cómo el conductor se cubre los ojos ante mi último destello…

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Desperté siendo un árbol que da corazones. En un terreno agreste crezco con muy poco, un poco de sangre, sol y aire azufrado que baja de las montañas ardientes.

Desde aquí la vista es excepcional. Domino un valle de restos de lo que una vez fueron dioses de otros tiempos.

Conforme transcurren los siglos cambio de corteza, pero sólo doy unos cuantos frutos en mi larga vida.

Hoy, precisamente en este 8-M doy dos.

El más grande pende de mi rama y se desprende con la suavidad de una hoja de fresno. Gira armoniosamente y al tocar el suelo explota, esparciendo polvo de miles de colores, dando vida y transformando el paisaje árido del rededor.

El otro pesa lo mismo que un diente de león y como tal vuela un poco antes de posarse parsimonioso, dando luz al planeta.

Cada uno toma su propia forma. Los cubro de heno con eso que en otros sitios se llama amor. Doblo mi tronco milenario lo suficiente para abrazarlos y darles soplos de vida…

Nada hay en el universo como verlos palpitar.

Les nombro, Es y Ce, “Mis hijas”, y las sumerjo en este mar de tierra yerta que empieza a cobrar vida…

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