Feeds:
Posts
Comments

Archive for March, 2017

Arribo a un planeta desierto. Atravieso sus mares de líquido viscoso. Soy el último gigante de mi especie. Luego de cientos de generaciones he llegado a este lugar para terminar una misión. Alcanzo el único sitio en donde hay tierra firme. Es una isla de una belleza inenarrable. Oro y lloro en nombre de todos mis predecesores. Mi raza podrá extinguirse tranquila de saber que cumplí mi cometido.

En el centro, de un ojo de agua cristalina, fluye un río hacia el cosmos. Del corazón de ese cuerpo líquido nace una flor que tomo entre mis manos, y allí justo en medio de una de las miles de semillas que conforman su corola estás tú.

Una criatura de exoesqueleto luminoso, frágil, como la espina dorsal de un esterión, rara avis de un mundo extinto y cuya referencia solo yo conservo. Te he encontrado al fin. Suspiro temeroso de romperte antes de extraerte.

Entre mis dedos tu maravilla refulge con la fuerza de un millón de estrellas. De alas poderosas, larga cola espinosa, rasgos dragonescos, cuerpo transparente y escamas iridiscentes.

Despiertas. Solo una mirada de tus mil ojillos que cubren tu torso basta para comprobar que esa leyenda que me transmitieron genéticamente mis antepasados es cierta: “Quien mire a los mil ojos de una gorgonium sideral quedará para siempre infectado de una enfermedad que muta y alarga la vida”.

Se abre y expande ante mi el ojo de agua de tonos dorados.

Después de haberme fragmentado en millones de partículas tu primer aleteo las empuja al torrente. Sin embargo antes de que sea devorado por su poderoso flujo, sucede el milagro, al integrarme a tu superficie.

Desde ese momento y hasta el fin de los tiempos ambos recorremos al universo ignoto convertidos en uno mismo… así pasó…

Advertisements

Read Full Post »

Sintió la camisa húmeda, se tocó y se dio cuenta de que sangraba de una tetilla, la del lado del corazón. Tuvo que arrancar la tarjeta que traía en la bolsa de la camisa. De sus bordes salían patas del tamaño y puntiagudas como alfileres. Leyó: “Sano para siempre todo aquello que te duela…”

Al girarla vio número, dirección y el resto de la leyenda: “… Del alma, del cuerpo, de ésta y otras vidas”.

Bajó del tren, caminó por el andén y echó a andar a la superficie maldiciendo pues tendría que pagar más en la lavandería. Llegó a la calle y número. Lo recibió un edificio moderno de ésos que tienen gárgolas en el frontispicio, de piedra rosa. Revisó los botones. Oprimió el indicado en el pedazo de cartón publicitario. Le pidieron que subiera al piso tres. Unos ojos de delicado diseño genético le recibieron. Accedió a la invitación y tomó asiento.

Quiso escupir pero no halló dónde. Tragó flema negra. Tosió y jaló tanto aire como se lo permitió su corbata. Se recriminó mientras se la quitaba impaciente. Estaba tan habituado a esa prenda que le encabronó más ya no sentir su presión.

Los ojos le pidieron con un guiño entrar a la habitación contigua.

Sin presentación previa y como un cordero se dejó llevar al camastro por el ente de cuernos retorcidos. Le recordó a un profesor universitario que le caía mal. Una de sus gigantescas alas lo rozó en el antebrazo, dibujando una línea de la que empezó a sangrar. Como si nada hubiera pasado apretó la gasa que el cornupiante le alcanzó para contener el hilo rojo. El mareo le provocó náuseas, odiaba su condición de hematofóbico. Antes de caer desmayado balbuceó: ¡Qué chingadamadre hago aquí!..

Al abrir los ojos se percató de que no podía moverse. Además de las correas que lo sujetaban, su cuerpo estaba en un estado catatónico. Sudaba frío. Una luz le impedía ver nada. Entre sueños escuchó palabras sueltas, dispersas, de un idioma extraño, antiquísimo. Sintió miedo.

La plancha se enderezó automáticamente hasta quedar en posición vertical, quedando frente a un espejo de cuerpo entero. La superficie plateada le devolvía una imagen deforme. Estaba completo pero diferente: allí estaban sus alas, sus garras, sus colmillos, la aspereza de su carne. Sin embargo se horrorizó pues le faltaba la mitad del cerebro y en el pecho tenía un agujero perfecto que lo atravesaba de lado a lado. El Doctor Lavrov se tallaba las garras en un lavabo blanco aún con el tapaboca en su lugar. Supo su nombre al leer en un cartel publicitario pegado en la pared, en el que se le veía muy joven. Antes de salir del lugar éste resopló, asintió y le sonrió complacido.

Después de un rato al fin pudo moverse y regresó a su casa. Una gorra deportiva cubría su cabeza recién zurcida, amorfa. El pecho cubierto con un parche que, según las instrucciones de Ojos Lindos, debía usar por 15 días. Para entonces el hueco se habría cerrado completamente y las escamas habrían crecido de nuevo. Nada había que avisar en el trabajo, “allí ya sabían”, le dijeron al salir. “Dieta blanda, muchos líquidos y descanso absoluto, incluso del alma”, recordó que le dijeron. De no seguir al pie de la letra las indicaciones regresaría a su estado habitual.

Salió más ligero. Tomó el transporte de vuelta a casa, pero algo había cambiado en su interior: No podía maldecir, ni lamentar, ni odiar nada, ni a nadie. Ni siquiera sentía tristeza de sí mismo, de no ser el mismo que hasta entonces había sido. Intentó llorar pero tampoco pudo. Una sonrisa deformó su bocaza.

—II—

Esa mañana despertó con buen ánimo. El sol se impuso súbitamente a una lluvia torrencial que todo lo anegaba en la calle, miró al cielo y agradeció. “Ups”, pensó, “¿y ese gesto de agradecimiento de dónde vino?” Sintió nostalgia por sus ratos de odio. “Otra emoción nueva”, pensó. “A quién no le viene bien odiar de vez en cuando”, se dijo en voz baja.

Los colores se le metieron por los ojos con la velocidad de mil navajas como recordándole su nueva condición. Se alistó para regresar al trabajo. Siguió con sus actividades: Salía a cazar almas y las llevaba a los Centros de Justicia Divina todos los días de 8:00 a 20:00 horas. La rutina de toda su vida, pero cada vez le era más difícil hacerlo con la soltura que le caracterizaba.

Mas fue por poco tiempo, pues era el único en el corporativo en ese nuevo estado. Aunque era tendencia, y cada vez se registraban más exitosos casos de transmutación, según las noticias, “curarse la infelicidad” no se había generalizado aún como se esperaba. Pocos se arriesgaban a cambiarlo todo.

“Contagia mucha, demasiada felicidad, y eso no es bueno para este negocio”, “Sí, pero sigue siendo muy capaz”, escuchó a sus jefes cuchichear un día en el baño, sentado en uno de los retretes. No mucho después le llamaron de recursos demonios para despedirlo.

Rememoraba todo ese camino cuando un pájaro de dos cabezas y plumas azulosas se posó en la protección metálica de su ventanal. Trinó, aleteó, graznó y voló. El vidrio le mostró un gesto idiota de alegría. Sonreía pleno mientras acariciaba su pectoral ya recuperado del todo. Le molestó lo que vio. Murmuró: “Ese puto doctorcete no me operó bien. Me curó de muchas cosas pero no de la vida”.

Y por primera vez en meses sintió enojo profundo por algo. Emoción que empezó a germinar en su interior, como brote verde, y casi pudo visualizar cómo el cosquilleo en su lado izquierdo transformaba esa semilla de enfado en odio acendrado, de esos de cáscara dura. Abrazó ese placer que creía arrancado a fuerza de bisturí. La emoción se incrementó al buscar en sus recuerdos el momento en que había ido a “curarse”.

Fue a buscar entusiasmado el periódico, seguramente habría alguna vacante en su antiguo trabajo…
Nota: Cuento publicado en el fanzine “Miedo” de La Calaca Cultural https://www.facebook.com/lacalacacultural/?fref=ts

Read Full Post »

Adiós Arturo…

Lloro. Entro al velatorio y el gris natoso del ambiente me envuelve. La sobriedad me recibe con sus cuatro costados. Sillones de piel sintética. Tres parejas. Dos chicos con sus chicas, otra de adultos, y dos mujeres. Todos separados. Nadie se habla. Una es tu hija. Saludo a tu hermano. No atino a decirle nada, sólo que soy tu amigo. G y C me acompañan. Me suelto de su brazo y te voy a ver. Tu cara recién rasurada me hace pensar una y otra vez aquello que te dije muchas veces cuando eso sucedía: “Hasta que se le hizo al agua y al rastrillo cabrón”. Te han cortado el pelo, te han peinado. Luces un impecable traje, y también pienso otra frase aprendida: “Qué Arturo, ¿hoy te arregló tu mama?”. En tu pecho reposa un libro de López Velarde, tus lentes que ya no te servían de mucho, solo de accesorio para hacerte el interesante. Debajo del vidrio luces apagado. Te han maquillado, creo. Mis ojos se vidrian. No, “eso” ya no eres tú. Tú fuiste ese ente orgulloso, pedero, soberbio e hijoeputa buen-amigo que fuiste conmigo. Tú fuiste ese que amaban unos o maldecían otros. Tú fuiste el pinche chaparrito de La Jornada, el incendiario, el bullanguero, el inteligente, el tipo de dentellada fácil, de pluma filosa, de saliva cáustica; el viajero, el que repartía apoyo, solidaridad, bonhomía, putazos a la primera provocación. Ese que un día cambió el rumbo de sus días porque “quería sentir”, “vivir”, tragarse la vida cruda, sin conservadores de ninguna especie. El que bebía alcohol y comía pan, el que mostraba los dientes, cual perro rabioso, a quien no le gustaba. El que abrazaba a sus cercanos, el que se despedía con un ligero apretón de manos. De pie, desde mi estatus de vivo, un poco muerto contigo, le susurro a ese que fuiste, y que yace debajo del aparador que te guarda desde ahora como un estuche quién sabe qué. Le hablo en silencio y con él converso. En ese segundo, escenario zurcido en mi memoria, nos reímos juntos, frente a una chela en una cantina en Texcoco, en Ciudad de México, en Monterrey, en Puebla, en Las Vegas, en Los Ángeles, en Querétaro, en Jalisco, por algo que me dices: “Pinche Miguel tú solo adelgazas para conseguir vieja, ya luego engordas”. La frase te “imprime” de cuerpo entero en una postal como muchas otras que guardo y que estoy seguro revisaré cuando a mí me toque ser despedido. Un sollozo me trae de vuelta. G. sigue a mi lado. C. observa impávida. No estamos solos tú y yo. Tu familia aún no llega en pleno, la consanguínea y la profesional, pero en unos minutos lo harán. Nos sentamos. Mi mirada se pierde en el mármol. De las vetas brotan imágenes de rostros animalescos: un oso, una comadreja, un ave, un insecto, otro, otro, otro más. Miro fijamente y del suelo se desprenden esas criaturas formando un grupo alado, eleva el vuelo. La vida pasa en cinco minutos, pero quizás la tuya alcanzó uno más. Así la alargaste a fuerza de teclear sin descanso, de caminar, de arrojarte a enfrentar la Ciudad Puta de tú a tú, como eras tú, sin arredrarte ni un segundo. Porque nadie de quienes te hemos conocido podemos decir que eras cobarde, al contrario, además de buen camarada, eres buena pluma y buen peleador, como boxeador al límite, hasta el último segundo del último round. Golpeando sin cuartel, fajándote, intercambiando madrazos, golpeando las zonas blandas, recibiendo castigo inmisericorde; puta vida, puto destino… Sin embargo más allá de eso eras un amante de la vida. La sabroseabas y acariciabas sin recato, sin pudor le metías la mano, todo tu cuerpo; a donde la hallaras: en el fondo de un vaso, de un taco, de un pan, de una canción, de un beso, de una caricia, de una charla, de una reunión, de un reportaje, de una crónica, de una nota, una entrevista. Han pasado unos minutos desde que llegamos, no sé cuántos, pero ya no quiero estar aquí… esperando qué. Me acerco/nos acercamos a tu hija, ya no hay nadie más en la sala. Los insectos que vi nacer del mármol se han esparcido por Ciudad Puta para contagiarla de tristeza. Tu hija me/nos cuenta cómo fueron tus últimos días en este plano, tu mañana. ¡Cabrón! así estuviste dando lata hasta el último segundo de tu último round. Nos despedimos. Soy fulano de tal, respondo a tu heredera. Nos abrazamos y sollozamos un momento. Con mis vidriados ojos le digo: “Lo quise mucho, y creo que él también a mí”. La tarde nos espera. Lindo día elegiste para morir, al final del invierno, como para recibir la primavera en plenitud. Antes de salir miro tu estuche y parece que puedo escuchar a Joan Manuel Serrat cantando Curro el Palmo…

Read Full Post »

Llego a un pueblo. Llueve. Es de noche, las calles son estrechas, lodosas, el cielo inclemente parece caerse en cachos. Es una semana de fiestas, el papel picado bailotea con su grácil vuelo artesanal, de techo a techo. No vengo solo. Paso, pasamos cerca del centro, la plaza majestuosa con su iglesia, el café la cantina, el kiosco, las bancas, los árboles verdosos, el hotel nos reciben. Nos dirigimos a la hacienda.

 

Algún tiempo esa propiedad fue grande. Sus tierras, huertas, caballerizas todo en su interior era enorme. Era la más rica del estado, quizás del país. Muchos peones, muchos hijos, nietos, bisnietos, tataranietos después ya no es ni la sombra de lo que fue, la recuerdo apenas como en una realidad perdida, imagen que se esconde como niño regañado en la mente; antes estaba lejos, a las afueras del pueblo, pero ahora los descendientes de las primeras familias han crecido tanto que las casas rodean la finca, de tal manera que esto ya parece una plaza más pero resguardada por sus altos muros.

 

Es día de fiesta en San Sebastián, y aunque la hacienda tiene otro santo patrono, también se suma a los festejos. Se alista una comilona que compartirá con el resto de los habitantes de la demarcación. Cada año, desde hace algunas centurias la antigua propiedad abre sus puertas durante una noche entera. Afuera las luces de la feria iluminan la vida nocturna. Hay puestos, juegos, comida y bebida a granel.

 

Se dice que los alimentos servidos solo ésta noche son prodigiosos, de una exquisitez endemoniada. Las más altas personalidades del país llegan sólo para dar fe de ello.

 

Yo soy el cocinero y como cada vez que vengo a trabajar, desentierro un cuerpo fresco que yo mismo preparo. No tengo ayudantes, no me gusta hablar mucho, y puedo hacerlo solo. Como para qué quiero compañía.

 

El cuerpo aún se puede manejar, está en posición fetal, es un hombre corpulento, barbado, de cara cuadrada, como de 45 años. Este tipo de carne madura tiene buen sabor, fuerte de aroma al contacto en el paladar, pero suave a la mordida.

 

Lo llevamos a la cocina. Lo coloco sobre la mesa. Lo empiezo a lavar con zacate, jabón y agua, mucha agua, pero tengo cuidado de no mojar la cabeza, esa la dejo hasta el final para que no se remojen ni el cuero cabelludo, ni los ojos pues pierden carnosidad; además la piel arrugada da mal aspecto.

 

Lo abro en canal y mientras le rasuro las piernas, las nalgas, los brazos, escurre la sangre, no es mucha porque para esta hora toda se concentra en el estomago, luce un poco amoratado pero no mucho, eso es bueno. Lo vacío y guardo las vísceras y los genitales. Todo en frascos de vidrio transparente. Éste sí que los tenía grandes, reflexiono.

 

Mientras lo enjuago desprende un delicado aroma a muerto —suave pero intenso—. Se combina con el de las guayabas recién cortadas que ya me traen para el relleno. Quito la mugre a conciencia. Dicen que este año viene un obispo o algo así, y me han pedido que me esmere. Me molesta que no me tengan confianza, como si fuera la primera ocasión que cocino muerto.

 

Volteo al difunto y me percato de que su anatomía es extraña: la línea de las nalgas le sube por la espalda, hasta casi llegar al cuello, es como si tuviera un culo que no es el suyo sino el de un gigante. Reviso por última vez. Creo que tallé mucho por aquí, la piel ya luce desgastada, con pequeños agujeros, mejor, así no podrán quejarse de que está bien limpio.

 

Boca abajo la cabeza pierde su gracilidad, el fardo deja de ser lindo. Acomodo sus brazos de manera que me sirvan como patas de pavo, para prepararlo mejor. Sus piernas dobladas, de igual modo ayudan. ¡Míralo, si hasta parece que sabe el condenado!

 

Lo giro de nuevo y estiro otra vez sus pies, termino la limpieza, ya no tiene pelambre. En ese momento justo cuando sostengo la jícara para empezar a condimentarlo el muerto comienza a convulsionarse. No me asusto ya sé que es porque los tendones, nervios y músculos se acomodan; es como si los cuerpos se impacientaran y protestan.

 

Pero el bailoteo no cesa, y al intentar impedir que caiga de la superficie abre los ojos como asustado. ¡Caray, y ahora qué chingados sucede!, dice mientras me hace a un lado. Grita y lloriquea, me mienta la madre, baja su mano para tocarse el pecho, abierto. Se mira azorado, pero en el justo instante en que baja la mano para tocarse entre las piernas, nota la ausencia de güevos y pito. De la sorpresa pasa al miedo y a la cólera. Los gemidos y berridos aumentan. Me confronta. ¡Qué me hiciste!, dice. ¡Qué poca madre tienes! ¡Por qué te metes conmigo!, si yo no te hice nada.

 

Mantengo la serenidad para explicárselo. Hablo firmemente. Pero si tú ya estás muerto, te preparo para la fiesta grande. ¡No!, espeta indignado porque no quiere aceptar su suerte. Maldice. Se niega a ser difunto, y luego a ser servido como plato principal a un festejo al que él anhelaba acudir… Bueno en realidad así será ¿o no?, pienso para mí, susurro.

 

Incrédulo, rodea la mesa, rasca su cabeza, niega, asiente confundido. Yo únicamente atino a repetirle como oración: Estás muerto, estás muerto. Se detiene. Me lanza una mirada con sus ojos huérfanos de luz, ciegos, inertes. Escucha, le digo, estás alucinando y yo, estoy dentro de esa alucinación. Mírate las manos, las uñas las tienes llenas de tierra, son del panteón.

 

Un gesto idiota suaviza sus facciones. Baja los brazos y sonríe pues ya se dio cuenta de que lo que digo es verdad. Nos ha visto vio bien, a mí y a mi acompañante. Ya se dio cabal cuenta de que no estoy solo, la muerte me acompaña para prepararlo para el banquete. Resignado limpia sus cachetes la nariz con mocos y me dice mientras va cayendo de hinojos: Feliz navidad.

 

 

23 de septiembre de 2004

 

Primer lugar en el Concurso de Cuento Navideño Electrónico, convocado por Editorial Ficticia, Club Literario Leo Eduardo Mendoza y Fundación gt. Galicia, Miguel (2005): «Llego a un pueblo»

Read Full Post »