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Archive for July, 2013

Hoy encontré un libro que creí perdido para siempre. Estaba justo al fondo de mi librero. No es que tenga muchos libros, apenas unos cientos. Acumulo objetos y he hecho de esa obsesión mi mayor gusto. Lo compré en un tianguis, creo que fue en el Bordo de Xochiaca. Un viejo de aspecto merlinesco me lo regaló. Le compré un lote como de 10 libros. Fue mi pilón. Él me sonrió de manera extraña cuando me lo estiró. Me pareció raro pero aún así lo tomé. Nadie regala nada hoy en día. Es más pesado que cualquiera, me dijo, porque guarda historias que no se han contado aún y que un día ocuparás. Son tantas que podrías publicar mil libros. Respondí con una mueca y un billete de 200 pesos. Así llegó a mi casa ese objeto. Lo abrí pero no tenía nada escrito. Me sentí estúpido por la tomadura de pelo. Ahora que lo encontré recordé ese pasaje. Lo observé con la desconfianza que causa un bicho de seis patas. Brillaba de una forma extraña. La edición es casera. Dentro, justo en medio de las páginas amarillentas encontré esto que ahora reproduzco tal cual lo recuerdo al vuelo: “Amor es esa cosa que le crece a la gente todo el tiempo cuando sueña. Una cosa como pequeños pelillos que le brotan en el cuerpo, de donde cuelgan un día los ojos, otro la risa, otro los besos, otro los deseos del ser amado…” Me pareció una idea gastada, y lo cerré. Quise volverlo a leer, pero las palabras ya habían cambiado de lugar… el mensaje también. Sucedió algo extraño, las hojas donde habían estado aquellas líneas se renovaron. Lo volví a abrir y encontré esto: “Todos murieron cuando él terminó de leer la última estrofa de esa página. El cielo tronó, pero al volver a leer, había nacido un río de tinta de ese texto. Del riachuelo surgieron seres microscópicos que…” Y devolví el mamotreto a su lugar… suficientes imágenes tengo en la cabeza que no me dejan en ningún momento, como para lidiar con otras… así pasó…

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Le conocí un día de lluvia intensa. Pelo ralo, alto, de carnes magras. Se sentó a mi lado. Igual que a mí, le gustaba sentir cómo el agua sucia caía del cielo plomizo e igual que yo miraba el cielo abriendo la boca hasta llenarla y luego la escupía en un chorro poderoso. La ciudad era una verdadera mierda… Igual que mi vida. Era un tipo viejo, no anciano, pero ya viejo. Olía a queso añejado. Con el líquido grasiento se le deslavaban las escamas que tenía por piel. Me contó su vida, interesante en algunos pasajes, aburrida en otros. Soy tú cuando seas viejo. Soltó. No morirás pronto, ni siquiera a mi edad, te lo cuento porque lo sé, me he encontrado, te he encontrado hace un par de semanas con mi yo, en otro parque… Oye ¿por qué te gusta estar tanto en los parques?, dijo, y yo sólo atiné a levantar los hombros. Él siguió: Era, éramos nuestro yo anciano. Pero no te preocupes, no tienes nada de qué preocuparte, lo primero que me ha sorprendido es ver cómo a esa edad tan lejana, aún estaremos tú y yo y él con un estado de salud envidiable. Sólo existe un problema en tú, nuestro futuro: Olvidaremos que nos hemos encontrado antes, y para él, tú, yo del futuro seré, serás, seremos completamente extraños, ajenos, desconocidos,  amenazantes… Y nos/te/se matará de un beso en la frente. No, no, no, ni siquiera podrás/podré/podremos /podrá reaccionar él mismo. Así de la nada me dirá, te dirá, se dirá, nos dirá que no sabe porqué lo hará pero así me matará, te matará, se matará, nos matará cuando caiga la lluvia… Una vez que hubo terminado. Cerró su hocico, escupió un chorro perfecto de agua inmunda y se marchó. Sin voltear alcancé a escuchar sus palabras que sonaron a sentencia: Oye, y deja de comer pan, come coños, son más deliciosos, no seas pendejo… Dejó de llover. El sonido de las últimas gotas que caen de los árboles resonaba en mi mente como monedas de bajo valor en un florero… Le menté la madre y él rió a carcajadas, mientras se perdía entre la bruma… así pasó…

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Mi hermano abeja….

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Mi hermano abeja…

Es increíble lo que uno puede lograr en tres días. Dicen que hubo un Dios que necesitó siete días para construir todo en el universo. Pero yo conocí a un tipo que construyó mucho en sólo tres.

Tuve un hermano abeja. No, ni abejorro, ni abejita, así, sólo abeja. Israel volaba conmigo en las mañanas y en las noches. Mirábamos juntos los atardeceres rojos. Él libaba de las flores de mercadela por eso nunca se enfermaba de la garganta, porque todos saben que esas flores te curan los males del alma que suelen asirse de ahí…

Mi hermano abeja volaba lejos y regresaba en mis sueños. Ahuyentaba mis malos pensamientos, incluso los suicidas con un aletear suave que me llenaba de paz.

Yo lo amaba porque cuando podía me llevaba entre sus patas y me mostraba el mundo desde su perspectiva, que no está de más decirlo, era la mejor. Y aunque el viento parecía que me tumbaría, él me sujetaba fuertemente y me susurraba: todo estará bien. Yo le creía porque no hay recién nacido que no conozca los secretos del universo.

Nunca pude ganarle una carrera a mi hermano abeja, era el más veloz. Nació con un cuerpecito maltrecho. Sus rasgos indígenas eran de una lindura peculiar. Su piel obscura y las pequeñas serpientes de su cabeza dormían con él horas y horas.

Fue tanto lo que le esperamos que en un principio le confundimos con mi hermana ave que nació antes. Ella que tiene un remolino de vello que le parte la columna vertebral lo amaba tanto como mi otra hermana pájara.

Mi hermano abeja murió a los tres días, justo al inicio de un campeonato de futbol, pero en ese tiempo a nadie le importaba si un grupete de malos o buenos jugadores ganaban o perdían, porque lo realmente importante era ese amasijo de órganos magros, envueltos en una fina piel de chocolate.

Con su llegada, y su partida, mi hermano abeja selló su estadía entre nuestro mundo. Pero esas pocas horas fuera del huevecillo de mamá gorila bastaron para disolvernos como clan de seres insectos y animales que éramos.

Papá lobo me ha contado que recuerda esa mañana. Hacía frío, me dijo un día. Se me fue en los brazos. Se aflojó, dejando caer todo su pequeño peso como cuando uno duerme.

Allí quedó mi hermano abeja, convertido en un minúsculo fardillo de tierra húmeda. Recuerdo que la última vez que lo vi, él mamaba del pezón de mamá gorila, pero lloraba mucho. Los ojos de ambos se encontraron por instantes, pero fue suficiente para que yo pudiera entender poco después, que Israel se llevaba consigo la cordura de su madre y el lazo que hilvanaba nuestras vidas antes de su llegada….

Han pasado muchos años, tantos que apenas recuerdo su voz y prefiero imaginarlo así, como el hermano abeja que un día me socorrió en una pesadilla, tomándome por la cintura y elevándome una noche hacia un infinito aún sin descifrar. Me salvó de presenciar cómo papá lobo tragaba animales e insectos de manera inmisericorde en el bosque de mi memoria… Así pasó…

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—I—

Una tarde como muchas. Ha llovido un poco. Inicia julio y el cielo empieza a mudar de piel. Ahora el viento del verano lo tiñe de gris plomoso. Desde mi asiento puedo ver la calle. El aire me trae el aroma a tierra húmeda que me hace soñar. Cierro los ojos y me hundo en el recuerdo de tu coño rojizo.

Desde el respaldo me observa el gato. Tiene poco de haber arribado a este hogar de niño dinosaurio y niña gimnasta y madre ojos de felina. Lo hallamos en una jaula, acompañado de otro congénere suyo, ese, blanco, mugrosos ambos. Lloraba tanto que tuvimos que detenernos. Su pequeña cola yacía aprisionada debajo del metal. Preguntamos y el veterinario lo obsequió de inmediato. Así sin preguntas el pequeño cuadrúpedo se instaló. Y ahora me mira con sus ojos verdes. Agazapado, en posición de ataque. Tiene un mes de nacido, es pardo, atigrado, carilindo, botines blancos en cada pata, bigotes desproporcionados, maúlla y ronronea como cualquiera de su especie. Nada del otro mundo.

Nunca he tenido mucho aprecio por ese tipo de mamíferos, a pesar de que mis hermanas tuvieron uno muy parecido. Les considero de afectos efímeros, dueños de uno. Son capaces de domesticarte con sus zalameros arrumacos, pero siempre, siempre buscarán la manera de hacerte a su modo. Y cuando ya estés domesticado te abandonarán. Sin más. Pero no debe haber nada de trágico en eso. En ese sentido esos animales se parecen mucho a los hombres… igual que los perros, pero en sentido inverso: éstos a veces son presa de la estupidez de la lealtad, del amor.

Kin, el gato de mis hermanas — ¿había mencionado ya su nombre?— las domesticó en un santiamén y luego les arrancó el corazón con la precisión de un gato cirujano. Inició su labor de engatusamiento con la pequeña Vivis, una nena de siete años, en esa época de tierra y lodos pasados en nuestras vidas, de calles sin drenaje y lagunas de agua sucia. La miró en la calle y le llamó con sus ojos de cordero a punto de ser llamado al cadalso. Ella, mi hermanita no vaciló un instante y se lo guardó entre su ropa. Mi madre se dio cuenta sólo hasta que iban en una cafetera que cobraba barato por arriesgar sus vidas en un largo tramo de la avenida Pantitlán. El Kin siguió con su enamoramiento selectivo hacia Tere, la primogénita. No hago el cuento largo: el gatuno visitante se quedó hasta que creció y un día nos mudamos. Se lo llevaron consigo pero Kin nunca se halló en su nuevo hogar —a pesar de que tenía harto bofe y cariño a pasto— y ellas, mis hermanas, se vieron en la penosa necesidad de regresarlo a la antigua casa. Ellas deseaban quedarse con él, creo, pero al momento en que bajaron del carro, el muy gatón se marchó como si nada. No lo volvimos a ver.

Algo me decía que este animal de pelo verdusco que veo a hora frente a mí, mientras hago anotaciones que me servirán para dar pormenores a este relato, tiene algo de especial.

Acabo de darme cuenta de sus talentos. Llegué hace un par de semanas de mi acostumbrada rutina deportiva matinal, muchos le llaman correr, yo le digo, hacerme güey. Abrí la puerta y lo encontré allí, sentado frente al librero. Como una estatua de sal y cantera. La luz del sol dibujaba perfectamente su silueta. No se movía ni un ápice. Miraba, sólo miraba. Respiraba con tanta calma que pensé que se pararía y escogería alguno de los libros que allí esperan para irse a leer a un sillón que ha escogido como suyo. No sucedió nada.

La escena se repitió. Al principio pensé que era mi imaginación, luego creí que era mi visión matizada por la fluoxetina, y al final les contaré tal y como sucedieron las cosas:

Esa mañana el cielo aún se veía pardo. Llovía. Yo miré todo agazapado detrás de la puerta que da a la cocina. Una puerta convencional de esas de madera con una pupila de vidrio. El gato terminó de lamerse los testículos, de bañarse con calma y tras permanecer un rato observando mi biblioteca personal, subió por los peldaños del mueble.

Husmeó los lomos como buscando comida. Olió uno, luego otro, y así hasta que le dedicó más olisqueadas a uno de Mario Benedetti: “El cumpleaños de Juan Ángel”. Lo jaló con su pata peluda y me tuve que contener mucho para no correr y así evitar que cayera y se despedazara —era una edición muy leída—, pero eso me habría evidenciado como un espía de gatos, y no creo merecer tal calificativo incluso si viene de un gato.

De un salto el bicho lo prendió con su hocico, y me ahorró el momento incómodo. Lo cogió y buscó una página en particular. Lamió su pata, hojeó. Llegó hasta donde quería y se puso a leer.

Lo escuché ronronear y hasta creo que podría recitar lo que leía en voz alta: “Este viernes intacto se abre/en una habitación a ciegas / este veintiséis de agosto / a las siete y cincuenta / yo Osvaldo puente empiezo por ser un niño / de miedo enterizo y ojos cerrados / y sobre todo de pies fríos / que sueña cuestabajo con dos tucanes / dos tucanes hermosos y balanceándose / de esos que sólo vienen en los almanaques / seguiré algunas horas siendo niño…”

Hizo una pausa. Yo no podía creer lo que mis ojos enviaban a mi cerebro. Froté mis dedos por los párpados. Decidí esperar. El gato cerró el ejemplar y con el en el hocico lo devolvió a su sitio.

—II—

Leo al gato que me escucha atento en su sillón favorito. Primero le cuento sobre un escritor que acabo de conocer pero que al cabo de las primeras líneas me convierte en su fan. El autor de apellido Keret me cuenta cómo un hombre se engancha con una chica linda, pasado un tiempo surge le moción entre ambos y un día ella le confiesa llorando un terrible secreto. Él no puede creer que sea tan horrible como ella pronostica. Su reacción se atenuará por el amor que ya siente por ella. Seguro quieres que te lo diga, pregunta con el alma en un hilo, ella. Ante la respuesta afirmativa y sin chistar, él se entera que por las noches ella se convierte en un hombre chaparro, calvo y que bebe cerveza frente a la televisión. Hacen el amor y ella se queda o él, da igual. Cuando él despierta ve a un hombre como el que describió ella, que se sienta a tomar cervezas frente a la tele. Luego del momento traumático, él y el otro/ella se vuelven amigos, parrandean juntos y se divierte como nunca en la vida. Por las mañanas y durante el día y hasta antes de dormir hacen el amor él y ella, y por las madrugadas salen a divertirse él y el otro/ella…

Termino mi lectura y descubro que el gato entorna los ojos, como preguntándose algo. Como no conozco el idioma de los gatos, y menos de los gatos de un mes de nacido, no le pregunto nada. Devuelvo el libro a su lugar.

—III—

A mí me gusta leer y escribir, imaginar, comer, soñar y beber café en cantidades industriales, la mayonesa y los tacos de crema, y los tacos de aguacate con crema, y la cecina, y los frijoles charros, y Astroboy y Mazinger Z, y los corridos y Juan Rulfo y Cortazar y Gabo y las leyendas de brujas y naguales… Caigo en cuenta que le hablo al gato y en automático le guiño un ojo como buscando su complicidad… entonces el gato me responde. Pero no lo hace con una voz como la que uno podría imaginar que hablan los gatos de un mes de nacidos. Mueve los ojos y los bigotes y por alguna razón entiendo lo que el airecillo provocado por las ondas de movimiento que me llegan y percibo con la nariz. Y me habla:

“Creo que deberías de depurar tu librero. Tienes libros interesantes, como ese de Benedetti, pero la mayoría sólo te harán perder el tiempo. Si me permites ayudarte, entre los dos acabaríamos en una tarde”.

Respondo que no lo sé; le agradezco la intención pero creo que declinaré. Arguyo que tengo mucho que leer. El animal sonríe con malicia. Además no creo que un gato de un mes de nacido haya tenido tiempo siquiera de leer lo que yo he leído en 30 años, por lo tanto no creo que tenga criterio suficiente para juzgar una biblioteca modesta pero bien seleccionada.

Insiste y como no tengo ganas de prolongar la charla, termino aceptando su ofrecimiento. Entonces el gatillo me la cobra:

—Mira GGalicia, ya que aceptaste, creo que hemos subido de nivel en nuestra relación de amo-gato. Por eso mira, como yo tengo que soportar tus lecturas, ¿tú podrías concederme un favor?

— ¿De qué se trata?

—Para que todo esto tenga un aire de reciprocidad, déjame leerte historias que traigo en la cabeza

—Acepto —se me nota una mezcla de fastidio y curiosidad.

Antes de que continúes amable lector, y quites esa cara de: “¿De qué diablos habla este cuento?”, te comentaré que también a mí me hizo mucho ruido ese momento: Yo hablando con un gato y acordando que intercambiaremos lecturas es difícil de asimilar, pues ahora resulta que hay gatos que son escritores, o imaginadores, pensando que el nunca ha escrito ni creo que lo haga… En fin, concédeme la gracia se llegar al punto final.

—IV—

Mi nombre es José Tigre, pero no me digas Pepe o lo separes, no me gusta, así como a ti te gusta que te llamen GGalicia, a mí nunca me ha gustado que me digan ni minino, ni bicho ni ningún otro mote que se les ocurra. No siempre fui un gato. He tenido otras vidas y todas las he disfrutado. He visto y he vivido tanto que cada que regreso no sé si seré piedra, coral, mujer. Hombre o niño o anciano o planta o bacteria o estrella rutilante…

Siguió hablándome pero me perdí en mis pensamientos… pero como buen oyente a todo decía que sí…

—V—

Ya una vez establecidas las reglas y horarios de nuestras tertulias literarias. Le leo al gato una historia que habla de un chico con síndrome de down, y que amaba el futbol; participaba en el equipo del barrio. El chico, portero por convicción se ganó la confianza de todos poco a poco, y luego el respeto hasta de quienes lo relegaban por ser diferente. Atajando penales era una maravilla, pero un día en que se jugaban una final y ya en tiempo de compensación el chavo corrió para despejar la pelota pero por un terrible descuido abanicó la bola y entró el gol que le arrebató a él y a sus cuates, la gloria de un campeonato…

José Tigre asentía y saboreaba cada palabra. Cerró los ojos y como si buscara algo dentro de sí mismo movió su cuerpo, hasta hallar esto que enseguida narro:

Allí estaba yo convertido en un pez que feliz nadaba por un océano de aguas amarillas. Mis aletas me permitían alcanzar grandes distancias. Recorría ese universo de agua de arriba abajo. Me dejaba llevar por las corrientes. Conocía todos los rincones del fondo. Hasta que encontraba a una sirena. Su voz me acariciaba al deletrear mi nombre. Llegaba hasta donde estaba ella. De sus ojos despedía un hermoso brillo. Me pedía que me acercara. Era tal su encanto que yo obedecía sin cuestionar. Me acercaba a su rostro, entonces me besaba y con ese sólo contacto me descamaba y de mi interior, precisamente de mi hígado, extraía una célula que al contacto con su luz, me hacía tritón. Me besaba y ambos nos uníamos en un abrazo que nos aniquilaba. Nuestras partículas se diseminaban por ese universo acuoso. A partir de ese evento creábamos la vida en ese planeta…

—VI—

Nuestras vidas siguieron. Yo le leía, él me contaba eso que había leído en alguna parte de su interior o de sus vidas previas. Envejecimos juntos. Yo morí primero, luego de muchos años. Él —me describió él mismo en mi lecho de muerte— siguió su destino hasta la última coma:

Morirás. Esa misma tarde yo miraré por última vez el librero, seleccionaré un volumen y lo leeré de principio a fin. Recordaré la última historia que guardo para mí mismo y que ahora te cuento: Aparezco de la nada en medio de un desierto que me acecha. Camino hacia un manchón verde a sólo dos zancadas, como para salvarme —no sé por qué, pero entiendo que si me quedo allí moriré irremediablemente— pero no logro llegar a el. Las arenas me rodearán y me muestran sus intenciones con tormentas que me ahogan en polvos milenarios. Desesperado iré perdiendo fuerzas, arrastrándome, sin poder a ninguna parte. Primero mi pelo se caerá, luego la piel. Las extremidades entorpecerán. Un gusano seré. Cambiaré de piel como una serpiente. Los líquidos de mi cuerpo me darán alivio. Siendo de agua como seré, alimentaré el amarillo de esa extensión terrosa, y la trasminaré, y me sumergiré y atravesaré el planeta, hasta llegar al otro lado, donde una Diosa que aún no han creado me lamerá para suicidarse, y alcanzar así la vida eterna… Allí aguardaré/aguardaremos ella y yo convertidos en el mismo ser hasta que un día, el recuerdo cósmico de tu mente te pida que cierres los ojos y nos evoques convertidos en un coño húmedo rojizo.

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