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Archive for July, 2019

Éste mundo termina aquí, dijo él.

Pero aún falta mucho por ver, respondió ella.

Sí, pero hasta este punto llegamos.

Enseguida la tomó de los brazos y la acercó al precipicio, para que atisbara.

Ella miró silenciosamente ese lugar infinito, que desde ese punto le ofrecía una entrada a lo desconocido.

Ninguno sintió.

Ni miedo.

Ni rabia.

Ni tristeza.

Nada.

Después de escuchar un lugar común, de esos que uno pronuncia en momentos como ése, él se arrojó sin vacilar, liberado.

Sin ayes, ni gritos innecesarios.

Únicamente el aire rasgado sin final.

El Rumor de las nubes golpeando la montaña.

Silencio.

Entonces la mujer echó un vistazo a la nada.

Dudó, como siempre lo había hecho.

Claro, hasta aquí llego yo, pensó, aliviada.

Sonrió, feliz.

Enjuagó sus lágrimas, frías, y enrumbó sus pasos hacia lo conocido…

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Hay fisuras en el silencio. Es un silencio farragoso. Oscuro.

A través de él nada pasa, por eso cuando sucede el primer estertor una fina luz, poderosa, desparrama los bordes de este sitio.

El estruendo del cuerpo sin control precede a la explosión que da origen al universo. Un universo dentro de otro universo.

Los líquidos se unen, creando ríos de estrellas y estrépitos que alcanzan los extremos de esta galaxia.

Los roces de nuestra piel crean ondas sónicas que podrían considerarse una música inexistente hasta ahora.

Un bramido, jadeos, suspiros.

Tu coño untado de mi semen.

Mi vientre lleno de tu interior.

Yo tomando posesión de tu cuerpo, de tu culo, como un animal antiguo regresando a su lugar de origen.

Beso tu espalda, me hundo en tu nuca.

Una certeza: del orgasmo anal nacen los universos.

Esos sitios donde los ojos humanos no sirven y hace falta el tacto para moverte, la imaginación para sobrevivir; ojos con pupilas que se contraen, crecen, nublan…

Desde ese momento flota a nuestro alrededor una especie de aura o cosmos personal infinito, a la medida que nos acompaña a desayunar a comer, a coger a morir y a crear una y otra y otra y otra vez constelaciones hasta el fin del tiempo.

Con planetas, anos, asteroides, vergas, soles, muslos de pan, nebulosas, dedos, agujeros negros insondables, corazones agusanados…

Y en todos, absolutamente todos, una parte nuestra habita…

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Trabajaba en un edificio de grandes ventanales. La fachada era de vidrio, con figuras que pretendían ser humanoides.

Era un lugar en donde la relación con mis compañeros era estupenda.

De esa época conservo amigos hasta ahora.

Recuerdo que un día, cuando salíamos a una terraza a fumar, hablábamos del vértigo y jugué, como siempre, haciendo bromas idiotas, de mi estilo, con la idea de qué se sentiría caer desde esa altura —el piso estaba más arriba de la mitad de unos 15 pisos, creo—.

Una vez, salí solo cerré los ojos y a medo cigarro sentí cómo un pájaro me tomaba en su pico y me engullía. Otra, una mariposa me cargaba en su lomo y me daba de comer volteando su cabeza.

En otra ocasión una parvada de pájaros se acercó a mí, y empezó a trinarme algo que medio entendí —porque no sé si comenté que hablo español, y medio entiendo el inglés, y un poco de francés y, un pelín menos el idioma pájaro— que me tenían algo reservado para cuando cumpliera 50 años.

Les pregunté, insistente, creo en un burdo trino, si sería bueno o malo.

La más grande de las aves, que tenía un plumaje manchado de pantano, lo que me dio mala espina, me dijo algo que trataré de repetir, con la advertencia que escribo menos el idioma de los descendientes de los dinosaurios: krrrr, krrrkkk, kirssrrrr, krrrrkkk.

Desde esa fecha, hará tal vez unos 15 años, vivo esperando, expectante, que la segunda frase de esa profecía se cumpla.

La primera ya sucedió: He regresado a trabajar, pero ahora en el penúltimo piso, a ese mismo edificio, y me han empezado a salir unos bellos espolones en los tobillos…

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