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Posts Tagged ‘sueños’

Alados mis pies, me llevan a ti

Aladas mis manos, me llevan a tocar tu extensión inaudita

Alados mis sueños me conducen a tu ser

Alados mis labios me llevan a degustarte

Alados mis labios me llevan a nombrarte Eterna

Alados mis ojos me llaman a mirarte tu sol y tu sombra

Alados mis oídos me exhortan a escuchar tu rumor de desierto

… Siempre tú.

Tú, mi Roma

Tú mi imperio

Tú, mi tierra

Tú mi lugar feliz

Siempre Tú…

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Hoy, precisamente hoy, me despertó el movimiento brusco, involuntario porque estabas dormida, cuando te rascaste en tu costado derecho, justo debajo de tu herida de vida.

Debo decir que cada que puedo me entierro en ti, debajo de tu costilla, la penúltima, la más linda y cómoda, para dormir a mis anchas.

Para mí es el lugar exacto para renovar mi amor, ahí en ese lugar cálido que guardas debajo de tu seno; en donde me inyecto en forma de espina y me cobijo con tu piel lisa.

Allí, asomando hacia el exterior solo una parte de mí, la más puntiaguda imagino, embelesado, que tus lunares son Las Pléyades, la constelación favorita de nosotros los pleyadianos…

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Camino por la calle central de Ciudad Puta. El cielo es rojo y cambia a la escala de los morados. El frío me acuchilla sin piedad. Aprieto mis brazos, tratando de conservar un poco de mi calor.

No me gusta andar por la vida chillando, como puerco, pero cuando andamos desconectados, aunque sea brevemente, me pega más el clima.

Tengo unos cuantos céntimos y con ellos me encamino a una Máquina de Ensoñación, de esas que son baratas y están de moda para seres como yo que buscan paliar un poco ese mal, llamado melancolía.

Me siento, acomodo mi cuerpo, tomo las monedas, antiguas debo decir, y con la esperanza que las acepte en su alcancía. El armatoste está húmedo, pero soporto el asco. El último que la usó es un tipo con el que me crucé en la esquina, iba brilloso de cebo, sudor y lágrimas. Lloraba y lloraba, jadeaba, limpiaba sus mocos y sorbía entrecortando la respiración.

No me importa, solo quiero “sentirte”, como sea, por el tiempo que sea, a la distancia; con la fuerza del oleaje de tu presencia, impresa en mi cerebro.

Guardo silencio. Nada pasa. No entiendo por qué, si ya hizo el cobro esta cafetera. El miedo de la frustración me da ánimos para golpear la “Ensoñadora”, sin que me duela el puño. Mi asiento vibra y me recuesto de nuevo.

Un gato maúlla rozándose en mis tobillos. Lo pateo y en ese momento la máquina inicia el ciclo. Sonidos de cortos, chirridos. Una prensa aprieta is sienes y lanza un haz eléctrico… me sumo en un hoyo tan profundo como el corazón de un asesino.

La experiencia soñarrera dura, me parece, apenas un par de minutos. Te vi, te estrujé, te abracé, te apretujé las carnes;me introduje en ti, con tal vehemencia, que me convertí en líquido viscoso, caliente.

Babeo. Con sonrisa idiota me levanto, ya hay fila. Unos cuentan sus monedas, otros limpian sus tatuajes o sus tarjetas. Esto es un privilegio que cualquiera puede vivir, por una módica cantidad.

Unos teclean sueños, recuerdos, anhelos, aspiraciones… todos los seres de esta urbe, como en el planeta, nos parecemos: Compartimos la forma más dura y cáustica del dolor: la de la ausencia.

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Atado a la derecha de un ser interestelar, al costado de eso que conocemos como cuerpo, si es que se le puede llamar así, allí me colgó, amoroso, de mi larga cabellera, y me veía retelindo con mis ojazos café, destellando lucecillas en mis últimos segundos de vida, como la concebimos acá. Lo recuerdo tan claro como en un atardecer en Trimptelion, planeta triple, que gira, incansable pero lento, en un sistema solar de dos soles, interpuestos eternamente, uno naranja y otro amarillo.

Allí te he puesto porque necesito mirar ese lado del universo, me dijo, y sonrió, con esa característica risotada que los humanos llamamos burlona.

Cada tanto me untaba su fluido de luz negra, haciéndome sentir una emoción parecida a la llana felicidad, para hacer que mis destellos oculares alumbren mejor el camino que siguen las almas —aquí se llaman igual que allá— de los seres que mueren y transitan hacia su hocico, que nunca se cierra, ni siquiera cuando los mastica…

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Un momento de vértigo: viajo del espacio interestelar, en unas milésimas de segundos, al centro del ojo de un caracol. Y desde allí observo la vida que transcurre con pasmosa lentitud.

Tú, gigantesca figura bípeda, levantas del suelo hongos, mientras canturreas cosas que para mí son ininteligibles, recolectas afanosa, con tu cara de rasgos gorgónicos y tu pelo gorgónico, trenzado de serpientes gorgónicas.

Es un infinisegundo el que ambos cruzamos miradas.

Tú, con tus ojos gorgónicos, y yo, dentro del ojo de un caracol, depositado por alguna fuerza o energía o dios maldito que juega conmigo depositándome en esa cavidad.

Te has echado pechotierra.

¡Me has descubierto!

Tomas mi caracol-receptáculo en tu palma gorgónica y abres tu boca. El aliento que despides huele a hojarasca y frutos secos.

No entiendo lo que dices, pero quiero interrumpirte, decirte mil cosas, pero no digo nada, el miedo me ha paralizado, además no me entenderías.

En la mente se me traban palabras que quiero compartirte; querría decirte que si me tomas por mascota y esperas miles de años, podré salir de este ojo caracólico y podríamos conocernos y, no sé, quizás salir juntos y enamorarnos y combinar nuestros genes y si tenemos suerte enamorarnos e intercambiar sueños como estampitas.

Quiero decirte todo pero solo guardo silencio.

Tú, que no has parado de abrir y cerrar tus bellas fauces, aplastas el caparazoncillo y me comes de un bocado.

Amo que tu especie sea tan impaciente…

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Sueño.

Hundo mis manos en el cieno del olvido.

Mis dedos tocan objetos de mis yo de esta y otras vidas.

Desdoblado sobre mí, me veo buscando algo que no adivino.

Mis ojos, mis movimientos son frenéticos.

Al fin hallo un recuerdo que no es mío, sino implantado por mis padres, luego otro.

Los junto a mi lado para quemarlos después.

Por un momento siento que podría caer.

Temo.

Desisto.

Mis antebrazos están sucios.

Pero antes de que claudique las uñas chirrian con una superficie de eso que, al fin, he hallado.

He dejado los recuerdos de mis padres, ya no me sirven.

Avanzo en la noche de mi memoria, a paso lento, seguro, feliz, abrazando el inolvidable objeto de mi deseo, recuperado, el mismo que de vez en cuando observo con sonrisa idiota, con el rabillo del ojo.

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— I —
Suena una canción de la Sonora Santanera, esa que habla de amores de prostitutas, y luego una de Eddy Gormé, seguida de una de Bienvenido Granda. Es el preámbulo de lo que vendrá. Soñaré con mi madre. Madre-Muerta-Larva yace en su habitáculo a media luz. Muerta en partes, por episodios; podrida un poco cada día. Abraza a I. muerto pudriéndosele entre las patas. Cayéndosele a ambos el poco pelo que les queda. Sus caparazones opacos no pueden compartirse brillo. Ella ha formado un capullo con su baba milenaria. Ha mudado de exoesqueleto. El de él, mi hermano menor, no alcanzó a endurecerse y ahora es traslúcido. Lo arrulla bisbiseándole igual que los grillos. Al contacto  del sonido con su piel rugosa, mi I. querido se va hundiendo, aplastándose con el peso de las vibraciones…

— II —
Resignado hago fila, detrás de mi hermana V, quien ha sido dispuesta para la ocasión, hermosas sus extremidades, sus pelos urticantes; su miles de ojos pueden observar la historia infinita de nuestra especie: antes, ahora, en el futuro, en todos los hubiera posibles. Pero no funcionan hasta que mi Madre-Muerta-Grillo los toca con su lengua de popotillo. Los liba de su ceguera, uno a uno. Ella recibe el don y se larga, pavoneando su saber frente a mi estupidez silenciosa. Odio la inocencia de los menores, que nada temen, todo tienen. Mi otra hermana, CT, se yergue bichosa, poderosa, con sus tres cabezas. En un instante pasan toda nuestras vidas:
Ella se recuesta en el regazo de mi Madre-Muerta-Larva, sobre lo que queda de la piel de I., y al lado mi Padre-Escarabajo-Errabundo espera a que todo muramos, como marcan los cánones, para engullirnos, aunque eso nunca sucederá. Lo sé.
CT abre su diminuta bocaza y entonces sucede la maravilla. Madre-Muerta-Larva “conecta” con ella. Debo reconocer que ese momento, aunque no es mío, lo recordaré hasta el último de mis días: La conexión de la que hablo es un túnel cósmico por donde pasa toda la sabiduría de mi progenitora. Se multiplica en varios canales, y generan una luz negra que lleva de ida y vuelta remolinos de conocimiento de éste y otros planos, de éste y otros universos.
Exhaustas ambas se miran y lloran. Se despiden, se aman, y ese amor las reivindica…
— III —
Mi azoro no tiene parangón. Mi impaciencia tampoco. Me acerco como un paje. Tirito. Sin más Madre-Muerta-Larva me succiona desde la mollera. Dispuesta a conectarse conmigo pero no lo consigue. Asustado me separo, cortando el intento. Me atenaza del cuello, me levanta y mis pares de patas se separan de mi cuerpecillo que para ese momento ha dejado de ser tal. Me acerca hasta que puedo oler su aliento amoniacal. Escudriña mis pensamientos.
Amorosa me aleja de su presencia sin soltarme. Sobre el abismo que se abre debajo de mí me sostiene en vilo, en tanto que me arranca las alas. Excreta algo que me baña y que recuerdo muy apenas, es nuestro idioma antiguo: Dice que me saldrán alas nuevas, patas, que aprenderé, que debo hacerlo, que así lo cree, que soy al que más ama, y por eso hará lo que enseguida:

Me arranca la cabeza que al caer al hueco infinito, mira la escena desde abajo y con rafagueos veloces. Antes de tomar consciencia de que me desgarrará, lentamente, la recia tempestad que me reclama, voraz, tengo un último pensamiento: Cuántas veces más se repetirá esta experiencia, ya llevo 45 años, 45 veces en una misma vida…

Y me suelta…

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