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Posts Tagged ‘pareja’

Amo tu sonrisa amaneciendo, tu rostro de aspecto draculesco; tu rictus por las mañanas de odio al universo; tu mirada cuando pasa de asesino serial a Gaby, aquí, ahora, mi Gaby, cada que te digo entusiasta buenos días, con gesto de amor sublime y universal; amo tu pelo de Gorgona en el que podría perderme , toda la vida como minotauro en laberinto. Amo cómo me observas en tus cumpleaños, y a veces de vez en diario; amo tu historia conmigo, en otra parte, y conmigo de nuevo. Amo celebrar contigo la vida, porque estás viva, viva, viva, pues dos veces al menos, pudiste estar muerta. Amo verte morir entre mis piernas, intercambiar nuestra energía, amansarnos por vocación, sentar nuestros diablos y ponerlos a bailar con sus armas afiladas y a platicar a carcajadas; amalgamarme contigo, crear otra cosa que no existía, ni existirá, una tercera cosa que resulta de ti y de mí. Amo que lustres mis escamas y afiles mis garras, que libes mi cuerpo con ganas de abeja melipona, y me comas a mordiditas, completo, por fuera y por dentro, como las mantis. Amo que cumplas años, siempre amaré más estar contigo estos y el resto de los años que los primeros que pudieron ser naufragio. Vida mía, solo tengo que reiterarte algo que ya sabes: Sí en esta vida, sí en este plano, sí, en este planeta. Sí, siete veces siete.

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Jalo aire como me es posible.

Cierro los ojos.

Frente a mí un ojo del universo se abre, horizontal.

Inicia como un punto insignificante, pero en un instante se abre como un túnel tan abismal como mi consciencia.

Hacia su interior fluye luz cósmica, desparramándose en cascada.

Los colores que la mirada humana, de ésta mi envoltura, puede registrar, se mezclan con la textura del óleo y llenan la oquedad, dejándome en el alma, un sabor de inabarcabilidad que me estremece.

Inundada en segundos, la imagen del ojo del universo llena mis pupilas e ilumina mi rostro.

Sonriente, observo el nacimiento de un estrella que surge de los borbotones que de allí manan.

Hemos compartido por millonésima ocasión un orgasmo.

De esa luz hirviente surges de nuevo, de ondulantes líneas irregulares, y las miles de ti, tú, me besan con besitos felinos…

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Hay fisuras en el silencio. Es un silencio farragoso. Oscuro.

A través de él nada pasa, por eso cuando sucede el primer estertor una fina luz, poderosa, desparrama los bordes de este sitio.

El estruendo del cuerpo sin control precede a la explosión que da origen al universo. Un universo dentro de otro universo.

Los líquidos se unen, creando ríos de estrellas y estrépitos que alcanzan los extremos de esta galaxia.

Los roces de nuestra piel crean ondas sónicas que podrían considerarse una música inexistente hasta ahora.

Un bramido, jadeos, suspiros.

Tu coño untado de mi semen.

Mi vientre lleno de tu interior.

Yo tomando posesión de tu cuerpo, de tu culo, como un animal antiguo regresando a su lugar de origen.

Beso tu espalda, me hundo en tu nuca.

Una certeza: del orgasmo anal nacen los universos.

Esos sitios donde los ojos humanos no sirven y hace falta el tacto para moverte, la imaginación para sobrevivir; ojos con pupilas que se contraen, crecen, nublan…

Desde ese momento flota a nuestro alrededor una especie de aura o cosmos personal infinito, a la medida que nos acompaña a desayunar a comer, a coger a morir y a crear una y otra y otra y otra vez constelaciones hasta el fin del tiempo.

Con planetas, anos, asteroides, vergas, soles, muslos de pan, nebulosas, dedos, agujeros negros insondables, corazones agusanados…

Y en todos, absolutamente todos, una parte nuestra habita…

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Libro mis mejores batallas en tu piel.

Conquisto tus cúspides, acampo en tu cuerpo, velando mis armas de carne sin hueso.

Me refugio en tus cavernas.

Incendio leños de tu deseo.

Te cazo los sueños.

Merodeo.

Sigiloso.

Paciente.

Espero el momento justo de uno de tus movimiento.

Aprendo a combatir, a replegarme, a planificar mi estrategia.

Aprendo a escuchar tus sonidos, todos, los de tus ríos subterráneos, de tus volcanes que, ya extintos, exhalan cenizas milenarias, provenientes de tus centros de lava.

Busco la leyenda detrás de tus orejas, en tu nuca.

Arranco tu cabello de raíz; serpientes que, liberadas, se me lanzan arrastrándose por tu vado infinito, mordiéndome primero con sus ojillos inyectados de amorodio; inyectándome tu veneno maldito.

Escalándote por tu lado sur, nos encontramos, las víboras y yo, en tu hondura más estrecha, en donde ocurre el milagro, ese que perpetúa tu especie y la mía.

Ambos, hechos de piedra…

Nos desmoronamos hasta formar una nube que huele un poco a azufre, un poco a polvillo cósmico…

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Un pestañeo.

Amanezco en tus ojos.

El horizonte detrás de tu iris me regresa una imagen que no podré olvidar mientras mi cerebro funcione:

mi rostro deforme, sus escamas intactas, abrillantadas.    Mis cuernos y colmillos en su sitio.

Sonrío de verte.

En la corva de tu córnea me reflejo tan minúsculo como un liliputiense feliz e imagino que tú te observas igual.

Juego de espejos infinito.

Tú miles de veces, yo miles de veces más.       Somos tantos monstruos que podríamos sobrepoblar un mundo saturnino.

Compartimos una vuelta al sol más.

Te despiertas.

Abres tus bellas fauces tanto como puedes. Eres la envidia de leones y tiburones.

 

En mis brazos, rematados por sendas garras, eres tan frágil como un diente de león azotado por el vaho de un dragón.

Te ofrezco mi pecho y muerdes. La dentellada me abre en canal. No, te pido que me dejes disfrutar más, deja para el final mi cabeza…

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