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Posts Tagged ‘musicoterapia’

I

Había momentos en su vida que Chica Buenavibra extrañaba sentir en la piel el cosquilleo, la incertidumbre de quien ansía algo que nunca se cumple, de la desazón de un mundo incendiado a su alrededor.

Ella, de mirada de lago; de piel y líneas de dunas; de temperamento de sol naciente y marea espumosa; de sonrisa de luna; repartidora de sosiego; vivía los albores de sus tres décadas de vida, ya había trascendido mucho de sí misma pero buscaba más, más dentro suyo, seguía buscando tesoros, para pocos reservados, que solo aparecen tras el portal de la meditación, quería verse obnubilada, de vez en cuando, por un poco de ese fuego que se acerca pero no quema, si acaso calienta; es más, decía, lo necesitaba, como el adicto desintoxicado, extraña ese trémulo espasmo que siente antes de introducir a su cuerpo su substancia.

Cuando se encontraba así, sus movimientos circulares tallaba, para sí, la circunferencia de sus cuencos, y cerraba los ojos dejándose llevar por el inquietante sonido de la vibración, y se permitía recibir cada tono en toda su piel. Y así se calmaba, hasta la siguiente ocasión.

II

Tocaba para otros, con el amor acumulado en su conciencia, y su mente , de alas de humo, viajaba hacia momentos de sus etapas anteriores. En alguna parte de su cerebro Chica Buenavibra se desdoblaba y lograba verse como una espectadora, hechos, situaciones que le daban alegría.

En una presenció aquella en la que muchas lunas atrás se veía siendo una muchachita de pelo de obsidiana, entrando en una casa de alguien, y encontraba una especie de frutero en casa de alguien, que habían rellenado de naranjas o pan, y que ella, posteriormente empezó a llenar de sueños y felicidades de quienes escuchaban atentos sus vibraciones, para relajarse y hallar nuevos caminos de existencia.

Al finalizar las sesiones, sus transformados acompañantes de viaje le decían al unísono: “Gracias Anairam”, y ella los recibía gozosa, tomando las voces y anidándolas en su pecho, respondiendo con con sonrisas de luna llena.

III

Yo la conocí entrado en la medianía de mi vida. Reconocí que ella era una joven sabia, que había aprendido tanto de meditación y serenidad que algunas veces solo bastaba con tenerla cerca para tener la certeza de que el mundo podía explotar en un segundo, pero que uno se fragmentaría sin dolor y se uniría al universo con el gozo del suicida que saborea su muerte.

Y aún así, a sabiendas de lo que provocaba en los otros, y en sí misma, de ser paz y control de emociones, de estallar coloreando su cara en tonos cálidos, ella sentía de vez en cuando una suerte de nostalgia que no la dejaba de querer sentir desasosiego, por lo que a escondidas subía al ático de su hogar, acomodaba su planetario móvil y bebía su café, de altura, caliente, de aromas y sabor fuertes, a pequeños besos y sorbos, solo para volver a revivir en sus manos y en su corazón, de manera inducida, ese temblor que la hacía devolver su mirada hacia quién había sido.

Ella se decía, mirando el cielo, que entraba por la amplia ventana, que no, que eso que hacía no era un vicio, o una adicción; sino el recordatorio feliz, necesario, de quien necesita la referencia para no perder el piso.

No podemos disfrutar de lo que ahora somos, si no tenemos consciencia de dónde venimos, de esos que fuimos, en el largo trayecto a este punto del aquí y ahora, musitaba, cerrando los ojos, mientras la luz la bañaba e iluminaba sus rasgos suaves.

Varias veces se quedó dormida, quieta, soñando que ella, en un mundo paralelo, repartía no música de cuencos de maravillosas notas eternas; sino ansiedad, palpitaciones locuaces, ansiedad a la carta, para otros que, como ella querían, requerían, necesitaban tener entre sus venas la incertidumbre.

Y así esa otra Chica Malavibra, también sonreía, sin saber que era vista por su antípoda, y Chica Buenavibra sonreía como una chiquilla porque en esa otra realidad, paralela, también sus escuchas le agradecían, pero al revés el momento y su nombre: Gracias Mariana.

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