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Posts Tagged ‘literatura’

Laboro en una cámara iluminada por un sol rojo de luz intensa.

De una rueca, instalada del plafón planetario, cae en cascada, un fino río de silencio, de corrientes espumosas.

Trenzado por mí gracias al buen oficio aprendido de mis antecesores —que no son otros que yo mismo, pero multiplicado desde hace milenios—, de uno en uno, hilo todas las hebras, desde sus tenues puntas.

La línea es tan suave y fuerte como la seda de los arácnidos, y con el resulto urdo redes para pescar sueños, o ato, o coso los hocicos de las pesadillas depredadoras que producen unos seres que no conozco, ni conoceré, y que, leo en mi instructivo durante mi horario laboral, son llamados humanos…

así pasó…

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Libo el agua cristalina. Trago sin saborear, para qué si es indolora y insonora, me digo. Miro una planta cuyos brazos rematan en seis hojas. ¿Será que todas son de seis? Cuento, reviso. Tengo mucho quehacer, pero me doy un tiempo. Me traslado a un mundo imaginario de plantas con brazos de seis hojas. Hallo en en mi imaginación y en el mundo real— una de siete hojas… ¡Es el equivalente a un trébol pero más cabrón! Un mosco me distrae. Regreso del ensimismamiento sólo para hacerlo puré de mosco. regreso a la planta. Reviso una hora y ya imagino que me convierto en un descubridor famoso… mi cara en una portada de revista en revistas especializadas, conferencias, acompañado por la maceta, a la que ya le saqué pasaporte; ambos sonreímos a las cámaras… talk shows, centros nocturnos, mujeres, fama, dinero.

…Suena mi teléfono.

Número equivocado.

Amo maldecir, me libera.

Mastico el agua que ya adquirió una textura al mezclarse con mi saliva.

Acaricio el remate del brazo de la planta… y lo arranco de un tirón.

No, me digo, regresa a tu trabajo… está bien, me reitero, mientras regreso, arrastrándome a mi sitio.

Uno mis dedos al teclado biomecánico y me acoplo a la máquina…

No sé de dónde me salen estos pensamientos, ni siquiera sabía que los tenía, que era capaz de producirlos…

¿Y el brazo de la planta? Nah, qué importa, a mi la naturaleza me causa asco.

…y lo arrojo en el centro de combustión de mi centro de trabajo…

así pasó…

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Camino de madrugada, sigiloso, algunas luminarias me bañan con su negritud. Escucho mi corazón que brinca con cada ladrido. Los perros en esta localidad son feroces hasta cuando están dormidos. Doblo la esquina y veo una calle desierta.

 

El viento sopla. Las ramas mueven los nidos de las lechuzas que pían con sus sonidos característicos. La sinfonía crece en un movimiento situado en los bemoles, apretando el gatillo de mi miedo.

 

Es un kilómetro el que me separa de mi abracadabrante destino. Hago un alto para deleitarme con la luna. Miro con tal fijeza que la rompo en millones de pedazos —eso dirán los libros de texto del futuro, sólo que no mencionarán mi nombre, por eso me llamarán “El Hombre”—.

 

Millones de astillas se desplazan tierra adentro bajo mis pies. Son cápsulas de luz o, como yo las percibo, trociscos alborádicos que crean mantos infinitos. Ruedan chapoteando buscando una coladera por donde perderse.

 

Este pueblo está muerto a esta hora.

 

Se forma un afluente que moja mis pies y sube hasta mis pantorrillas. Avanzo con más esfuerzo. Apenas me doy cuenta de que los sonidos han cesado.

 

Un silencio pesado me aplasta el cerebro.

 

Todo a mi alrededor empieza a desdibujarse. La luz acuosa me consume poco a poco. Casi llego a mi parada. Me he estado desintegrando sin darme cuenta.

 

Mi conciencia es lo único que queda de mí y que ha podido escribir todo esto que lees.

 

Ya viene mi transporte, pero pasa de largo pues no hay nadie que le pida servicio. Antes de desaparecer de este plano veo cómo el conductor se cubre los ojos ante mi último destello…

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