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Miguel G. Galicia

—I—

Cada año que envejezco recuerdo cuánto he caminado en este planeta, a veces conmigo, a veces sin mí.

Recuerdo que mi madre-insecto me contó que nací un día frío de este mes, justo hoy hace 46 años.

No, no siempre fui este que escribe, de hecho creo que soy de todos esos que fui, el que no termina de hallarse, pero el que menos perdido, y eso me gusta.

Este que lees es uno que se refleja en una caja de espejos, pero es el último, en el extremo opuesto, de esos miles de yo que te mira desde su cómoda lejanía, el que piensa en que, sin ser trágico, se enrumba sin prisa pero sin pausa hacia su planeta originario.

Y mientras hago eso —regresar a mi mundo en otro sitio del cosmos—, tomado de la mano de todos los Miguel reflejados en la caja, pienso todo esto, mil veces mil.

Antes de nacer me decía mi madre que era un insecto-feto feliz, y al nacer fui un insecto-bebé feliz. Un poco insecto, un poco ave, un tanto reptil, más o menos verde.

Me amamantó con sus tres pares de tetillas, de las que libé cada enseñanza que ella traía en su interior, en su genética; inteligencias, como les llaman por este mundo, que creo me han sido insuficientes.

Guardo recuerdos de aquella primera época, luego de salir de mi crisálida. Su rostro anguloso, su pelo rizado, su sonrisa extasiada. No lo voy a negar, fui su consentido, pero no lo pedí, mi salud quebradiza la orilló a ello.

En las lunas nuevas ella me acurrucaba entre sus patas y me cubría con un murmullo que al tocar al aire se solidificaba en suaves hilos para hacerme un capullo a mi medida.

Aún recuerdo su amor insecto, con el que me daba de comer, regurgitando manjares proteínicos. Ay mamá insecto, cuánto te extraño.

Un día, ya más grande me habló de la muerte, de la suya, usando palabras que aún me hacen temblar: Hijo-insecto, la muerte es para nosotros sólo el inicio de lo que sigue, pero no temas porque ya no sentirás nada, ni hambre, ni frío, ni miedo. Para nosotros la felicidad es esa, saber que regresaremos a nuestro reinicio. Yo, moriré un día de octubre y tú, tú quizás no lo hagas como yo pero ten por seguro que te estaré esperando allí, en el punto de arribo.

Recuerdo que le dije: mamá si te vas primero, quiero irme contigo. No, irás cuando esta envoltura-exoesqueleto, que ahora te cubre, llegue a término, no antes, no después. Y acariciaba mis rugosidades.

Esa noche que ella partió yo fui a reconocer, así le llaman por estos rumbos galácticos, su cuerpo, y quise tomar una pata suya porque quería conservar algo de ella; pero sucedió que no pude sostener la extremidad porque al desprenderla en un movimiento rápido, se hizo polvo.

—II—

46 años después soy un insecto feliz, como nunca antes lo fui.

Ahora vibro, como nunca antes, acompañado de mi mujer-insecto, G.

Triste, extrañando a mis hijos-insecto, cambio de color, cada que los pienso.

Cuando mis recuerdos me duelen los extraigo de mí, pero hago más espacio.

Cruzo mis alas y estridulo con ellas.

Mi cuerpo ha empezado a tejer hilos sedosos.

A mi insecto-amada G la cubro toda, cada noche, y mientras penetro en su cuerpo, abriendo su pecho, ella muere un poco, como yo, y en mi rostro se dibuja una mueca, parecida a la que, recuerdo, tenía Lulú-insecto cada que me arropaba hanciéndome sentir la felicidad.

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