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Posts Tagged ‘fantasia’

Desde niño amé la lluvia. En la Calle 17 de la colonia Las Águilas, Ciudad Netzahualcóyotl, no había drenaje. Uno debía hacerse de un camino de rocas para no mojarse los pies y llegar a la otra orilla de los miles de lodazales. Se producían extensos espejos que reflejaban el sol y generaban vida. Debajo de la nata de algas verdosas que flotaban eternas se escondían animales fantásticos mitad de tierra, mitad de agua. Renacuajos les decían unos pero yo les llamaba Anfipecios.

A veces las torrenciales tardes nos daban treguas y podíamos salir a pescar anfipecios. La vida transcurría con la velocidad de la impaciencia del enamorado pero un día todo cambió: Betín, Chato, Nar, Ever, Higinio y yo apostamos 50 canicas a ver quién capturaba más batracillos. Yo me concentraba en un punto y allí escarbaba hasta hallarlos.

El ojo del cielo empezó a evaporar el agua con suma rapidez. Detuvimos la faena. El aire se tornó vidrioso. Columnas de vapor se elevaban por doquier. Ever huyó. Betín y Chato siguieron, igual que Nar. Solo Higinio y yo intercambiamos miradas. Él avanzó hacia mí, ladeando su bote y asiéndolo con el pulgar mientras arrastraba su única pierna buena que apoyaba en su muleta. Y diluviaba tanto que en medio de esa laguna se formó un agujero que en segundos creó un remolino.

Betín y Chato lograron sacar entre los dos un sapo del tamaño de una pelota. Pero se asustaron y el animal se les escapó. Nar se fue tras de ellos. Nosotros aún podíamos ganar. Seguimos.



Seguía lloviendo. La mamá de Higinio sólo salía por las noches. Mi madre había ido al mercado, nadie podía decirnos nada. El remolino crecía y crecía. Pensamos que se detendría pero no sucedió. Al contrario se transformó en un hocico de tierra y empezó a rugir.

Higinio y yo empezamos a arrojar piedras para llegar a él, atraídos por esa bocaza por donde se escapaban los espejos líquidos con nuestras presas. Higinio era osado como ninguno, amaba el peligro casi tanto como yo amaba ver llover. Cada quien por su lado arribamos a la circunferencia. Al asomarnos vimos la maravilla:

Estábamos encima de un domo. Debajo una civilización de anfipecios. Todos nos miraban con horror, todos señalaban hacia nosotros, es decir, hacia su «cielo». Todo pasó en un segundo: Higinio les gritaba, pero yo no podía escucharlo; el agua empezaba a despeñarse y caía en cataratas hacia ese extraño lugar debajo de nosotros. De una montaña de ese sitio salió un rayo de luz que alcanzó a Higinio quien antes de convertirse en un anfipecio me miró con ojos tristes y fue tragado.

No recuerdo más. La negrura me succionó. Nadie supo nada de él desde entonces. Sólo la «loca de la 17» sabía qué le había pasado a nuestro amigo. Cada noche Doña Loca se acercaba a mitad de la calle y escarbaba incansable, no sé si con la esperanza de hallar a su hijo o de alcanzarlo…
cuento publicado en:
https://clubdeescritura.com/convocatoria/i-concurso-historias-de-la-calle/leer/58562/anfipecios/#comments-anchor

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Cosecho tus sonrisas en extensos campos de alegría, en los que florecen felices, y las guardo en algún sitio de mi.

Después las selecciono y cuelgo en un muro que, como un acantilado, nace en mis sueños y se yergue hacia el infinito.

Junto a ellas, coloco los miles de brillantes que nacen de tus ojos.

Al terminar de colgar los más recientes, me echo de espaldas, flotando, a retozar, entrelazando mis garras debajo de mi nuca, mientras me regodeo, dichoso, en sus destellos.

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Un momento de vértigo: viajo del espacio interestelar, en unas milésimas de segundos, al centro del ojo de un caracol. Y desde allí observo la vida que transcurre con pasmosa lentitud.

Tú, gigantesca figura bípeda, levantas del suelo hongos, mientras canturreas cosas que para mí son ininteligibles, recolectas afanosa, con tu cara de rasgos gorgónicos y tu pelo gorgónico, trenzado de serpientes gorgónicas.

Es un infinisegundo el que ambos cruzamos miradas.

Tú, con tus ojos gorgónicos, y yo, dentro del ojo de un caracol, depositado por alguna fuerza o energía o dios maldito que juega conmigo depositándome en esa cavidad.

Te has echado pechotierra.

¡Me has descubierto!

Tomas mi caracol-receptáculo en tu palma gorgónica y abres tu boca. El aliento que despides huele a hojarasca y frutos secos.

No entiendo lo que dices, pero quiero interrumpirte, decirte mil cosas, pero no digo nada, el miedo me ha paralizado, además no me entenderías.

En la mente se me traban palabras que quiero compartirte; querría decirte que si me tomas por mascota y esperas miles de años, podré salir de este ojo caracólico y podríamos conocernos y, no sé, quizás salir juntos y enamorarnos y combinar nuestros genes y si tenemos suerte enamorarnos e intercambiar sueños como estampitas.

Quiero decirte todo pero solo guardo silencio.

Tú, que no has parado de abrir y cerrar tus bellas fauces, aplastas el caparazoncillo y me comes de un bocado.

Amo que tu especie sea tan impaciente…

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Camino de madrugada, sigiloso, algunas luminarias me bañan con su negritud. Escucho mi corazón que brinca con cada ladrido. Los perros en esta localidad son feroces hasta cuando están dormidos. Doblo la esquina y veo una calle desierta.

 

El viento sopla. Las ramas mueven los nidos de las lechuzas que pían con sus sonidos característicos. La sinfonía crece en un movimiento situado en los bemoles, apretando el gatillo de mi miedo.

 

Es un kilómetro el que me separa de mi abracadabrante destino. Hago un alto para deleitarme con la luna. Miro con tal fijeza que la rompo en millones de pedazos —eso dirán los libros de texto del futuro, sólo que no mencionarán mi nombre, por eso me llamarán “El Hombre”—.

 

Millones de astillas se desplazan tierra adentro bajo mis pies. Son cápsulas de luz o, como yo las percibo, trociscos alborádicos que crean mantos infinitos. Ruedan chapoteando buscando una coladera por donde perderse.

 

Este pueblo está muerto a esta hora.

 

Se forma un afluente que moja mis pies y sube hasta mis pantorrillas. Avanzo con más esfuerzo. Apenas me doy cuenta de que los sonidos han cesado.

 

Un silencio pesado me aplasta el cerebro.

 

Todo a mi alrededor empieza a desdibujarse. La luz acuosa me consume poco a poco. Casi llego a mi parada. Me he estado desintegrando sin darme cuenta.

 

Mi conciencia es lo único que queda de mí y que ha podido escribir todo esto que lees.

 

Ya viene mi transporte, pero pasa de largo pues no hay nadie que le pida servicio. Antes de desaparecer de este plano veo cómo el conductor se cubre los ojos ante mi último destello…

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Arribo a un planeta desierto. Atravieso sus mares de líquido viscoso. Soy el último gigante de mi especie. Luego de cientos de generaciones he llegado a este lugar para terminar una misión. Alcanzo el único sitio en donde hay tierra firme. Es una isla de una belleza inenarrable. Oro y lloro en nombre de todos mis predecesores. Mi raza podrá extinguirse tranquila de saber que cumplí mi cometido.

En el centro, de un ojo de agua cristalina, fluye un río hacia el cosmos. Del corazón de ese cuerpo líquido nace una flor que tomo entre mis manos, y allí justo en medio de una de las miles de semillas que conforman su corola estás tú.

Una criatura de exoesqueleto luminoso, frágil, como la espina dorsal de un esterión, rara avis de un mundo extinto y cuya referencia solo yo conservo. Te he encontrado al fin. Suspiro temeroso de romperte antes de extraerte.

Entre mis dedos tu maravilla refulge con la fuerza de un millón de estrellas. De alas poderosas, larga cola espinosa, rasgos dragonescos, cuerpo transparente y escamas iridiscentes.

Despiertas. Solo una mirada de tus mil ojillos que cubren tu torso basta para comprobar que esa leyenda que me transmitieron genéticamente mis antepasados es cierta: “Quien mire a los mil ojos de una gorgonium sideral quedará para siempre infectado de una enfermedad que muta y alarga la vida”.

Se abre y expande ante mi el ojo de agua de tonos dorados.

Después de haberme fragmentado en millones de partículas tu primer aleteo las empuja al torrente. Sin embargo antes de que sea devorado por su poderoso flujo, sucede el milagro, al integrarme a tu superficie.

Desde ese momento y hasta el fin de los tiempos ambos recorremos al universo ignoto convertidos en uno mismo… así pasó…

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