Feeds:
Posts
Comments

Posts Tagged ‘cielo’

—I—

 

Se llama María Sofía. Nació un día como hoy hace una década. Tenía entre sus diminutas manazas un corazón de esos que palpitan acelerados por la púrpura trombocitopénica trombótica. Entonces nadie lo sabía pero en esa minúscula bola de carne y venas y arterias y huecos traía una prueba de esas que te cambian la vida.

De piel lisa y risas torrenciales, María se zafó de las fauces de su madre y me devoró la mitad del cuerpo. Yo carcajeaba con la sonrisa idiota de un padre incrédulo ante tanta maravilla. Entonces como ahora eso definió su carácter, que tiene algo de inusitadez, impaciencia, voluntad, fantasía y mucha fuerza.

 

—II—

 

A veces suelo volar solo, y mientras lo hago disfruto del gélido aliento del cielo. Busco las nubes más altas de mis sueños, y me dedico a buscarla detrás de los picos más escarpados de mi consciencia. A veces me guío por la iridiscencia de sus cuatro brazos y sus seis piernas para hallarla.

Sus alas resplandecen como núcleos solares y hasta allá llego, a donde ella me aguarda flotando dentro de una burbuja tornasolada. Me mira sin observarme, con el dejo aprendido de mis antepasados. La rodeo con las serpientes de mis brazos y me dejo engullir con la paciencia de haberle heredado algunos gustos canibalescos.

Mas la suelto y emprendemos el vuelo hacia ninguna parte, tocándonos nuestras alas y anunciando al mundo su catástrofe, como ángeles apocalípticos. Gritando que la muerte de sus habitantes se acerca. Y carcajeamos mientras vemos como todos allá abajo corren queriendo escapar de su suerte. Nada se puede hacer ante lo consumado. Nada. Ni podemos, ni queremos. Sólo surcamos el techo del planeta que en este plano nos ha tocado compartir.

Hace tanto que no volamos juntos que no puedo esperar a dormir de nuevo —con la esperanza de que un día lo hagamos para siempre— para buscarla entre sueños y decirle —repetirle— al oído, eso que marqué para siempre el día que brotó en este mundo… ella sabe de qué hablo…

Read Full Post »

Anoche me lo contó un anciano que viajaba en las entrañas malolientes de esta ciudad puta. Con sus dedos enlamados de tristeza engarzaba algo parecido a un sueño y le daba forma de animal fantástico. Cambié de caracola, dijo mientras miraba la nada. Como siempre que eso sucede, continuó, en el tránsito de un lugar a otro perdí la consciencia, anhelos y esperanzas. No, no pensé que eso fuera dramático. Así es la vida. Sólo pude rescatar este pasquín —y me lo puso sobre las piernas—. Léelo, te lo regalo. Era un fajillo de quizás unas 10 páginas. Estaba incompleto, quemado por sus bordes.

Acto seguido, se bajó sin darme tiempo a darle las gracias o devolverlo (mi madre me inculcó que uno no debe recibir textos ajenos de ningún extraño, y menos si éstos desaparecen entre una estación y otra del subte).

Esto venía inscrito en la solapa: “Caminaba por las veredas de mi mente. La memoria es un pasadizo hacia nuevos mundos, puertas dimensionales que como juego de espejos te confunden. Camino una vida, dos vidas, tres vidas, cuatro vidas, hasta que me canso de caminar y me siento sobre el lomo de una luna en cuarto menguante. Allí aguardo silencioso. Como un mendrugo de mi cerebro. Te acercas del otro lado del pasaje. Al fin nos hemos encontrado.

Me levanto y tomo la postura de aquel chico que fui. Y recito sin pudor como hacía cuando participaba a los ocho años en los festivales cívico-militares de mi escuelita de gobierno netzahualcoyotlense. Ese niño desnutrido que engolaba la voz y alzaba el mentón para hablarle a esa divinidad que me dijeron era un patético pedazo de tela de tres colores que se ha deslavado en mis recuerdos: Tú en mi recuerdo, tú en mi mente, tachonada con besos, como la piel de un ángel al que le arranqué las alas; muerto por mis balas en una tarde te cielo rojizo. Tú le das reflejos a esta caverna de mí, destellos que me enceguecen y hacen andar a tientas, que me iluminan el interior.

El alma mía que sin la tuya dentro mío no sería la misma, sería apenas una burda imitación de algo que un día, en un lugar lejano, en otro planeta se pudo llamar humano…

Me vi de pie, apretando las hojas, hablando solo, como me pasa cuando viajo en metro. Regresé a mi asiento y me bajé en la terminal… así pasó…

Read Full Post »

Soñé tranquilo. Yo de pie en medio de un mar de ojos. Las garras al cielo. Una cascada de luz mercurial me bañaba. Meditaba. Peces dorados entraban por mis fauces y se perdían en mi inconsciencia. Una voz que no era la mía le hablaba a los seres de ese lugar. Sin saber por qué los felicitaba por ejercer su derecho a la autodestrucción. Sonreía a carcajadas. Extendía mis alas monstruosas y volaba arrojando fuego a todo ser viviente. Un Dios que yo no conocía intentaba detenerme pero con un soplido lo convertía en un ramillete de colas de rata que me tragaba de un bocado… Aburrido de tanta destrucción abandonaba ese planeta y despertaba en una cama como la mía, con una familia igual. Dormía tranquilo. Me soñaba caminando sobre la superficie de un mar de ojos… así pasó…

Read Full Post »