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Posts Tagged ‘amor’

Arribo a un planeta desierto. Atravieso sus mares de líquido viscoso. Soy el último gigante de mi especie. Luego de cientos de generaciones he llegado a este lugar para terminar una misión. Alcanzo el único sitio en donde hay tierra firme. Es una isla de una belleza inenarrable. Oro y lloro en nombre de todos mis predecesores. Mi raza podrá extinguirse tranquila de saber que cumplí mi cometido.

En el centro, de un ojo de agua cristalina, fluye un río hacia el cosmos. Del corazón de ese cuerpo líquido nace una flor que tomo entre mis manos, y allí justo en medio de una de las miles de semillas que conforman su corola estás tú.

Una criatura de exoesqueleto luminoso, frágil, como la espina dorsal de un esterión, rara avis de un mundo extinto y cuya referencia solo yo conservo. Te he encontrado al fin. Suspiro temeroso de romperte antes de extraerte.

Entre mis dedos tu maravilla refulge con la fuerza de un millón de estrellas. De alas poderosas, larga cola espinosa, rasgos dragonescos, cuerpo transparente y escamas iridiscentes.

Despiertas. Solo una mirada de tus mil ojillos que cubren tu torso basta para comprobar que esa leyenda que me transmitieron genéticamente mis antepasados es cierta: “Quien mire a los mil ojos de una gorgonium sideral quedará para siempre infectado de una enfermedad que muta y alarga la vida”.

Se abre y expande ante mi el ojo de agua de tonos dorados.

Después de haberme fragmentado en millones de partículas tu primer aleteo las empuja al torrente. Sin embargo antes de que sea devorado por su poderoso flujo, sucede el milagro, al integrarme a tu superficie.

Desde ese momento y hasta el fin de los tiempos ambos recorremos al universo ignoto convertidos en uno mismo… así pasó…

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…Así te digo querido trrhoxijo: Había una galaxia en lo más profundo de un grano de trupsjga. Allí en el centro —el cual estaba rodeado de miles de protones y neutrones y neutrinos y diminutos universos que ya nadie puede más que intuir— habitaba en un punto apenas perceptible para la tecnología más avanzada, un Ser fémino al que solo le bastó una gota del sudor de otro ser escamoso para renacer y florecer como hacen los seres que sobreviven de fotosíntesis cuyo nombre no recuerdo, como sí recuerdo que habitaron un planeta ya muerto ahora en un sistema solar en la vía láctea, con solo un sol.

Ese ser pulsaba su vida en repeticiones lumínicas que provocaban un sonido rítmico. Era bello verle hacer eso. Al tocarlo el líquido segregado por el Mutante aquel, La-Eso abrió sus crétalos como hacen las ratsikaz cuando van a devorar planetas cercanos. Su luz cambió y no conforme con ese fragmento acuoso del Mutante, lo succionó a él, poseyéndolo en su totalidad, queriéndolo engullir. Mas sucedió el milagro y éste se osmotixó de tal suerte que se convirtieron en un mismo wrantio.

Allí se dio forma a una nueva especie, la de los que viajan por el universo en forma de luz rítmica, de aquí para allá, entrando en los cerebros de los trrhoxijos que no se quieren inanimar para recuperar energía. Vaya si lo recuerdo bien mi amado trrhoxijo. No, no es una fantasía de esas que me contaban cuando era pequeño para hacer lo que ahora te pido que hagas tú. Dormir le llamaban aquellos seres del tercer planeta en ese sistema de un solo sol. Inmundos seres olvidados, desechados por sus creadores para exterminarse y exterminarlo todo a su paso… pero ya te contaré luego esa leyenda.

¿Que qué fue del ser? Nadie lo sabe trrhoxijo mío, nadie, ni siquiera nosotros Los Primeros. Deben andar por allí vagando en tu cerebro o el mío y en el de otros seres en este y otros cosmos, hasta el final de los tiempos. O quizás ya estén reiniciando su ciclo vital.

¿Sabes una cosa? yo creo que ese fue su destino pues no ha habido otros como ellos, ni habrá. No tuvieron trrhoxijos como tú, o como yo. Se alimentaban de ellos mismos, de sus haces, de su propia energía, insaciables, unidos para siempre en el mismo. Solo ellos y esa cosa que en las escrituras antiguas llaman TahmoRr…

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uNo

Desde lo alto de la montaña de dos picos me desplazo con la velocidad que me permite el viento matinal. Deambulo por doquier mientras esté completo. Mientras navego por el mar de aire azul siento las aristas filosas que vienen del norte… Así hasta que te veo reposando sobre un amplio manchón verde allá abajo. El color de tu piel y la grandeza de tu figura destacan aún más la belleza de tus tentáculos. Eres tan grande que podría tardar varias lunas en humedecerte toda… Sin importarme la proeza me lanzo hacia ti y lo intento. Mientras desciendo me deslavo con sumo cuidado; millones de fragmentos de mi ser acuoso se abren ante tu entez como una red… Te lluvio despacio con el amor que me has despertado de sólo verte animar el cuadro bajo mi ser… Y te caigo gota a gota, y con cada una siento tu tacto, y esa sensación despierta en mí un calor inusitado. Son millones de cápsulas de agua que te tocan y se evaporan al contacto. Es una sensación de placer por dos vías tocar/evaporar; millones y millones de sensaciones al unísono, conectadas a mí, sintiéndote y bañándote, al tiempo que minúsculos chispazos de la evaporación me devuelven vertiginoso al cielo desde donde te he lluviado…

 

dOs

Conecto con la tierra en forma de un gigantesco torbellino. La negritud da a mis curvas un aspecto de prodigio. Giro con tanta fuerza que arrastro todo. Ando por la tierra yerta con el único afán de encontrarte. Recorro toda la superficie de piedra y polvo hasta verte a lo lejos. Incólume pétrea y hermosa. El sol te aluza hasta la espalda. Me dirijo a ti sin demora. Tras de mí voy dejando una estela de nada; un surco tan grande y profundo que permite la reconfiguración de continentes. Todo mi deseo hacia ti, hacia tu corpulencia. Estrello mi cuerpo con la vehemencia de un ciclón joven. Escarpo tu faz con furia, te esculpo nuevas líneas, e invado tus entrañas haciéndote tanto amor como es posible imaginar. Respondes con aullidos y silbidos surgidos de entre tus grietas, recovecos, bóvedas y cuevas. El dorado polvo que levanto desde tu base se mezcla con mi humedad. Por unos instantes somos un solo ser. Ente mitad aire, mitad roca. Desde el espacio podemos ser vistos. Y allí me quedo contigo, rodeándote… hasta el final de los tiempos…

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—I—

 

Se llama María Sofía. Nació un día como hoy hace una década. Tenía entre sus diminutas manazas un corazón de esos que palpitan acelerados por la púrpura trombocitopénica trombótica. Entonces nadie lo sabía pero en esa minúscula bola de carne y venas y arterias y huecos traía una prueba de esas que te cambian la vida.

De piel lisa y risas torrenciales, María se zafó de las fauces de su madre y me devoró la mitad del cuerpo. Yo carcajeaba con la sonrisa idiota de un padre incrédulo ante tanta maravilla. Entonces como ahora eso definió su carácter, que tiene algo de inusitadez, impaciencia, voluntad, fantasía y mucha fuerza.

 

—II—

 

A veces suelo volar solo, y mientras lo hago disfruto del gélido aliento del cielo. Busco las nubes más altas de mis sueños, y me dedico a buscarla detrás de los picos más escarpados de mi consciencia. A veces me guío por la iridiscencia de sus cuatro brazos y sus seis piernas para hallarla.

Sus alas resplandecen como núcleos solares y hasta allá llego, a donde ella me aguarda flotando dentro de una burbuja tornasolada. Me mira sin observarme, con el dejo aprendido de mis antepasados. La rodeo con las serpientes de mis brazos y me dejo engullir con la paciencia de haberle heredado algunos gustos canibalescos.

Mas la suelto y emprendemos el vuelo hacia ninguna parte, tocándonos nuestras alas y anunciando al mundo su catástrofe, como ángeles apocalípticos. Gritando que la muerte de sus habitantes se acerca. Y carcajeamos mientras vemos como todos allá abajo corren queriendo escapar de su suerte. Nada se puede hacer ante lo consumado. Nada. Ni podemos, ni queremos. Sólo surcamos el techo del planeta que en este plano nos ha tocado compartir.

Hace tanto que no volamos juntos que no puedo esperar a dormir de nuevo —con la esperanza de que un día lo hagamos para siempre— para buscarla entre sueños y decirle —repetirle— al oído, eso que marqué para siempre el día que brotó en este mundo… ella sabe de qué hablo…

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Hoy encontré un libro que creí perdido para siempre. Estaba justo al fondo de mi librero. No es que tenga muchos libros, apenas unos cientos. Acumulo objetos y he hecho de esa obsesión mi mayor gusto. Lo compré en un tianguis, creo que fue en el Bordo de Xochiaca. Un viejo de aspecto merlinesco me lo regaló. Le compré un lote como de 10 libros. Fue mi pilón. Él me sonrió de manera extraña cuando me lo estiró. Me pareció raro pero aún así lo tomé. Nadie regala nada hoy en día. Es más pesado que cualquiera, me dijo, porque guarda historias que no se han contado aún y que un día ocuparás. Son tantas que podrías publicar mil libros. Respondí con una mueca y un billete de 200 pesos. Así llegó a mi casa ese objeto. Lo abrí pero no tenía nada escrito. Me sentí estúpido por la tomadura de pelo. Ahora que lo encontré recordé ese pasaje. Lo observé con la desconfianza que causa un bicho de seis patas. Brillaba de una forma extraña. La edición es casera. Dentro, justo en medio de las páginas amarillentas encontré esto que ahora reproduzco tal cual lo recuerdo al vuelo: “Amor es esa cosa que le crece a la gente todo el tiempo cuando sueña. Una cosa como pequeños pelillos que le brotan en el cuerpo, de donde cuelgan un día los ojos, otro la risa, otro los besos, otro los deseos del ser amado…” Me pareció una idea gastada, y lo cerré. Quise volverlo a leer, pero las palabras ya habían cambiado de lugar… el mensaje también. Sucedió algo extraño, las hojas donde habían estado aquellas líneas se renovaron. Lo volví a abrir y encontré esto: “Todos murieron cuando él terminó de leer la última estrofa de esa página. El cielo tronó, pero al volver a leer, había nacido un río de tinta de ese texto. Del riachuelo surgieron seres microscópicos que…” Y devolví el mamotreto a su lugar… suficientes imágenes tengo en la cabeza que no me dejan en ningún momento, como para lidiar con otras… así pasó…

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No puedo ir, debes hacerlo tú. Por mí no te preocupes, yo estaré bien. Las palabras salen de la garganta del hombre enfermo como un suspiro. Juan asiente y enjuga su llanto. Sale al establo y ata a la vaca que muge. Le dice Ven Bonita, y ella resopla en respuesta.

Se apresura debe ir al pueblo a tratar de venderla a buen precio lo antes posible, pero está lejos, muy lejos. Si se da prisa podrá disfrutar de lo último de la lluvia de estrellas que mojan con su luz el valle. Como una ráfaga surge la escena, y puede imaginarse sentado en el borde de la montaña, con los pies al aire, cerrando y abriendo los ojos rápidamente para poder guardar en sus pupilas cada uno de esos haces. Bonita a su lado, echada, mascando serena, acompañándole.

Lleva un poco de pan, carne seca, agua en una guaje y un silbido que nunca cesa. Ensaya e improvisa tonadas, unas más alegres que otras. Cortos sus soplidos, la trompa elástica, entorna la lengua, cierra los ojos y mientras anda por el camino, flotante todo él puede vivir el viento despeinar el pelo de su cara de lobo…

¡Lobo, eres un lobo!, ¡Lobo lobito lobezno! Los ecos de las frases de sus amigos exprimen sus ojos. Líquido verde fluye por debajo de su comisura labial; su lengua negra la lame con regusto. Una mano aprieta con fuerza desmedida la rienda, la otra acaricia un cuervo como de papel lustroso con alas plateadas que se ha montado en Bonita.

Mira si estás feo mano, dice y sonríe cómplice. El graznido que recibe como respuesta parece ser de agradecimiento. En su cabeza escucha de nuevo las voces filosas: ¡Huyamos del lobo!, ¡¿Lobo estás ahí?! Jajajajajajaja. Sus compañeros de clase provocan que el torrente de su alma se desborde, y él decide hacer una pausa. Un pequeño torrente de agua cristal anega rápido el sendero. Al contacto con el pasto cada gota empieza a desparramarse cambiando de color. Mira la maravilla el muchacho de huesos anchos. Es una sinfonía de colores que se crean, se mezclan, iluminando el suelo, como ahora mismo sucede en el capote allá sobre las montañas que lo esperan. Voltea a traído por los truenos. En la tierra de abajo, allá, lejos, donde vive, llueve…

Luego de la pausa imaginada Juan camina sin descanso, lento pero seguro. La luna se come al sol una, dos veces. Las islas de casas al fin aparecen a la vista; flotan en el mar verde de árboles y plantas, con sus cascadas de arena. Trinos sordos preceden la nube de aves sin cabeza que ensombrece por momento el andar de Juan. Sabe que está cerca y se regocija con una alegría ligera, parecida a la que siente cuando come galletas rancias.

Sube el último trecho hacia su destino. La vera ofrece una vista perfecta de sincronía natural: maraña de raíces de todo tipo: riachuelos, sobras de nubes y arbustos que nacen y llegan desde la montaña del Elefante, semejan brazos que se abren para acogerlo en esta visita.

Las tierras del Oriente siempre le resultaron fascinantes a Juan. La vaca silente sigue dócil. Un chispazo en su cerebro ilumina los cuernos. En su hocico regurgita y mastica un trozo de savia calcificada que el chico le dio antes de iniciar el trayecto a la cúspide. ella no lo sabe pero la ayuda a evitar el cansancio, y lo mejor: la hace soñar despierta.

Por primera vez Bonita toma consciencia de lo que es y se siente satisfecha de formar parte de un todo. Imagina que si no existiera su lugar en el universo sería una mota de algodón volando entre los yerbajos. O una mancha negruzca que los humanos llaman sombras, que no tienen forma y que no dicen nada, ni mu.

Sus ojos parecen salirse de su sitio, quiere… ¡¿hablar?! Sí, lo sabe, algo en su cabeza se lo confirma, puede explicarlo como si se tratara de un pensamiento parido de esos que nacen del cieno de la ¿mente?, se hacen charco, evaporan y se convierten en, en, algo así, como, como lluvia concentrada que hace caminos en su, en su, en su, (no halla la palabra) ¿torrente?; baja por detrás de la garganta (porque ella tiene garganta ¡claro!) y salen por la boca u hocico en su caso. Sus pulmones se aprietan a sus costillas, se inflan y reinflan; entra aire; su corazón se paralizará seguro. No tiene miedo, pues no sabe qué pasara con Juan cuando la escuche falhar. Este es su momento, el momento ha llegado para emitir una palabra, y no sabe cuál pero si pudiera sería ¡Gracias!…

Pero antes que la emita y con ello quizás cambié el trayecto de la historia misma, escucha sollozar a Juan, quien le dicta su última sentencia de amo: “Siempre te quisimos y protegimos como un integrante de la familia; pero ya no podemos hacerlo más, perdónanos”. Extiende la mano, recibe unas monedas, tres granos que no conoce y lo guarda todo en su morral.

Bonita, la vaca feliz, cuasihablante, no comprende cómo pasó todo ese tiempo, pero siente que la felicidad se le termina de golpe. No recuerda desde cuando se le ha caído su dulce de cal. Su mente se eclipsa de nuevo y pierde la noción de quién es o fue durante un largo trecho del camino. Y mientras la jala desde ahora y para siempre alguien que ni le habla ni le llama Bonita, muge sin más…

Este texto fue publicado en el número XX de la revista Monolito, actualmente en circulación, octubre 2015 http://issuu.com/juanmireles/docs/monolito_xx/1?e=0

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UnO

Sentí los primeros síntomas hace un año, pero hace un mes se incrementaron mis ganas de hacerlo. Los sueños me llenaron la mente como un tumor canceroso, primero una vez al día cada mes; luego una semana completa cada mes; al final cada minuto de cada día de cada mes. Eran tantos los pensamientos de amor que se me salían por todo el cuerpo. No exagero cuando digo que podía recogerlos entre mis manos como si fueran camelias, y los guardaba en mis bolsillos como dulces de algodón.

Ya para el 31 de diciembre — ¿o en qué fecha estamos?, no importa— no podía soportarlo más, me brotaban por los ojos, inundaban mi boca esas flores/minutos, esos sueños/pétalos, esas ganas de amar incontenibles. Mi doctor me decía que me daría otra pastilla para equilibrar los químicos cerebrales, que había que hacer un ajuste de sustancias… ‘Es la oxitocina, pero lo vamos a corregir’, decía con tono solemne.

Hace unos días me desesperé de no tener respuesta y tomé cinco píldoras de un jalón. Tenía dos frascos y a ella le hice tragar por la fuerza uno entero. Creo que no pasó mucho tiempo antes de que ella sintiera sus efectos. Primero su mirada se hizo acuosa, luego suspiró y guardó un largo silencio. Masculló algo que no pude entender del todo pero supongo que me quiso decir cuánto sentía por mí. Así pasaron las horas, no sé cuántas, y me dediqué a sentarla con cuidado, allí donde la ve. Levanté sus piernas largas, sus brazos los doblé. Acomodé la noche de su cabeza mientras ella intentaba regurgitar lo que creo le impedía respirar. Abrió la boca y cerró los ojos. Una lágrima rodó por sus mejillas rosas; se estancó en el inicio de la línea de sus senos y se evaporó cuando exhaló lo último, antes de dedicarme su última mirada…

dOs

Nunca me ha gustado trabajar en Navidad o en año nuevo o el 31 de diciembre pero debo hacerlo —guardó para sí un pensamiento, no podía decir que prefería trabajar que recibir otro rechazo—. No me malentiendas, no es que no me gusten estas fechas pero ocurren cosas que uno no se puede explicar del todo. Cosas extrañas cuya naturaleza te indica que algo pasa entre nosotros. A veces algunos no se comportan como lo que somos: humanos…

No terminó la llamada, el teléfono celular perdió la señal…  o le colgaron del otro lado de la línea. Prefirió no decir nada y siguió conduciendo. La noche se cerraba y las luces de su automóvil la rasgaban para abrirse brecha entre la soledad de la carretera.

 

tREs

Lloviznaba. Apagó la torreta y descendió del vehículo. Se burló de sí mismo pues al estar tan lejos de la ciudad era obsoleto encenderla. Se dijo para sí mismo No seas farol Mendoza, no seas mamón. Lustró cada zapato con la pantorrilla pero al salir los ensució con un charco de agua turbia; escupió enojado. Cerró su chaqueta de piel. Sintió la pistola al cinto, la placa en el pecho y subió las escaleras. Encendió un cigarro de esos ficticios, de los que sólo disimulan para engañar el hábito de quien los compra. Un vaho fresco entró por los pulmones. Llegó al cuarto piso del hotel y ya trabajaban los colegas. Antes de entrar guardó el cigarrillo de mentiras y prendió uno de verdad. Lo caló hondo y entonces, sólo entonces sintió que estaba vivo, nada como fumar de verdad, pensó. Ingresó al dormitorio y lo que vio hizo que volteara la cabeza como buscando una explicación —aunque fuera imaginaria, una mentira de quien viniera— para razonar lo que sus ojos guardarían para siempre:

Sentado en una silla, de frente a la ventana dos sillas ocupadas. Una por un hombre de unos 40 años, mudo, inmóvil. Pelo cano, ralo, regordete, manos de gorila, nariz de pájaro y ropa luida. En la otra una mujer inmóvil, evidentemente muerta. De la bolsa trasera del pantalón de mezclilla sobresalía una carta que al voltear a verlo se le salió, mas alcanzó a retenerla apretándola contra las nalgas. La tomó con una delicadeza que contrastó con el aspecto de sus dedos de hongo portabella que cualquier hubiera pensado que no eran suyos. Una sonrisa suave, casi pueril deformó aún más su gesto. Las arrugas surgieron de la nada en ese rostro endurecido por el dolor. Extendió la mano con el papel y le dijo:

—Al fin llegó Medina, ¿o es Mendoza? Por un momento pensé que no lo mandarían a usted —dijo no sin antes sacar de quien sabe dónde un encendedor—.

¿Por qué conocía su apellido?; ¿por qué habría pedido que fuera él precisamente quien llegara a ese lugar?, si no era su jurisdicción. Las preguntas se agolparon de pronto en su mente. No recordaba conocerlo, ni siquiera en su primera juventud. Y como si aquel hombre leyera sus pensamientos soltó:

—No, no nos conocemos. Nunca nos hemos visto en persona, bueno en realidad sí, pero en sueños. A usted lo soñé y sé que usted me soñó a mí. Esto es un dejavú, ¿se da cuenta? Es más si lo intenta, me recordará de hace un mes exactamente. Dormía una borrachera de vodka. Ese día cogió con singular alegría y se quedó dormido en este hotel, precisamente en esta habitación…

El estupor recorrió su cuerpo. Lo que decía ese hombre no tenía lógica, él ni había tomado —de hecho no lo hacía desde más de cinco años atrás—, ni había cogido en medio año —su esposa le había dicho que estaba decidida ya a dejar de tomar sus pastillas, resuelta de querer divorciarse de él en cuanto su cuerpo se desintoxicara de los químicos. Calló y esperó a ver qué más le decía ese sujeto que a media luz parecía estar hecho como de papel maché.

 

CuatRO

No la maté porque sí, la maté porque al igual que su esposa con la que usted lleva casado una década, se resistía a tomar las pastillas. Yo la amaba, ella a mí dejó de amarme hace mucho… si es que alguna vez me amó, claro. Pero recuerde que en nuestra condición eso es una elección. Yo no entiendo mucho de estos nuevos tiempos. No me gustan… Denuncié esa anomalía a su médico, al ministerio de salud, luego a los laboratorios pero nadie me resolvió nada. Todos me decían que ella estaba en su derecho de elegir si deseaba tomar las píldoras o no… Pero eso a mí no me va…. Yo soy de una sola toma y ya. Mire mi registro —alzó la mano y mostró orgulloso el dorso, se leía un número de 10 dígitos con sus respectivas líneas. No mentía—.

Intenté por todos los medios decirle que era lo mejor, que yo era su mejor opción pero no quiso escucharme. No, no lo planeé, sólo decidí de botepronto que debía hacer algo. No podía dejarla ir así como así, ella es mía, yo le pagué el tratamiento para que dejara a su anterior hombre. Pero no aceptó ningún argumento. Por eso la obligué a ingerir todo el frasco de un jalón, pero no aguantó. No, no sé cuánto tiempo llevo aquí. ¿Cree que hice mal?, ¿no cree que una corte me absolverá? Eso ya no importa… Sólo le pido un favor, tengo derechos y sé que puedo tenerla conmigo, a donde yo sea llevado… ¿podría por favor ayudarme a llenar el papeleo?.. Gracias…

 

cINco

Despertó llorando, como un niño. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde que esos sueños recurrentes lo desubicaran de esa manera. Su mujer acudió a su llamado. Le preguntó si estaba bien, si deseaba algo. No, no es nada, respondió él. Oye pero quédate conmigo. No, ya te he dicho que eso no es ni será más posible. Ven, anda, tómate un chocho conmigo y hagamos el amor, como antes. No, no insistas, ¿recuerdas lo que te dije?, ya no más chochos. Ya no tenemos nada. Entre nosotros, sólo algo filial, y sé que quiero otra cosa. Él se recostó, bebió el agua que ella le trajo y entonces trató de dormir. Quiso odiarla pero no pudo. La oxitocina en su cabeza se lo impidió. La luna nueva iluminaba la ventana. Ingirió una píldora para dormir, pero sus pesadillas regresaron. En la nebulosa de su mente se perdió, conoció gente que nunca había visto en su vida, hizo cosas que normalmente no hacía. Se vio en un pasillo largo sin paredes, sólo una banda de asfalto sin fin. Todo como si formara parte de una tira cómica. En el cinto una pistola de esas que arrojan agua, la placa de chocolate, y una anforita con alcohol eran todo lo que lo vestían. Llegaba a una casa. Una mujer con cabeza de cerdo cocinaba chilaquiles desnuda. Él la invitaba a salir al jardín a recoger tallos de ideas que podrían sembrar juntos en un invernadero que tenía bajo su cuidado; sin embargo por respuesta, ella se inclinaba con la cuchara en la mano y le untaba salsa por todo el cuerpo. Se inclinaba y le hacía una felación que lo mojaba… Antes de despertar de nuevo, alertado por el bip de su alarma, la besaba en el hocico, y volaba con ella, enlazados por el sexo, mas cuando le preguntaba su nombre, ella se transformaba en un hombre de mediana edad, gordo, con cara de ave y él, asqueado, lo rechazaba. Tengo que hacer algo con este tratamiento, ya no me funciona, susurró… Se vistió y salió a la calle… Un asesinato lo reclamaba. En la central no le daban detalles, porque en el lugar se enteraría… Pero él no tenía cabeza para pensar en nada que no fuera resolver su problema personal… ¿Tales sueños serían señales?, ¿de qué?, ¿cómo interpretarlas? Pensó que la conducta evasiva de su mujer tenía la culpa de esas pesadillas. Debo hacer algo, antes de que me vuelva loco de verdad, resumió, y salió de su casa.

 

seIs

Ahora se hallaba en esa habitación frente. Secó el sudor de su frente. Apenas recordaba el momento en que había llegado. De lo que si estaba seguro era de que ya había tomado la primera declaración del hombre que no volvió a hablar más y regresó a su posición inicial. Junto al cuerpo de esa mujer mitad humana, mitad sintética que permanecía ahogada con 100 pastillas de esas que estaban de moda, que dicen las clínicas de pareja pueden hacer que el amor dure para siempre. En silencio todos los que escucharon su relato y que permanecían a su alrededor —por eso no recordaba mucho, se había ensimismado en sus pensamientos mientras el hombre aquel había relatado cómo habían sucedido las cosas— esperaron a que diera órdenes. El detective Medina, célebre en la Unidad Especial de Investigaciones del Amor se recompuso, carraspeó, caló su cigarro que ya le quemaba los dedos y, —también se dio cuenta de que había fumado media cajetilla— guardó su encendedor. Sacudió la cabeza, pues un nuevo pensamiento cruzó su mente: pensó en su mujer que ya lo aguardaba en su casa, fría con él. Por un instante creyó verse obligándola a tomarse un centenar de dosis del amor como había hecho ese tipo regordete que ahora miraba el infinito. Se odió porque la idea le hizo sentir un cosquilleo de placer; sin quererlo sonrió. Se recriminó la licencia mental, repartió instrucciones y salió. Nunca entendió por qué aquel tipo lo había soñado. ¿Qué decía la carta? Ya lo sabría, cuando la leyera. Irrumpió en la calle lluviosa, no quiso manejar más.

Sacó de nuevo su cigarro de mentira. Masculló en voz baja “por eso mismo no me gusta trabajar en Navidad ni en año nuevo”. Tocó el frasco de pastillas —guardado en la bolsa de su chamarra— que había sustraído de la escena del crimen, acarició la pistola, y tomó con rumbo a su casa. Seguramente su esposa estaba dormida a esa hora, mientras se repetía como oración: “No será problema y claro, las leyes pueden permitirme llevarla conmigo a donde sea, a donde vaya, a donde me lleven”. Y la noche lo devoró…

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