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Posts Tagged ‘amor’

Un pestañeo.

Amanezco en tus ojos.

El horizonte detrás de tu iris me regresa una imagen que no podré olvidar mientras mi cerebro funcione:

mi rostro deforme, sus escamas intactas, abrillantadas.    Mis cuernos y colmillos en su sitio.

Sonrío de verte.

En la corva de tu córnea me reflejo tan minúsculo como un liliputiense feliz e imagino que tú te observas igual.

Juego de espejos infinito.

Tú miles de veces, yo miles de veces más.       Somos tantos monstruos que podríamos sobrepoblar un mundo saturnino.

Compartimos una vuelta al sol más.

Te despiertas.

Abres tus bellas fauces tanto como puedes. Eres la envidia de leones y tiburones.

 

En mis brazos, rematados por sendas garras, eres tan frágil como un diente de león azotado por el vaho de un dragón.

Te ofrezco mi pecho y muerdes. La dentellada me abre en canal. No, te pido que me dejes disfrutar más, deja para el final mi cabeza…

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Arribo a un planeta desierto. Atravieso sus mares de líquido viscoso. Soy el último gigante de mi especie. Luego de cientos de generaciones he llegado a este lugar para terminar una misión. Alcanzo el único sitio en donde hay tierra firme. Es una isla de una belleza inenarrable. Oro y lloro en nombre de todos mis predecesores. Mi raza podrá extinguirse tranquila de saber que cumplí mi cometido.

En el centro, de un ojo de agua cristalina, fluye un río hacia el cosmos. Del corazón de ese cuerpo líquido nace una flor que tomo entre mis manos, y allí justo en medio de una de las miles de semillas que conforman su corola estás tú.

Una criatura de exoesqueleto luminoso, frágil, como la espina dorsal de un esterión, rara avis de un mundo extinto y cuya referencia solo yo conservo. Te he encontrado al fin. Suspiro temeroso de romperte antes de extraerte.

Entre mis dedos tu maravilla refulge con la fuerza de un millón de estrellas. De alas poderosas, larga cola espinosa, rasgos dragonescos, cuerpo transparente y escamas iridiscentes.

Despiertas. Solo una mirada de tus mil ojillos que cubren tu torso basta para comprobar que esa leyenda que me transmitieron genéticamente mis antepasados es cierta: “Quien mire a los mil ojos de una gorgonium sideral quedará para siempre infectado de una enfermedad que muta y alarga la vida”.

Se abre y expande ante mi el ojo de agua de tonos dorados.

Después de haberme fragmentado en millones de partículas tu primer aleteo las empuja al torrente. Sin embargo antes de que sea devorado por su poderoso flujo, sucede el milagro, al integrarme a tu superficie.

Desde ese momento y hasta el fin de los tiempos ambos recorremos al universo ignoto convertidos en uno mismo… así pasó…

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…Así te digo querido trrhoxijo: Había una galaxia en lo más profundo de un grano de trupsjga. Allí en el centro —el cual estaba rodeado de miles de protones y neutrones y neutrinos y diminutos universos que ya nadie puede más que intuir— habitaba en un punto apenas perceptible para la tecnología más avanzada, un Ser fémino al que solo le bastó una gota del sudor de otro ser escamoso para renacer y florecer como hacen los seres que sobreviven de fotosíntesis cuyo nombre no recuerdo, como sí recuerdo que habitaron un planeta ya muerto ahora en un sistema solar en la vía láctea, con solo un sol.

Ese ser pulsaba su vida en repeticiones lumínicas que provocaban un sonido rítmico. Era bello verle hacer eso. Al tocarlo el líquido segregado por el Mutante aquel, La-Eso abrió sus crétalos como hacen las ratsikaz cuando van a devorar planetas cercanos. Su luz cambió y no conforme con ese fragmento acuoso del Mutante, lo succionó a él, poseyéndolo en su totalidad, queriéndolo engullir. Mas sucedió el milagro y éste se osmotixó de tal suerte que se convirtieron en un mismo wrantio.

Allí se dio forma a una nueva especie, la de los que viajan por el universo en forma de luz rítmica, de aquí para allá, entrando en los cerebros de los trrhoxijos que no se quieren inanimar para recuperar energía. Vaya si lo recuerdo bien mi amado trrhoxijo. No, no es una fantasía de esas que me contaban cuando era pequeño para hacer lo que ahora te pido que hagas tú. Dormir le llamaban aquellos seres del tercer planeta en ese sistema de un solo sol. Inmundos seres olvidados, desechados por sus creadores para exterminarse y exterminarlo todo a su paso… pero ya te contaré luego esa leyenda.

¿Que qué fue del ser? Nadie lo sabe trrhoxijo mío, nadie, ni siquiera nosotros Los Primeros. Deben andar por allí vagando en tu cerebro o el mío y en el de otros seres en este y otros cosmos, hasta el final de los tiempos. O quizás ya estén reiniciando su ciclo vital.

¿Sabes una cosa? yo creo que ese fue su destino pues no ha habido otros como ellos, ni habrá. No tuvieron trrhoxijos como tú, o como yo. Se alimentaban de ellos mismos, de sus haces, de su propia energía, insaciables, unidos para siempre en el mismo. Solo ellos y esa cosa que en las escrituras antiguas llaman TahmoRr…

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uNo

Desde lo alto de la montaña de dos picos me desplazo con la velocidad que me permite el viento matinal. Deambulo por doquier mientras esté completo. Mientras navego por el mar de aire azul siento las aristas filosas que vienen del norte… Así hasta que te veo reposando sobre un amplio manchón verde allá abajo. El color de tu piel y la grandeza de tu figura destacan aún más la belleza de tus tentáculos. Eres tan grande que podría tardar varias lunas en humedecerte toda… Sin importarme la proeza me lanzo hacia ti y lo intento. Mientras desciendo me deslavo con sumo cuidado; millones de fragmentos de mi ser acuoso se abren ante tu entez como una red… Te lluvio despacio con el amor que me has despertado de sólo verte animar el cuadro bajo mi ser… Y te caigo gota a gota, y con cada una siento tu tacto, y esa sensación despierta en mí un calor inusitado. Son millones de cápsulas de agua que te tocan y se evaporan al contacto. Es una sensación de placer por dos vías tocar/evaporar; millones y millones de sensaciones al unísono, conectadas a mí, sintiéndote y bañándote, al tiempo que minúsculos chispazos de la evaporación me devuelven vertiginoso al cielo desde donde te he lluviado…

 

dOs

Conecto con la tierra en forma de un gigantesco torbellino. La negritud da a mis curvas un aspecto de prodigio. Giro con tanta fuerza que arrastro todo. Ando por la tierra yerta con el único afán de encontrarte. Recorro toda la superficie de piedra y polvo hasta verte a lo lejos. Incólume pétrea y hermosa. El sol te aluza hasta la espalda. Me dirijo a ti sin demora. Tras de mí voy dejando una estela de nada; un surco tan grande y profundo que permite la reconfiguración de continentes. Todo mi deseo hacia ti, hacia tu corpulencia. Estrello mi cuerpo con la vehemencia de un ciclón joven. Escarpo tu faz con furia, te esculpo nuevas líneas, e invado tus entrañas haciéndote tanto amor como es posible imaginar. Respondes con aullidos y silbidos surgidos de entre tus grietas, recovecos, bóvedas y cuevas. El dorado polvo que levanto desde tu base se mezcla con mi humedad. Por unos instantes somos un solo ser. Ente mitad aire, mitad roca. Desde el espacio podemos ser vistos. Y allí me quedo contigo, rodeándote… hasta el final de los tiempos…

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—I—

 

Se llama María Sofía. Nació un día como hoy hace una década. Tenía entre sus diminutas manazas un corazón de esos que palpitan acelerados por la púrpura trombocitopénica trombótica. Entonces nadie lo sabía pero en esa minúscula bola de carne y venas y arterias y huecos traía una prueba de esas que te cambian la vida.

De piel lisa y risas torrenciales, María se zafó de las fauces de su madre y me devoró la mitad del cuerpo. Yo carcajeaba con la sonrisa idiota de un padre incrédulo ante tanta maravilla. Entonces como ahora eso definió su carácter, que tiene algo de inusitadez, impaciencia, voluntad, fantasía y mucha fuerza.

 

—II—

 

A veces suelo volar solo, y mientras lo hago disfruto del gélido aliento del cielo. Busco las nubes más altas de mis sueños, y me dedico a buscarla detrás de los picos más escarpados de mi consciencia. A veces me guío por la iridiscencia de sus cuatro brazos y sus seis piernas para hallarla.

Sus alas resplandecen como núcleos solares y hasta allá llego, a donde ella me aguarda flotando dentro de una burbuja tornasolada. Me mira sin observarme, con el dejo aprendido de mis antepasados. La rodeo con las serpientes de mis brazos y me dejo engullir con la paciencia de haberle heredado algunos gustos canibalescos.

Mas la suelto y emprendemos el vuelo hacia ninguna parte, tocándonos nuestras alas y anunciando al mundo su catástrofe, como ángeles apocalípticos. Gritando que la muerte de sus habitantes se acerca. Y carcajeamos mientras vemos como todos allá abajo corren queriendo escapar de su suerte. Nada se puede hacer ante lo consumado. Nada. Ni podemos, ni queremos. Sólo surcamos el techo del planeta que en este plano nos ha tocado compartir.

Hace tanto que no volamos juntos que no puedo esperar a dormir de nuevo —con la esperanza de que un día lo hagamos para siempre— para buscarla entre sueños y decirle —repetirle— al oído, eso que marqué para siempre el día que brotó en este mundo… ella sabe de qué hablo…

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Hoy encontré un libro que creí perdido para siempre. Estaba justo al fondo de mi librero. No es que tenga muchos libros, apenas unos cientos. Acumulo objetos y he hecho de esa obsesión mi mayor gusto. Lo compré en un tianguis, creo que fue en el Bordo de Xochiaca. Un viejo de aspecto merlinesco me lo regaló. Le compré un lote como de 10 libros. Fue mi pilón. Él me sonrió de manera extraña cuando me lo estiró. Me pareció raro pero aún así lo tomé. Nadie regala nada hoy en día. Es más pesado que cualquiera, me dijo, porque guarda historias que no se han contado aún y que un día ocuparás. Son tantas que podrías publicar mil libros. Respondí con una mueca y un billete de 200 pesos. Así llegó a mi casa ese objeto. Lo abrí pero no tenía nada escrito. Me sentí estúpido por la tomadura de pelo. Ahora que lo encontré recordé ese pasaje. Lo observé con la desconfianza que causa un bicho de seis patas. Brillaba de una forma extraña. La edición es casera. Dentro, justo en medio de las páginas amarillentas encontré esto que ahora reproduzco tal cual lo recuerdo al vuelo: “Amor es esa cosa que le crece a la gente todo el tiempo cuando sueña. Una cosa como pequeños pelillos que le brotan en el cuerpo, de donde cuelgan un día los ojos, otro la risa, otro los besos, otro los deseos del ser amado…” Me pareció una idea gastada, y lo cerré. Quise volverlo a leer, pero las palabras ya habían cambiado de lugar… el mensaje también. Sucedió algo extraño, las hojas donde habían estado aquellas líneas se renovaron. Lo volví a abrir y encontré esto: “Todos murieron cuando él terminó de leer la última estrofa de esa página. El cielo tronó, pero al volver a leer, había nacido un río de tinta de ese texto. Del riachuelo surgieron seres microscópicos que…” Y devolví el mamotreto a su lugar… suficientes imágenes tengo en la cabeza que no me dejan en ningún momento, como para lidiar con otras… así pasó…

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No puedo ir, debes hacerlo tú. Por mí no te preocupes, yo estaré bien. Las palabras salen de la garganta del hombre enfermo como un suspiro. Juan asiente y enjuga su llanto. Sale al establo y ata a la vaca que muge. Le dice Ven Bonita, y ella resopla en respuesta.

Se apresura debe ir al pueblo a tratar de venderla a buen precio lo antes posible, pero está lejos, muy lejos. Si se da prisa podrá disfrutar de lo último de la lluvia de estrellas que mojan con su luz el valle. Como una ráfaga surge la escena, y puede imaginarse sentado en el borde de la montaña, con los pies al aire, cerrando y abriendo los ojos rápidamente para poder guardar en sus pupilas cada uno de esos haces. Bonita a su lado, echada, mascando serena, acompañándole.

Lleva un poco de pan, carne seca, agua en una guaje y un silbido que nunca cesa. Ensaya e improvisa tonadas, unas más alegres que otras. Cortos sus soplidos, la trompa elástica, entorna la lengua, cierra los ojos y mientras anda por el camino, flotante todo él puede vivir el viento despeinar el pelo de su cara de lobo…

¡Lobo, eres un lobo!, ¡Lobo lobito lobezno! Los ecos de las frases de sus amigos exprimen sus ojos. Líquido verde fluye por debajo de su comisura labial; su lengua negra la lame con regusto. Una mano aprieta con fuerza desmedida la rienda, la otra acaricia un cuervo como de papel lustroso con alas plateadas que se ha montado en Bonita.

Mira si estás feo mano, dice y sonríe cómplice. El graznido que recibe como respuesta parece ser de agradecimiento. En su cabeza escucha de nuevo las voces filosas: ¡Huyamos del lobo!, ¡¿Lobo estás ahí?! Jajajajajajaja. Sus compañeros de clase provocan que el torrente de su alma se desborde, y él decide hacer una pausa. Un pequeño torrente de agua cristal anega rápido el sendero. Al contacto con el pasto cada gota empieza a desparramarse cambiando de color. Mira la maravilla el muchacho de huesos anchos. Es una sinfonía de colores que se crean, se mezclan, iluminando el suelo, como ahora mismo sucede en el capote allá sobre las montañas que lo esperan. Voltea a traído por los truenos. En la tierra de abajo, allá, lejos, donde vive, llueve…

Luego de la pausa imaginada Juan camina sin descanso, lento pero seguro. La luna se come al sol una, dos veces. Las islas de casas al fin aparecen a la vista; flotan en el mar verde de árboles y plantas, con sus cascadas de arena. Trinos sordos preceden la nube de aves sin cabeza que ensombrece por momento el andar de Juan. Sabe que está cerca y se regocija con una alegría ligera, parecida a la que siente cuando come galletas rancias.

Sube el último trecho hacia su destino. La vera ofrece una vista perfecta de sincronía natural: maraña de raíces de todo tipo: riachuelos, sobras de nubes y arbustos que nacen y llegan desde la montaña del Elefante, semejan brazos que se abren para acogerlo en esta visita.

Las tierras del Oriente siempre le resultaron fascinantes a Juan. La vaca silente sigue dócil. Un chispazo en su cerebro ilumina los cuernos. En su hocico regurgita y mastica un trozo de savia calcificada que el chico le dio antes de iniciar el trayecto a la cúspide. ella no lo sabe pero la ayuda a evitar el cansancio, y lo mejor: la hace soñar despierta.

Por primera vez Bonita toma consciencia de lo que es y se siente satisfecha de formar parte de un todo. Imagina que si no existiera su lugar en el universo sería una mota de algodón volando entre los yerbajos. O una mancha negruzca que los humanos llaman sombras, que no tienen forma y que no dicen nada, ni mu.

Sus ojos parecen salirse de su sitio, quiere… ¡¿hablar?! Sí, lo sabe, algo en su cabeza se lo confirma, puede explicarlo como si se tratara de un pensamiento parido de esos que nacen del cieno de la ¿mente?, se hacen charco, evaporan y se convierten en, en, algo así, como, como lluvia concentrada que hace caminos en su, en su, en su, (no halla la palabra) ¿torrente?; baja por detrás de la garganta (porque ella tiene garganta ¡claro!) y salen por la boca u hocico en su caso. Sus pulmones se aprietan a sus costillas, se inflan y reinflan; entra aire; su corazón se paralizará seguro. No tiene miedo, pues no sabe qué pasara con Juan cuando la escuche falhar. Este es su momento, el momento ha llegado para emitir una palabra, y no sabe cuál pero si pudiera sería ¡Gracias!…

Pero antes que la emita y con ello quizás cambié el trayecto de la historia misma, escucha sollozar a Juan, quien le dicta su última sentencia de amo: “Siempre te quisimos y protegimos como un integrante de la familia; pero ya no podemos hacerlo más, perdónanos”. Extiende la mano, recibe unas monedas, tres granos que no conoce y lo guarda todo en su morral.

Bonita, la vaca feliz, cuasihablante, no comprende cómo pasó todo ese tiempo, pero siente que la felicidad se le termina de golpe. No recuerda desde cuando se le ha caído su dulce de cal. Su mente se eclipsa de nuevo y pierde la noción de quién es o fue durante un largo trecho del camino. Y mientras la jala desde ahora y para siempre alguien que ni le habla ni le llama Bonita, muge sin más…

Este texto fue publicado en el número XX de la revista Monolito, actualmente en circulación, octubre 2015 http://issuu.com/juanmireles/docs/monolito_xx/1?e=0

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