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I

 

Éramos dos perros al acecho del “otro”. El Matadillo tendría unos 17, yo tres menos. Sus cachetes no eran suyos sino los de su madre, a quien habíamos bautizado como la Mujer del Circo pues lo cabuléabamos con que tría bolas de billar tras las mejillas, y por eso tendría asegurado un empleo en las ferias. Él lo sabía por eso nos hacía más gracia cuando llegábamos a su casa por él y le pedíamos permiso a ella para que nuestro compañero de correrías dejara aunque fuera por unos minutos los libros y las libretas —de allí su apodo— y viniera con nosotros a cotorrear al baldío de la Kennedy.

Allí estábamos todos, El Chaleco, el Piraña, el mentado amigazo estudiante y yo, cheleando o chemeando, poniéndole culei de sabores a las bolsitas de resistol 5000, para que después de darnos un buen pasón, inhalándolas, las lamiéramos con fruición para continuar “navegando” literalmente en nuestras intoxicadas mentes, mientras meábamos cantábamos, o escalábamos las paredes derruidas de la que había sido casa de alguien que de pronto habíamos dejado de ver rondar la colonia.

 

II

 

Las Águilas era una colonia de una Ciudad Puta como muchas Ciudades Putas que existen en el país; creada gracias a los designios de los políticos, sus achichincles y los achichincles de esos. Recuerdo que mi papá un día dijo, mientras paleaba la mezcla que yo había revuelto: Ciudad Netzahualcóyotl se fundó un día que Luis Echeverría dijo: ‘Quiero que se pueble esa zona’. Y hasta aquí llegamos tu abuela, tu mamá y ustedes, yo tenía cuatro hermanos. Aquí no había nada, solo tierra, lodo, inundaciones y pobreza que se notaba más en época de lluvias…

Entonces yo pensaba en la palabra NADA, y le daba forma en mi criterio de niño-chemo de ocho años de edad. La NADA sabe a tierra y sal, me decía a mí mismo, huele a mierda de cerdos y agua estancada. Tiene el color del salitre en las paredes y le falta agua potable, entonces no conocía la palabra potable, pero ahora si, por eso la uso. Le falta mucha agua potable, y le sobra sol que muerde como piraña por todas parte del cuerpo —en esos días estaba de moda la película “Piraña”—, pirañas que parecen salir de las lagunas natosas, cubiertas de algas que guardan ajolotes.

 

III

 

Esa ocasión de la que hablo, todos se fueron temprano. Solo nos quedamos El Matadillo y yo. Él estaba recostado sobre una lámina negra, de las que se tiran cuando son reemplazadas por las de asbesto, más resistentes y duras. Dormitaba gustoso, escuchando según me contó años después, música de Rigo Tovar en su cabecita de frijol, cuando lo pateé para despertarlo y decirle que ya era hora de irnos. La media tarde perdía brillo. El frío aire, traía polvo amarillo y frió. Me agaché por una de las bolsitas para lamerle el culei rojo que aún tenía.

Primero fue la curiosidad, luego la sorpresa, y después el terror. Una mano salía de entre la tierra, justo debajo de donde El Matadillo retozaba. Ladré, no sé porqué pero recuerdo que era nuestra señal para advertirnos del peligro entre los de la palomilla.

El wey se levantó de golpe. Le hice la seña universal de cállate wey, cállate, y señalé el suelo, debajo de la lámina de cartón enchapopotado. Mis ojos desorbitados no podían creer lo que miraban. La mano estaba rota, le faltaban dos dedos, pues todo mundo sabemos que los humanos tenemos cinco dedos en cada una. A esa cosa que emergía de la grava, basura y tepetate que la cubría le faltaban al menos dos mitades de dedos, el del gordo y el que le sigue, que nunca supe cómo se llamaba.

El Matadillo se vomitó nomás de verla y me reí como un pendejo que está entre el “chemo” y la realidad. Él terminó por emularme. Así estuvimos largo rato, hasta que acordamos descubrir eso. A la de tres cabrón, dijimos al mismo tiempo. Uno, dos, tres… ¡pum! ¿Qué pasó wey?, ¡Orale no seas putito! ¡Na, si el puto eres tú pinche Chicles!, en esos años yo vendía los chicles Adams en los camiones que recorren la avenida Pantitlán.

Bueno ya, vamos, luego de tres…

 

IV

 

Era una mano común y corriente, de esas que aparecen en las películas de zombis, pero de plástico, de broma pues, de las que venden en los mercados, pero sí parecía real. Nos reímos de nuevo como los perros al acecho divertidos que éramos. Entonces escuchamos unos pasos. Nos quedamos paralizados. Golosos como éramos nos echamos otras bolsitas de cemento, pero ya sin culei, porque se nos había terminado.

Entró el Tepo —de Teporocho, borracho pues— a punto de caerse. Había pasado tiempo desde la última vez que nos habíamos encontrado. Nos miró como seguramente Dios mira a los conejos, chiquitos y orejones. Pasó de largo, juntó cartones, pedazos de madera y encendió una fogata, con la que se calentaría toda la noche.

Se recostó dispuesto a dormir la borrachera. Solo así se dio cuenta de la mano que le quedó enfrente. La tomó y nos preguntó si nos había asustado, nos llamó niñitas, y nos encabronó. Pues sí cabrón, claro, ¿tú qué crees? Respondió con una risotada con olor a hígado podrido. Sí, parece real. Hasta a mí me asustó, confirmó…

Recuerdo, como si ahora pudiera verlo, que antes de dormirse se echó a llorar, tomó el resto de su botella de alcohol del 96, tapita roja, y sacó de entre sus sacos otra más y un machete de carnicero, de esos gruesos que de costado parecen pez globo, y nos amenazó con matarnos si no nos íbamos ya. Le mentamos la madre y lo retamos.

No insistió, peor nos gruñó. Regresó a sus gimoteos y ruegos al cielo para que Dios se lo llevara de una vez, para no seguir sufriendo. Todos en Las Águilas sabíamos que había tenido su negocio de carnicería, que le iba bien pero su hija y su mujer murieron de sarampión, y se quedó solo. Desde entonces buscaba al fondo de las botellas el camino para seguirlas.

Mirábamos detrás de una puerta desvencijada, arrumbada en la entrada. Le gritamos ya muérete cabrón o mátate pinche puto. Eso lo encolerizó y en un segundo levantó amenazante la punta del machete hacia nosotros, pero de un golpe certero se cercenó la mano. Sonrió su estupidez con gesto incrédulo y se volvió a echar.

Luego de la primera sorpresa nosotros, perros al fin como éramos, fuimos a terminar su obra. Lo hubieras visto, no hizo nada. Se acurrucó. Le quitamos el machete. Y entre patadas y machetazos, que nos intercambiábamos uno al otro, lo dejamos hecho pedacitos. Finalmente, pusimos las tres manos, las suyas y la de plástico en la barda que da a la coladera, esa grande que ahora está tapada. Allí lo tiramos, o lo que quedó de él. No hizo nada, pero sí lloró, lloró como lloran las ratas…

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Gorgonium Sideral

Arribo a un planeta desierto. Atravieso sus mares de líquido viscoso. Soy el último gigante de mi especie. Luego de cientos de generaciones he llegado a este lugar para terminar una misión. Alcanzo el único sitio en donde hay tierra firme. Es una isla de una belleza inenarrable. Oro y lloro en nombre de todos mis predecesores. Mi raza podrá extinguirse tranquila de saber que cumplí mi cometido.

En el centro, de un ojo de agua cristalina, fluye un río hacia el cosmos. Del corazón de ese cuerpo líquido nace una flor que tomo entre mis manos, y allí justo en medio de una de las miles de semillas que conforman su corola estás tú.

Una criatura de exoesqueleto luminoso, frágil, como la espina dorsal de un esterión, rara avis de un mundo extinto y cuya referencia solo yo conservo. Te he encontrado al fin. Suspiro temeroso de romperte antes de extraerte.

Entre mis dedos tu maravilla refulge con la fuerza de un millón de estrellas. De alas poderosas, larga cola espinosa, rasgos dragonescos, cuerpo transparente y escamas iridiscentes.

Despiertas. Solo una mirada de tus mil ojillos que cubren tu torso basta para comprobar que esa leyenda que me transmitieron genéticamente mis antepasados es cierta: “Quien mire a los mil ojos de una gorgonium sideral quedará para siempre infectado de una enfermedad que muta y alarga la vida”.

Se abre y expande ante mi el ojo de agua de tonos dorados.

Después de haberme fragmentado en millones de partículas tu primer aleteo las empuja al torrente. Sin embargo antes de que sea devorado por su poderoso flujo, sucede el milagro, al integrarme a tu superficie.

Desde ese momento y hasta el fin de los tiempos ambos recorremos al universo ignoto convertidos en uno mismo… así pasó…

Sintió la camisa húmeda, se tocó y se dio cuenta de que sangraba de una tetilla, la del lado del corazón. Tuvo que arrancar la tarjeta que traía en la bolsa de la camisa. De sus bordes salían patas del tamaño y puntiagudas como alfileres. Leyó: “Sano para siempre todo aquello que te duela…”

Al girarla vio número, dirección y el resto de la leyenda: “… Del alma, del cuerpo, de ésta y otras vidas”.

Bajó del tren, caminó por el andén y echó a andar a la superficie maldiciendo pues tendría que pagar más en la lavandería. Llegó a la calle y número. Lo recibió un edificio moderno de ésos que tienen gárgolas en el frontispicio, de piedra rosa. Revisó los botones. Oprimió el indicado en el pedazo de cartón publicitario. Le pidieron que subiera al piso tres. Unos ojos de delicado diseño genético le recibieron. Accedió a la invitación y tomó asiento.

Quiso escupir pero no halló dónde. Tragó flema negra. Tosió y jaló tanto aire como se lo permitió su corbata. Se recriminó mientras se la quitaba impaciente. Estaba tan habituado a esa prenda que le encabronó más ya no sentir su presión.

Los ojos le pidieron con un guiño entrar a la habitación contigua.

Sin presentación previa y como un cordero se dejó llevar al camastro por el ente de cuernos retorcidos. Le recordó a un profesor universitario que le caía mal. Una de sus gigantescas alas lo rozó en el antebrazo, dibujando una línea de la que empezó a sangrar. Como si nada hubiera pasado apretó la gasa que el cornupiante le alcanzó para contener el hilo rojo. El mareo le provocó náuseas, odiaba su condición de hematofóbico. Antes de caer desmayado balbuceó: ¡Qué chingadamadre hago aquí!..

Al abrir los ojos se percató de que no podía moverse. Además de las correas que lo sujetaban, su cuerpo estaba en un estado catatónico. Sudaba frío. Una luz le impedía ver nada. Entre sueños escuchó palabras sueltas, dispersas, de un idioma extraño, antiquísimo. Sintió miedo.

La plancha se enderezó automáticamente hasta quedar en posición vertical, quedando frente a un espejo de cuerpo entero. La superficie plateada le devolvía una imagen deforme. Estaba completo pero diferente: allí estaban sus alas, sus garras, sus colmillos, la aspereza de su carne. Sin embargo se horrorizó pues le faltaba la mitad del cerebro y en el pecho tenía un agujero perfecto que lo atravesaba de lado a lado. El Doctor Lavrov se tallaba las garras en un lavabo blanco aún con el tapaboca en su lugar. Supo su nombre al leer en un cartel publicitario pegado en la pared, en el que se le veía muy joven. Antes de salir del lugar éste resopló, asintió y le sonrió complacido.

Después de un rato al fin pudo moverse y regresó a su casa. Una gorra deportiva cubría su cabeza recién zurcida, amorfa. El pecho cubierto con un parche que, según las instrucciones de Ojos Lindos, debía usar por 15 días. Para entonces el hueco se habría cerrado completamente y las escamas habrían crecido de nuevo. Nada había que avisar en el trabajo, “allí ya sabían”, le dijeron al salir. “Dieta blanda, muchos líquidos y descanso absoluto, incluso del alma”, recordó que le dijeron. De no seguir al pie de la letra las indicaciones regresaría a su estado habitual.

Salió más ligero. Tomó el transporte de vuelta a casa, pero algo había cambiado en su interior: No podía maldecir, ni lamentar, ni odiar nada, ni a nadie. Ni siquiera sentía tristeza de sí mismo, de no ser el mismo que hasta entonces había sido. Intentó llorar pero tampoco pudo. Una sonrisa deformó su bocaza.

—II—

Esa mañana despertó con buen ánimo. El sol se impuso súbitamente a una lluvia torrencial que todo lo anegaba en la calle, miró al cielo y agradeció. “Ups”, pensó, “¿y ese gesto de agradecimiento de dónde vino?” Sintió nostalgia por sus ratos de odio. “Otra emoción nueva”, pensó. “A quién no le viene bien odiar de vez en cuando”, se dijo en voz baja.

Los colores se le metieron por los ojos con la velocidad de mil navajas como recordándole su nueva condición. Se alistó para regresar al trabajo. Siguió con sus actividades: Salía a cazar almas y las llevaba a los Centros de Justicia Divina todos los días de 8:00 a 20:00 horas. La rutina de toda su vida, pero cada vez le era más difícil hacerlo con la soltura que le caracterizaba.

Mas fue por poco tiempo, pues era el único en el corporativo en ese nuevo estado. Aunque era tendencia, y cada vez se registraban más exitosos casos de transmutación, según las noticias, “curarse la infelicidad” no se había generalizado aún como se esperaba. Pocos se arriesgaban a cambiarlo todo.

“Contagia mucha, demasiada felicidad, y eso no es bueno para este negocio”, “Sí, pero sigue siendo muy capaz”, escuchó a sus jefes cuchichear un día en el baño, sentado en uno de los retretes. No mucho después le llamaron de recursos demonios para despedirlo.

Rememoraba todo ese camino cuando un pájaro de dos cabezas y plumas azulosas se posó en la protección metálica de su ventanal. Trinó, aleteó, graznó y voló. El vidrio le mostró un gesto idiota de alegría. Sonreía pleno mientras acariciaba su pectoral ya recuperado del todo. Le molestó lo que vio. Murmuró: “Ese puto doctorcete no me operó bien. Me curó de muchas cosas pero no de la vida”.

Y por primera vez en meses sintió enojo profundo por algo. Emoción que empezó a germinar en su interior, como brote verde, y casi pudo visualizar cómo el cosquilleo en su lado izquierdo transformaba esa semilla de enfado en odio acendrado, de esos de cáscara dura. Abrazó ese placer que creía arrancado a fuerza de bisturí. La emoción se incrementó al buscar en sus recuerdos el momento en que había ido a “curarse”.

Fue a buscar entusiasmado el periódico, seguramente habría alguna vacante en su antiguo trabajo…
Nota: Cuento publicado en el fanzine “Miedo” de La Calaca Cultural https://www.facebook.com/lacalacacultural/?fref=ts

Adiós Arturo…

Lloro. Entro al velatorio y el gris natoso del ambiente me envuelve. La sobriedad me recibe con sus cuatro costados. Sillones de piel sintética. Tres parejas. Dos chicos con sus chicas, otra de adultos, y dos mujeres. Todos separados. Nadie se habla. Una es tu hija. Saludo a tu hermano. No atino a decirle nada, sólo que soy tu amigo. G y C me acompañan. Me suelto de su brazo y te voy a ver. Tu cara recién rasurada me hace pensar una y otra vez aquello que te dije muchas veces cuando eso sucedía: “Hasta que se le hizo al agua y al rastrillo cabrón”. Te han cortado el pelo, te han peinado. Luces un impecable traje, y también pienso otra frase aprendida: “Qué Arturo, ¿hoy te arregló tu mama?”. En tu pecho reposa un libro de López Velarde, tus lentes que ya no te servían de mucho, solo de accesorio para hacerte el interesante. Debajo del vidrio luces apagado. Te han maquillado, creo. Mis ojos se vidrian. No, “eso” ya no eres tú. Tú fuiste ese ente orgulloso, pedero, soberbio e hijoeputa buen-amigo que fuiste conmigo. Tú fuiste ese que amaban unos o maldecían otros. Tú fuiste el pinche chaparrito de La Jornada, el incendiario, el bullanguero, el inteligente, el tipo de dentellada fácil, de pluma filosa, de saliva cáustica; el viajero, el que repartía apoyo, solidaridad, bonhomía, putazos a la primera provocación. Ese que un día cambió el rumbo de sus días porque “quería sentir”, “vivir”, tragarse la vida cruda, sin conservadores de ninguna especie. El que bebía alcohol y comía pan, el que mostraba los dientes, cual perro rabioso, a quien no le gustaba. El que abrazaba a sus cercanos, el que se despedía con un ligero apretón de manos. De pie, desde mi estatus de vivo, un poco muerto contigo, le susurro a ese que fuiste, y que yace debajo del aparador que te guarda desde ahora como un estuche quién sabe qué. Le hablo en silencio y con él converso. En ese segundo, escenario zurcido en mi memoria, nos reímos juntos, frente a una chela en una cantina en Texcoco, en Ciudad de México, en Monterrey, en Puebla, en Las Vegas, en Los Ángeles, en Querétaro, en Jalisco, por algo que me dices: “Pinche Miguel tú solo adelgazas para conseguir vieja, ya luego engordas”. La frase te “imprime” de cuerpo entero en una postal como muchas otras que guardo y que estoy seguro revisaré cuando a mí me toque ser despedido. Un sollozo me trae de vuelta. G. sigue a mi lado. C. observa impávida. No estamos solos tú y yo. Tu familia aún no llega en pleno, la consanguínea y la profesional, pero en unos minutos lo harán. Nos sentamos. Mi mirada se pierde en el mármol. De las vetas brotan imágenes de rostros animalescos: un oso, una comadreja, un ave, un insecto, otro, otro, otro más. Miro fijamente y del suelo se desprenden esas criaturas formando un grupo alado, eleva el vuelo. La vida pasa en cinco minutos, pero quizás la tuya alcanzó uno más. Así la alargaste a fuerza de teclear sin descanso, de caminar, de arrojarte a enfrentar la Ciudad Puta de tú a tú, como eras tú, sin arredrarte ni un segundo. Porque nadie de quienes te hemos conocido podemos decir que eras cobarde, al contrario, además de buen camarada, eres buena pluma y buen peleador, como boxeador al límite, hasta el último segundo del último round. Golpeando sin cuartel, fajándote, intercambiando madrazos, golpeando las zonas blandas, recibiendo castigo inmisericorde; puta vida, puto destino… Sin embargo más allá de eso eras un amante de la vida. La sabroseabas y acariciabas sin recato, sin pudor le metías la mano, todo tu cuerpo; a donde la hallaras: en el fondo de un vaso, de un taco, de un pan, de una canción, de un beso, de una caricia, de una charla, de una reunión, de un reportaje, de una crónica, de una nota, una entrevista. Han pasado unos minutos desde que llegamos, no sé cuántos, pero ya no quiero estar aquí… esperando qué. Me acerco/nos acercamos a tu hija, ya no hay nadie más en la sala. Los insectos que vi nacer del mármol se han esparcido por Ciudad Puta para contagiarla de tristeza. Tu hija me/nos cuenta cómo fueron tus últimos días en este plano, tu mañana. ¡Cabrón! así estuviste dando lata hasta el último segundo de tu último round. Nos despedimos. Soy fulano de tal, respondo a tu heredera. Nos abrazamos y sollozamos un momento. Con mis vidriados ojos le digo: “Lo quise mucho, y creo que él también a mí”. La tarde nos espera. Lindo día elegiste para morir, al final del invierno, como para recibir la primavera en plenitud. Antes de salir miro tu estuche y parece que puedo escuchar a Joan Manuel Serrat cantando Curro el Palmo…

Llego a un pueblo. Llueve. Es de noche, las calles son estrechas, lodosas, el cielo inclemente parece caerse en cachos. Es una semana de fiestas, el papel picado bailotea con su grácil vuelo artesanal, de techo a techo. No vengo solo. Paso, pasamos cerca del centro, la plaza majestuosa con su iglesia, el café la cantina, el kiosco, las bancas, los árboles verdosos, el hotel nos reciben. Nos dirigimos a la hacienda.

 

Algún tiempo esa propiedad fue grande. Sus tierras, huertas, caballerizas todo en su interior era enorme. Era la más rica del estado, quizás del país. Muchos peones, muchos hijos, nietos, bisnietos, tataranietos después ya no es ni la sombra de lo que fue, la recuerdo apenas como en una realidad perdida, imagen que se esconde como niño regañado en la mente; antes estaba lejos, a las afueras del pueblo, pero ahora los descendientes de las primeras familias han crecido tanto que las casas rodean la finca, de tal manera que esto ya parece una plaza más pero resguardada por sus altos muros.

 

Es día de fiesta en San Sebastián, y aunque la hacienda tiene otro santo patrono, también se suma a los festejos. Se alista una comilona que compartirá con el resto de los habitantes de la demarcación. Cada año, desde hace algunas centurias la antigua propiedad abre sus puertas durante una noche entera. Afuera las luces de la feria iluminan la vida nocturna. Hay puestos, juegos, comida y bebida a granel.

 

Se dice que los alimentos servidos solo ésta noche son prodigiosos, de una exquisitez endemoniada. Las más altas personalidades del país llegan sólo para dar fe de ello.

 

Yo soy el cocinero y como cada vez que vengo a trabajar, desentierro un cuerpo fresco que yo mismo preparo. No tengo ayudantes, no me gusta hablar mucho, y puedo hacerlo solo. Como para qué quiero compañía.

 

El cuerpo aún se puede manejar, está en posición fetal, es un hombre corpulento, barbado, de cara cuadrada, como de 45 años. Este tipo de carne madura tiene buen sabor, fuerte de aroma al contacto en el paladar, pero suave a la mordida.

 

Lo llevamos a la cocina. Lo coloco sobre la mesa. Lo empiezo a lavar con zacate, jabón y agua, mucha agua, pero tengo cuidado de no mojar la cabeza, esa la dejo hasta el final para que no se remojen ni el cuero cabelludo, ni los ojos pues pierden carnosidad; además la piel arrugada da mal aspecto.

 

Lo abro en canal y mientras le rasuro las piernas, las nalgas, los brazos, escurre la sangre, no es mucha porque para esta hora toda se concentra en el estomago, luce un poco amoratado pero no mucho, eso es bueno. Lo vacío y guardo las vísceras y los genitales. Todo en frascos de vidrio transparente. Éste sí que los tenía grandes, reflexiono.

 

Mientras lo enjuago desprende un delicado aroma a muerto —suave pero intenso—. Se combina con el de las guayabas recién cortadas que ya me traen para el relleno. Quito la mugre a conciencia. Dicen que este año viene un obispo o algo así, y me han pedido que me esmere. Me molesta que no me tengan confianza, como si fuera la primera ocasión que cocino muerto.

 

Volteo al difunto y me percato de que su anatomía es extraña: la línea de las nalgas le sube por la espalda, hasta casi llegar al cuello, es como si tuviera un culo que no es el suyo sino el de un gigante. Reviso por última vez. Creo que tallé mucho por aquí, la piel ya luce desgastada, con pequeños agujeros, mejor, así no podrán quejarse de que está bien limpio.

 

Boca abajo la cabeza pierde su gracilidad, el fardo deja de ser lindo. Acomodo sus brazos de manera que me sirvan como patas de pavo, para prepararlo mejor. Sus piernas dobladas, de igual modo ayudan. ¡Míralo, si hasta parece que sabe el condenado!

 

Lo giro de nuevo y estiro otra vez sus pies, termino la limpieza, ya no tiene pelambre. En ese momento justo cuando sostengo la jícara para empezar a condimentarlo el muerto comienza a convulsionarse. No me asusto ya sé que es porque los tendones, nervios y músculos se acomodan; es como si los cuerpos se impacientaran y protestan.

 

Pero el bailoteo no cesa, y al intentar impedir que caiga de la superficie abre los ojos como asustado. ¡Caray, y ahora qué chingados sucede!, dice mientras me hace a un lado. Grita y lloriquea, me mienta la madre, baja su mano para tocarse el pecho, abierto. Se mira azorado, pero en el justo instante en que baja la mano para tocarse entre las piernas, nota la ausencia de güevos y pito. De la sorpresa pasa al miedo y a la cólera. Los gemidos y berridos aumentan. Me confronta. ¡Qué me hiciste!, dice. ¡Qué poca madre tienes! ¡Por qué te metes conmigo!, si yo no te hice nada.

 

Mantengo la serenidad para explicárselo. Hablo firmemente. Pero si tú ya estás muerto, te preparo para la fiesta grande. ¡No!, espeta indignado porque no quiere aceptar su suerte. Maldice. Se niega a ser difunto, y luego a ser servido como plato principal a un festejo al que él anhelaba acudir… Bueno en realidad así será ¿o no?, pienso para mí, susurro.

 

Incrédulo, rodea la mesa, rasca su cabeza, niega, asiente confundido. Yo únicamente atino a repetirle como oración: Estás muerto, estás muerto. Se detiene. Me lanza una mirada con sus ojos huérfanos de luz, ciegos, inertes. Escucha, le digo, estás alucinando y yo, estoy dentro de esa alucinación. Mírate las manos, las uñas las tienes llenas de tierra, son del panteón.

 

Un gesto idiota suaviza sus facciones. Baja los brazos y sonríe pues ya se dio cuenta de que lo que digo es verdad. Nos ha visto vio bien, a mí y a mi acompañante. Ya se dio cabal cuenta de que no estoy solo, la muerte me acompaña para prepararlo para el banquete. Resignado limpia sus cachetes la nariz con mocos y me dice mientras va cayendo de hinojos: Feliz navidad.

 

 

23 de septiembre de 2004

 

Primer lugar en el Concurso de Cuento Navideño Electrónico, convocado por Editorial Ficticia, Club Literario Leo Eduardo Mendoza y Fundación gt. Galicia, Miguel (2005): «Llego a un pueblo»

La Pantera

 

He tenido sólo un perro en mi vida… y le debo muchas cosas. Era una cruza de doberman con “de la calle”. Le decíamos La Pantera y en realidad era perra. Nunca la pedí, como hacen los niños con vidas normales, que hacen cosas ordinarias. Lulú la llevó a casa cuando el cánido aún era pequeña, y sin avisar me la endilgó. Es tuya, dijo con su voz de generala. Súbela a la azotea, tú le vas a subir la comida, el agua y le vas a limpiar.

No mames má, ¿neta? —lo pensé, que era peor—. Sin más, ya tenía perra, o mejor dicho todo lo que implicaba tener una. Tenía 8 años y me gustaba ver la televisión hasta que se calentaban los bulbos. En ese entonces sólo Adriana y Lolo tenían perros en su casa. Ellos sí que amaban a El Firuláis y otro de cuyo nombre olvidé en la primera oportunidad que me gruñó. Los procuraban siempre que podían, los abrazaban, les daban de comer y se dormían con ellos. Yo los veía entonces de lejos como quien quiere un juguete que sus primos guardan celosos entre sus manos.

No odiaba a los perros, no, lo que pasaba, ahora lo explico, es que a mí nadie me dijo que sentían, que eran seres vivientes, que necesitaban cariños, agua y comida. Que no desaparecían nomás con no subir a la azotea. Que no dejaban de existir sólo con no treparme a las escaleras que mi padre había hecho con madera de tercera.

Limpiar la mierda regada por todos lados en ese espacio de 5X10 era lo peor. Ya tenía todo limpio, el montón de heces en un rincón, pero cuando tenía que ir por la pala olvidada en el patio para echar el maloliente bulto y meterlo a un bote o costal o lo que se requiriera para tirarla, La Pantera regaba todo de nuevo, y a empezar otra vez.

Recuerdo que una madrugada Lulú y Abraham  nos levantaron en vilo a Tere y a mí, y envueltos en cobijas despertamos en el pasillo que dividía la casa de mi abue Benita y de la tía Chela con la nuestra. Esa vez la luna alumbraba todo, como si fuera un día de esos grises que siembran incertidumbres en los hombres.

Lolo y Adriana se abrazaban al Firuláis y al Duque, como mentaban —ahora recuerdo— al perro chaparro de temperamento de chinampina. Ellos no tenían miedo en sus ojos, sino una especie de paz, que yo interpreté como felicidad. Sentí curiosidad, que después se volvió envidia. Transcurridos unos minutos que parecieron horas, cada quien regresó a sus sueños. La Pantera sólo aullaba. Esa perra está loca, pensé. Papá subió y la calló a gritos.

Un día caí en cuenta que había un animal en la azotea que era mío y que se llamaba La Pantera, y que quién sabe si estaba viva o muerta o finalmente se había esfumado pues hacía días que no le subía agua. La hallé metida hasta el fondo de su casa de madera —parecía una caverna—, royendo huesos blancos como los que aparecen en las películas donde hay desierto. Le subí una cazuela de tortillas remojadas con pellejos y huesos nuevos, más una cubeta de agua de la pileta. En unos segundos se comió todo. Me lamió agradecida y casi me tira. Tuve miedo que luego se trasformó en enojo. Dicen que los hijos de neuróticos aprendemos rápido. Le grité que dejara de hacer eso, que me iba a tirar, y me bajé en chinga.

No sé cuánto tiempo vivió con nosotros, pero una vez le cayó encima a Benita. Voló tres metros al precipicio, y aún ahora me pregunto si no quiso suicidarse. No a hubiera culpado. Es que está muy loca tu perra dijo Papá-Abraham. Respondí, con una mueca.

Se lastimó una pata, pero a Benita le fue peor, la metieron en su cama como una semana. Me duele el lomo, decía y lanzaba miradas envenenadas a la azotea. Los abuelos pueden ser amorosos pero cuando mojan la punta de sus miradas con arsénico emocional pueden ser malas personas.

II

Siempre me gustó la clase de música en la secu. El sonido de la flauta dulce me atrapó desde un principio. Por esa época la azotea se convirtió en remanso de mis rutinas. Todas las noches subía a repasar mis lecciones, mientras veía como los cerros cercanos se llenaban de luces. Allí me inventaba una vida diferente, una donde tenía otro papá, menos hijo de la chingada, y donde yo me transformaba en notas flotantes.

Una vida diferente en la que La Pantera me hablaba como Marmaduke —Escubidú era demasiado cobarde para mi gusto— y cotorreábamos como buenos camaradas. Yo la abrazaba sin miedo a sentir bonito, sin temor a que me viera nadie, ni se burlaran de mí porque me comportaba como si fuera el niño de mamá.

La Pantera era de pelaje negro y café; alguien le había cortado la cola desde cachorra, y le habían dejado las orejas mochas, dizque puntiagudas; pero ese alguien se las había cortado con tijeras para papel. Era una perra lista, le gustaba jugar, tenía las patas flacas y el hocico limpio, igual que su mirada. Siempre corría como loca por esa superficie de 5X10.

Loca de remate, decía Lulú con esa voz dulzona que a veces tenía, y de la que yo tomaba unos sorbos como bebe agua el sediento. Está muy loca.

Ladraba como loca a quienes pasaban por la calle, así era hasta que se murió; o mejor dicho hasta que la mataron, porque un día ya no la escuché de nuevo y la fui a buscar al fondo de su cubil, y la encontré tiesa —como dicen que hallaron años después a Tía-Chela en la caverna de su casa, ya hecha como de papel maché— hueca y seca, entre una mancha negra en el cemento gris.

Hasta entonces yo vivía tranquilo, jugando entre charcos de agua sucia y lodazales; pescando renacuajos que brincaban de las lagunas que se secaban en enero y renacían fangosas en agosto. Entre calles polvorientas, llenas de basura. Sin embargo mi tranquilidad se acabó, y empecé a crecer.

Algo me decía que había fallado, pero no sabía qué. Mis papás me encomendaron la última misión para con La pantera. Es tu perra, sentenciaron. Échala en un costal y ve a tirarla a la avenida Kennedy, dijo Abraham con aire dictatorial.

Remilgué tanto que al final tuvo que acompañarme, el cuerpo pesaba mucho. La luna brillaba en lo más alto con luz nebulosa, como aquella madrugada de temblor. El Firuláis y el Duque aullaron profundamente, abrazados por Lolo y Adriana. Crucé la calle 19 y la 21. Llegué a la esquina de la Kennedy y La 12. Ante nuestros ojos la avenida se abrió con su desierto camellón. Caminamos unos metros y en un agujero lleno de ratas que a mí me parecieron gigantescas en medio de lo que ahora es una cancha de basquetbol sin tableros ni aros, lleno de ratas, nos deshicimos de nuestra carga.

— ¿Qué, estás llorando?, me preguntó Papá-Abraham.

—No, respondí —mientras limpiaba mi cara y veía como el costal cambiaba de color, tornándose negro…

Mi Ojo y Yo

Tuve un ojo juguetón. De esos que se desprenden de la cara por las mañanas y te preparan el desayuno no sin antes mirarte por unos momentos, reconociéndote, moviendo las venas y el nervio óptico a modo de cola; como si se tratara de un ojo faldero. Corrijo, ese ojo mio es un ojo faldero.

Juntos hacíamos lo que hace todo el mundo: íbamos al cine, al parque, a los museos; de juerga cada día de pago, de vacaciones cada año. Mis amigos y familia lo adoraban, pero como siempre me pasa cuando creo un vínculo con alguna parte de mi cuerpo, la desgracia asoma a mi vida.

Un dia el ojo coqueto  se enamoró de una lengua. La verdad nada del otro mundo, una lengua lenguaraz, húmeda, roja y rosa y morada y negra y blancuzca y fétida y… y se mudó con ella… Y desde entonces le busco, pues me siento incompleto sin él.
El hombre detrás del mostrador hizo una mueca mitad incrédulo, mitad triste. Guardó un respetuoso silencio ante esa ragedia ajena y leyó de nuevo lo que ese sujeto tuerto le había dictado:

“Hola Ojo, soy yo, Isidronio, te sigo buscando como el primer día. Sé que no regresarás pronto, pero quiero que sepas que yo te esperare hasta entonces”.
El hombre tras el mostrador preguntó si agregaría algo pues estaba en tiempo límite para ingresar ese anuncio en la sección de clasificados. Le indicó dónde pagar. Al tomar el recibo se dio la vuelta y por la prisa que tenía ya no alcanzó a ver que Isidronio empezaba a platicar con una lágrima que había salido de su cuenca vacía…