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Sueños soñásticos

Sueño que sueño en tus sueños soñásticos.

Me hallo en un lugar conocido pero a la vez extraño.

Un mundo hecho de madejas de un material sedoso, fibroso, enroscado, negro.

Camino al nacimiento de su cauda.

Es una noche tranquila.                    Sé que te busco.

Vengo de un punto lejano en una galaxia antigua.

He viajado por medio de la luz.

Conforme avanzo al ojo de “eso” que puedo describir como un poco líquido, un poco pastoso, mis pares de piernas se hunden. Escucho tu voz que me llama con amorosas palabras.

 

Te grito que he llegado, que nada me separará de ti, ya no, nunca más.

 

Tu exhalación proviene del centro de ese agujero negro en el que me ahogo sin remedio.

Pero no tengo miedo, Me solazo y feliz me dejo ir.

Eres tú.

Al final de todo, de mi muerte corporal, me veo a mí mismo, entrelazado en tu fluido, encapullado.

Nunca te veré el rostro, pero intuyo que eres tú.

Me cubres totalmente hasta desaparecerme.

No lo sabes, hasta que sucede. soy de carbono, el único material con el que puedes amalgamarte.

Alguien toca mi frente, eres tú en tu forma corpórea.

Una de tus serpientes me ha mordido y me inyecta el veneno de tu vida.

Dicen que los sueños se olvidan una vez que has despertado, pero el mío ha sido tan real que aún mantengo bajo mi exoesqueleto, su suave aroma que me provoca trémores mientras te digo buenos días… así pasó.

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Bube

Anda el niño afinando su mira; guiñando el ojo, moviendo de lado la mandíbula. En esa posición se le notan las cicatrices de una operación que hicieron un día para extirparle unas glándulas que ya no le sirven, es más se le pudren. Es el varón más pequeño de Don AG con Dobleaa, quien a esa hora, come y bebe lo que pueden pagar sus billetes ganados con el sudor de su brocha gorda. Una mujer, otra, otra, un litro de pulque, otro; una botana, una ronda para sus amigos, ellos los que siempre lo han acompañado desde que era un paria de rostro moquiento… Bube pide silencio a su hermanita, enferma de diabetes. Ella hace caso, amos acechan, pero el sonido de sus estómagos los delata, un ave vuela, pero dos no logran hacerlo. Niño de rostro pajarito lanza una, dos, tres pedradas y los mata…

Desplumados, abiertos, desviscerados, asados los pájaros se tateman en un comal hecho con palos, papel periódico y un poco de lumbre. Una vez guisados, Niño de rostro pajarito extiende los dos, pero Gloria le devuelve uno. Compartamos que así comemos los dos. Cuando se reparte, el hambre se siente menos. Bube sonríe.

Caminan por las calles polvorientas, hacen mandados para hacerse de mendrugos, de tortillas que con sal y limón les maten el hambre eterna. Famélicos, sin cariño, ni rumbo sonríen. Un perro les ladra y él los asusta con la resortera. Regresan a casa abrazados.

Así lo recordará un día luego de comer, ya convertido en Hombre de rostro pajarito, un día de diciembre, como este, frío como la espalda de un sentenciado a muerte. Acostado en el pasto, frente a la casa en obra negra, Bube laza otro recuerdo de su eterna juventud, lleno de zapatos con tacos, tierra y goles con sabor a campeonatos. Y canta. Del padre heredó el don de la buena tonada. Te gusta cantar tío, le pregunto. Sí. Mucho. Sólo así olvido esa pinche época de hambre. No dice más, guarda relatos que, intuyo, provienen de sus catacumbas. Dale Bube no seas un chillón. Ya güey, a darle. Pero antes de que las lágrimas le rueden se provoca carraspera, escupe un gargajo verde, le da una calada larga y profunda.

Se levanta y regresa a pintar. Y canta subido en la escalera, tan alto como pueda, más alto, más, desafiando su suerte, sin arneses, “porque esos son para putos”, con más fuerza para disipar con su voz de Niño/Hombre de rostro pajarito esa puta época de miseria… así pasó…

Guerra en tu piel

Libro mis mejores batallas en tu piel.

Conquisto tus cúspides, acampo en tu cuerpo, velando mis armas de carne sin hueso.

Me refugio en tus cavernas.

Incendio leños de tu deseo.

Te cazo los sueños.

Merodeo.

Sigiloso.

Paciente.

Espero el momento justo de uno de tus movimiento.

Aprendo a combatir, a replegarme, a planificar mi estrategia.

Aprendo a escuchar tus sonidos, todos, los de tus ríos subterráneos, de tus volcanes que, ya extintos, exhalan cenizas milenarias, provenientes de tus centros de lava.

Busco la leyenda detrás de tus orejas, en tu nuca.

Arranco tu cabello de raíz; serpientes que, liberadas, se me lanzan arrastrándose por tu vado infinito, mordiéndome primero con sus ojillos inyectados de amorodio; inyectándome tu veneno maldito.

Escalándote por tu lado sur, nos encontramos, las víboras y yo, en tu hondura más estrecha, en donde ocurre el milagro, ese que perpetúa tu especie y la mía.

Ambos, hechos de piedra…

Nos desmoronamos hasta formar una nube que huele un poco a azufre, un poco a polvillo cósmico…

Medusa

Tengo muchas ganas de ti, me dijo con un mohín peliculesco, tomando mis manos y dejando entre mis manos una estrella de deseo. Atiné a sonreír como el idiota que siempre he sido, incrédulo de que esa medusa me hubiera elegido a mí. En esa época los prisioneros que purgábamos condena en la luna A-3123 del sistema Rojo, éramos exhibidos como carne fresca para quienes quisieran entablar una relación a mediano plazo. Cuestioné si había sido buena idea matar a la tenedora de naves.

Total, el armatoste que había tomado, sólo me sirvió para dos asaltos en la galaxia. Ella me besó como lo hacen, supongo, las hambrientas de mí. La punta de su lengua se tornó de obsidiana de Rupter, es el material más filoso del universo. Atravesó mi oreja con la suavidad de un asteroide perdido pero tan rápido que apenas sentí un pinchazo. Sus víboras empezaron a pelear por mi líquido vital, una de ellas cercenó a otra, bajo la mirada placentera de su dueña. Se separó y me señaló.

El grabdo azotó el tentáculo y dictó la orden de que sacarme del hueco de pirita, en cuyo interior la mitad de mi cuerpo reposaba. Leyó el documento que me liberaba de la justicia, pero me entregaba a esa Khartia, de bellas facciones. Colmillos incrustados en unas fauces anguladas, dos lenguas en sendas bocazas, tez pétrea, roja y negra; sus cuatro tetas incólumes, dos sexos posteriores y uno frontal, el que más me gusta. Los xeltos sujetaron mis brazos y en el cuello me colocaron un protcal de doble anillo, que me aprieta cada que me muevo rápido. Me sacaron y me obligaron a caminar sobre mis seis patas, algo que no hago desde que salí del mitre de mi trapta.

Mis cavidades observaron como la Khartia pagó lo pactado y me condujo a la bóveda de su nave.

Allí sus trobots me lavaron y una me preparó para oscular a mi nueva dueña. Me llevaron a la habitación. Me advirtieron en klingdor, idioma que hablo perfectamente, que era afortunado porque luego de hibernar, la medusa me había elegido.

Allí empecé a sentir la felicidad de ser el elegido. No tengo nada, nunca lo tuve, ni lo tendré. Soy de esa raza que no junta nada, sólo aquello que vive, palpa, observa con sus 11 sentidos, para luego escribirlo y legarla.

Ella llegó cuando la luna mayor de Soptri envolvía el planeta. Sin quererlo la nostalgia me atrapó, y dejé que me consumiera. Era una diosa. Palpitaba. Su exoesqueleto sudaba. Sus ojos brillaban con el haz del deseo. Me dio de beber un poco de tchella, me liberó del protcal, algo que me desconcertó, pero me dio un poco de tranquilidad.

Allí sucedió la maravilla: drogdadio como andaba por el zumo de tchella, no pude hacer nada: las serpientes que coronaban su testa de soltaron y se me arrojaron; ella me recorrió con sus sexos, embarrándome de mastenil, que me llevó a un paroxismo jamás sentido. Mi poderoso sexo la sujetó por el centro de su cuerpo. Se abrió en la punta y floreó las miles de puntas que lo integran. Ella gritó. El resto sucedió en un segundo, mis pensamientos se diluyeron en el mastenil. Ella lloró mientras sus colmillos y las serpientes empezaban a devorarme, lentamente, sin prisa pero sin pausa. Mis cavidades se concentraron en la segunda luna de Soptri. La historia de mi raza pasó ante mí. Nada. Tenía muchas ganas de ti, dijo gruñendo de placer, mientras una de mis extremidades caía a mi lado, rodando hacia las víboras que ya se mataban entre sí por engullirla… así pasó…

Me despierto en ti…

Un pestañeo.

Amanezco en tus ojos.

El horizonte detrás de tu iris me regresa una imagen que no podré olvidar mientras mi cerebro funcione:

mi rostro deforme, sus escamas intactas, abrillantadas.    Mis cuernos y colmillos en su sitio.

Sonrío de verte.

En la corva de tu córnea me reflejo tan minúsculo como un liliputiense feliz e imagino que tú te observas igual.

Juego de espejos infinito.

Tú miles de veces, yo miles de veces más.       Somos tantos monstruos que podríamos sobrepoblar un mundo saturnino.

Compartimos una vuelta al sol más.

Te despiertas.

Abres tus bellas fauces tanto como puedes. Eres la envidia de leones y tiburones.

 

En mis brazos, rematados por sendas garras, eres tan frágil como un diente de león azotado por el vaho de un dragón.

Te ofrezco mi pecho y muerdes. La dentellada me abre en canal. No, te pido que me dejes disfrutar más, deja para el final mi cabeza…

Escribo el mundo en un pedazo de papel. Le doy forma con un grafito; lo dejo vivir, lo dejo matarse, le permito crear, pero cuando empieza a pedirme que lo arregle, que lo reescriba, lo estrujo y lo arrojo a la basura…

Dibujo el mundo en un papel, junto punto tras punto hasta formar líneas. Me lleva muchos años terminar con la primera imagen, que guardo en mis ojos un segundo, antes de borrarla, y quemar el trozo de árbol procesado…

Describo el mundo en un pedazo de papel, allí toman forma universos que nadie ha imaginado antes. Estrellas y galaxias se comunican, y a fuerza de choques, provocan explosiones que terminan por convertirse en polvo…

Quemo el mundo en un pedazo de papel y me pierdo en sus cenizas agonizantes, en sus brillos fenecidos. Las puntas de las últimas llamas buscan el cielo de mis dedos. Me queman, y sólo hasta ese momento me doy cuenta de que alguien más me ha dibujado a mí, en un trozo de papel.

Y con la misma furia que he ejercido yo antes, me estruja hasta hacerme sangrar, y con mi sangre tintosa, dibuja que dibujo… así pasó

Rota

Vista en perspectiva el remate del cañón de la pistola era un túnel tan largo como aquel de la ciudad losangelesina en donde se han filmado muchas películas, casi todas apocalípticas.

Rota contuvo la respiración y se fugó un instante en esa imagen que le encantaba evocar de su último viaje a gringolandia.

Se preguntó entonces si en realidad valía la pena responder a las palabras provenientes del maloliente sistema digestivo que aquel pendejete le había sorrajado —¿¡Te tengo harto!?— ¡Pues me vale madres!

La repetición de la misma escena la tenía, digamos no harta, sino desencantada al descubrir que su frontman favorito, a quien había conocido en persona en una fiesta que ella había decidido terminar hacía un par de horas, tenía lengua de cerdo, maneras de perro, patas barro y espíritu chingativo.

Le dirigió con toda saña su mirada número 25 y al tiempo que volteaba a mirarlo a los ojos, lamió el arma, ahora temblorosa, y se siguió a las manos que la sostenían, las cuales, eran ridículamente pequeñas.

El tipete se quedó de una pieza.

Al fin la bajó obligado por el estertor que produce una lengua como la suya.

Rota siguió en su descenso, por su pecho, hurgó en su pantalón de mezclilla sucia hasta que su animalejo entremuslado surgió voraz. El cerró los ojos.

Ella, ladeando su cabeza, buscó el mejor ángulo y le arrancó de una dentellada el miembro que luego escupió al suelo.

El azoro engulló al tipejo de un bocado.

Gimoteó como un niño al que le introducen un supositorio, y cayó de rodillas ante esa diosa que olía a canela y cardamomo.

Rota, quien vestía toda de negro, con licras transparentes que dejaban ver su tanga, blusa china con detalles de piel a los costados, se bajó la bragueta, y le restregó en la frente la vagina más hermosa que ese sujeto había visto en su vida y con la punta del pie le arrimó el arma, que yacía en el suelo.

¡Sí cabrón!, la respuesta es ¡Sí! Anda puto ahí está. Ahora más que nunca te hará falta.

Él buscaba a tientas en medio de la negrura su trozo cercenado.

Cada cierto tiempo daba aullidos ahogados, como de rata, pero unos segundos después cayó desmayado.

Rota lo miró ahora con su mirada 46, y encendió un cigarro. Pobre, no aguantas nada, le dijo.

Sacó de su bolsa la cerveza medio vacía que momentos antes había guardado para tener las manos libres. Terminó su contenido de un trago; la arrojó al parabrisas del lujoso auto del que salía una canción de un grupo que pretendía tocar rock.

Se fue con paso lento, como quien cruza por en medio de un túnel, esquivando bólidos en ambos sentidos.

Ajustó un poco su abrigo, que había levantado de la tierra suelta. No le importó que estuviera sucio. Ya lo lavaré, pensó.

Era hora de volver a su madriguera.

El camino de regreso era largo, se quitó las zapatillas. Los estiletes en los que apoyaba su esbelto cuerpo la estaban matando.

Se detuvo un momento.

Abrió los brazos.

Se llenó de los grises y negros de esa mole de concreto, esperanzas y muertos, que vomita su ciudad natal por las mañanas.

El sol salía por el oriente, y con su luz dibujaba lentamente sombras niñas sobre la larguísima línea asfaltada que la llevaría al centro de Ciudad Puta.