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Llego a un pueblo. Llueve. Es de noche, las calles son estrechas, lodosas, el cielo inclemente parece caerse en cachos. Es una semana de fiestas, el papel picado bailotea con su grácil vuelo artesanal, de techo a techo. No vengo solo. Paso, pasamos cerca del centro, la plaza majestuosa con su iglesia, el café la cantina, el kiosco, las bancas, los árboles verdosos, el hotel nos reciben. Nos dirigimos a la hacienda.

 

Algún tiempo esa propiedad fue grande. Sus tierras, huertas, caballerizas todo en su interior era enorme. Era la más rica del estado, quizás del país. Muchos peones, muchos hijos, nietos, bisnietos, tataranietos después ya no es ni la sombra de lo que fue, la recuerdo apenas como en una realidad perdida, imagen que se esconde como niño regañado en la mente; antes estaba lejos, a las afueras del pueblo, pero ahora los descendientes de las primeras familias han crecido tanto que las casas rodean la finca, de tal manera que esto ya parece una plaza más pero resguardada por sus altos muros.

 

Es día de fiesta en San Sebastián, y aunque la hacienda tiene otro santo patrono, también se suma a los festejos. Se alista una comilona que compartirá con el resto de los habitantes de la demarcación. Cada año, desde hace algunas centurias la antigua propiedad abre sus puertas durante una noche entera. Afuera las luces de la feria iluminan la vida nocturna. Hay puestos, juegos, comida y bebida a granel.

 

Se dice que los alimentos servidos solo ésta noche son prodigiosos, de una exquisitez endemoniada. Las más altas personalidades del país llegan sólo para dar fe de ello.

 

Yo soy el cocinero y como cada vez que vengo a trabajar, desentierro un cuerpo fresco que yo mismo preparo. No tengo ayudantes, no me gusta hablar mucho, y puedo hacerlo solo. Como para qué quiero compañía.

 

El cuerpo aún se puede manejar, está en posición fetal, es un hombre corpulento, barbado, de cara cuadrada, como de 45 años. Este tipo de carne madura tiene buen sabor, fuerte de aroma al contacto en el paladar, pero suave a la mordida.

 

Lo llevamos a la cocina. Lo coloco sobre la mesa. Lo empiezo a lavar con zacate, jabón y agua, mucha agua, pero tengo cuidado de no mojar la cabeza, esa la dejo hasta el final para que no se remojen ni el cuero cabelludo, ni los ojos pues pierden carnosidad; además la piel arrugada da mal aspecto.

 

Lo abro en canal y mientras le rasuro las piernas, las nalgas, los brazos, escurre la sangre, no es mucha porque para esta hora toda se concentra en el estomago, luce un poco amoratado pero no mucho, eso es bueno. Lo vacío y guardo las vísceras y los genitales. Todo en frascos de vidrio transparente. Éste sí que los tenía grandes, reflexiono.

 

Mientras lo enjuago desprende un delicado aroma a muerto —suave pero intenso—. Se combina con el de las guayabas recién cortadas que ya me traen para el relleno. Quito la mugre a conciencia. Dicen que este año viene un obispo o algo así, y me han pedido que me esmere. Me molesta que no me tengan confianza, como si fuera la primera ocasión que cocino muerto.

 

Volteo al difunto y me percato de que su anatomía es extraña: la línea de las nalgas le sube por la espalda, hasta casi llegar al cuello, es como si tuviera un culo que no es el suyo sino el de un gigante. Reviso por última vez. Creo que tallé mucho por aquí, la piel ya luce desgastada, con pequeños agujeros, mejor, así no podrán quejarse de que está bien limpio.

 

Boca abajo la cabeza pierde su gracilidad, el fardo deja de ser lindo. Acomodo sus brazos de manera que me sirvan como patas de pavo, para prepararlo mejor. Sus piernas dobladas, de igual modo ayudan. ¡Míralo, si hasta parece que sabe el condenado!

 

Lo giro de nuevo y estiro otra vez sus pies, termino la limpieza, ya no tiene pelambre. En ese momento justo cuando sostengo la jícara para empezar a condimentarlo el muerto comienza a convulsionarse. No me asusto ya sé que es porque los tendones, nervios y músculos se acomodan; es como si los cuerpos se impacientaran y protestan.

 

Pero el bailoteo no cesa, y al intentar impedir que caiga de la superficie abre los ojos como asustado. ¡Caray, y ahora qué chingados sucede!, dice mientras me hace a un lado. Grita y lloriquea, me mienta la madre, baja su mano para tocarse el pecho, abierto. Se mira azorado, pero en el justo instante en que baja la mano para tocarse entre las piernas, nota la ausencia de güevos y pito. De la sorpresa pasa al miedo y a la cólera. Los gemidos y berridos aumentan. Me confronta. ¡Qué me hiciste!, dice. ¡Qué poca madre tienes! ¡Por qué te metes conmigo!, si yo no te hice nada.

 

Mantengo la serenidad para explicárselo. Hablo firmemente. Pero si tú ya estás muerto, te preparo para la fiesta grande. ¡No!, espeta indignado porque no quiere aceptar su suerte. Maldice. Se niega a ser difunto, y luego a ser servido como plato principal a un festejo al que él anhelaba acudir… Bueno en realidad así será ¿o no?, pienso para mí, susurro.

 

Incrédulo, rodea la mesa, rasca su cabeza, niega, asiente confundido. Yo únicamente atino a repetirle como oración: Estás muerto, estás muerto. Se detiene. Me lanza una mirada con sus ojos huérfanos de luz, ciegos, inertes. Escucha, le digo, estás alucinando y yo, estoy dentro de esa alucinación. Mírate las manos, las uñas las tienes llenas de tierra, son del panteón.

 

Un gesto idiota suaviza sus facciones. Baja los brazos y sonríe pues ya se dio cuenta de que lo que digo es verdad. Nos ha visto vio bien, a mí y a mi acompañante. Ya se dio cabal cuenta de que no estoy solo, la muerte me acompaña para prepararlo para el banquete. Resignado limpia sus cachetes la nariz con mocos y me dice mientras va cayendo de hinojos: Feliz navidad.

 

 

23 de septiembre de 2004

 

Primer lugar en el Concurso de Cuento Navideño Electrónico, convocado por Editorial Ficticia, Club Literario Leo Eduardo Mendoza y Fundación gt. Galicia, Miguel (2005): «Llego a un pueblo»

La Pantera

 

He tenido sólo un perro en mi vida… y le debo muchas cosas. Era una cruza de doberman con “de la calle”. Le decíamos La Pantera y en realidad era perra. Nunca la pedí, como hacen los niños con vidas normales, que hacen cosas ordinarias. Lulú la llevó a casa cuando el cánido aún era pequeña, y sin avisar me la endilgó. Es tuya, dijo con su voz de generala. Súbela a la azotea, tú le vas a subir la comida, el agua y le vas a limpiar.

No mames má, ¿neta? —lo pensé, que era peor—. Sin más, ya tenía perra, o mejor dicho todo lo que implicaba tener una. Tenía 8 años y me gustaba ver la televisión hasta que se calentaban los bulbos. En ese entonces sólo Adriana y Lolo tenían perros en su casa. Ellos sí que amaban a El Firuláis y otro de cuyo nombre olvidé en la primera oportunidad que me gruñó. Los procuraban siempre que podían, los abrazaban, les daban de comer y se dormían con ellos. Yo los veía entonces de lejos como quien quiere un juguete que sus primos guardan celosos entre sus manos.

No odiaba a los perros, no, lo que pasaba, ahora lo explico, es que a mí nadie me dijo que sentían, que eran seres vivientes, que necesitaban cariños, agua y comida. Que no desaparecían nomás con no subir a la azotea. Que no dejaban de existir sólo con no treparme a las escaleras que mi padre había hecho con madera de tercera.

Limpiar la mierda regada por todos lados en ese espacio de 5X10 era lo peor. Ya tenía todo limpio, el montón de heces en un rincón, pero cuando tenía que ir por la pala olvidada en el patio para echar el maloliente bulto y meterlo a un bote o costal o lo que se requiriera para tirarla, La Pantera regaba todo de nuevo, y a empezar otra vez.

Recuerdo que una madrugada Lulú y Abraham  nos levantaron en vilo a Tere y a mí, y envueltos en cobijas despertamos en el pasillo que dividía la casa de mi abue Benita y de la tía Chela con la nuestra. Esa vez la luna alumbraba todo, como si fuera un día de esos grises que siembran incertidumbres en los hombres.

Lolo y Adriana se abrazaban al Firuláis y al Duque, como mentaban —ahora recuerdo— al perro chaparro de temperamento de chinampina. Ellos no tenían miedo en sus ojos, sino una especie de paz, que yo interpreté como felicidad. Sentí curiosidad, que después se volvió envidia. Transcurridos unos minutos que parecieron horas, cada quien regresó a sus sueños. La Pantera sólo aullaba. Esa perra está loca, pensé. Papá subió y la calló a gritos.

Un día caí en cuenta que había un animal en la azotea que era mío y que se llamaba La Pantera, y que quién sabe si estaba viva o muerta o finalmente se había esfumado pues hacía días que no le subía agua. La hallé metida hasta el fondo de su casa de madera —parecía una caverna—, royendo huesos blancos como los que aparecen en las películas donde hay desierto. Le subí una cazuela de tortillas remojadas con pellejos y huesos nuevos, más una cubeta de agua de la pileta. En unos segundos se comió todo. Me lamió agradecida y casi me tira. Tuve miedo que luego se trasformó en enojo. Dicen que los hijos de neuróticos aprendemos rápido. Le grité que dejara de hacer eso, que me iba a tirar, y me bajé en chinga.

No sé cuánto tiempo vivió con nosotros, pero una vez le cayó encima a Benita. Voló tres metros al precipicio, y aún ahora me pregunto si no quiso suicidarse. No a hubiera culpado. Es que está muy loca tu perra dijo Papá-Abraham. Respondí, con una mueca.

Se lastimó una pata, pero a Benita le fue peor, la metieron en su cama como una semana. Me duele el lomo, decía y lanzaba miradas envenenadas a la azotea. Los abuelos pueden ser amorosos pero cuando mojan la punta de sus miradas con arsénico emocional pueden ser malas personas.

II

Siempre me gustó la clase de música en la secu. El sonido de la flauta dulce me atrapó desde un principio. Por esa época la azotea se convirtió en remanso de mis rutinas. Todas las noches subía a repasar mis lecciones, mientras veía como los cerros cercanos se llenaban de luces. Allí me inventaba una vida diferente, una donde tenía otro papá, menos hijo de la chingada, y donde yo me transformaba en notas flotantes.

Una vida diferente en la que La Pantera me hablaba como Marmaduke —Escubidú era demasiado cobarde para mi gusto— y cotorreábamos como buenos camaradas. Yo la abrazaba sin miedo a sentir bonito, sin temor a que me viera nadie, ni se burlaran de mí porque me comportaba como si fuera el niño de mamá.

La Pantera era de pelaje negro y café; alguien le había cortado la cola desde cachorra, y le habían dejado las orejas mochas, dizque puntiagudas; pero ese alguien se las había cortado con tijeras para papel. Era una perra lista, le gustaba jugar, tenía las patas flacas y el hocico limpio, igual que su mirada. Siempre corría como loca por esa superficie de 5X10.

Loca de remate, decía Lulú con esa voz dulzona que a veces tenía, y de la que yo tomaba unos sorbos como bebe agua el sediento. Está muy loca.

Ladraba como loca a quienes pasaban por la calle, así era hasta que se murió; o mejor dicho hasta que la mataron, porque un día ya no la escuché de nuevo y la fui a buscar al fondo de su cubil, y la encontré tiesa —como dicen que hallaron años después a Tía-Chela en la caverna de su casa, ya hecha como de papel maché— hueca y seca, entre una mancha negra en el cemento gris.

Hasta entonces yo vivía tranquilo, jugando entre charcos de agua sucia y lodazales; pescando renacuajos que brincaban de las lagunas que se secaban en enero y renacían fangosas en agosto. Entre calles polvorientas, llenas de basura. Sin embargo mi tranquilidad se acabó, y empecé a crecer.

Algo me decía que había fallado, pero no sabía qué. Mis papás me encomendaron la última misión para con La pantera. Es tu perra, sentenciaron. Échala en un costal y ve a tirarla a la avenida Kennedy, dijo Abraham con aire dictatorial.

Remilgué tanto que al final tuvo que acompañarme, el cuerpo pesaba mucho. La luna brillaba en lo más alto con luz nebulosa, como aquella madrugada de temblor. El Firuláis y el Duque aullaron profundamente, abrazados por Lolo y Adriana. Crucé la calle 19 y la 21. Llegué a la esquina de la Kennedy y La 12. Ante nuestros ojos la avenida se abrió con su desierto camellón. Caminamos unos metros y en un agujero lleno de ratas que a mí me parecieron gigantescas en medio de lo que ahora es una cancha de basquetbol sin tableros ni aros, lleno de ratas, nos deshicimos de nuestra carga.

— ¿Qué, estás llorando?, me preguntó Papá-Abraham.

—No, respondí —mientras limpiaba mi cara y veía como el costal cambiaba de color, tornándose negro…

Mi Ojo y Yo

Tuve un ojo juguetón. De esos que se desprenden de la cara por las mañanas y te preparan el desayuno no sin antes mirarte por unos momentos, reconociéndote, moviendo las venas y el nervio óptico a modo de cola; como si se tratara de un ojo faldero. Corrijo, ese ojo mio es un ojo faldero.

Juntos hacíamos lo que hace todo el mundo: íbamos al cine, al parque, a los museos; de juerga cada día de pago, de vacaciones cada año. Mis amigos y familia lo adoraban, pero como siempre me pasa cuando creo un vínculo con alguna parte de mi cuerpo, la desgracia asoma a mi vida.

Un dia el ojo coqueto  se enamoró de una lengua. La verdad nada del otro mundo, una lengua lenguaraz, húmeda, roja y rosa y morada y negra y blancuzca y fétida y… y se mudó con ella… Y desde entonces le busco, pues me siento incompleto sin él.
El hombre detrás del mostrador hizo una mueca mitad incrédulo, mitad triste. Guardó un respetuoso silencio ante esa ragedia ajena y leyó de nuevo lo que ese sujeto tuerto le había dictado:

“Hola Ojo, soy yo, Isidronio, te sigo buscando como el primer día. Sé que no regresarás pronto, pero quiero que sepas que yo te esperare hasta entonces”.
El hombre tras el mostrador preguntó si agregaría algo pues estaba en tiempo límite para ingresar ese anuncio en la sección de clasificados. Le indicó dónde pagar. Al tomar el recibo se dio la vuelta y por la prisa que tenía ya no alcanzó a ver que Isidronio empezaba a platicar con una lágrima que había salido de su cuenca vacía…

…Así te digo querido trrhoxijo: Había una galaxia en lo más profundo de un grano de trupsjga. Allí en el centro —el cual estaba rodeado de miles de protones y neutrones y neutrinos y diminutos universos que ya nadie puede más que intuir— habitaba en un punto apenas perceptible para la tecnología más avanzada, un Ser fémino al que solo le bastó una gota del sudor de otro ser escamoso para renacer y florecer como hacen los seres que sobreviven de fotosíntesis cuyo nombre no recuerdo, como sí recuerdo que habitaron un planeta ya muerto ahora en un sistema solar en la vía láctea, con solo un sol.

Ese ser pulsaba su vida en repeticiones lumínicas que provocaban un sonido rítmico. Era bello verle hacer eso. Al tocarlo el líquido segregado por el Mutante aquel, La-Eso abrió sus crétalos como hacen las ratsikaz cuando van a devorar planetas cercanos. Su luz cambió y no conforme con ese fragmento acuoso del Mutante, lo succionó a él, poseyéndolo en su totalidad, queriéndolo engullir. Mas sucedió el milagro y éste se osmotixó de tal suerte que se convirtieron en un mismo wrantio.

Allí se dio forma a una nueva especie, la de los que viajan por el universo en forma de luz rítmica, de aquí para allá, entrando en los cerebros de los trrhoxijos que no se quieren inanimar para recuperar energía. Vaya si lo recuerdo bien mi amado trrhoxijo. No, no es una fantasía de esas que me contaban cuando era pequeño para hacer lo que ahora te pido que hagas tú. Dormir le llamaban aquellos seres del tercer planeta en ese sistema de un solo sol. Inmundos seres olvidados, desechados por sus creadores para exterminarse y exterminarlo todo a su paso… pero ya te contaré luego esa leyenda.

¿Que qué fue del ser? Nadie lo sabe trrhoxijo mío, nadie, ni siquiera nosotros Los Primeros. Deben andar por allí vagando en tu cerebro o el mío y en el de otros seres en este y otros cosmos, hasta el final de los tiempos. O quizás ya estén reiniciando su ciclo vital.

¿Sabes una cosa? yo creo que ese fue su destino pues no ha habido otros como ellos, ni habrá. No tuvieron trrhoxijos como tú, o como yo. Se alimentaban de ellos mismos, de sus haces, de su propia energía, insaciables, unidos para siempre en el mismo. Solo ellos y esa cosa que en las escrituras antiguas llaman TahmoRr…

Lulú

Me encuentro en medio de la nada. Mi cara en primer plano, cerrados los ojos, el pelo revuelto, la barba llena de nieve. Tirito y castañeo. Inmóvil. Todo es blanco. Hoy nada es gris, ni negro ni ocre. Así veo la Nada. Desnudo. En formación de evolución: desde cigoto hasta viejo enclenque. De carnes y huesos miserables. Decrépito. Un segundo. Otro, otro y mil más. Todos se acumulan a velocidad de aleteos. Una espiral descendente que me alarga, nos alarga a mí y a mis otros yo, y nos destiñe y nos hace una línea del grosor de un cabello, y a éste lo fragmenta. Cientos de veces la misma escena, que termina en mis ojos abiertos, pero a cerrarlos regreso al mismo trajín. Plano abierto, plano cerrado, cenital. Plano secuencia de mis pesadillas. Silencio absoluto. Nada escucho…

 

El viento sopla llevando consigo las dagas de toda la humanidad. Me atraviesan, Me rasgan. Los copos forman una película imperceptible, de hielo fino, cristalino. Se aleja en un santiamén la imagen y solo soy un punto en ese universo monocromático. Nada suena. Y me empiezo a preguntar ¿por qué?

Veo a lo lejos un punto ¿rojo?, ¿naranja? Hacia allá debo ir, allí debe ser otoño. Y resuelto me digo: Debe ser el otoño de mi vida. Avanzo en línea evolutiva. Todos esos que fui, éste que sueña y quienes seré. Uno detrás de otro. Cortando como podemos esas ráfagas inclementes. Tardo mucho en llegar pero lo consigo. Nadie tiene piel, apenas unos jirones se aferran a los huesos. El punto es de tonos cálidos. El aire amaina un poco, pero solo para arremeter con mayor fuerza. A punto de llegar a mí destino una partícula blanca me entra en el ojo y cierro por instinto los ojos… los abro y he vuelto al inicio de todo…

Ahora puedo mover mis ojos en diferentes direcciones. Tengo exoesqueleto, debajo un pelambre entrelazado con plumas. Inicio de nuevo el trayecto. Regreso. Cada vez con más elementos para tardar menos en volver a por ese punto. Después de varios intentos descubro que es una puerta, pero no como la describen los humanos. Este parece estar creado a partir de mis propias pesadillas. Algo en mí me dice que la fecha tiene relación con todo esto: Claro, ¡Es 14 de noviembre! Su cumpleaños.

 

 

Un sudor tan frío como el hielo derretido me cubre. Al fin he alcanzado a comprender que estoy en una producción onírica. Que únicamente mi cerebro es el que se ha salvado. Que eso que soy ahora es mantenido vivo en un líquido parecido al amniótico, y que cada tanto es bombardeado por energía, y sus resultados registrados en un aparato. No tengo ojos, ni exoesqueleto, ni plumas, ni piel, ni órganos, ni cuerpo, ¡ni ni madres! Que el golpeteo continuo de esa luz magenta ha producido en mi/yo materia gris una “reanimación de segmento muerto”.

 

 

Los seres que me estudian han pronunciado algo que mi ser tradujo como una fecha, 14 de noviembre. Esa parte inanimada en mí ha revelado un nuevo ángulo en los estudios que esta raza hace de mí y mis congéneres. Regreso al sueño, pero con la salvedad de que la poderosa ventisca ya tiene sonido. Es un silbido que lacera, que me angustia. Ato cabos y recuerdo una escena que nunca pudo ser borrada: Es mi madre en la otra habitación, con los pulmones hechos trizas y llenos de agua por la insuficiencia renal. Es el silbido de su tracto respiratorio lo que escucho y registro para siempre. Es el dolor de saberla muriendo poco a poco, silbido a silbido…

Morir pacientemente

I

Muero como todo el mundo, poco a poco, día a día. Cada momento de vida es un avance más hacia la muerte. No temo, para qué, nada importa. Morir y vivir son extremos que se tocan, y yo los anudo gustoso. Mi madre decía que cuando morimos se nos permite ver nuestro cuerpo y despedirnos de él. Yo creo que así es, pues cuando ella falleció me pareció verla sentada junto a mi tía Martita, quien luego de unos años se le unió. Mi abuela me decía cuando yo era apenas un crío que sus antepasados indígenas creían que al morir regresamos por nuestros pasos. Así o creo también pues cuando ella pasó a mejor vida, una vez la soñé deambulando por toda la casa y afuera la vi inclinarse a tomar huellas dejadas por su cuerpo. Parsimoniosa como era ella, me veía y se despedía con un movimiento de mano —la que le quedaba libre de pasos—, antes de emprender el regreso a su pasado.

A nadie he olvidado, pues sé que al fallecer  si uno es olvidado muere dos veces. A mí no me gusta matar gente, y menos a los míos, y menos si ya están muertos…

II

Enfermé una mañana en el trabajo. Los médicos diagnosticaron Síndrome de muerte lenta: Psoriasis, dolores de cabeza, pérdida de la visión, agotamiento, pérdida del aliento, desgano crónico, pérdida de la confianza. Lloriqueos nocturnos, toda una calamidad. Al final todo me producía un estado de ansiedad y negligencia de vida que me orilló a tomar la decisión de quitarme la vida, de un golpe, o mejor dicho de un salto al vacío.

Desde entonces vengo precisamente este día a comer y a beber cada año. Y me reúno con mis otros yo que fui, y converso con ellos y velamos a gusto, alrededor de las veladoras, deshojando flores de cempazúchitl; repasando quiénes fuimos, qué hacíamos, cómo reíamos, cómo sufríamos, gozábamos, y cómo logramos llegar completos desde que nacimos hasta nuestra hora.

Han pasado muchos años, creo, y aún no logro descifrar si algo me sucedió pues a pesar de que cada vuelta al sol regreso a este mismo sitio, aún no he podido ver a nadie de mis familiares muertos. Quizás solo a mí me ha sido vedado hacerlo, y ellos sí se encuentran en estas fechas. Quizás ellos me están buscando, o quizás no pues ni saben que ya estoy muerto; o peor, que ellos mismos no saben que lo están. Lo más extraño es que tampoco he podido hallar a quienes ponen esta ofrenda tan linda, con colores y sabores que me resucitan, ni la calaverita de azúcar con mi nombre.

Y siempre me digo a mí mismo: No desesperes Galicia, quizás el año que viene puedas ver a alguien. Y es que aunque me caigo muy bien y me encanta venir a disfrutar de lo que me preparan, pienso que sería excelente escuchar a otros, abrazarlos como antaño, besarlos, estrecharlos.

Sobre qué me sucedió no recuerdo mucho, apenas que perdí la cabeza tras la última consulta con los doctores, y me arrojé desde lo alto de mi ego, y mi cuerpo no soportó la caída. No tengo claros los detalles pero he tenido la suerte de “revivir” lo que hizo mi abuela, y por ello tuve tiempo suficiente para reflexionar sobre todo recogiendo mis andares, y tratar de entender por qué lo hice…

Muero como todo el mundo, poco a poco, día a día, pero muero quizás un poco más que el resto, porque el olvido me abraza cada vez más, y me diluye con la rapidez con que la humedad desgasta mi antigua imagen en una fotografía en blanco y negro que yace arrumbada en un álbum viejo…

Mateo Patricio

Hoy me he despertado con el ánimo de crear algo. Desayuno un pan, un poco de café. Lo bebo a pequeños sorbos. Pienso qué podría construir de la nada. Un planeta, un sistema galáctico un universo, una partícula. También podría regalar un descubrimiento a alguna especie, como cuando regalé el fuego a los humanos. No lo decido aún, y respiro hondo, inundo mis pulmones de azufre, de oxígeno, de humo que inhalo al fumar. Dejo que entre despacio, paladeo cada átomo. Lo guardo en el cuerpo, un segundo, dos, me mareo, y al regresar mi mano toco por descuido el tablero de la realidad, sin querer rompo un sistema solar, el que hice hace tres semanas al final del sector cinco. Pobres, pienso, no puedo evitar su destrucción. En un segundo he devastado miles de millones de vidas, de especies de todo tipo. Despreocupado limpio el desastre. Lo tiro a la basura. Bueno tendré que rehacerlo después, cuando me inspire de nuevo. He terminado de fumar, de desayunar. Estoy listo.

 

Viajo por el tiempo buscando lo necesario para mi nueva creación: al vuelo tomo un amasijo de polvo y energía, lo aprieto entre mis mil brazos y creo un planeta. Y empiezo a sembrar lo necesario para la vida. Cojo tierra roja, azul, verde, marrón de su interior; agua de sus nubes; de un Quásar distante aplasto sus colores; de la reserva que tengo más allá de la última galaxia me hago de un poco de aire, fuego, más fuego, mucho más; polvo de estrellas de mis tres universos paralelos. Todo lo amaso con amor, paciencia, lo diluyo en una gota de sangre y una lágrima debajo de mi lengua, y me siento a esperar.

 

Pasado el tiempo preciso, se forma en grano de sal perfecto, como una perla en una ostra. Le soplo, lo beso y lo coloco en un vientre de un ser femenino. Me gusta ver cómo crece y ante el intento de salir, impaciente él, me arranco una mano y con ella cubro su bolsa amniótica. Lo he logrado: su primer grito me acompañará por siempre. Sale de su pequeña garganta dinosáurica y creando un haz de luz que iluminará mi hábitat todas las mañanas. Y recordaré hasta el día de mi muerte. Con él han sido tres los seres maravilla que he creado. Lo entrego a su madre, como hice con el resto. No merezco más que la bondad de sus cientos de ojos. Sus miles de brazos diminutos y su lengua multirrámica me llaman padre. Lo arropo, le digo que lo amo y lo beso en la frente antes de soltarlo en un torrente que han creado mis lágrimas… Musito: “Gracias Mateo Patricio”…